Jor-El, el taxista gallego y Superman

Sagrada Familia, Barcelona. Subo a un taxi con amiga del alma e hija. El taxista -de unos treinta años, morrudo, barba de dos días, aro brillante en la oreja derecha- acomoda a la bebe en el bebesit y pone el auto en marcha.

Luego de cruzar algunas calles siente la necesidad de contar que en tres meses nacerá su primer hijo. Mi amiga le pregunta el sexo, y cuando él responde que será varón, ella indaga por el nombre. Jorel, dice él, pronunciado yorel. Agrega que es un nombre hebreo y que la mujer preferido Joel, pero finalmente accedió.

No fue fácil. Discutimos. Ella decía Joel y yo Jorel. “Que Joel, hombre; que Jorel,mujer”. Como estábamos atascados, le dije que preguntáramos entre los conocidos más cercanos. El más votado sería el vencedor.

Le pregunto si buscaban nombres judíos. Entonces me mira por el espejo -sólo le veo un ojo, se ve serio- y dice: “No, Jorel es el papá de Superman”. Se escribe con guión Jor-El, pero nosotros se lo pondremos todo junto.

-Ahh.

Cuando nota nuestra ignorancia, explica de Smallville, la serie que cuenta la adolescencia de Superman, dice que además de Jor-El está Kal-El, que es Supermán (según pronunciación).

- ¿Y por qué no le pusiste directamente Kal-El?

-Claro que yo quería, por supuesto -vuelve a mirar por el espejo-, pero no pude convencer a la mujer. ¿Entiendes?  Hasta Jor-El accedió. Más no pude lograr.

Después sigue contando de Smallville. Es fanático, vio todos los capítulos. Entonces suelta la frase para el bronce. “He visto hasta la novena temporada. Es lo máximo. La décima ya está, pero todavía no he podido porque está subtitulada y no consigo leer y mirar la imagen al mismo tiempo. He tratado, pero joder, que no puedo. Mi mujer sí que lo consigue, no se cómo lo hace”. (Léase con acento gallego, de Vigo).

Aunque habla muy en serio, no se ofende por nuestras carcajadas, tan fuertes que las podría haber escuchado Messi desde el Camp Nou. Barcelona pasa por la ventanilla. Los edificios modernistas, los turistas acalorados, las estaciones de Bicing, parques, iglesias, museos, La Pedrera. La ciudad pasa, iluminada por el sol de la tarde. Pero el paisaje del interior del taxi es capaz de matar a Gaudí. Hoy, el paisaje está adentro y no afuera. Del Jor-El de Kryptonia no sé nada, del que llega en tres meses me animo a afirmar que se va a divertir.


Volver…

Mientras escribo estas líneas, Ignacio M. está en el aire. Vuela a Buenos Aires después de vivir diez años en Barcelona.

Vino con la crisis y se va con la crisis. Tiene 30 años. Se lleva dos valijas pesadas y muchas ganas de volver a vivir en Argentina.

En sus dos viajes formó parte de una tendencia: argentinos que venían a buscar un futuro mejor después de la crisis y argentinos que se vuelven por muchos motivos, pero la crisis española es uno de ellos.

En estos diez años en Barcelona trabajó de muchas cosas y estudió Psicología en la UB. Se hizo amigos, pero extraña a los amigos. Antes de que se subiera al avión nos cruzamos cerca de la Sagrada Familia, su barrio hasta hoy, y conversamos un rato.

¿Por qué volvés?
Vuelvo para estudiar, quiero hacer un postgrado en Terapia Familiar. Vuelvo para reencontrarme con mi familia y mis amigos. Y vuelvo como parte de una evolución vital, para ver con perspectiva lo que ha cambiado en mí en estos diez años. Tengo un impulso de irme de aquí.

¿Qué expectativas tenés?
Mis expectativas no tienen que ver con Argentina en sí, sino con lo que significa para mí este cambio. Es aventurero volver, como también lo fue venir hace diez años. Pero lo que construí acá es interno. El primer tiempo voy a vivir en la casa de mis padres, es un regreso tanguero, vuelvo a la casita de mis viejos.

Ahí Ignacio, que toca la guitarra y canta, evocó el tango de Cadícamo, y recitó la parte que dice: “… Mis veinte abriles me llevaron lejos, locuras juveniles, la falta de consejo.”

¿Miedos?
Hay muchos, los que no se van, que me dicen “Estás loco, cómo vas a volver”, gente que con sus preguntas te hace dudar y pensar si estás haciendo lo correcto o no. Pero estoy decidido, confío en que me podré adaptar. Hoy sé que mi camino está allá. Quizás a lo que le tengo más miedo es a la cultura violenta que a veces hay en Argentina. Acá se practica el civismo, a veces un tanto excesivo, pero la amabilidad y el respeto están muy bien.

Todavía no tiene trabajo, pero tiene claro que quiere vivir de su profesión. Mientras tanto hará un postgrado en Terapia Familiar. “No quiero ser psicólogo de ricos, me gustaría que mi trabajo tuviera un contenido social”.

Una de las últimas cosas que hizo Ignacio antes de irse fue visitar la Sagrada Familia. Si bien vivía en el barrio y todos los días pasaba por la iglesia interminable nunca había entrado. Le impresionó, le encantó. Imagino que habrá sacado fotos, que la habrá mirado con otros ojos. No tanto como un vecino, más como un turista.


Los hipopótamos de Pablo Escobar

Adentro de de esa jaula que el helicóptero de la fuerza aérea colombiana depositó en la tierra hay un hipopótamo dormido que se llama Napolitano. Aclaro el nombre porque tiene que ver con la historia. Y la historia tiene que ver con Pablo Escobar, el capo narco muerto en el 93 en Medellín.

Se sabe: don Pablo tenía gustos excéntricos. Como a otros narcos y millonarios coleccionaba animales exóticos en la Hacienda Nápoles, (por si alguien no lo pescó, de ahí el nombre del hipopótamo) su finca a 165 kilómetros de Medellín, del interior de Antioquia, un lugar de clima caliente y vegetación tropical.

A pesar de ser asesino, el tipo tenía una veta generosa y, además de repartir montañas de dinero entre los pobres, dejaba que los colombianos recorrieran gratis su Zoo privado que llegó a tener 1500 animales.

Dicen que una vez la policía obligó a un avión de Escobar a aterrizar pensando que estaba lleno de droga. Cuando se abrieron las puertas, la nave estaba llena… de animales. La ley los mandó a un zoológico, pero don Pablo sobornó al cuidador pagándole el sueldo de ¡cinco años! y así recuperó los animales.

Cuando la policía mató al capo, mucha gente saqueó la finca en busca de dinero y armas escondidas. Destruyeron la mansión que en algún momento fue lujosa y tuvo 20 habitaciones. No encontraron nada y la Hacienda Nápoles entró en un largo período de abandono. Los animales fueron a parar a diferentes zoológicos, pero de los hipopotámos nadie se acordó.

Olvidados en lagos interiores, se reprodujeron. Ya no hay una pareja como en los primeros años, hoy son alrededor de treinta. Muchos se escaparon de la finca y comenzaron a cruzar los campos antioqueños: arrasaron cultivos y amedrentaron a pescadores y campesinos. El enorme mamífero africano, pariente lejano de las ballenas, es uno de los animales más pesados y agresivos del mundo. Puede ser muy peligroso si está suelto.

Hace dos años, Pepe, mascota de Escobar, y su pareja Matilda huyeron del parque. Al parecer se fueron con la cola entre las patas porque Pepe resultó el macho derrotado en una lucha territorial. En la huída nació Hip. Los tres hipopótamos vivieron en la clandestinidad hasta que el ejército los atrapó y mató a Pepe de cuatro balazos. El hecho de violencia contra el animal provocó la furia de los ecologistas, animó la formación de un grupo de defensa de los hipopótamos colombianos con página en Facebook y desató una polémica en el país.

¿Qué se debería hacer con los hipopótamos de Pablo? Hasta se pensó en devolverlos a África. Entonces, vinieron expertos a recorrer el lugar y llegaron a la conclusión de que el hábitat es perfecto, incluso tienen más agua en Antioquia que en muchos países africanos.

La polémica fue larga, pero la decisión se hizo efectiva hoy. La trajo el helicóptero. Después de buscarlo durante 15 días los veterinarios del parque lo encontraron y durmieron con un dardo tranquilizante. Mañana por la mañana, Napolitano estará otra vez chapoteando en el lago, castrado eso sí.

La historia es fantástica, y ya tiene su documental, Pablos Hippos, estrenado este año en el Festival de Cartagena. Y la antigua finca abandonada se ha convertido en un parque temático inspirado en los de Miami. Hay dinosaurios de latón, cebras, flamencos, juegos de agua. Y muchos hipopótamos que más temprano que tarde serán castrados. No quise preguntarlo, pero al final lo hice, y sí, los veterinarios y el equipo que trabajó en la captura del hipopótamo probó las criadillas asadas. (Más sobre esta historia, en la revista Lugares de este mes).


Bregovic, Sábato y la música de los balcanes

En homenaje al maestro, una crónica del emocionante encuentro entre Goran Bregovic y Ernesto Sábato ocurrido hace algunos años en el Teatro Gran Rex, y escrito por la periodista mexicana y amiga de la casa, Cecilia González.

En noviembre de 2004, Goran Bregovic vino a presentar su versión de la ópera Carmen al Gran Rex. Yo fui a verlo con un amigo que quería mucho y con el que compartía el disfrute de las películas de Kusturica, así que ahí estábamos, con toda la ilusión de escuchar en vivo esos acordes tan contradictoriamente alegres y melancólicos que tiene la música de los Balcanes.

En algún momento del concierto, Bregovic hizo una pausa y preguntó si entre el público había alguien que pudiera ser por un rato su traductor del inglés al español porque quería decir algo, y quería que todo mundo lo entendiera. Subió una muchacha, entre tímida y animada. El músico, en medio del respetuoso silencioso del público, empezó a contar que siempre tuvo una conexión especial con Argentina porque cuando hizo el servicio militar en la ex Yugoslavia, en las durísimas condiciones que imponía el régimen comunista, pudo calmar su espíritu leyendo Sobre héroes y tumbas, uno de los pocos libros de literatura que pudo encontrar en la biblioteca del centro especial donde miles de jovencitos se preparaban para futuras guerras. Se lo robó. Fue su único recuerdo de esa época y se convirtió en uno de sus libros favoritos entre los miles que, años después, formaban la biblioteca que pudo armar en su casa de Sarajevo.

Cuando estalló la guerra, a fines de los 90, su casa desapareció bajo los bombardeos, perdió todos sus libros y entró en un fuerte estado de depresión.

La historia era larga. Bregovic abundaba en detalles, pero los que habíamos colmado el Gran Rex escuchábamos atentos y expectantes. El músico bosnio siguió recordando que continuaba muy triste por la guerra, su biblioteca y la vida cuando, en 2001, vino por primera vez a tocar en Buenos Aires. En una de sus idas y venidas del hotel, la recepcionista le dio un sobre cerrado que le habían dejado y que abrió ahí mismo. Era una edición especial de Sobre héroes y tumbas enviada, con dedicatoria personal, por el propio Sábato. Sin conocerlo personalmente ni saber mucho más de su vida, el escritor le agradecía su música porque lo había sacado varias veces de las depresiones que solían aquejarlo, en particular por la muerte de uno de sus hijos.

Mi amigo y yo, y todos, calculo, estábamos muy emocionados. Se había formado un clima muy especial en el teatro. Bregovic decía que esa coincidencia, que sabemos que nunca es tal, le ayudó a superar su propia tristeza. Lo entendió como una señal y dejó de sufrir por su biblioteca; total, siempre podría reconstruirla, pero era más importante reconstruir su propia vida. Todo, gracias al libro de Sábato, al encuentro no programado por ellos. Por primera vez durante su relato, comenzaron a escucharse voces para interrumpirlo. En principio no entendíamos, pero de a poco los gritos comenzaron a hacerse más nítidos.

“He is here”, “he is here”, decían las voces en la oscuridad. Una sombra ahí por la fila 20 comenzó a levantarse, lenta, temblorosa. Era Sábato. Las luces se encendieron de a poco y, cuando finalmente se dio cuenta de lo que pasaba, Bregovic se puso las manos en el corazón e hizo una reverencia. No sabía que, con sus 93 años encima, el escritor había ido a verlo y se mantenía en pie apoyado en Elvira, su novia o secretaria, o las dos cosas. El público los aplaudió durante un largo rato, mientras músico y autor, admiradores mutuos, se encontraban, personalmente, por primera vez, después de haberse acompañado y consolado con sus respectivas obras, en tiempos y espacios lejanos, diferentes.

Fue un momento mágico, muy conmovedor. Para mí fue inevitable pensar, con gratitud, en todas las veces que algún libro, una película o una canción me han acompañado y consolado. Era más que suficiente. Había ido a un concierto y volvía con todo esto. Pero la historia tuvo todavía un apéndice.

Dos semanas después de ver la ópera, fui a cubrir el Congreso Internacional de la Lengua Española en Rosario, ése en el que Fontanarrosa hizo su famosa, graciosa y ya legendaria defensa de las malas palabras. La segunda noche, estaba cenando sola en mi hotel cuando me dí cuenta de que, unas mesas más allá, estaban Sábato y Elvira. Como no quería molestar, arranqué una hoja de mi agenda de Mafalda y le escribí unas palabras, algo así como “Gracias, don Ernesto, por su encuentro con Bregovic”. Me acerqué a la mesa, dejé el papel y les aclaré que no quería interrumpir, que sólo iba a dejarles ese mensaje. “¿Quién sos?”, me preguntó Sábato. “Soy periodista, pero no quiero molestarlo, sólo quería decirle que fui al concierto de Bregovic y que fue muy lindo que usted estuviera y todo lo que pasó”, le dije de corrido.

Elvira, muy amable, me invitó a sentarme con ellos, pero me dio vergüenza y me quedé de pie.

“Me gusta mucho la música balcánica, me pone alegre”, me dijo Sábato con una voz bajita, y luego me preguntó con quién había ido al concierto. “Con un amigo”, sonreí; pícaro, también sonriendo y tomándome la mano, Sábato me preguntó: “¿te gusta?, ¿va a ser tu novio?”. Los tres nos reímos. Al despedirme, Elvira me dio su teléfono para que la llamara por si algún día quería ir a Santos Lugares.

En los años siguientes llamé algunas veces pero nunca pudimos quedar para vernos. A mi amigo lo perdí, por una de esas cosas raras y tristes que pasan en la vida; y no cumplí mi promesa de leer Sobre héroes y tumbas hasta que el año pasado mi amiga Margarita me mandó una crónica sobre Sábato y me acordé de que tenía una cita pendiente con la historia de Alejandra y Martín. La leí, y entonces pude saber, sentir, por qué le había gustado tanto a Bregovic.”


El extraordinario viaje de Miguel B.

Ignacia Uribe es una periodista y directora audiovisual chilena. Viajera incansable, intenta cumplir la meta de conocer 50 países a los 25 años, y ya va en el número 45. Me escribió hace unos días para contarme que tenía un texto para Viajes Libres: la tremenda historia de Miguel, que pueden leer debajo de la foto.

A Miguel lo conoció el 16 de julio de 2009, día de la Virgen del Carmen, cuando tomó su servicio “puerta a puerta” desde Barranquilla a Santa Marta. Se volvieron a ver el año pasado, cuando Ignacia lo grabó para hacer un cortometraje documental. Actualmente, él sigue manejando por la costa colombiana mientras ella prepara un viaje al sudeste asiático.

Miguel se contagió la poliomielitis cuando tenía pocos años de vida. Su padre siempre le tuvo rencor, lo encontraba inútil. Hasta que un día, cuando Miguel tenía 5 años, lo metió dentro de un saco y lo tiró lejos, dejándolo a la suerte de los lobos, en un pueblo del sur de Colombia. Contra todo pronóstico, el niño logró escapar y se puso a caminar. Anduvo largamente, hasta que encontró una casa donde lo recibieron y lo cuidaron. Pero al poco tiempo lo echaron, debido a su enfermedad. Así pasó un par de años, vagando por Colombia de hogar en hogar: al principio todos sentían pena por él y lo acogían, pero luego lo dejaban en la calle otra vez. La poliomielitis avanzaba implacable.

A los 7 años llegó a Barranquilla. Unos marineros se compadecieron de él y lo subieron al barco, pero cuando estaban en Panamá el niño ya era un estorbo y lo dejaron ahí. Miguel vagó un tiempo por el puerto, hasta que conoció a los tripulantes de un crucero inglés. El capitán se encariñó con él, le prometió ayudarlo, y lo llevó a una isla europea donde se recuperaban ex combatientes de la Segunda Guerra Mundial. Dijo que volvería a buscarlo dentro de ocho meses.

En la isla lo operaron y le pusieron unos aparatos en las piernas y brazos, los que debió usar y ajustar durante años. Cuando pasaron los meses y el capitán no volvió, los doctores decidieron dar a Miguel en adopción. El problema era que nadie quería a un niño con rasgos indígenas. Entonces, la solución fue la cirugía plástica: le cambiaron la nariz, los pómulos, las orejas. Justo cuando una pareja húngara se interesó en él, el capitán volvió. Habían pasado dos años, Miguel estaba curado y se fue con él.
Ahí empezó a trabajar en la empresa de cruceros inglesa, que más adelante se convertiría en la Royal Caribbean. El capitán fue su segundo padre. Miguel creció en los barcos, donde aprendió todos los oficios imaginables –a cocinar, a utilizar los instrumentos de navegación, etc.-, y también a hablar otros idiomas. Pero nadie le enseñó a leer. En ese mundo vivió cerca de 30 años. Cuando era un veinteañero, tuvo un hijo con una chilena. “Me bajo en el próximo puerto”, le dijo ella al entregarle el bebé. Y Miguel lo cuidó como nadie lo hizo con él.

Después de que sus viajes en barco lo hicieran dar la vuelta al mundo innumerables veces, volvió a Colombia. Enfrentó a su padre y descubrió que su madre se había separado de él por lo que le había hecho. Hoy tiene poco más de cincuenta años, camina lo más bien y vive en Barranquilla junto a su hijo. Ambos manejan un servicio “puerta a puerta” que van desde esa ciudad hasta Santa Marta. Miguel hace el viaje diariamente ida y vuelta, por un camino que bordea el océano. A veces extraña la vida en el mar, pero cree que Colombia es el mejor país del mundo para vivir y que manejar es como navegar a menor a escala. Y aunque se pone triste cuando cuenta su historia, se siente un hombre afortunado. Un hombre afortunado que está aprendiendo a leer“.


De viaje por Colombia

En el último viaje a Colombia conocí a Juan Diego Santacoloma y a otros integrantes del equipo de Quellevar.travel, un proyecto inedpendiente que filma experiencias de viaje por su país en HD. Es decir, con excelente calidad.

Además de producir videos para empresas, comerciales para TV y fotografía, se les ocurrió aprovechar las posibilidades de Internet y avanzar con un programa de viajes distinto. No sólo por el medio, también porque no van a lo típico, que en Colombia podría ser Cartagena, y se aventuran a otros destinos.

Por ahora, hacen algunos capítulos por viaje en los que muestran el lugar, las posibilidades turísticas y opciones de alojamiento. También dan recomendaciones por Twitter en @quellevar y pronto estará en funcionamiento su Web.

Me gustaron los cinco videos del Amazonas colombiano, donde visitaronPuerto Nariño, Leticia, la ciudad más meridional del país, capital del gran departamento de Amazonas y base para muchas excursiones. Como la Isla de los Monos, el Parque Nacional Natural Amacayacu y la Reserva Natural Marasha.

Los sonidos, el verde, el agua barrienta, los delfines rosados, las hamacas, el jugo de copuazú, el problema de ver estos videos es que enseguida aparecen las ganas de viajar a la selva.

Entre los próximos destinos de estos chicos inquietos figuran Huila (San Agustín y el desierto de la Tatacoa) y uno que poco a poco se pone de moda: el Pacífico chocoano (Nuqui, Utria). Espero una señal de humo o un mail cuando estén listos los videos.


El viaje

Cuando pienso en el viaje, me imagino el viaje de vacaciones de verano, el viaje de luna de miel, el primer viaje, el viaje de aniversario, el viaje de los 15 y el crucero de reconciliación. El viaje exótico, el viaje de solos y solas, la semana de esquí, el viaje de divorcio, el viaje de San Valentín y el viaje de embarazados a Miami para comprar ropa de bebe.

El viaje como medicina. Hace tiempo que Tómese unas vacaciones forma parte del discurso de un médico clínico. El viaje a Europa. El viaje a Nueva York. El viaje de aposentados, la escapada de fin de semana, el viaje con niños, el viaje sin niños, el viaje de aventuras y el viaje religioso. El viaje en carpa y el viaje en hotel cinco estrellas. El viaje cultural y el viaje a Disney.

El viaje para tirarse debajo de una palmera y no hacer nada y el viaje de trekking. El viaje con mascota, el viaje para encontrarle sentido a la vida y el eco-viaje. El viaje de trabajo y el viaje para trabajar. El viaje espacial, el viaje al all inclusive y el viaje gastronómico. El viaje de buceo, el viaje en busca de las raíces y el viaje de compras en NYC siguiendo las huellas de Carry Bradshaw.

El viaje con mochila y el viaje con maleta Louis Vuitton. El safari y el viaje a un spa. El viaje gay y el viaje straight. El viaje de rehabilitación, como habrán escuchado que está haciendo Charlie Sheen alrededor del mundo. Y el viaje para sacar fotos. Cuando hablo del viaje pienso en algo popular, que atrae a un público diverso. Como la Coca Cola.


El mismo idioma

“Continué navegando en aquel barco. El tiempo ya no importaba. Creo que estuve tumbada en el bote durante tres días y tres noches, y sólo remé hacia la orilla algunas veces cuando pasaba por aldeas pequeñas para comprar comida con el dineo que me quedaba. En una de las aldeas había un hombre sentado en una silla de palo en la tienda que parecía vender los alimentos  más baratos, esa tienda que siempre buscaba, con la fachada sucia y el letrero roto. Me miró muy serio,  pero cuando le sonreí me devolvió la sonrisa. Me dijo algo que no entendí. Pero cuando le contesté en mi idioma, en el que ya había empezado a sentirme extraña, se levantó de un salto y me contestó con un grito en el mismo idioma.

- ¡Mi niña! Eres del mismo país que yo, ¿Qué haces aquí, quién eres, adónde vas? [...]”

Tea-Bag, de Henning Mankell, Tusquets.

(En el último post rescaté un recuerdo sobre la confusión que produce no entender. Casualmente, hace un rato me topé con este párrafo que relata la emoción del encuentro entre dos personas que hablan el mismo idioma.)


Chile, Tierra del Encanto

Este corto, realizado por James FitzPatrick para la Metro Goldwyn Mayer, pertenece a la serie Traveltalks, The voice of the globe que promocionaba ciudades y países a fines de los años 30.

Cuenta un viaje desde Nueva York hasta el puerto de Valparaíso en un transatlántico de lujo, con “doctores, abogados, diplomáticos, escritores, ingenieros, actrices y numerosos otros en todos los campos de la actividad humana” [...] “Todos reunidos como una gran familia, compartiendo una vida, las ventajas y los placeres de un todo y representando lo más cercano a una utopía, siempre creciendo en los anales de la experiencia humana”. [...] “Los pasajeros que conocimos a bordo representan tantas visiones de la vida y vienen de tantos y tan diferentes países que le dan a esta tripulación ambiente internacional”.

De la misma serie y de la misma época, documentales de Río de Janeiro, Lima y Ciudad de México. Un lujo, en technicolor.

Vía Conexiones


La mano de Bowles

Tarde de verano, lecturas en voz alta de libros preferidos, una luna sutil que llegó cuando casi era de noche, aplausos, encuentros y la infaltable copa rota, síntesis imperfecta de la presentación del último número de la revista La mujer de mi vida en la terraza de la librería Eterna Cadencia. En la sección Composición Tema escribí este pequeño texto sobre cómo recuerdo la mano de Paul Bowles.

En aquellos años en Tánger, Paul Bowles era un personaje popular. Hacía poco que El cielo protector se había llevado al cine y el escritor gozaba de fama extra. Todo el mundo hablaba de él como si fuera su vecino. Pero como dice un amigo, todo el mundo nunca es todo el mundo. Y la mañana que me propuse encontrar su casa casi no llego.

Es cerca de la embajada de Estados Unidos, me había dicho un librero. Caminé por avenidas anchas, de casonas coloniales y palmeras flacas. En esa zona, Tánger sólo se parecía a Marruecos en el calor.

Vive en un edificio viejo, al lado de un almacén, me había dicho un lustrabotas. Pero en cuatro horas no crucé ni uno. De repente apareció un negocio, entrada diminuta, interior sombrío. Era un almacén. Le pregunté al árabe si por ahí vivía un tal Paul Bowles. “Acá arriba”, respondió aburrido y dio un sorbo a su thé à la menthe sin mirarme dos veces.

Toqué el timbre, si no recuerdo mal, el 4 “C”. Abrió un hombre joven, fuerte, de pestañas enruladas. Le dije: “No tengo cita, quiero conocerlo, soy argentina”. Sonrió –juraría que estuvo a punto de nombrar a Maradona, quizás hasta pensó en La mano de Dios– y me cerró la puerta en la cara. Volvió a los cinco minutos. Que sí, que pasara.

Bowles salió en bata de toalla. Con 86 años y un pañuelo en el cuello de color salmón. Me tendió la mano. De piel fina como si estuviera hecha de masa filo. Dedos largos. Temperatura, tibia. Al tacto, frágil. Me imaginé que debajo de las montañas de la palma había una capa de Sahara, otra de fiestas internacionales, una de tinta, otra de música. Sentí que apretaba la mano de un beduino, aunque la suya fuera blanca y tuviese pasaporte gringo. De ser gitana, se la hubiera leído gratis.

Recuerdo poco de las dos horas que hablamos. La mano de Bowles, sin embargo, aparece en mi memoria más que la de mi abuela.




Estoy en Twitter

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

Otros sitios

Blog en La Tercera

Categorías

Archivo

  • 2012 (37)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)