Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.


El sueño

El sueño, Henry Rousseau.


El pescador solitario frente al mar congelado

Fernanda Lago es argentina y vive en Copenhague. Estudió periodismo, le encanta viajar y escribe de viajes en el suplemento Turismo del diario La Nación. Hace un tiempo estuvo en Finlandia y le llamó la atención una tradición solitaria y helada sobre la que escribe a continuación.

Camina por el mar congelado, con paso firme, y elige su lugar. Con un taladro manual hace un agujero en el hielo, se sienta en un banquito y sostiene una tanza que cae al agua. Ese hombre abrigado hasta las orejas, se queda ahí, con la mirada hacia abajo. Inmóvil como el mar helado.

Pilkkiä es una tradición finlandesa más que un deporte. Para practicarla se necesita abrigo que soporte mucho frío, paciencia en un mano a mano con la naturaleza, y algún termo con café caliente para acompañar la pesca.

En Helsinki nieva, y el viento hace que los quince grados bajo cero se sientan más frescos. Aunque esté en pleno centro de la ciudad, la temperatura vuelve la escena solitaria. A lo lejos hay dos hombres en la misma posición. Cada uno concentrado en su agujero, con los codos sobre las rodillas y abstraídos en la meditación.

Otro heraldo, que no se deja vencer por la nieve, desciende al mar por la escalera de un muelle. Da la sensación que se baja de la ciudad como si saliera de una escenografía. Camina sobre el hielo sin dudar y se ubica lejos, en su porción de mar congelado. Son las 7 am. Recién amanece.


¡Nuevo curso!

Empezamos la próxima semana en Periodismo Portátil ¡Te espero!


El pez que sonreía

¡Jimmy Liao animado!


El libro

En El mejor trabajo del mundo cuento la búsqueda de un cassette con una entrevista al escritor Paul Bowles. Necesito encontrarlo para seguir escribiendo. Lo busco como se busca una llave que te hará libre. Y también cuento viajes, muchos de mis mejores y peores viajes. Los que lo lean van a encontrar un recorrido por el desierto chileno con una banda de naturalistas estadounidenses, groupies de las flores, y un viaje a La Prairie, una clínica suiza donde algunos van a inyectarse una pócima que se cree que estira la vida. Hay una cabalgata por la Cordillera de los Andes para buscar unas vacas antes de la llegada del invierno, un pantallazo del México millonario de Carlos Slim y un recuerdo chancho de la India.

El libro ya está disponible. Por ahora se puede conseguir en las siguientes librerías:

Eterna Cadencia – Honduras 5574.
El Libro de la Arena – Aráoz 594.
Alberto Casares Libros – Suipacha 521.
Librería del Avila – Adolfo Alsina 500.
Libros La Cueva – Av. De Mayo 1127.
Librería Lorraine – Av. Corrientes 1513.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1436.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1311.
La Comarca Libros – Av. Cnel Díaz 1492.
Del Sol Libros – Superí 1413.
R y R Libros – Freire 1536.
La Barca Libros – Av. S. Ortiz 3048.
Capítulo 2 SA. – Cabello 3615.
Librería Antigona – Av. Corrientes 1555. Bodega Liberarte.
Librería Antigona – Cerrito 1128.
Libreria Antigona – Av. Corrientes 1543 – C.C. Cooperación.
Librería Antígona – Av. Las Heras 2597.
Librería Norte SA. Av. Las Heras 2255.
Paradigma Libros – Maure 1786.
Libros de Viaje – Paraguay 2457.
Librería Rodriguez SA. – Av. Cabildo 1849 – Loc. 4 y 6.
Tiempos Modernos – Cuba 1921.
Equis Libros – Av. Diagonal Norte 1122.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Autoria Bs. As. – Suipacha 1025.
Librería Juncal – Talcahuano 1288.
La Porteña Libros – Juramento 1705
El Aleph – Av. Rivadavia 3972.
Librería Patria Grande. Av. Rivadavia 6369.
Librería Macondo –Jerónimo Salguero 1833.
Penelope Libros – Av. Santa Fe 3673 – Loc. 10.
Vuelvo al Sur Libros – La Rioja 2127.
Rincón 9 Srl. – Rincón 9.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Librería Beca – Av. Saenz 1040.
Librería Yenny – Suc. Caballito.
Librería Yenny – Suc. Villa del Parque.
Librería Yenny – Suc. Palermo Portal.
Librería Yenny – Suc. Florida 629.
Librería Yenny – Suc. Flores.

Gran Buenos Aires

Boutique del Libro – Suc. Unicenter.
Boutique del lIbro – Arenales 2048 – Martinez.
Bohemia Libros – Mitre 212 – Dolores.
Lugar del Libro – Showcenter – Haedo.
Librería Guardia SRL. Alsina 61 – Ramos Mejía.
Librería La Cueva – Av. I. Arias 2354 – Castelar.
Librería La Recova – Martín Yrigoyen 430 – Castelar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte. Perón 1308 – San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte Perón 1540 -San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. 25 de mayo 1326 Escobar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. H. Yrigoyen 15 – Martinez.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Ituzaingó 633 – Pilar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Pacífico Rodriguez 4617 – Villa Ballester.
Librería Rodriguez – Av. A. Jauretche 1441 – Hurlingham.
Librería Rodriguez – Av. De los Jacarandaes 6144 – El Palomar.
Librería del Norte – Roque S. Peña 1519 – Olivos.
Pehuen Libros – Ricardo Gutierrez 1418 – Olivos.
Librería Trampolín – Bvad. San Martín 3130 – El Palomar.
Librería Betania SA. – Obispo Terrero 3072 – San Isidro.
El Río Libros – Acassuso 215 – San Isidro.
La Huella Libros – Obispo Terrero 3057 – San Isidro.
El Enebro Libros – Juan S. Fernandez 1247/51 – San Isidro.
Hermano William tienda de Libros – Av. La Plata 3875 – Stos. Lugares.
Librería La Cueva – Av. San Martín 2771 – Caseros.
Librería Libros – J. Hernandez 2411 – Villa Ballester.
Garabombo Libros de Sherke Srl. – Ayacucho 2136 – San Martín.
Librería Dante Alighieri – San Martín 1972 – Galería Plaza Loc. 4 – San Martín.
Boutique del Libro de San Isidro – Chacabuco 459 – San Isidro.
Babilonia Libros – Rivadavia 889 – Luján.
Librería García SA. – Joly 2874 – Moreno.
Oscar Libros – Av. Gaona 2448/50 – Ramos Mejía.
La U de Morón – Cabildo 181 – Morón.


¡Feliz 2014!


Otra isla a mediodía

El hombre de bermudas estampadas se acerca a la ventanilla y mira hacia abajo con interés. Estamos en un ATR 42, un avión a hélice para unos veintitantos pasajeros, aunque hoy somos diez. Apoyo la frente en la ventana y hago lo mismo. Entonces veo la isla larga, rodeada de arrecifes, y un mar de zafiros, turquesas y aguamarinas. La playa como una cinta blanca, techos, algunos botes pesqueros y una maraña de selva en el centro ondulado. El paisaje está en silencio, como en un cuadro. El avión sobrevuela Roatán, en Honduras, y no puedo dejar de mirarla.

Recuerdo a Marini, el personaje de La isla a mediodía, el cuento de Cortázar. El tipo era un auxiliar de abordo que en la ruta Roma-Teherán volaba sobre las islas griegas. Él miraba una sola isla, siempre la misma. Supo que se llamaba Xiros y soñaba con estar algún día ahí. Con cambiar su vida, olvidar el pasado y vivir de la pesca y con poca ropa en Xiros. La tripulación lo llamaba el loco de la isla porque cuando hacían esa ruta Marini dejaba todo para sentarse a mirarla. Era siempre el mediodía cuando sobrevolaban Xiros. Como ahora, justo el mediodía y tengo la mirada en la isla, que de repente se cubrió de nubes espesas. En Grecia no llueve tanto como en el Caribe. Me imagino que Marini nunca vio a Xiros entre nubes.

Escribí más sobre Roatán en la edición de diciembre de la Revista Lugares.


Fronteras

Senegal Fast Food. Amadou et Mariam y Manu Chao.


Hablemos de langostas

Las siguientes escenas transcurren en el archipiélago de San Blas, frente a la costa de Panamá. Lugar de los kunas, territorio indígena autónomo.

Blanco, el guía, se calza las patas de rana y la máscara. Lo sigo. El tipo es morrudo como un boxeador, tiene la piel del color de la corteza del coco maduro y nada rápido como un delfín. Nos alejamos de la costa por el Caribe tibio. La playa se ve cada vez más chica, nadamos más de un kilómetro. Blanco avanza. No voy a pensar en tiburones, no voy a pensar en tiburones, no voy a pensar en tiburones.

Pasamos por un banco de arena en el medio del mar y después sí, me dice, llegan los peces de colores. Tiene razón: veo corales abanico que se mecen como si hiciera calor y alguien los moviera. Peces amarillos y azules, un pez loro y otro camuflado en el suelo que se llama escorpión, una banda de peces espada del tamaño de un cuchillo de cocina y un erizo.

Blanco está entretenido en otro tema. No entiendo bien qué hace, parece que busca algo en el fondo del mar. Cada dos por tres se hunde con técnicas de apnea, se acerca a una cueva, mira y después mete el brazo adentro, hasta el codo. Cuando no aguanta más sale a respirar, ahí le pregunto:

–¿Qué buscás?

–Langostas.

Lo sigo. Las turistas italianas que toman sol en la playa se desfiguraron, las veo como puntitos oscuros en la arena. Estamos muy lejos de la costa y buceamos langostas.

–¿Y si hay un erizo en la cueva, ¿no te pinchás?

–Me puedo pinchar, por eso miro antes.

La forma de cazar langostas es con un palo y un aro de alambre en la punta. Pero Blanco no los tiene y no le preocupa: para él cazar langostas es como jugar a la escondida, hace esto desde chico, le gusta y es una fuente de alimento y trabajo. Por una langosta le pagan cinco o seis dólares. Pero no tenemos suerte, es una raza brava y escurridiza: Blanco se queda con las ganas y las antenas de dos que se le escaparon en los recovecos de una cueva.

–Hay que venir de noche, con linterna. Ahí no se escapan.

Volvemos nadando a la playa y en lancha a Yandup, la isla donde están las cabañas. A la tarde, desde mi cama veo una isla no mucho más grande que una calesita, tiene un racimo de palmeras y nada más. Me imagino que quizás la abordaron piratas en otra época y escondieron un tesoro y tengo ganas de ir a buscarlo. A la noche pienso qué libro podría llevarme a esa isla desierta.

Cuesta volver a calzarse después de vivir en ojotas. A la mañana temprano voy en bote hasta la pista de aterrizaje. El tipo de avión se elige según la cantidad de pasajeros. Esta vez venían pocos porque es un Britten-Norman Islander para nueve. Después de que me pesan, me acomodo cerca de una ventanilla. El copiloto se trepa al ala para chequear el combustible. Somos tres pasajeros. Miro hacia la puerta trasera y veo acercarse a un nativo de Playón Chico. Trae una enorme bolsa que se mueve como si la rasguñaran desde adentro. Todas las langostas que Blanco no pudo cazar viajan a los restaurantes de Panamá.
Mientras lo ayuda a acomodarla en la cola del avión, el piloto le dice:

–Dígale al saila (el jefe de los kunas) que el comandante también come langostas.

En la siguiente escena el nativo mira al piloto con gesto amigo, abre la bolsa, saca una langosta viva y extiende el brazo para acomodarla así, suelta, arriba de un bolso. Con una sonrisa enorme –seguramente pensando en cómo comerá el bicho en la cena– el piloto trae con una bolsa, guarda la langosta y se la lleva a la cabina. Enseguida despegamos todos: los tres pasajeros, piloto, copiloto y  langostas.
Desde el aire, las islas de San Blas se ven como lunares en el mar.




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