Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.


Double check

Volví hace unos días de Hong Kong. Además del skyline, el lujo, el gusto por el dinero, el neón y el panda que vi en el parque temático Ocean Park me llamó la atención el uso desmedido del término double check.

Es cierto que después del famoso doble check de Whatsapp se emplea más seguido en general en todos lados, pero por lo menos en esta ciudad da la impresión de que tuviera más que ver con una obsesión por minimizar la posibilidad de equivocación.

Todo parece estar sujeto al double check. En la oficina de turismo, en el hotel, en el metro, en el supermercado suena la expresión double check. Volver a chequear para estar completamente seguros.
En la góndola no hay talle S pero el empleado va a double check en la computadora; el concierge va a double check si el correo abre hasta más tarde aunque se lee el horario en el folleto y el chico de del metro va a double check qué salida es mejor para llegar a ese lugar y la empleada de información turística va a double check el clima a ver si mañana conviene hacer la excursión.

La información no solo se chequea una vez, se chequea dos porque no hay tiempo para perder en errores. Porque la eficiencia es el objetivo y en el mundo eficiente, los errores son puntos en contra.
En Hong Kong los horarios de las citas se double check por mail porque la puntualidad es extrema y llegar tarde roza la ofensa.

Me pregunto qué dirían si les contara que más de una vez en el DF pregunté en la calle dónde quedaba tal o cual lugar y la gente por pena de no saber respondía que para la derecha o para la izquierda no sólo sin hacer ningún tipo de double check sino sin tener idea de la respuesta.

Y no quiero pensar la cara que pondrían si les hablara de las veces que salí de viaje sin reserva de hotel. O de la vez que llegué tarde a la estación, pero no importó porque el tren salió mucho más tarde.

En una ciudad de bancos, dinero y business, esto no se entendería. Creo que lo descartarían por increíble o inventarían el triple check.


Cultura bici en Buenos Aires

Si David Byrne volviera a Buenos Aires saldría corriendo a actualizar su libro Diarios de bicicleta (Reservoir books, Mondadori), publicado hace cinco años. Ahí cuenta sus andanzas en bici por varias ciudades del mundo y en el capítulo de Buenos Aires se asombra porque la gente no usa bicicleta: “La ciudad, situada en el terreno aluvional del Río de la Plata, es bastante llana, lo cual sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aún así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? […] ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? ¿Tan menospreciada está la bicicleta que incluso los mensajeros usan otros medios para desplazarse?”.

El creador de Talking Heads tenía razón. Eso sucedía antes, tal cual, pero todo cambi. Basta un paseo corto por la ciudad para comprobar que el párrafo envejeció mal. Por la tarde, a eso de las cinco o seis, las ciclovías de Palermo son una columna de playeras, plegables, viejas, de bambú, alquiladas, MTB. Hay ciclistas con casco y sin casco; obreros y oficinistas que vuelven a casa; deportistas con guantes y pantalones de telas inteligentes; hombres de traje y chicas con anteojos de marco grueso, candado cruzado en el pecho y estrellitas en los rayos. A veces, cuando las bicisendas se congestionan y algunos pasan mal o paran a responder un whatsapp, me pregunto si teniendo en cuenta el momento histórico que atraviesa la bici en las ciudades no habría que sacar licencia para conducir.

En los últimos cinco años Buenos Aires se sumó a la tendencia mundial y se transformó en una ciudad bike friendly. Tiene 135 kilómetros de ciclovías y el proyecto llegar a los 155 a fin de año. Cuenta con más de 30 estaciones Ecobici donde se retiran bicis gratis, apps para elegir los mejores recorridos, talleres de mecánica para bicis, alforjas de diseño y restaurantes que hacen descuentos del 15 y 20 por ciento si uno va en bici. Se hacen salidas grupales de luna llena y circuitos guiados por los mejores grafittis de la ciudad. En la bicicletería Monochrome hasta es posible diseñar, accesorizar y lookear la propia bici –fabricada con materiales reciclables–antes de comprarla. El color del cuadro, del asiento, del grip y de las cubiertas. Campanita, portaequipajes, inflador, luces, todo personalizado.

Desde que se construyeron las ciclovías mucha más gente se anima a salir. Al trabajo, a entrenar, a la casa de un amigo, a un bar. “Para mí es como meditar, es el único momento del día en que no pienso en otra cosa más que en lo que estoy haciendo”, me dice Pelu Romero un ciclista que va tres veces por semana a recorrer los caminos de tierra de la Reserva Ecológica Costanera Sur en su MTB. Quizás leyó Bici Zen, ciclismo urbano como camino (Planeta 2012), de Juan Carlos Kreimer, un libro con la tesis de que la rutina de andar en bici es nada menos que un acto zen y produce sentimientos de “placer, libertad, autonomía y contacto consigo mismo”.
Pedalear hace bien a la salud y puede cambiar la perspectiva del día: los pensamientos quedan en un plano secundario, mientras se presta atención al ejercicio, a los detalles del paisaje urbano: un grafitti, el perfume de ese jazmín que trepa por la medianera, las naranjas en una verdulería. Andar en bici cambia el foco. Así de simple y contundente.


Tarde de sol, recetas, cuentos y conservas

El otro día vi How to cook your life, esa peli de Doris Dörrie en la que un monje aplica la sabiduría zen en la cocina. Dice en un momento que cuando uno cocina no sólo cocina, también trabaja sobre uno mismo y sobre los otros.

Enseguida me acordé de Natalina y de ese sábado de sol y conservas en la casa de Eloise. Por el bien de todos voy a desencriptar la frase anterior. Hace un par de semanas tomé una clase de conservas en la casa de Eloise Alemany, editora de libros de cocina. La maestra fue Natalina Piccolo, una siciliana que vive hace unos años en Argentina. No es chef, su conocimiento viene de las mujeres de su casa. Ella las vio cocinar desde chica, las ayudó y ese saber empírico es lo que transmite en sus clases.

Llegué a las once. Era un día de sol fuerte, un veranito en pleno otoño. Crucé un pasillo largo hasta la última casa, la del fondo. La luz se colaba por las las ventanas y por la claraboya. Iluminaba tazas de porcelana antigua, plantas suculentas y un paisaje con bosque pintado al óleo.

La mesa estaba puesta, mantel a cuadros rojo y blanco. El resto de las alumnas ya tenía puesto su delantal. En el cuadro que sigue en mi memoria pelo peras para hacer una mermelada de pera y jengibre. La cocina era amplia, así que al mismo tiempo se lavaban tomates perita para hacer conserva de tomates.

No nos conocíamos de antes, pero rápidamente se entrelazaban historias y recetas. Había una física, una química -¿quién hubiera pensado que los científicos cocinan?- y muchas ganas de lavar, pelar, cortar poner al fuego. Circulaban cuchillos y nadie se quejó por picar las cebollas para hacer el chutney (hubo ojos llorosos, como corresponde).

Los frascos hervían en una cacerola enorme y Natalina contó de cuando vivía en Sicilia y una vez al año se reunía toda la familia para preparar la conserva de tomate para la pasta, para la pizza y ¡para todos! Cuenta que en un día preparaban unos 400 frascos. Se hacía a mediados de agosto, cuando los tomates napoletanos (perita) están gorditos, jugosos, llenos de sabor. Había que levantarse al alba, lavar, pelar, sacar el jugo, escurrir y enfrascar con una ramita de albahaca. Después, cada integrante de la familia tenía tomate para el resto del año.

Más o menos lo que hacíamos nosotros, y aunque el Mediterráneo estaba lejos del barrio porteño de Coghlan por un segundo me pareció sentir una brisa marina y un eco de tanos hablando a los gritos en un patio.

Alguien por ahí se fijó que la pera cambió el color, estaba más oscura, había que bajar un poco el fuego. Tiene que hervir dulcemente, dijo Natalina.

Para el chutney de cebolla las semillas de cilantro son vitales y de clavo poco, dos o tres para que no invada todo. En algún momento, entre conserva y conserva, comimos pasta, hablamos de Venecia y de la Toscana, de recetas de famiglia. Nos encontré tan italianos. Y recordé a una amiga romana que me habló de lo importante que es la comida para ellos. “Es tan simple y contundente como esto: cuando las mujeres están en la misa, lo más probable es que estén pensando en el pranzo (almuerzo) de la domenica”.

Me fui de la clase de cocina inspirada, como cuando vuelvo de un viaje, y con cinco frascos de conservas que ya hibernan en mi despensa. Tengo ganas de que llegue el frío solo para abrir los tomates y que traigan un vaho de verano y madurez.


Turismo zen en pueblos mínimos

Vengo de un viaje por pueblos chicos. Donde la siesta es sagrada, no hay café expresso y el único museo puede pasar varios días cerrado porque a la mujer que lo atiende le duele la garganta y solo ella tiene la llave. Pueblos a los que se llega por caminos de ripio, y donde los habitantes pueden no tener agua pero ven el noticiero de las ocho y saben cómo está el tráfico en los accesos principales a la Capital Federal. Aunque les quede a más de mil kilómetros, aunque no hayan ido nunca.

Los pueblos de los que vengo quedan en el oeste de San Juan, en Argentina. Pero se repiten en muchas partes. Con otro marco natural y otras gentes vi lugares así en Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, la India. Los pueblos mínimos no tienen un atractivo contundente. No hay cataratas ni playas increíbles ni un parque nacional. Apenas aparecen en las guías y nunca llegan al 99% de ocupación. Como las fotos que saca un amigo, son lugares de belleza difícil.

Me acuerdo de la tarde que llegué a Huaco. De no haber sido por una mosca que revoloteaba insistente en el parabrisas hubiera pensado que avanzaba sobre un pueblo embalsamado. Cuatro de la tarde y en Huaco todo estaba quieto. Las persianas bajas y el perro dormido a la sombra de un molle. No había brisa ni gente en la calle. Los timbres sonaban pero nadie salía a ver quién llegaba. Mal pronóstico para encontrar un lugar donde comer. Ni restaurante, ni comedor ni despensa abierta, solo un kiosco con una heladera sin helados y dos computadoras donde un par de adolescentes jugaban a la guerra. Terminé comiendo unas galletas de animales parecidas a las que se venden en los zoológicos, y un yogur.

No, a los pueblitos alejados no hay que pedirles nada. En el menú se lee pasta, pero no llegaron a amasarla y hasta el jueves no habrá; el centro de artesanías no abre los sábados; el hotel cerró porque los dueños son suizos y no vuelven hasta octubre y el último temporal rompió un tramo de ruta y hay que tomar el desvío largo.
En un viaje por los pueblos mínimos lo más sano es aceptar. Las faltas, lo diferente, la lentitud. Aceptar, como dicen que hay que hacer en la pareja y en la vida en general. Nada de recurrir a la queja, de poner el grito en el cielo y enojarse porque la comida tardó casi una hora en llegar. Y mucho menos pedir que cambien. Aceptar lo que hay y lo que no.
Y recibir. El verde vivo de los oasis, las maravillosas vistas de la Cuesta de Huaco, con el río Jáchal que serpentea junto a la ruta 40, los cerros oxidados camino al Paso Internacional Agua Negra, inmensos cielos estrellados, los encuentros con gente que tiene ganas de conversar, y tiempo.

Aceptar y recibir, recuperar lo simple, rescatar el valor de una sonrisa, disfrutar de la naturaleza, se podría hablar de turismo zen.

En Iglesia, uno de los pueblos chicos, encontré a una pareja de viejos que caminaba por la vereda. Las únicas personas a la vista y ya eran más de las cinco de la tarde. La siesta implica cinco horas de limbo y ausencia. Luis Messina era grande, estaba arrugado y tenía los ojos brillantes. En la mano llevaba una honda que no era para matar pájaros, sino para darle unos tiros cortos a su perro cuando se acercaba a la calle.

Le pregunté para dónde iban. Entonces, me contó la historia del reloj.
Una vez hace muchos años acompañó en una cabalgata a la cordillera a alguien muy importante de la embajada de Alemania. Y él se comportó bien y fue un guía notable, eso dijo. Al final de la cabalgata el hombre muy importante se sacó el reloj de la muñeca y se lo regaló. “Viera ese reloj, tenía la hora, el día, la fecha, el año, todo tenía!”. Ayer, trabajando en el campo con el maíz se me perdió. “Culpa mía fue no le ajusté una perillita que andaba floja”. Y ahora vamos con mi señora y si Dios quiere lo encontramos.

Por el pasado, la geografía y el clima estos pueblos son lugares de soledades, vegetación espinosa, historias mínimas y días luminosos. Donde son comunes la fe, las tapias, las imágenes de nostalgia y esfuerzo. Una mañana, en un camino de tierra, vi que se acercaban una mujer, un niño y un hombre que llevaba una bici. Cuando llegaron a la ruta se subieron los tres: él manejaba, ella en el caño con el nene a upa. Seguro que iban a la próxima ciudad, a unos 15 kilómetros.

Vengo de un viaje por pueblos chicos, donde una bici es un tesoro para compartir. Donde las casas son de adobe y las cebollas deliciosas. Donde lo más sano es viajar sin expectativas, abierto a lo que se encuentre en el camino. Pueblos chicos, donde en cualquier momento se abre una agencia de turismo zen. Omm.

(Esta columna se publicó en el suplemento Viajes del diario La Tercera, de Chile)


Aquí y ahora

Un par de meses atrás fui a Rosario con una amiga. Salimos un domingo temprano, la ruta estaba despejada. Enseguida dejamos atrás Buenos Aires y se abrió el horizonte amplio del campo. En el auto sonaba el CD Brasilerinho de Maria Bethânia, mientras nos actualizábamos sobre los últimos acontecimientos de nuestras vidas: trabajo, alegrías, proyectos, penas, novios.

¿Hace mucho que no vas? Rosario está tan linda, me habían dicho antes de partir.
Llegamos en poco más de tres horas, comimos algo y directo al Macro, el Museo de Arte Contemporáneo emplazado en un antiguo silo reciclado y pintado de rojo, violeta, amarillo. Había gente tomando sol en el parque con el césped verde brillante, impecable como un parque inglés.

Saqué una foto y tuve el impulso de tuitearla y de contar que en Buenos Aires eso no se ve. Por lo menos no tan verde y sin rejas que lo protejan de los perros y el fútbol. Pero mi amiga me contaba una historia de enredos amorosos y me pareció descortés empezar a escribir en el teléfono. Me aguanté. Al rato la llamó su madre y ahí ¡zas! aproveché para mandar un tuit y enseguida otro. No sin cierta vergüenza. Como cuando de chica me robaba un pan de la cocina, antes de la cena.

Ni bien empecé a tuitear fotos y comentarios del viaje vinieron respuestas de seguidores interesados en el recorrido. Muchos preguntaban, algunos retuiteaban o faveaban (clasificar un tuit como favorito). Otros no decían ni mu pero estaban presentes desde el silencio. Uno hasta me dio las gracias porque sentía que viajaba a través de mis despachos de 140 caracteres. Yo sonreía, a veces por lo que mi amiga contaba… y otras, ejem, por los comentarios que leía en el smartphone.

Por momentos tenía la impresión de ser la guía de una banda de turistas. No podía dejar de mostrarles a mis contactos el Palacio Minetti, la cúpula de la Bolsa de Comercio, las casonas del Boulevard Oroño. En estos teléfonos todo está diseñado para tardar apenas unos segundos en sacar y mandar una foto. Elogio de la inmediatez. Les recomendé que si venían a Rosario subieran por el ascensor del Monumento a la Bandera y no se perdieran el dulce de leche granizado de la heladería Esther. Eso sí, cuando me daba vuelta no había ninguna banda de nada, solamente mi amiga que si me pescaba tuiteando me miraba medio preocupada, medio ofuscada. ¿Por qué lo haces? ¿Te gusta que la gente sepa dónde estás? ¿Es para mostrar que viajas?, preguntó mientras caminábamos por la Costanera.

Me acordé de cuando leí a Paul Virilio. El filósofo y urbanista francés que habla de velocidad de la tecnología, las autopistas de la información, la intimidad como espectáculo, el cibermundo y la perturbación en la relación con el otro. Lo mío ni siquiera era travel streaming (relatar viajes en tiempo real), apenas unos cuantos tuits bastaban para alejarme de la vivencia.

El mediodía siguiente nos encontró almorzando en uno de los bolichitos que miran al Paraná. La boga que nos trajeron era tan grande que alcanzó para las dos. Dorada, carnosa y a un precio lógico. Esto tengo que mostrarlo, pensé mientras sacaba una foto. Diez minutos más tarde estaba encerrada en el baño del restaurante con la vista fija en la pantalla del teléfono, tuiteando la boga.

La experiencia directa había perdido terreno en mi viaje. Lo real –el río, mi amiga, la charla, el museo– compartía plano con Twitter. Como cuando en la tele dividen la pantalla y se pueden ver dos escenas simultáneas. Sin ser del todo consciente, me había convertido en un canal de transmisión y eso era tan importante como el aquí y ahora. ¿El viaje como una aplicación más de una Red Social?

El resto del tiempo que pasé en la ciudad de Fito Páez y Fontanarrosa mandé tuits a escondidas. Hablaba con mi amiga y cuando encontraba un hueco les escribía a mis contactos. Pretendía estar en dos lugares al mismo tiempo. Le pregunté a un follower rosarino en qué bodegón se comía bien y me enteré de un cine arte que esa semana pasaba películas de Hitchcock. También supe que Raymond Carver estuvo en Rosario en 1984 y dio una conferencia en el Jockey Club que, según dicen, fue aburridísima. Aunque de eso no me enteré por Twitter.
En este punto tengo la impresión de que además de evocar una escapada a Rosario o preguntarme sobre los beneficios y límites de una Red Social, esta columna tiene el móvil íntimo de sumar uno que otro seguidor a mi cuenta @carolreymundez

(Prometo tuitear en viaje, aún desde la contradicción).


Gastronomía y vinos en Cancún

Hace unos días terminó el primer Wine & Food Fest de Cancún y la Riviera Maya, una elegante muestra de cocina en la que los chefs y el público se encuentran y dialogan frente a un cordero en mole amarillo, un taquito de pato o un canelón de cangrejo de Ixtapa.

“Cuando el número uno del mundo dice que sí, el resto viene solo”, me dice David Amar, presidente y fundador del festival. Canadiense y amante de la comida y de Cancún.

El número uno es Ferrán Adriá, que anunció en conferencia de prensa que este es el último festival al que asiste. “A partir de ahora será más fácil verme en charlas en universidades que en festivales”, dijo el cocinero que durante los próximos años coordinará una cátedra de cocina en Harvard, y estará abocado a la planificación de El Bulli Foundation, una institución con una misión principal: crear.

Pero vino al festival de Cancún, fue el invitado de honor. En total fueron 24 chefs, la mayoría mexicanos, pero también el argentino Martín Molteni, el chileno Cristián Correa, la brasileña Mara Salles y los canadienses, Jerome Ferrer, Normand Laprise y Daniel Vecina.

En la noche de inauguración y bajo el lema Tributo a México presentaron sus delicadas interpretaciones de la cocina tradicional mexicana que desde hace unos años es Patrimonio de la Humanidad.

Ricardo Muñoz Zurita, dueño del restaurante Azul y Oro y autor de varios libros, incluido un diccionario einciclopédico de la gastronomía mexicana, preparó camarones en pipián verde y cordero en mole amarillo. En conferencia de prensa contó sobre su compromiso para rescatar antiguos chiles endémicos que crecen en zonas remotas y ya casi no se cultivan. Como es el caso del chile chilhuacle, actualmente el más caro de México.

El público podía conversar con el chef, que era quien servía los platos. También había bodegas mexicanas (Casa Madero) chilenas (Errázuriz) y estadounidenses de la talla de Robert Mondavi.

Durante los cuatro días hubo charlas, degustaciones, catas guiadas y demostraciones de cocina en vivo. Marcela Valladolid, una mexicana que vive en San Diego y tiene su programa de televisión y Enrique Olvera, propietario del restaurante Pujol, estuvieron entre los más aplaudidos. Diría que empataron con Cristián Correa, que en una “operación comando” logró traer picorocos y una centolla para su cooking demo. Cuando terminó regaló merkén a todos los asistentes.

Cancún apunta a diversificar su oferta turística: menos spring break (período de vacaciones de los estadounidenses de 17 años) y más turismo europeo y sudamericano. Y trabaja para que las opciones gastronómicas sean variadas y creativas. En ese sentido, primer Wine & Food Fest fue un éxito.


Turismo sostenible en La Boca y Barracas

Para ampliar la imagen de La Boca y Barracas, para ver algo más que el Puente Transbordador, Caminito, conventillos para turistas, la Cancha de Boca y la Estación Buenos Aires, la Red de Turismo Sostenible de la Boca y Barracas es una alternativa a explorar.

La integran organizaciones sociales, artistas, comerciantes, vecinos dispuestos a mostrar otro aspecto de su barrio. Por ahora hay cinco circuitos (entre 1,5 y 4 km) que se pueden hacer por cuenta propia. Recomiendo conseguir el mapa gratuito que editó la Red, que informa sobre colectivos y ciclovías.

Hace unos días me invitaron a un Blog Day Trip en la zona y conocí el taller de Daniel Slafer (Irala 325), un escultor que un día, cuando todavía era barato, compró un taller de 200 mts2 donde se reparaban ómnibus y lo adaptó como casa. Con cita previa, se puede visitar. Igual que la Casa Museo Taller de Celia Chevalier y otros tantos refugios de artistas. O la fábrica de Alfajores Porteñitos (Del Valle Ibarlucea 938), el Bar Los Laureles (Iriarte 2290) y el restaurante y bar La Flor de Barracas (Suárez 2095), donde me enteré que se preparan ñoquis rellenos de jamón y queso. Me reservaré algún 29 de 2012 para ir a probarlos.

Los circuitos incluyen varios emprendimientos comunitarios, además de la popular Cooperativa Editorial Eloísa Cartonera (A. del Valle 666), como el Centro Cultural El Conventillo, que trabaja con chicos de la Villa 21 y más organizaciones que aceptarían con gusto turistas con ánimo de cooperar de alguna manera.

También hay plazas con sombras menos famosas que las de Palermo, como la Plaza Colombia, frente a la iglesia Santa Felicitas y la Plaza Matheu, rodeada de casas de chapa en venta, veredas altas y vida en la calle. Al fresco y en ojotas.


Hacia blogtrips conscientes

Hace poco me invitaron al primer blogtrip de Argentina. El destino era la ciudad de La Plata.

No pude ir, no me daban los tiempos. Pero confieso que tuve miedo de que fuera similar a los clásicos presstrips que hago por trabajo.

El sábado, en el marco del Travel Blogger Meeting, supe que ese blogtrip salió muy bien. Hablaron los organizadores y una de los cinco bloggers participantes, que estaba conforme con la experiencia.

También me enteré que próximamente habrá más blogtrips en el país, siguiendo el modelo exitoso de España y Europa. Como blogger me gusta que se nos tenga en cuenta y que se renueven los medios y estrategias para escribir sobre viajes. Pero como periodista de viajes acostumbrada a los presstrips quisiera que no se cometan los mismos errores.

El presstrip es lo más parecido que conozco a un viaje de egresados. No voy a ocultar que lo pasé excelente en muchos, que disfruté, que me hice amigos que conservo hasta hoy. En los viajes de prensa hay amistad, risas, peleas… y romance. Conozco a una colega que encontró a su marido en un fam (Dato para noveleros: fue hace 10 años y ¡siguen juntos!)

Sin embargo, hay que admitir, que muchas veces los presstrips tienen más componentes de un viaje de adolescentes que de un tour de familiarización con un lugar. Uno termina hablando con el compañero que tiene al lado y son mucho más importantes los chismes que él cuenta sobre el medio para el que trabaja y los conocidos en común que el país o ciudad que está pasando por la ventanilla.

Una editora amiga me contó una anécdota que le ocurrió en un fampress. Resulta que estaba en un restaurante de Hong Kong con un grupo de periodistas argentinos. Ella es una mujer curiosa, acostumbrada a viajar. Tenía su plato en la mano y analizaba el exuberante paisaje gastronómico, emocionada ante los brillos, el color, las texturas, pensando si se serviría pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón o huevo de pato. Tan absorta estaba en la elección que no reparó la cercanía de uno de los periodistas del presstrip, que le susurró al oído: “¿No te comerías un choripán?”.

A este tipo de situaciones se suma que vamos juntos a todos lados, nos esperamos, comemos, tomamos algo, todo siempre entre nosotros. Cuando la idea es conocer otro lugar, otras personas, otras costumbres.

Y qué decir de la agenda de los viajes, más apretada que un talle chico. En general, estos viajes están organizadas por gente que odia perder el tiempo, y no entiende que para nosotros periodistas o bloggeros que vamos al encuentro de un lugar es importante una mañana, una tarde para vagar sin agenda.

“No se preocupen, yo les consigo un personaje buenísimo”, dirá el tour leader ante las quejas de los periodistas aburridos de las citas con los directores de turismo que no suelen aportar nada. Entonces, aparecerá el personaje y los periodistas anotarán las mismas declaraciones y luego las reproducirán en sus artículos, que si bien serán diferentes, se parecerán bastante y saldrán en una fecha más o menos igual.

Por eso, es importante que encontremos tiempo libre, no para ir a la piscina del hotel, o sí, si es que pensamos que allí vamos a encontrar una punta para la nota. Tiempo libre para mirar, interpretar el lugar, encontrar a alguien con algo para contar. Me acuerdo de un fam en Praga con una agenda imposible, con una guía frenética. La forma que encontré para estar un rato sola, sin colegas, sin guía y con menos turistas, fue entre las 6 y las 8 de la mañana. Entonces, esa semana amanecí varios días al alba, para salir en busca de mi punto de vista. Para ver sin que me muestren.


Yoga en la Capilla Sixtina

Un gran porcentaje del turismo que visita Roma lo hace para vivir una experiencia artística, que más de una vez transita los mismos caminos que la experiencia religiosa.

Antiguamente, los artistas trabajaban para la iglesia: los papas eran mecenas de artistas, los protegían, les pagaban, coleccionaban arte. Las obras están a la vista: los 12 Apóstoles esculpidos en San Giovanni en Laterano, el Moisés de San Pietro en Víncoli, el coro sobrio de Santa María del Popolo, el Baldaquino de Bernini en San Pedro y, sobre todo, El Juicio Final que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, hace unos 500 años.

Hacia allá voy para vivir mi experiencia artística romana. Primera meta: resistir la fila de un kilómetro para entrar a los Museos Vaticanos. Calor. No traje paraguas de sol como la señora de adelante. Mal hecho. Segunda meta: pagar los 15 euros de la entrada. Tercera: dosificar la energía porque los museos son inmensos y lo mejor, dicen, está al final. Cuarta meta: lograr un lugar en la masa turística.

Durante todo el recorrido, siempre, hay gente. Adelante y atrás. A un lado y a otro. Gente con cámaras de fotos, mochilas, sombreros; gente que habla en muchos idiomas; gente en grupo –los guías llevan una flor para identificar a los suyos– gente sorprendida, cansada, apurada, lenta; gente en modo “inercia”. En los Museos Vaticanos, la gente tiene tanta presencia como el arte.
La masa me lleva, me empuja suavemente y sin pausa. Parecemos el caudal de un río tranquilo. Las pinturas, los tapices, las esculturas pasan como los títulos al final de las películas. Difícil detenerse sin que las alemanas de atrás no me arañen los talones con sus Birkenstock último modelo. Resisto porque quiero llegar a la Capilla Sixtina, allí donde se reúne el cónclave de cardenales que elige al nuevo pontífice; allí donde Miguel Ángel trabajó durante años en su obra máxima y polémica.
En el camino pasan obras de Botticelli, Rafael, Rosselli. También me pasa el tallo de una rosa –sin espinas, menos mal– a un centímetro del ojo izquierdo. Es que la guía del tour japonés revolea su flor sin precaución ni elegancia. Debería llevar atrás una P de “Principiante”, como los conductores que recién sacan la licencia.

En los Museos Vaticanos, en la Fontana de Trevi, en las escalinatas que llevan a la Piazza di Spagna, posiblemente en todo el casco histórico Roma convive con el cliché turístico. O debería decir: Roma es un cliché turístico. El arte, la pasta, el carácter, la intensidad, todo lo que Julia Roberts en su papel de Elizabeth Gilbert va a buscar en Comer, Rezar, Amar allí está. En envase diseñado para turistas, eso sí.

Finalmente, el recinto esperado: la Capilla Sixtina. Luz de penumbra para no dañar las obras de arte. En este espacio, la gente no circula. Está permitido quedarse, permanecer. Tres hombres de seguridad vigilan que el volumen del murmullo se mantenga bajo, que nadie saque fotos, que la gente no se siente en el piso. Pero no entienden que estamos agotados, que Roma es eterna y hace cinco días que caminamos para comprobarlo. No comprenden que a pesar de haber dosificado la energía no podemos más.

De repente, la capilla más famosa del mundo parece un restaurante sin acústica. El murmullo escala, se eleva por la emoción ante la belleza de la bóveda. Ahora, la masa turística contempla el fresco en el que Jesús separa a justos de pecadores. Las bocas se abren, la mandíbula se cae, el cuello gira hacia el techo, el mentón mira arriba, los hombros sueltos y los brazos en torsión para fotografiar los frescos renacentistas. Si mi profesora de yoga nos viera, nos felicitaría.

Pero los empleados de seguridad de la Capilla Sixtina no comulgan con las prácticas yoguis y perciben la imagen como una estampita del descontrol. Entonces, arranca un coro de chistidos para llamar al silencio. Hacen levantar a los que se sentaron en el piso y retan a los que pescan sacando fotos. Les pegan un grito, como a los hijos de mis vecinos cuando hacen travesuras. Un poco por susto y otro por cansancio volvemos a circular, con El Juicio Final todavía en la mirada y olor a masa turística en la piel.

(Escribí esta columna para el suplemento Tendencias, del diario La Tercera, de Chile)




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