El libro de souvenirs de Michael Hughes

 

El fotógrafo freelance Michael Hughes convirtió en libro su proyecto Souvenir. ¿En qué consistía? Durante sus viajes, compraba réplicas de los típicos souvenirs -una vela, una taza, un almohadón, un llavero, un auto o puente en miniatura-, los ubicaba en el lugar del original y sacaba una foto creando una ilusión óptica. Un detalle: sólo usó souvenirs comprados en el lugar y que se pudieran tomar con una mano.

Después de varias notas en diarios y revistas, su libro que salió hace apenas dos meses, ¡ya se agotó! Mientras tanto, en Flickr se pueden ver las fotos de algunos souvenirs clásicos y otros más originales. Por aquí.


Afganistán, los cometas y el chasco del best seller

“Me convertí en lo que soy a los doce años. Era un frío y encapotado día de invierno de 1975. Recuerdo el momento exacto: estaba agazapado detrás de una pared de adobe desmoronada, observando a hurtadillas el callejón próximo al riachuelo helado. De eso hace muchos años, pero con el tiempo descubrí que lo que dicen de pasado, que es posible enterrarlo, no es cierto. Porque el pasado se abre a zarpazos. Ahora que lo recuerdo, me doy cuenta que llevo los últimos veintiséis años observando a hurtadillas ese callejón desierto” (”Cometas en el cielo”, Khaled Hosseini, 2003)

Lo que más se conoce de Afganistán es el número de muertos, que aparece con frecuencia en televisión. Poco se sabe de los reñidos campeonatos de voladores de cometas -se celebran cada año nuevo-, de los mercados de Kabul y del torneo anual de Buzkashi, el deporte nacional afgano, un juego violento entre dos equipos de jinetes que se disputan el cuerpo de una vaca muerta (sin cabeza ni extremidades).

Hasta un poco antes de la mitad, el best seller de Khaled Hosseini, “Cometas en el cielo”, es un viaje increíble a las costumbres y tradiciones de Afganistán, un país con carácter y sin mar.

Hasta un poco antes de la mitad, el libro de Hosseini muestra imágenes de los años 70 en Kabul, construye personajes y relaciones de amistad profundas, creíbles y emocionantes.

Se pueden ver chispas de la esencia de ese país, que en los 80 fue invadido por los rusos, a mediados de los 90 por los talibanes -que gobernaron el país según la sharia o código de comportamiento basado en el rígido derecho islámico- y finalmente, en 2001, los norteamericanos iniciaron allí sus operaciones militares con el objetivo declarado de encontrar a Osama Bin Laden. Sólo hace algunos años, Afganistán marcha a tientas hacia la reconstrucción de un territorio devastado, sembrado de minas antipersonales y con la amenaza permanente de la guerra civil.

Volviendo a “Cometas en el Cielo”, la primera parte del libro tiene la virtud de enfocar hasta el detalle esos planos generales que muestra la televisión. Las montañas áridas, una casa llena de alfombras, una historia mínima. Después de la mitad, la escritura decae y el espíritu hollywoodense ataca el libro hasta la última página. Igual que una enfermedad mortal, lo contamina, lo llena de lugares comunes y  de golpes bajos. En varios momentos me recordó a esas películas norteamericanas, como Million Dollar Baby, en las que siempre lo peor está por venir. Lo mismo pasa en este libro: ni siquiera cuando el lector está por los suelos, Hosseini tiene piedad.

Lo confieso: en algunos momentos tuve ganas de destruir el libro, de romperlo o quemarlo. También -no diré en qué parte- quise insultar a Hosseini por sus salidas efectistas. Pero nunca, en ningún momento, pude soltar el libro.

Ese carácter de best seller motivó la película, que se estrenó el año pasado y fue prohibida en Afganistán. Como también fueron prohibidos los cometas, durante el gobierno talibán. Se los consideraba frívolos y no islámicos. En aquella época, hace menos de diez años, si un niño era visto con un cometa, su padre iba directo a la cárcel.

Con los vientos de cambio, los cometas están regresando a los cielos afganos y los pocos niños que quedan después de tantos años de guerras, volvieron a remontarlos en primavera.


El paraíso, un lugar común

El paraíso es un árbol. Se lo puede ver en muchas veredas de Buenos Aires. Tiene las hojas verde brillante, parecidas a las del perejil, y da un fruto amarillento como el pus. Este paraíso es real e indiscutible y no entorpece una crónica de viajes.

Pero existe otro paraíso que viene del latín paradisu y según el Antiguo Testamento es “el jardín de delicias donde dios colocó a Adán y Eva”. Ahí estuvieron ellos, desnudos y felices, hasta que cayeron en la tentación, desobedecieron y se vino la noche.

A ese paraíso no se llega en taxi ni en avión ni a caballo. Es un lugar mitológico, que a través del tiempo se transformó también en el sustantivo más usado para representar al sitio ideal, donde no hace ni frío ni calor y se supone que todo es bello y no existen los problemas.

Paraíso o edén, del hebreo, delicia. En el periodismo de viajes se usan indistintamente, cuando uno juzga que un lugar, supongamos Saint Martin, es más que hermoso, más que magnífico, más que asombroso. Entonces, no queda otra: ¡Es el paraíso!

Los lectores entienden, claro, y evocan una imagen de playas de arena blanca y mar turquesa. Sin viento ni mosquitos ni tiburones. Con el hiperuso de la palabra, aprendieron que el paraíso puede estar en cualquier parte. Basta con leer y procesar cuándo toca evocar una imagen de playa o de selva o de desierto.

En el periodismo de viajes, el paraíso reemplaza a la descripción. La playa tenía arena blanca como la harina. No, mejor como una hoja en blanco. No tan blanca no era… Va de nuevo: la playa tenía arena blanca como la nieve pero mucho más cálida… No, definitivamente, no. La playa era…. ¡Uy, qué linda que era! Mmm… ¡era un paraíso!

Un ejercicio divertido: buscar paraíso o paradisíaco en revistas de turismo y suplementos de viajes. En los últimos tiempos encontré unos cuantos, entre otros:

Llegar a la Polinesia es como estar en el paraíso
El Amazonas, un paraíso verde
Aruba, el paraíso escondido en el Caribe
Las playas de Brasil son paradisíacas
Sudáfrica es un paraíso para los observadores de aves

En lugar de inventar comparaciones ingeniosas y nuevas formas de decir, la opción es este viejo conocido. Se usa como si fuera un guiño, sin imaginar que en los últimos tiempos y gracias al periodismo de viajes, el paraíso no es más que un lugar común.