Haití: el terremoto en el arte

Un año después del terremoto, en Haití hay miles de metros cúbicos de escombros. Y cuadrillas de hombres dedicados a demoler casas semidestruidas. Terminan de echar abajo sus propias casas.

Bajo el sol tropical, con rayos calientes como llamaradas, se pasan el día dando mazazos. Cuando ya no haya escombros, ocuparán el terreno para volver a tener una casa y dejar los campamentos. Pero, como se ve en la pintura, para ese día falta mucho. Si es que alguna vez llega.

Esto me lo cuenta Martín González, que durante 2010 viajó cuatro veces a Haití. La primera, dos días después del terremoto. La última, once meses más tarde. Como es camarógrafo, su mirada no descansó. Producto de esos viajes y de la cantidad de imágenes intensas que había registrado hizo un documental, que se estrenó la semana pasada en Córdoba y ya se puede ver online.

¿Qué cambió entre la primera vez que fuiste y la última?, le pregunté hace unos días. No dudó en responder: “Las pinturas que retratan a Puerto Príncipe destruido”. Con la ironía hacía referencia a que, para él, en Haití no cambió nada. Pese a la ayuda internacional, que tanta publicidad tuvo, más de un millón de personas viven hacinadas en campamentos. En Haití no cambió nada, esa es también la conclusión de su documental.

Tradicionalmente, la pintura haitiana, conocida por sus trazos naif, mostraba la vida en el campo, las casitas de colores de la ciudad, el día a día de los habitantes. El acervo más importante se guardaba en el Museo Galería Nader, que tenía 35 salas de arte. Después del terremoto, sólo 2 quedaron en pie. Se perdieron más de 15.000 obras, y  las que se salvaron necesitarán restauración.

En Pétionville, un suburbio cercano a Puerto Príncipe donde vivía la clase acomodada de la capital, hay una feria en la que se venden pinturas y alguna artesanía. Si bien muchos artistas siguen la huella del naif haitiano, otros han comenzado a retratar el horror del terremoto, el mareo de ese minuto en el que la tierra se sacudió, la realidad dada vuelta y la reconstrucción, que se adivina si no imposible por lo menos distante.


Los problemas de Marcelo R.

La fiesta estuvo bien, aunque la banda era malísima. Los vientos no tenían micrófono y el cantante gritaba sin armonía, como un padre enojado. Además, gritaba fuerte. Por eso cuando Marcelo se acercó apenas lo escuché. Luego de dos intentos se entendió lo que quería decir. Era el comentario clásico, hasta podría haberlo adivinado. Qué bueno que te encontré porque me voy de viaje y necesito hacerte algunas preguntas. En realidad, tengo dos problemas, señaló Marcelo, con tono y cara de preocupación.

- El lunes me voy a Caraíva y el vuelo que conseguí -los demás eran imposibles de caros- llega a Porto Seguro a las dos de la madrugada después de once horas de espera en Sao Paulo. Mi primer problema es que no sé dónde voy a cambiar reales. El segundo es que no sé si hay una balsa que cruce a esa hora desde Porto Seguro hasta Arraial d’Ajuda, desde donde parten, a las 7 de la mañana los ómnibus, para Caraíva.

Como el cantante seguía gritando quizás no se notó tanto que yo también grité. Le grité a Marcelo: ¿Esos son problemas?

El sonrió, y todavía con cara de preocupación, insistió en sus problemas. Que viajará con una cámara muy cara y no quiere ponerla en riesgo, que si sé cuántas horas son desde Arraial hasta Caraíva, que se enteró que ya hay luz eléctrica en Caraíva -hecho que estuvo a punto de considerar un tercer problema- que le da miedo llegar al puerto de Porto Seguro de noche.

Fui hace algunos años a Caraíva, en el sur del estado de Bahía, cuando no había luz eléctrica y se llegaba por un camino de tierra, lleno de pozos. Me acuerdo que pasé por Praia Espelho, donde los locales aseguraban que Di Caprio se había comprado un terreno (era la época en que estaba de novio con la modelo brasileña Gisele Bündchem).

Caraíva es un pueblo de pescadores del otro lado del río del mismo nombre. En ese momento no cruzaban los autos, tampoco ahora. Las calles son de arena, con marco de coqueiros, rosas de la China, casas de colores y buganvilias. Hay varias pousadas, hoteles y restaurantes que preparan delicioso peixe frito. Se hacen paseos -uno recomendable es caminar 6 kilómetros por la playa hasta la aldea de los aborígenes pataxós- es posible practicar snorkel y buceo, y es un buen lugar para leer. Y para no hacer nada. Como dice la leyenda de la plaza principal, dedicada a los turistas acelerados. “Calma, el sabio no se aburre”.

Le comenté a Marcelo que seguramente habrá una balsa que atravesara el río Buranhém a esa hora porque es temporada alta y muchos turistas van y vienen entre Porto Seguro y Arraial. De cualquier manera, en los dos lugares, incluso en el aeropuerto, puede esperar unas horas hasta que amanezca y tomar el bus que recorrerá los 50 kilómetros de tierra hasta Caraíva. Después estaba el problema de cambiar reales. Seguramente, en las once horas de espera en Guarulhos tendrá tiempo de hacerlo hasta sin comisión. Queda claro que nada de lo que le respondí a Marcelo era una verdad reveladora. Pero se quedó tranquilo, como si ahora sí, en su viaje estuviera todo bajo control.


El mismo idioma

“Continué navegando en aquel barco. El tiempo ya no importaba. Creo que estuve tumbada en el bote durante tres días y tres noches, y sólo remé hacia la orilla algunas veces cuando pasaba por aldeas pequeñas para comprar comida con el dineo que me quedaba. En una de las aldeas había un hombre sentado en una silla de palo en la tienda que parecía vender los alimentos  más baratos, esa tienda que siempre buscaba, con la fachada sucia y el letrero roto. Me miró muy serio,  pero cuando le sonreí me devolvió la sonrisa. Me dijo algo que no entendí. Pero cuando le contesté en mi idioma, en el que ya había empezado a sentirme extraña, se levantó de un salto y me contestó con un grito en el mismo idioma.

- ¡Mi niña! Eres del mismo país que yo, ¿Qué haces aquí, quién eres, adónde vas? [...]”

Tea-Bag, de Henning Mankell, Tusquets.

(En el último post rescaté un recuerdo sobre la confusión que produce no entender. Casualmente, hace un rato me topé con este párrafo que relata la emoción del encuentro entre dos personas que hablan el mismo idioma.)


Pelopincho de Cuba

Esta foto de Leandro Laffan salió seleccionada en el LXIV Salón Nacional de Rosario 2010, en el Museo Castagnino. Me cuenta el autor que, con razón, algunos de sus amigos la tildaron de peronista. Cuando su amigo Fabián Martín la vio le dijo: “La pelopincho representa un extremo del proceso reivindicatorio del trabajador, que culmina con sus merecidas vacaciones en las tibias arenas caribeñas…”

A su regreso de Rosario, a donde viajó para la inauguración del salón, Leandro escribió unas palabras sobre su foto.

Lo que ves es lo que hay.
Ellos se ríen, están en el paraíso. Disfrutando. Fotografiados.
El color azul del mar es más azul en la foto. ¿cuál es la realidad?. La de la foto
Es la que queda registrada.
Lo importante no es estar en el paraíso, es volver. Volver con la foto.
Mostrarla. Mostrarse.
Ellos estuvieron en el paraíso. Te invitan. Dicen que haciendo bien las cosas en la Tierra se llega al paraíso, pero el paraíso sólo existe en las revistas.


Otras conexiones

Anuncio de pocas pulgas preside la entrada a la Iglesia Catedral de Chiclayo, Capital de la Amistad, Perú.


El cadete de Huanchaco

El resplandor de este amanecer en Huanchaco es tal que a pesar de que estamos a orillas del mar, lo inmenso es la luz.

Ni el militar ni yo usamos anteojos negros, por eso achinamos los ojos para poder mirarnos. Ponemos, incluso, la mano extendida sobre la frente. Como los que gritaban Tierra a la vista. Pero enfrente no hay tierra sino océano: el Pacífico.

El militar es un cadete de pantalones camuflados y borcegos con pasado turbulento. Hace el servicio militar en Huanchaco, la zona costera de la ciudad de Trujillo, norte de Perú. Dieciocho años, diecinueve como mucho.

Durante un rato prestamos atención a los caballitos de totora, esos barcos de junco que se usan para pescar. Se acercan los pescadores con pasamontañas y las redes llenas de lorna y chita. El cadete está solo, las manos en los bolsillos, un cierto aire resignado. Después de un rato, hablamos.

Me cuenta que está haciendo el servicio militar en Huanchaco. Aprendió a manejar armas, detonar granadas, desarmar minas, y se graduó en maltrato. Le enseñaron a pasar hambre y a permanecer despierto por varios días; lo hicieron sentir una basura. En seis meses vuelve a la casa. Otros compañeros, muchos, decidieron a pesar de todo, quedarse y seguir la carrera militar. Él, no.

- ¿De dónde sos?
- De la selva, de Pucallpa.
- Qué paisaje diferente, ¿no? Acá no hay vegetación, esto es un desierto.
- Sí, además aquí hay mar. Y el mar va y viene. En cambio allá hay ríos. El río corre, siempre sigue, nunca vuelve.

Desde hace un tiempo, su puesto en el cuartel es cuidar un motor de agua. Los lunes tiene el día libre y suele bajar a la playa. Mira el mar, como si le fuera a traer algo. A su mamá, quizás, que no la ve hace casi dos años. O una porción de su Amazonas. El cadete no habla mucho. Pronto vuelve a sus sueños de selva y de Patria, que posiblemente no tengan nada que ver con el himno peruano. Me saluda y gira el cuerpo hacia el mar. Su vista se pierde en la espuma de las olas.


Disculpen las molestias

Malecón Cisneros, Lima, Perú.


A propósito de los viajes al espacio

Cada vez que leo una noticia relacionada con los viajes espaciales me acuerdo de una historia mínima que le pasó a una amiga cercana.

En estos días volvió el tema. Virgin Galactic está en su fase de pruebas. Vi un video sobre el despegue exitoso de una nave que a fines de 2011 llevaría los primeros turistas al espacio. Entonces, una vez más, lo recordé.

Resulta que mi amiga tenía un novio que escribía para revistas de viajes de varios países. Un tarde de noviembre, hace unos dos años, ellos caminaban por una playa del Pacífico. Iban de la mano. El sol, naranja como una mandarina, estaba a punto de entrar en el mar. La brisa salada los acompañaba, la playa casi vacía.

Se sentaron un momento en la arena húmeda, entonces él se lo dijo: “Me preguntaron si me puedo ir al espacio”.

Absorta en el atardecer, ella tardó en procesar la frase que todavía rebotaba en el aire. Hasta que reaccionó:

-¿Qué? ¿Adónde? ¿Cómo?
-Eso. Una revista colombiana quiere que empiece a escribir columnas en las que me vaya preparando para el gran momento. Ellos van a conseguir un viaje y quieren que yo vaya… al espacio.
-¿Espacio? Más despacio, por favor
-Es-pa-cio.

No le habían explicado demasiado, ni siquiera los editores que se lo preguntaron sabrían mucho. Pero tenía que dar una respuesta: ¿Podía o no podía ser un candidato para irse al espacio?

Hablaron un rato del tema. Mientras él le contaba lo que sabía de los viajes al espacio, ella se imaginaba a Ménem en esa famosa inauguración de un ciclo lectivo en Salta: “…Esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera..”. Pensó en V Invasión extraterrestre, en George Lucas y en su chico vestido de astronauta, durmiendo en una remota estación espacial. No dijo mucho, pero incluso el atardecer le pareció insignificante comparado con el esapacio.

El día siguió, hablaron de trivialidades, cenaron, pero cada uno, en lo profundo de su ser, pensaba en el espacio. Tarde,  ya en la cama, haciendo cucharita, ella lo abrazó muy fuerte y le susurró al oído: “No te vayas al espacio”. El también la abrazó y le respondió: “Pídemelo otra vez”.

***

Tiempo después, mi amiga se separó de su novio. Los viajes al espacio no tuvieron nada que ver. Finalmente, él no salió de la atmósfera ni remontó la estratósfera. Quizás algún día lo haga. Quizás ese día le mande un mensajito desde su Blackberry. Seguramente se reirán de este recuerdo mínimo.


Va mi corazón en esta botella

Bottle from Kirsten Lepore on Vimeo.


Dime cómo duermes y te diré qué pareces

Los apocalípticos. Esta especie se deja caer. Primero los brazos, luego el cuerpo y finalmente la cabeza. Cuando los veo pienso que están mirando adentro de un aljibe. ¿Tendrán sed?

Los porfiados. Duermen como si tomaran una curva. Y doblan con la cabeza. Doblan con obstinación, con capricho. Doblan, como si quisieran torcer el destino.

Los embarazados. No importa si son hombres o mujeres, los embarazados del sueño duermen sosteniendo el regazo, cuidándolo. Las manos en posición de rezo, el mentón apoyado en el pecho.

Los turistas. Recuestan la cabeza sobre los brazos flexionados. Tienen la actitud de alguien que toma sol en la playa, aunque arriba sólo haya una lamparita que la mayoría de las veces no anda.

Los inseguros. No pueden dormir sin apoyo. Suelen elegir la ventanilla, aunque hay algunos que en la desesperación usan el hombro del vecino, que en general no se los presta y se sacude hasta quitárselos de encima.

Los budistas. Esbozan una sonrisa satisfecha, medio sexy, medio social, como la de los bebés. Duermen como si pasearan por un jardín de violetas, lirios y rosas.

Los negadores. Actúan como si estuvieran en su habitación, aunque viajen en un ómnibus de larga distancia. Buscan asientos libres, se tapan con camperas, fabrican almohadas con buzos, bajan la cortina, se acurrucan, montan todo un operativo para sentirse en casa. Si pudieran, apagarían la luz.

Los hambrientos. Duermen con la boca abierta. En el fondo, se trata de personas con esperanza, sueñan que entrará algún bocado antes de la hora de comer.

Los preocupados. No dejan de trabajar ni un minuto, resuelven problemas en el plano onírico. No descansan, fruncen el ceño. Parecen enojados, pero es pura preocupación.

Los sospechosos. Ocultan su identidad bajo un suéter o similar. Se tapan toda la cabeza en busca de un ambiente oscuro. El resto del pasaje les tiene desconfianza.

Los que esperan. Sostienen la cabeza con la mano y esperan. A Godot, a Romeo, a Julieta. No se cansan de esperar, ni siquiera acalambrados.

Los aristocráticos. Podrían ser de cera. Duermen con pasmosa perfección: boca cerrada, labios juntos, rictus relajado. Algunos usan antifaz y otros, almohadita inflable.

Los paranoicos. Sostienen una pared o un vidrio con la cabeza porque creen que podría desplomarse en cualquier momento. Duermen angustiados, despiertan sobresaltados.

Los moteros. Imaginan que son hermosas Yamahas pisteras o BMW de trail. No importa la posición, sino el sonido. Rugen como motos desbocadas.

Los desmayados. Si se hiciera un control antidoping en el viaje, les daría positivo. Duermen como si les hubieran pegado un palazo. Como si fuera esta noche, la última vez…

Los simuladores. Cierran los ojos, pero no duermen. Es fácil descubrirlos porque les tiemblan los párpados y a veces hasta mueven los labios. Farsantes del sueño.




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