Lectura de avión
No me pasa seguido, pero esta vez no traje nada para leer en el vuelo. Por eso, cuando veo que mi compañera de fila tiene una Vanidades en sus manos respiro aliviada. El único problema es que la tiene demasiado agarrada.
Lo sé. La Vanidades es tuya. Nadie quiere robártela, así que no es necesario que la sujetes como si fuera el último iPhone.
No importa que sea del año pasado. Dentro de un rato se la pediré para saciar mi necesidad de leer. Ya despegamos. Todos a mi alrededor se durmieron menos ella, que ahora pasa las páginas a un ritmo que me gusta. Si sigue así, en 5 minutos la termina y será mía.
Dale, que vas bien. No, no dice nada importante, seguí nomás. Da vuelta la paginita.
Mis cálculos se arruinan cuando ella se pone a conversar con su vecina del otro lado apoyando sus manos con las uñas cortadas en forma de prolijos cuadrados con una línea blanca al final sobre las hojas de papel que tanto necesito. Mientras tanto miro sus anillos. Tiene dos: uno de casada y el otro de aburrida.
Conversa sobre una conocida de ambas que está enferma. Las manos continúan apoyadas sobre la Biografía no autorizada de la Reina Elizabeth. Ahora traen la bandeja de avión. Prefiero leer a comer este sándwich con pinta de bala de plomo. Es mi oportunidad, se la pediré mientras come.
Tarde. La azafata vestida de lila con los párpados pintados de turquesa le entrega la cajita con el sándwich y ella la apoya sobre la Vanidades.
Carajo. ¿Para qué necesitás doble apoyo?
Las ganas de leer se agudizan y las posibilidades decrecen. Levantan la bandeja y ella retoma la lectura.
Ahora sí. Te queda poco. Vamos. Me gusta que pases las páginas con velocidad.
Príncipe Federico de Dinamarca con novia desconocida . El nuevo look de Jenifer López. Mejore el ánimo comiendo cebolla. Famosos infraganti. El poder del No.
Esos títulos maravillosos pasan delante de mis ojos como frutilla a punto. Siento que la felicidad está cerca. Tengo ganas de cantar. Pero al dar vuelta la página siguiente aparece un cuadernillo con una novela de Corín Tellado para extraer. En un primer momento me emociono. Unas páginas de amor, eso es lo que necesito, ¡sí! Pero no pensé que quizás ella también las necesitaba. Sin extraer el cuadernillo de la revista, mi vecina se hunde en la lectura de “Hola Preciosa” con la concentración de un alumno de medicina estudiando Anatomía I.
Voy al baño. Vuelvo.
Leo por cuarta vez la pésima revista de abordo. Miro por tercera vez la revista del Duty Free. Falta menos para llegar. Quizás, cuando termine su cuento alcanzo a leer los títulos, el sumario, a hojearla una vez de principio a fin. Ella está terminando su cuento, falta poco, sí verdaderamente poco. Renuevo mis esperanzas. Sonrío. Muero por ir a buscar un vaso de agua, pero me contengo. Quiero estar ahí cuando ella termine.
Por ahí van mis pensamientos cuando el pasajero del otro lado del pasillo me pregunta la hora. Le contesto que no uso reloj. Me responde que faltará media hora. Si, le digo y me doy cuenta que también está aburrido.
No termino de pronunciar la palabra y escucho una voz que llega de atrás mío y no me habla a mí sino a mi vecina. Le dice: “Disculpe señora, ¿me prestaría la revista un momento?
Cada tanto, durante un viaje, me encuentro con un argentino. Cuando ninguno de los dos cruza de vereda o se hace el distraído, quizás conversamos. En algún momento llega -siempre llega- la pregunta inevitable: ¿Vos de dónde sos?
preguntaba poco y hacía el mejor mix de frutas. Un rato antes había llegado ese hombre con sombrero blanco y ojos de obsidiana que se pedía unos huevos de codorniz batidos para curar la resaca y así poder volver a tomar, supongo. El centro de Oaxaca fue mi casa varios días. Igual que el DF. Y Thamel, en Katmandú. Donde una noche oscura me olvidé todos los documentos en un rickshaw y el que pedaleaba me los vino a devolver.
Si no fuera porque sé que mañana a esta hora estaré volando hacia Aruba, una isla en el Caribe donde sí, está lleno de yanquis de vacaciones, pero también hay sol, calor y playas lindas, me costaría más remontar la noche de anoche.
Rewind. A Charly lo vi tres o cuatro veces. La primera, en alguna fiesta en un piso 25. Después un par de veces, en el civil y en la fiesta de casamiento de una amiga. Me acordaba de su mirada. A pesar de estar con su novia, me miró. También lo miré, cuando él no me miraba. Quizás fue eso. Pucha, tendría que haber mirado más.
Marquise de chocolate, budín de dulce de leche, flan de coco o de naranja, ésos son los postres.
Quiero recorrer esta ciudad de punta a punta, hasta que me den los pies. Y cuando quiero algo, me lo meto en la cabeza y lo consigo.
Las playas que alguna vez formaron parte del ránking de una revista internacional de viajes como
Desde que llegué a la playa, todos los días en algún momento miro un rato el horizonte.





Hasta un poco antes de la mitad, el libro de Hosseini muestra imágenes de los años 70 en Kabul, construye personajes y relaciones de amistad profundas, creíbles y emocionantes.
Volviendo a “Cometas en el Cielo”, la primera parte del libro tiene la virtud de enfocar hasta el detalle esos planos generales que muestra la televisión. Las montañas áridas, una casa llena de alfombras, una historia mínima. Después de la mitad, la escritura decae y el espíritu hollywoodense ataca el libro hasta la última página. Igual que una enfermedad mortal, lo contamina, lo llena de lugares comunes y de golpes bajos. En varios momentos me recordó a esas películas norteamericanas, como Million Dollar Baby, en las que siempre lo peor está por venir. Lo mismo pasa en este libro: ni siquiera cuando el lector está por los suelos, Hosseini tiene piedad.







