Tarde de sol, recetas, cuentos y conservas

El otro día vi How to cook your life, esa peli de Doris Dörrie en la que un monje aplica la sabiduría zen en la cocina. Dice en un momento que cuando uno cocina no sólo cocina, también trabaja sobre uno mismo y sobre los otros.

Enseguida me acordé de Natalina y de ese sábado de sol y conservas en la casa de Eloise. Por el bien de todos voy a desencriptar la frase anterior. Hace un par de semanas tomé una clase de conservas en la casa de Eloise Alemany, editora de libros de cocina. La maestra fue Natalina Piccolo, una siciliana que vive hace unos años en Argentina. No es chef, su conocimiento viene de las mujeres de su casa. Ella las vio cocinar desde chica, las ayudó y ese saber empírico es lo que transmite en sus clases.

Llegué a las once. Era un día de sol fuerte, un veranito en pleno otoño. Crucé un pasillo largo hasta la última casa, la del fondo. La luz se colaba por las las ventanas y por la claraboya. Iluminaba tazas de porcelana antigua, plantas suculentas y un paisaje con bosque pintado al óleo.

La mesa estaba puesta, mantel a cuadros rojo y blanco. El resto de las alumnas ya tenía puesto su delantal. En el cuadro que sigue en mi memoria pelo peras para hacer una mermelada de pera y jengibre. La cocina era amplia, así que al mismo tiempo se lavaban tomates perita para hacer conserva de tomates.

No nos conocíamos de antes, pero rápidamente se entrelazaban historias y recetas. Había una física, una química -¿quién hubiera pensado que los científicos cocinan?- y muchas ganas de lavar, pelar, cortar poner al fuego. Circulaban cuchillos y nadie se quejó por picar las cebollas para hacer el chutney (hubo ojos llorosos, como corresponde).

Los frascos hervían en una cacerola enorme y Natalina contó de cuando vivía en Sicilia y una vez al año se reunía toda la familia para preparar la conserva de tomate para la pasta, para la pizza y ¡para todos! Cuenta que en un día preparaban unos 400 frascos. Se hacía a mediados de agosto, cuando los tomates napoletanos (perita) están gorditos, jugosos, llenos de sabor. Había que levantarse al alba, lavar, pelar, sacar el jugo, escurrir y enfrascar con una ramita de albahaca. Después, cada integrante de la familia tenía tomate para el resto del año.

Más o menos lo que hacíamos nosotros, y aunque el Mediterráneo estaba lejos del barrio porteño de Coghlan por un segundo me pareció sentir una brisa marina y un eco de tanos hablando a los gritos en un patio.

Alguien por ahí se fijó que la pera cambió el color, estaba más oscura, había que bajar un poco el fuego. Tiene que hervir dulcemente, dijo Natalina.

Para el chutney de cebolla las semillas de cilantro son vitales y de clavo poco, dos o tres para que no invada todo. En algún momento, entre conserva y conserva, comimos pasta, hablamos de Venecia y de la Toscana, de recetas de famiglia. Nos encontré tan italianos. Y recordé a una amiga romana que me habló de lo importante que es la comida para ellos. “Es tan simple y contundente como esto: cuando las mujeres están en la misa, lo más probable es que estén pensando en el pranzo (almuerzo) de la domenica”.

Me fui de la clase de cocina inspirada, como cuando vuelvo de un viaje, y con cinco frascos de conservas que ya hibernan en mi despensa. Tengo ganas de que llegue el frío solo para abrir los tomates y que traigan un vaho de verano y madurez.


Turismo zen en pueblos mínimos

Vengo de un viaje por pueblos chicos. Donde la siesta es sagrada, no hay café expresso y el único museo puede pasar varios días cerrado porque a la mujer que lo atiende le duele la garganta y solo ella tiene la llave. Pueblos a los que se llega por caminos de ripio, y donde los habitantes pueden no tener agua pero ven el noticiero de las ocho y saben cómo está el tráfico en los accesos principales a la Capital Federal. Aunque les quede a más de mil kilómetros, aunque no hayan ido nunca.

Los pueblos de los que vengo quedan en el oeste de San Juan, en Argentina. Pero se repiten en muchas partes. Con otro marco natural y otras gentes vi lugares así en Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, la India. Los pueblos mínimos no tienen un atractivo contundente. No hay cataratas ni playas increíbles ni un parque nacional. Apenas aparecen en las guías y nunca llegan al 99% de ocupación. Como las fotos que saca un amigo, son lugares de belleza difícil.

Me acuerdo de la tarde que llegué a Huaco. De no haber sido por una mosca que revoloteaba insistente en el parabrisas hubiera pensado que avanzaba sobre un pueblo embalsamado. Cuatro de la tarde y en Huaco todo estaba quieto. Las persianas bajas y el perro dormido a la sombra de un molle. No había brisa ni gente en la calle. Los timbres sonaban pero nadie salía a ver quién llegaba. Mal pronóstico para encontrar un lugar donde comer. Ni restaurante, ni comedor ni despensa abierta, solo un kiosco con una heladera sin helados y dos computadoras donde un par de adolescentes jugaban a la guerra. Terminé comiendo unas galletas de animales parecidas a las que se venden en los zoológicos, y un yogur.

No, a los pueblitos alejados no hay que pedirles nada. En el menú se lee pasta, pero no llegaron a amasarla y hasta el jueves no habrá; el centro de artesanías no abre los sábados; el hotel cerró porque los dueños son suizos y no vuelven hasta octubre y el último temporal rompió un tramo de ruta y hay que tomar el desvío largo.
En un viaje por los pueblos mínimos lo más sano es aceptar. Las faltas, lo diferente, la lentitud. Aceptar, como dicen que hay que hacer en la pareja y en la vida en general. Nada de recurrir a la queja, de poner el grito en el cielo y enojarse porque la comida tardó casi una hora en llegar. Y mucho menos pedir que cambien. Aceptar lo que hay y lo que no.
Y recibir. El verde vivo de los oasis, las maravillosas vistas de la Cuesta de Huaco, con el río Jáchal que serpentea junto a la ruta 40, los cerros oxidados camino al Paso Internacional Agua Negra, inmensos cielos estrellados, los encuentros con gente que tiene ganas de conversar, y tiempo.

Aceptar y recibir, recuperar lo simple, rescatar el valor de una sonrisa, disfrutar de la naturaleza, se podría hablar de turismo zen.

En Iglesia, uno de los pueblos chicos, encontré a una pareja de viejos que caminaba por la vereda. Las únicas personas a la vista y ya eran más de las cinco de la tarde. La siesta implica cinco horas de limbo y ausencia. Luis Messina era grande, estaba arrugado y tenía los ojos brillantes. En la mano llevaba una honda que no era para matar pájaros, sino para darle unos tiros cortos a su perro cuando se acercaba a la calle.

Le pregunté para dónde iban. Entonces, me contó la historia del reloj.
Una vez hace muchos años acompañó en una cabalgata a la cordillera a alguien muy importante de la embajada de Alemania. Y él se comportó bien y fue un guía notable, eso dijo. Al final de la cabalgata el hombre muy importante se sacó el reloj de la muñeca y se lo regaló. “Viera ese reloj, tenía la hora, el día, la fecha, el año, todo tenía!”. Ayer, trabajando en el campo con el maíz se me perdió. “Culpa mía fue no le ajusté una perillita que andaba floja”. Y ahora vamos con mi señora y si Dios quiere lo encontramos.

Por el pasado, la geografía y el clima estos pueblos son lugares de soledades, vegetación espinosa, historias mínimas y días luminosos. Donde son comunes la fe, las tapias, las imágenes de nostalgia y esfuerzo. Una mañana, en un camino de tierra, vi que se acercaban una mujer, un niño y un hombre que llevaba una bici. Cuando llegaron a la ruta se subieron los tres: él manejaba, ella en el caño con el nene a upa. Seguro que iban a la próxima ciudad, a unos 15 kilómetros.

Vengo de un viaje por pueblos chicos, donde una bici es un tesoro para compartir. Donde las casas son de adobe y las cebollas deliciosas. Donde lo más sano es viajar sin expectativas, abierto a lo que se encuentre en el camino. Pueblos chicos, donde en cualquier momento se abre una agencia de turismo zen. Omm.

(Esta columna se publicó en el suplemento Viajes del diario La Tercera, de Chile)


Cuesta del Viento

Lo del fondo es polvo que vuela arrastrado por un viento furioso. Y el windsurfer, uno de los fanáticos que cree que estos son los mejores días para navegar.

El Dique Cuesta del Viento está en Rodeo, en el oeste de San Juan. Se construyó en 1999 y se llenó con aguas de deshielo. Abajo quedó sepultado un pueblo. Enseguida se convirtió en un lugar de culto para el windsurf y, desde hace algún tiempo, también kitesurf.

Casi todas las tardes del año, entre las 14 y las 19, el viento sopla fuerte, muy. Si el día anterior hubo zonda lo más probable es que sea arrachado, con ráfagas de más de cien kilómetros por hora.

Ahí los windsurfers sacan sus trajes de neoprene, dejan lo que estén haciendo y se van a Puerto de Palos, Lamaral y Fincas del Lago, los tres paradores. Este viento loco se hizo famoso y ya hay gente de varias partes del país y del mundo que pasa varios meses por acá. O que se vino a vivir.

Durante los días que estuve en Rodeo conocí a varios de esos fanáticos. Como Patrick, el suizo de las cabañas Clandestino que navega con un garfio porque le falta una mano.  Y Arturo, un hombre de 82 años con parkinson avanzado, que mientras está en Cuesta del Viento, todas las mañanas, se calza el traje de neoprene y sale en busca de la libertad.

Más historias sobre el dique y los pueblitos del oeste de San Juan, en este número de la Revista Lugares.


Malimán de Abajo

Malimán de Abajo está antes que Malimán de Arriba y después que Angualasto. Oeste de San Juan, cerca de la cordillera. Por acá la tierra es tan seca que se agrieta y parece que se empezara a descascarar. Como la piel muerta.

Hoy es un día de semana de febrero y hace calor. La iglesia está cerrada, igual que la escuela y las dos únicas casas. Cuatro y media de la tarde, no hay sonido de humanos. Allá atrás duerme un perro.

Golpeo las manos en una casa a ver si sale alguien. La excusa es pedirles la llave de la iglesia, pero me gustaría conversar un rato, saber qué hacen, cómo se vive en un caserío mínimo.

Golpeo las manos pero no sale nadie. Espanto unas moscas que revolotean cerca de mi boca y vuelvo a aplaudir con ganas, como si terminara de ver una obra de teatro buenísima. Nada. Abro la tranquera de la iglesia, me trepo a un tapial, veo el lecho de un río seco en el horizonte y vuelvo a la casa donde golpée las manos a ver si alguien se levantó. Qué cosa seria que es la siesta.

Estaba a punto de atravesar el patio y probar con un “Hola” cuando se acerca una pareja por la calle de tierra. Él es alto corpulento y trae una oveja. La lleva con una cadena, como si fuera un perro. Ella es bajita, regordeta y tiene un balde de hierro en la mano. Los dos usan sombreros de ala ancha.

Se llaman Martín Marinero y Mercedes Paredes, y donde estaba golpeando es su casa. Y no dormían, qué va, para nada, se habían ido a buscar agua a un pozo para darle a unas vacas porque hace dos meses que se rompió la toma y no tienen agua para riego ni para los animales.

Su casa está pegada a la escuela rural, donde vienen 22 chicos de toda la zona y se quedan toda la jornada. Hablamos a la sombra de un molle, ese árbol alto que da la falsa pimienta. Me cuenta Mercedes que trabajó durante veinte años en la cocina de la escuela hasta que al final logró que la nombraran en la planta permanente y hoy tiene un cargo.

También hace dulces, seca duraznos, tiene zapallos, granadas y manzanas. En un momento le pido la llave de la iglesia y me dice que no la tiene, que quizás el vecino de enfrente, su vecino más cercano, pero que no está segura. ¿Nunca le preguntó? Me dice que no, que ella no habla con nadie (?), que va de su casa al trabajo y del trabajo a su casa. Es decir que en el día no llega a dar ni una vuelta a la manzana. Nos reímos.

Su marido que nació y vivió toda su vida no solo en Malimán de Abajo, sino en la misma casa donde estamos ahora -pegada a la escuela- agrega que cuando era chico ¡llegaba tarde a clase!

Antes de despedirnos le pregunto cómo se llama ese chivo que tiene de mascota y que ahora pasta entre la alfalfa. Entonces responde, muy serio: Cuchillo. ¿Y quiere saber el apellido? Parrilla.

Y después se ríe con ganas y cinco o seis dientes, medio escondido abajo de su sombrero made in China. Debe andar cerca de los sesenta pero lo veo como el chico que llegaba tarde a clase.


Tibia y Tombuctú

[...] Una vez juntos podíamos partir. Viajábamos de hueso en hueso, de continente en continente. A veces hablábamos. No decíamos frases, ni palabras cariñosas. Decíamos partes del cuerpo y lugares del mundo. Tibia y Tombuctú, Labios y Laponia, Oreja y Oasis. Los nombres de las partes del cuerpo se transformaban en apodos cariñosos; los de lugar, en contraseñas. No estábamos soñando. Sencillamente nos convertíamos en el Vasco da Gama de nuestros cuerpos. Prestábamos mucha atención al sueño del otro; nunca lo olvidábamos. Profundamente dormida su respiración era un oleaje. Me llevaste al fondo del mar, me dijo una mañana al despertar.

No nos hicimos amantes. Apenas éramos amigos y no teníamos mucho en común. A mí no me interesaban los caballos, y a ella no le interesaba la Prensa Libre. Cuando nos cruzábamos en la escuela no teníamos nada que decirnos. Pero no nos preocupaba. Nos dábamos un beso, en el hombro, en el cuello, nunca en la boca, y seguíamos nuestros caminos separados, como una pareja de personas mayores que trabajaran en el mismo centro. Pero en cuanto oscurecía , siempre que podíamos, quedábamos para volver a hacer lo mismo: pasar la noche en los brazos del otro y, así, partir, irnos a otro sitio. Una y otra Vez.

Berger, John “5.Islington” en Aquí nos vemos, Buenos Aires, Alfaguara, 2006, pp.114


Aquí y ahora

Un par de meses atrás fui a Rosario con una amiga. Salimos un domingo temprano, la ruta estaba despejada. Enseguida dejamos atrás Buenos Aires y se abrió el horizonte amplio del campo. En el auto sonaba el CD Brasilerinho de Maria Bethânia, mientras nos actualizábamos sobre los últimos acontecimientos de nuestras vidas: trabajo, alegrías, proyectos, penas, novios.

¿Hace mucho que no vas? Rosario está tan linda, me habían dicho antes de partir.
Llegamos en poco más de tres horas, comimos algo y directo al Macro, el Museo de Arte Contemporáneo emplazado en un antiguo silo reciclado y pintado de rojo, violeta, amarillo. Había gente tomando sol en el parque con el césped verde brillante, impecable como un parque inglés.

Saqué una foto y tuve el impulso de tuitearla y de contar que en Buenos Aires eso no se ve. Por lo menos no tan verde y sin rejas que lo protejan de los perros y el fútbol. Pero mi amiga me contaba una historia de enredos amorosos y me pareció descortés empezar a escribir en el teléfono. Me aguanté. Al rato la llamó su madre y ahí ¡zas! aproveché para mandar un tuit y enseguida otro. No sin cierta vergüenza. Como cuando de chica me robaba un pan de la cocina, antes de la cena.

Ni bien empecé a tuitear fotos y comentarios del viaje vinieron respuestas de seguidores interesados en el recorrido. Muchos preguntaban, algunos retuiteaban o faveaban (clasificar un tuit como favorito). Otros no decían ni mu pero estaban presentes desde el silencio. Uno hasta me dio las gracias porque sentía que viajaba a través de mis despachos de 140 caracteres. Yo sonreía, a veces por lo que mi amiga contaba… y otras, ejem, por los comentarios que leía en el smartphone.

Por momentos tenía la impresión de ser la guía de una banda de turistas. No podía dejar de mostrarles a mis contactos el Palacio Minetti, la cúpula de la Bolsa de Comercio, las casonas del Boulevard Oroño. En estos teléfonos todo está diseñado para tardar apenas unos segundos en sacar y mandar una foto. Elogio de la inmediatez. Les recomendé que si venían a Rosario subieran por el ascensor del Monumento a la Bandera y no se perdieran el dulce de leche granizado de la heladería Esther. Eso sí, cuando me daba vuelta no había ninguna banda de nada, solamente mi amiga que si me pescaba tuiteando me miraba medio preocupada, medio ofuscada. ¿Por qué lo haces? ¿Te gusta que la gente sepa dónde estás? ¿Es para mostrar que viajas?, preguntó mientras caminábamos por la Costanera.

Me acordé de cuando leí a Paul Virilio. El filósofo y urbanista francés que habla de velocidad de la tecnología, las autopistas de la información, la intimidad como espectáculo, el cibermundo y la perturbación en la relación con el otro. Lo mío ni siquiera era travel streaming (relatar viajes en tiempo real), apenas unos cuantos tuits bastaban para alejarme de la vivencia.

El mediodía siguiente nos encontró almorzando en uno de los bolichitos que miran al Paraná. La boga que nos trajeron era tan grande que alcanzó para las dos. Dorada, carnosa y a un precio lógico. Esto tengo que mostrarlo, pensé mientras sacaba una foto. Diez minutos más tarde estaba encerrada en el baño del restaurante con la vista fija en la pantalla del teléfono, tuiteando la boga.

La experiencia directa había perdido terreno en mi viaje. Lo real –el río, mi amiga, la charla, el museo– compartía plano con Twitter. Como cuando en la tele dividen la pantalla y se pueden ver dos escenas simultáneas. Sin ser del todo consciente, me había convertido en un canal de transmisión y eso era tan importante como el aquí y ahora. ¿El viaje como una aplicación más de una Red Social?

El resto del tiempo que pasé en la ciudad de Fito Páez y Fontanarrosa mandé tuits a escondidas. Hablaba con mi amiga y cuando encontraba un hueco les escribía a mis contactos. Pretendía estar en dos lugares al mismo tiempo. Le pregunté a un follower rosarino en qué bodegón se comía bien y me enteré de un cine arte que esa semana pasaba películas de Hitchcock. También supe que Raymond Carver estuvo en Rosario en 1984 y dio una conferencia en el Jockey Club que, según dicen, fue aburridísima. Aunque de eso no me enteré por Twitter.
En este punto tengo la impresión de que además de evocar una escapada a Rosario o preguntarme sobre los beneficios y límites de una Red Social, esta columna tiene el móvil íntimo de sumar uno que otro seguidor a mi cuenta @carolreymundez

(Prometo tuitear en viaje, aún desde la contradicción).


Caral, ciudad sagrada

Pasó el mediodía hace un rato, pero el calor todavía es intenso. Tendríamos que haber traído un paraguas a manera de sombrilla, como hizo Mario Vargas Llosa cuando recorrió por primera vez las ruinas, después de haber ganado el Nóbel.

Unos 180 kilómetros al norte de Lima, Caral es la ciudad sagrada más antigua de América, Patrimonio de la Humanidad desde 2009.

Por un camino de tierra seca, casi blanca, casi polvo, avanzo hacia las ruinas de la ciudad edificada por los caralinos, 4400 años antes de que existieran los incas. Caral ocupa un área de 66 hectáreas en el Valle del Supe. En esta zona hay otros asentamientos, algunos explorados, como el Áspero y Vichama, y otros por explorar.

Si bien Caral fue nombrada por arqueólogos como Paul Kosok y Carlos Williams mucho tiempo antes, sólo en 1997 la arqueóloga peruana Ruth Shady Solís, que estudia esta zona hace casi veinte años, probó la antigüedad de Caral, comparable a la de las primeras civilizaciones del mundo: Egipto, China, India y Mesopotamia. En ese momento, la cultura Chavín, de los Andes centrales, dejó de ser considerada la más antigua de Perú.
En las ruinas de Caral, como en muchas, es necesario aplicar la imaginación para lograr ver lo que ya no está: una ciudad organizada, con pirámides altas, rituales sagrados y más de tres mil habitantes en acción.

Igor Vela, arqueólogo que trabaja en Caral, me cuenta las herramientas que usan acá: pinceles, badilejo, brochas, carretillas, cucharas, cucharillas, latas. “Lo primero que hacemos es imaginarnos una cebolla”, dice. A través de las mediciones y posteriores excavaciones desvelan las capas que les permiten comprender la distribución espacial de la arquitectura, documentarla y recuperar material, como cuencos de mate, figurines de arcilla sin cocer, instrumentos musicales, restos alimenticios, como hojas de achira, vértebras de anchoveta (pez de la familia de la anchoa), choros y machas; y también restos óseos. Nada de cerámica, esta civilización vivió durante el período precerámico.

Se cree que Caral fue una ciudad-estado, con un sistema social organizado y jerarquizado, y una compleja administración. Los caralinos no fueron guerreros, sí observadores del cielo y los astros, conocedores de arquitectura, ingeniera y música. La mujer ocupaba un rol destacado en la vida social.

Después del Templo del Anfiteatro, donde se encontraron 32 flautas traversas talladas con huesos de pelícano; siguen varios edificios, altares, conjuntos habitacionales, grandes plazas y el sitio de los fogones para uso ceremonial. Allí quemaban achupalla (cardo), textiles y moluscos que traían del Pacífico a la vuelta de las ferias de intercambio. Se cree que Caral era el centro de una red de intercambio que incluía costa, Andes y selva. En sus tierras, regadas por el río Supe, cultivaron algodón, frijoles, zapallo y camote.

A lo largo de los siglos, hubo varios sismos, vientos muy fuertes y huaycos (aluviones) que afectaron el lugar. Sin embargo, los restos de la ciudad siguen en pie. En el recorrido se ven siete pirámides, una de las cuales tiene casi 30 metros de altura. Para la construcción se utilizaban piedras de canteras cercanas unidas con barro.

Antes de irme de Caral conocí a Aldemar Crispín, el arqueólogo jefe. Estaba emocionado, inquieto, sudado. Después de unos minutos, cuando se relajó, habló. Acababa de desenterrar 93 cuentas de concha Spondylus, una ostra marina de color coral. Las encontró adentro de un mate. Las excavaciones en Caral comenzaron en 1996 y continúan hasta hoy, un día de suerte para Aldemar. En realidad, el hallazgo comenzó la semana pasada pero hoy terminó de retirar la “arquitectura” que había arriba, lo limpió “todititito” y pudo ver y tocar las cuentas. Lo vi alejarse a su residencia. Estaba iluminado por la luz ámbar de la tarde y seguramente también por la satisfacción interior.


Tips infalibles para pasear con niños

María Eugenia Ludueña es periodista, madre, viajera, y en este libro -que se suma a las Guías del Club de la Upa- comparte sus experiencias en el camino y da información práctica y útil.

Cuando estaba embarazada se preguntó si con el bebé viajaría tanto como cuando eran solo ella y el marido. La respuesta la encontró en Machu Picchu con una panza de cinco meses.

Desde que Ian se sumó a los viajes hubo cambios -más planificación, confort, tiempos- pero no dejaron de moverse. Fueron a la Puna y al Sur; a Brasil en auto, las cataratas, las playas uruguayas y más.

La planificación -hacer el viaje a medida de la familia y de las demandas de cada edad-,  los preparativos, consejos de seguridad -electricidad, balcones y ventanas, cuidados a orillas del mar-, traslados en el destino, qué hacer ante una demora o imprevisto, cómo vestirse para viajar, los mejores juguetes para llevar en el viaje, cómo preparar una valija inteligente y 5 tips para hacer el bolso de mano, el libro es una herramienta útil y también incluye columnas con experiencias, consejos y anécdotas de viaje. Imperdible.

Ya está en las librerías y cuesta $65.


Tempelhofer Park

Berlín es la ciudad más verde de Alemania: el 30 por ciento son parques, con bosques, lagos, ríos y canales.

Como todavía era temprano, ese domingo tomé un metro largo hasta Tempelhofer Park. Después de algunos años de polémica, el antiguo aeropuerto, usado por los nazis y luego para abastecer a Berlín occidental (puente aéreo durante el bloqueo soviético), se transformó el año pasado en un parque público de más de 300 hectáreas, mayor incluso que el Tiergarten.

Todavía está la pista, donde hoy la gente patina, anda en bici y practica carrovelismo y remonta barriletes. En el edificio del aeropuerto se hacen ferias y fiestas electrónicas. Tempelhofer es uno de los tantos espacios abiertos de Berlín. Otra pieza del pasado que no se destruye.

La propia canciller del país, Angela Merkel, declaró: “Para muchos y para mí personalmente, este aeropuerto con su memorial y es un símbolo de la historia de la ciudad”. En los grandes paneles de la entrada se leía la millonaria inversión para recuperarlo, el proyecto arquitectónico y los planes a futuro: en 2017 será sede del Festival Internacional de Jardines.

Hace más de 60 años que terminó la guerra y Berlín sigue en construcción, se reinventa con piezas de su historia.


El paraíso, un lugar común

El paraíso es la ubicación más económica de algunos teatros. Una galería alta, pasando los palcos, la tertulia y la cazuela. De chica, varias veces fui al Colón y presencié alguna ópera o una orquesta de cámara desde el paraíso. Un paraíso tangible, real, indiscutible. Y barato. Los actores se veían chiquitos, como en un videojuegos, pero qué importaba: me sentía lo máximo porque estaba en el paraíso.

Eso fue antes de empezar a escribir sobre viajes y enterarme que el mundo está lleno de paraísos.

Paraíso viene del latín paradisus y según el Antiguo Testamento, es el Jardín de Delicias donde Dios colocó a Adán y Eva. Ahí estuvieron ellos, desnudos y felices, hasta que cayeron en la tentación, desobedecieron y se les vino la noche. A ese paraíso no se llega en taxi ni en avión ni a caballo. Es un lugar mitológico, que a través de los siglos se transformó en el sustantivo más usado para representar el sitio ideal, donde no hace ni frío ni calor, donde se supone que todo es bello y perfecto y no existen los problemas.

A comienzos de los 90, cuando los diarios inauguraron los suplementos de viajes, el paraíso se multiplicó. Veinte años después, hemos visto paraísos en la selva y en la cordillera; en la playa y en las ciudades y en el desierto. En la Polinesia y en Kenia; en Tailandia y en Aspen. A medida que pasaba el tiempo y el turismo aumentaba, se descubrían más y más paraísos. Hasta que ese lugar, soñado e inalcanzable, se convirtió en un lugar común.

Después de muchos años de trabajar como periodista de viajes y conocer algunos de esos paraísos, un día me pregunté dónde quedaba mi paraíso terrenal. Pasaron imágenes y las miré con calma, como antes se miraban las fotos en un álbum. Hasta que encontré el lugar.

Por si acaso, no fue fácil llegar. Viajaba con mi hermano por la ceja de selva peruana, una zona alta, húmeda, de vegetación subtropical que precede a la selva del Amazonas. La única forma de trasladarse de Jaén a Tarapoto era en la caja de una camioneta que salía cuando se “completaba”. En lugares en donde el transporte es escaso, el que posee uno recibe pleitesía de rey. Decide cuándo sale, dónde para, cada cuánto y si para.

Esa vez, en Tarapoto, esperamos horas hasta que se completó, con mineros y trabajadores rurales. Era la época de lluvias, los caminos estaban inundados y costaba avanzar. Una, dos, cinco veces tocó bajarse y empujar. En 13 horas hicimos ¡150 kilómetros! y un amigo, Homero, que volvía a su pueblo después de trabajar en Piura, en medio de la incomodidad del amanecer frío, anunció que lo mejor sería continuar a pie. Que en cuatro o cinco horas llegaríamos a su pueblo, que podíamos pasar la noche en la casa de su tía Reina. Fue convincente. Su mirada serena mostraba que se podía confiar en él. Bajamos las mochilas de la camioneta y lo seguimos, primero por la huella de los autos y luego por atajos, entre la vegetación espesa y con el agua hasta la rodilla.

Más de una vez me pregunté qué hago acá, por qué me bajé, por qué me atraen los caminos poco transitados, por qué no voy de vacaciones a la playa. Como si creyera que no saber dónde dormiré en la noche ayudará a atravesar otras incertidumbres.

Con las medias mojadas y las zapatillas negras de barro seguimos a Homero, que nos contaba historias; señalaba un cruce de caminos y decía que hacia allá era una zona liberada, que por ahí no existía la policía y que había laboratorios donde se producía cocaína.

Finales del 92, la Argentina de Menem, la ficción del 1 a 1 con la que muchos viajamos al exterior. En el Perú de Fujimori, los grupos terroristas Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru) promovían la lucha armada para instaurar un régimen revolucionario campesino comunista. En el camino mataban a los enemigos de su revolución. Homero aseguró que no había problemas y le creímos. Después supe que la relativa tranquilidad era porque el ejército peruano había detenido a Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso.

Cuando llegamos a su caserío, los vecinos salían a la puerta de las casas para vernos atravesar la plaza sin monumento. En la casa de Reina nos invitaron arroz blanco con pescado frito y un tazón de café endulzado con chancaca (azúcar sin refinar). Tendimos nuestros sacos de dormir sobre unos tablones y hasta mañana.

Al día siguiente, Homero nos llevó a conocer una fábrica de cañazo, el aguardiente que se hace con la corteza de la caña de azúcar. De fuerte contenido alcohólico, la bebida emborracha a los hombres de la selva. De vuelta cruzamos por un río que traía oro, y al final llegamos a ese jardín tropical, mi paraíso. Había árboles cargados de frutos: plátanos, papayas, guabas, piñas, caña de azúcar, café, cacao, naranjas. Uno nunca podría pasar hambre en un lugar así. Mientras los reconocíamos -ahí vi por primera vez una planta de café- apareció la señora Lidia, bajita como un arbusto, que nos vendió algunas frutas, una leche evaporada, y de regreso, en la casa de tía Reina, preparamos un jugo multivitamínico en una licuadora a manivela. Este recuerdo aparece en mi memoria cuando pienso en el paraíso terrenal.

A propósito, la semana que viene viajo a las Islas Caymán, un paraíso fiscal.

(Escribí esta columna para el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile)




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