Con alma


El otro día charlé un rato con un astrofísico y, aunque hablamos de galaxias y soles, cuando me fui a dormir el mundo me pareció más chico. No había homeopatía ni astrología ni medicina ancestral ni mística. Pero lo peor fue que para él no existía el alma. Lo volví a recordar hoy cuando me enteré de que se encontraron unos poemas póstumos de la gran Wislawa Szymborska. Bastó que leyera un verso para encontrar el alma. Menos mal.

Alma era una palabra-acertijo. Soy, su mayor problema. ¿Y los mapas?, los mapas le encantaban por su don de mentir al desplegar un mundo “no de este mundo».


El deseo de ser piel roja

Si uno pudiera ser piel roja, siempre alerta,
cabalgando sobre un caballo veloz,
a través del viento,
constantemente sacudido sobre la tierra estremecida,
hasta arrojar las espuelas,
porque no hacen falta espuelas,
hasta arrojar las riendas,
porque no hacen falta riendas,
y apenas viera ante sí que el campo es una pradera rasa,
habrían desaparecido
las crines y la cabeza del caballo.

Contemplación, Franz Kafka.

(Tomado de un papelito pegado en el baño de la casa de unas amigas)


¡Nuevo curso!

Empezamos la próxima semana en Periodismo Portátil ¡Te espero!


Tesoros y el suelo

La niebla era tan espesa que mirar hacia adelante era como debe ser la ceguera: un mundo de tinieblas. Daba miedo porque no había nada, todo era blanco y vacío.

El jefe de la excursión dijo apenado: «Si el día estuviera lindo veríamos lejos, hasta Catamarca». Y también: «Si el día estuviera lindo, esos paredones serían rojos y allá atrás verían una cascada y podríamos divisar un cóndor».

Pero el día no estaba lindo y para donde mejor se veía era para abajo.

Entonces, acaso en un acto zen, no deseé otra cosa y miré para donde mejor se veía y para donde era posible. Encontré tesoros. Líquenes, yuyitos mínimos, musgos, tomillo silvestre, ajenjo, flores más chicas que una moneda de diez centavos, amarillas, rojas, lilas, helechos escondidos, piedritas, guijarros y hasta una yareta en forma de corazón.

A continuación, una galería de mis descubrimientos riojanos a unos tres mil metros sobre el nivel del mar. Sin sol.

 

 

 

 


La tarde de Caspar David Friedrich

Fue hace quince días, una tarde de luz irresistible. Más temprano había llovido bastante y seguía la humedad. Salí a caminar, caminé y caminé. No quería dar la vuelta. Volver era darle la espalda a esa luz.

No había nadie en la playa. Hasta que apareció uno. Uno rubio, a simple vista, forastero. Nos pusimos a conversar, y juntos fue menos triste darse vuelta. Volvimos.

Caminamos descalzos por la arena dura. Casi a oscuras, el rubio -que resultó ser húngaro- abrió una ventana a otras luces.

Me preguntó: ¿Conoces a Caspar David Friedrich ? Contó que era un pintor alemán del movimiento romántico, y que muchos de sus cuadros tenían la misma luz que estábamos viendo. ¿Sería un atardecer repetido?

La luz de Friedich es una luz excitada, por momentos parece enferma. En este cuadro se contempla la salida de la luna. Una luna que podría llegar del infierno.

Tenía razón Peter, el húngaro. El atardecer que compartimos se parecía demasiado a los de Friedrich. Con los días llegué a pensar que él estuvo entre nosotros. En luz y espíritu.


Vagabundas

Estudio básico preliminar del comportamiento nómade, sin atender al género

1. Por qué. La pobreza, el hambre, la codicia, los problemas judiciales, las desavenencias conyugales, la curiosidad insasiable o el incorformismo atroz encienden los motivos de la huida.
Sin embargo, lo circunstancial es una mera excusa.
Habría que considerar el factor genético. El nomadismo sería hereditario. O contagioso.

2. Quiénes. Los primeros exploradores, conquistadores o cruzados fueron principalmente traficantes, aristócratas, hidalgos, criminales, rufianes y bribones. De ese material humano excrable descendemos. La suma de carroñas foráneas dio como resultado esta humanidad, aparentemente seria y responsable. Sin embargo, varios siglos después se ha invertido el asunto. El sujeto que parte pertenece a otra especie: un desacomodado económica, espiritual o políticamente. Un buscador de cielos, un fanático de lo imposible. Los rufianes operan sin moverse de su condominio.

3. Cómo. En la Antigüedad se viajaba tan lentamente que la gente con tendencia al descanso y el confort desistía y desconocía el mundo. El conocimiento es agotador. Los que sí atravesaban el océano en precarios cascarones confiaban en obtener fortuna. A cambio, padecían infecciones, olían a pis, tenían liendres, tifus, peste y sufrían accidentes de todo tipo: por herida cortante, naufragio, traición, caída, hurto del compañero o asalto del pirata de turno. Con el advenimiento del progreso, los traslados se hicieron más tibios, en aparatos desodorizados. En la actualidad, hay un ejército de serviciales mucamos que hacen cómodo el periplo, a un costo razonable. El viajero ha perdido independencia en el trayecto. Es un condenado al tour, a la visita guiada, a la memoria acotada de estudiante de turismo. El viajero es castigado al recorte histórico y a la generalidad vana.

4. Progresión. Tras los vándalos transpirados y sin escrúpulos, llegaban los colonos y sus mujeres. Los primeros saqueaban y los segundos comerciaban lo saqueado. Ellos pasaban el trapo. Así crecieron las naciones. Las industrias más desarrolladas durante el siglo XX han sido la armamentística y la desinfectante. Un muerto requiere mucha higiene. La sangre deja huellas.

5. Salvedad. Las viajeras de mi interés son las que parten sin razón. Su disfrute es el viaje en sí. Tienen un individualismo muy superior al de sus pares varones. No van en grupo. No esperan elevar su status, sino perderlo. Viajar para ellas es sinónimo de liberación, siginifica desprenderse del destino de pastoreo para el que han sido criadas. Las viajeras son ovejas descarriadas, incluso antes de hacer la valija.

Vagabundas, Fernanda García Lao, Editorial El Ateneo.


Simone Carlotti: anfitrión de La Toscana

 

Mi amigo italiano Simone Carlotti vive en Monticiano, un pueblo de seiscientos habitantes en La Toscana, noroeste de Italia. Es una de la regiones más turísticas de ese país, sin embargo a su pueblo no llegan los turistas. Monticiano tiene una puerta medieval (Porta Maremmana) que Simone cruza casi todos los días cuando vuelve a la casa. Hay un pub, el único pub del pueblo, y dos bares. Uno al que van los viejos a tomar café y a jugar a las cartas. El otro, el bar de Mircko, adonde fuimos nosotros a tomar un Spritz.

Monticiano queda cerca de Siena. A la salida del pueblo hay una pista hípica con la misma inclinación de la que se usa en el Palio. Ahí van a entrenar los jinetes, rodeados por un antiguo bosque de robles y más allá, San Galgano, una abadía medieval.

Simone es músico y, desde hace un tiempo, encargado de la enoteca Laticastelli, un pequeño hotel con encanto en las afueras de Siena. Todos los días durante la temporada va a trabajar al hotel y maneja por paisajes con vistas como la de esta foto. En La Toscana la tierra forma suaves ondulaciones y está muy dividida y cultivada con vides, olivares y plantaciones de trigo. Hay antiguos castillos y pueblos con señoras que van a comprar a la feria y hombres que cultivan su parcela.

Simone había trabajado como manager de una agencia de viajes, y desde hace un par de años estudia para convertirse en sommelier. Hoy descubre el vino y sus misterios con los huéspedes de Laticastelli. En el hotel, organiza degustaciones guiadas con los productos locales, desde el Brunello de Montalcino hasta el delicioso queso Peccorino de Pienza.

Para él, el vino es una forma de conocer más profundamente un lugar. Su propuesta de degustación tiene dos opciones. La primera incluye: Chianti Classico, Nobile de Montepulciano y Brunello di Montalcino. La segunda, Chianti Classico, Noblile de Montepulciano Brunello y Supertuscan. La degustación dura alrededor de una hora y los precios varían entre 16€ y 30€ por persona. Además de probar los vinos se charla sobre la historia y el terruño. A veces también llegan productores locales a contar su experiencia.

Cuando los huéspedes le preguntan qué visitar desde «Lati», Simone enumera sus imperdibles: Val d’Orcia, Pienza y Montepulciano. También: el magnífico jardín de La Foce, Siena, Monteriggioni y San Giminiano. Hay más, hay mucho y siempre va a faltar tiempo.

Cuando termina de trabajar maneja otra vez hasta su pueblo, donde organiza un festival de jazz. Porque cuando no trabaja, Simone toca la guitarra, da clases, canta bossa nova y cuida los olivos, el romero, la salvia y las demás plantas de la entrada de su casa.


Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. «Mi madre es una diosa», dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.


Las Esperanzas de Teo

Este blog tiene algunos amigos de la casa y Teo Romera es uno de ellos. No es que nos conozcamos demasiado, pero nos conocimos en el camino, y eso es mucho. Fue en un parador de ruta, en la 40, un día de marzo de hace unos años, frío, con viento. Un día áspero, de esos que no dan ganas de bajarse del auto.
Él iba en su moto rutera y yo en una camioneta, en un viaje de trabajo para la revista Lugares. Fueron veinte minutos o quizás menos, ¿no Teo? Pero alcanzó para que me transmitiera sensaciones nítidas de su viaje por la Patagonia. Al llegar a casa, le hice una entrevista por mail.

Ese año, Teo había cambiado una vida de oficina por la vida que quería: viajar en moto. Después, lo leí desde desde Mongolia, Siberia, Kazakhstán, Eslovenia y Vancouver. Tiene un blog con muchísimos seguidores, que se llama Mr. Hicks, como su ídolo y gran comediante estadounidense.

A los meses de conocernos comenzaba uno de mis talleres de periodismo de viajes y Teo se inscribió. Fue un buen alumno, pero por lo que veo en su sitio lo suyo va por los videos. Donde esté monta un trípode y se filma. Hace unos días nos escribimos y me di una vuelta por Mr. Hicks 46, donde encontré este video. Arranca contando que se compró una súper moto, pero lo mejor es cuando aparece su madre, doña Esperanza, que además de recordarme a mi abuela me hizo pensar en las madres de los viajeros crónicos, que llevan pena también crónica por la incertidumbre de un viaje que viven como propio. Por cierto, la nueva moto se llama Esperanza.

Mientras Teo viajaba, a su madre le encontraron un cáncer. Entonces, en Vancouver, él decidió volver y suspender la aventura hasta que la operaran. Eso ya pasó y Esperanza se recuepera bien. Todo indica que pronto estará otra vez en la ruta. La próxima etapa: bajar desde Vancouver hasta Argentina, donde lo esperamos con un asado.
Mientras pasa el invierno en Madrid, sube videos del viaje. Este mes: Erzurum (Turquía), Georgia y las ruinas de Ani, en Armenia.

La otra Esperanza, la moto, ya tiene ganas de partir.


Al final del día

Hace poco estuve en Honduras. Un día me tocó tomar un vuelo tempranísimo, esperar en un aeropuerto, y después viajar cuatro horas por una ruta llena de pozos grandes como cráteres hasta las ruinas de Copán.

Ahí, me recibió la gente de turismo del lugar y, sin parar y todavía mareada por tanto viaje, a recorrer el pueblo, saludar gente, escuchar historias, ver cuartos de hoteles. El día no terminaba nunca, me pregunté cuánto faltaría para llegar a una cama y soñé con un trabajo más rutinario, con hora de entrada y de salida.

En un momento, al caer la noche, me llevaron a una finca cafetera. Estaba rodeada de bananos, helechos, orquídeas y heliconias en flor. Hacía calor, se sentía el trópico. Enseguida, se largó a llover. Era una lluvia constante, decidida, espesa. Llovió durante horas, como podría llover en Macondo, como si fuera a llover toda la vida. Cené con velas en una galería mirando llover mientras una arqueóloga vasca me contaba cómo encontró en Honduras su lugar en el mundo.

Cuando paró el agua, se escucharon millones de grillos, el sonido era más fuerte que las olas cerca del mar. En vez de ventanas mi cuarto tenía mosquitero, apenas un mosquitero me separaba de la selva. Estar ahí me pareció un lujo y antes de irme a dormir creí que tenía el mejor trabajo del mundo.

(La foto es de la mañana siguiente, un día luminoso, con lluvias esporádicas y, como los anteriores, muy húmedo)




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