Allá afuera

robertfrank

 

 

 

 

 

“Siempre estoy mirando hacia afuera, tratando de mirar hacia adentro, tratando de decir algo que sea verdad. Pero quizás nada es realmente verdadero. Excepto lo que está allá afuera. Y lo que está allá afuera cambia constantemente”.

 

 

Robert Frank, fotógrafo.


Nueva York desde… el suelo

Patricia Ulibarri es mexicana y tiene 36 años. Estudió Relaciones Internacionales y trabajó en las oficinas de las Naciones Unidas, en Nueva York. Cuando se dio cuenta que le gustaba más la cocina, estudió Artes Culinarias y buscó trabajo en una cocina. Hoy, de vuelta en México, escribe sobre gastronomía. Dice que le gusta describir lo que prueba porque es como volverlo a probar. Patricia es alumna de mi curso de Periodismo Turístico, y hace unos días escribió esta anécdota de cuando vivió en Nueva York.

Una ciudad cambia radicalmente cuando se vive ahí y cuando sólo se visita. De las dos maneras Manhattan tiene su encanto, pero vivirla, realmente vivirla, tiene un grado de dificultad. Por eso, el monólogo final de la película El Gran Kahuna sugiere: “Vive una vez en Nueva York pero vete antes de que te haga demasiado duro”. En Manhattan cada quien vive para adentro.

Llevaba ya varios meses viviendo en Nueva York. Me había costado trabajo la adaptación por el obligado silencio al que me sometía. No tenía amigos, ni familia. Sólo mis compañeros de trabajo de La Misión de México para Naciones Unidas. Mi trabajo como secretaria del Embajador, me tenía apartada del resto de la gente así que sólo a la hora de la comida intercambiábamos diálogos. Mi escritorio se encontraba afuera de su oficina y mi trabajo consistía en contestar el teléfono, llevar su agenda y no moverme de mi lugar. Cuando el Embajador salía a juntas de trabajo, me gustaba entrar a su oficina rodeada de vidrio, reconocer edificios que veía cuando caminaba allá abajo y que ahora los veía desde la altura. Se veía el río del Este (East River) por donde navegaban grandes barcos de carga que pasaban por debajo del puente de Queensboro. El edificio gigante de las Naciones Unidas y del otro lado, la Isla de Roosvelt con su característico anuncio retro de Pepsi que se iluminaba por las noches.

Era invierno y comenzaban las primeras nevadas, tímidas todavía. Nunca creí que fueran necesarios zapatos para caminar en la nieve por eso no estaba equipada para lo que venía. Tenía unas botitas de gamuza que mis amigos decían que parecían las de Pedro, el amigo de Heidi. La suelas estaban tan usadas que no tenían ni una grieta que sirviera de agarre, pero eran calentitas y cómodas y eso me bastaba. El día que sucedió la anécdota que ahora cuento salía de la gran Estación Central. En el interior, había mucha gente que iba o venía, y el aire caliente con olor a llanta que salía de los subterráneos se mezclaba con una ráfaga helada que entraba cada vez que se abrían las puertas laterales que eran parte de mi ruta de todos los días.
Las puertas se abrieron. La acera estaba cubierta de agua con nieve o de nieve con agua. Al dar el primer paso resbalé con tal rapidez que en segundos la cabeza me rebotó contra el asfalto y me encontraba recostada boca arriba observando que nada a mi alrededor había cambiado. La gente que caminaba hablando por sus celulares a toda prisa, simplemente me esquivaba y seguía su camino. Hasta que una señora se apiadó de mi y me ayudó a levantarme. Después de agradecerle, ella me contestó: “Dicen que si te caes en NY significa que no te vas a ir nunca.”
No se cumplió.


La matzo ball de Willie L.

En estos días de festividades judías recordé la historia de la matzo ball de Willie L.

Todo empezó cuando preparaba mi viaje a Nueva York, unos meses atrás. Pedí datos por acá y por allá, a ex habitantes y fanáticos de la ciudad. Willie L. es un amigo que podría entrar en las dos categorías. Un día, me habló de Eisenberg, su bodegón en Manhattan, un lugar donde podía comer matzo ball, una sopa judía que hacía su madre.

En yiddish se llama kneydl y es una sopa a base de caldo de pollo. Adentro vienen las bolas de matzo. El tamaño es variable. matzagrandeLas más comunes son como una pelota de golf, quizás un poco más pequeñas. Pero también hay matzo balls gigantes, como la que este año se inscribió en el Record Guiness, que pesó 120 kilos.

Volviendo a Nueva York, cuando uno está en viaje crea sus propias rutas. Algunas recomendaciones entran y otras quedan afuera, para próximos viajes. Eso me pasó con Eisemberg, el bodegón que para quien esté armando su lista, está en la 5ta y 23 St., en Flatiron District. Quizás porque todavía no había probado la matzo ball.

Un tiempo después fui a San Francisco y ahí me lo encontré a Willie L., que un día preparó la sopa de su madre. Para hacer las bolas (balls) usó matzo Streits, una marca de productos kosher, famosa por vender matzo desde 1925. Me imagino que no tendría schmaltz (grasa de pollo) así que habrá usado manteca o similar. El resultado fue óptimo, y los cuencos que se ven en la mesa quedaron como nuevos.

Después de probar la matzo ball de Willie L. sé que Eisenberg entrará en mi próxima ruta en Nueva York.


Lo que no ves cuando me ves

Alcatraz, el Golden Gate, el SFMOMA, los tranvías, la Marina, algunos barrios como Mission o Castro, los parques y… la niebla. Aunque no esté dentro de las visitas planificadas, en San Francisco la niebla o fog, en inglés, siempre aparece a saludar. Se lleva por delante lo que tenga enfrente. Incluso el Golden Gate, que está detrás de la nieba en la primera foto. A mí no me pasó, pero dicen algunos que en una época la niebla se vendía en frasquitos. Y después de leer que vendían las cenizas del volcán Chaitén como el último souvenir podría creerlo.

 Julio, agosto y septiembre son meses de fog. Pero también se descuelga en otros meses. Suele aparecer a media tarde, no importa si es un día soleado y diáfano, la niebla entra desde el Pacífico y se avanza como un brazo largo hacia la ciudad. Al llegar baja, se escurre por los parques y por las calles empinadas y da vuelta las esquinas y desparrama humedad. Algunas noches la ciudad se parece a las noches preferidas de Jack El Destripador en Londres.

Me contaron que durante muchos años, en las noches de niebla sonaban las sirenas (fog horns) y ayudaban a los barcos a encontrar su rumbo para entrar en la bahía. Después, con los modernos instrumentos de navegación ya no fueron necesarias las siernas y un día las quitaron. Pero los habitantes las extrañaban. Se habían acostumbrado a quedarse dormidos con ese sonido, parecido al de un tren lejano. Entonces, se organizaron, hicieron un un pedido y al poco tiempo volvieron dormir con el rugido de las sirenas. Nunca confirmé esta versión, pero me gustó el cuento.


Paisajes urbanos: el locutorio

hormiguitaviajeraEl mismo locutorio, por la mañana, está lleno de gente que hace fila malhumorada. Pero llego por la noche, a eso de las 21, y hay ritmo de noche martes en un barrio.

El paisaje: cabinas telefónicas a la derecha, computadoras a la izquierda, kiosco en el centro, peluches colgando del techo, luz de tubo, dos o tres clientes. El cartel de pago fácil está, pero ahora es tarde para pagar.

Mientras la señora de lentes grandes y voz grave fotocopia mi pasaporte me cuenta que desde ayer su hijo es piloto de Aerolíneas Argentinas. Y que entonces el año que viene ella tendrá pasajes gratis. Sueña sus vuelos en voz alta. Me habla de Italia y de Miami. En eso estamos cuando entra una chica con un perro enorme. Desde la puerta pide una tarjeta para recargar el teléfono. La que fotocopia el pasaporte le pregunta si el perro muerde y la chica responde que no.

– Entonces que pase, si los animales son mucho mejores que los humanos. Entre más gente conozco más quiero a mi perro, o no nena?
– Gracias. Charly, sit!
– Cuidá que no me pille porque acá el único que pilla es el dueño del locutorio, éste es su territorio.

Si era un chiste no se entendió. La chica paga y se va. De las cabinas de atrás aparece un hombre bajo, oscuro, canoso, con camisa, corbata y suéter escote en V. No hay dudas sobre su profesión: es remisero. Come helado en el medio del salón y mira hacia arriba. Mira los peluches.

– Decime Rosita, ¿no tenés a la hormiguita viajera?

Rosita deja de fotocopiar el pasaporte y recorre los peluches con la mirada, uno por uno.

– No, tengo a ese Winnie Pooh a rayas, el amarillo, ¿lo ves?

Al remisero no le interesa ningún otro. Rosita le dice que va a tratar de conseguirla, que no se preocupe. El tipo la saluda y se va. Quiere a la hormiguita viajera. Y no es para la nieta.


¡Viva México!

Esta noche habrá Grito en México, a pesar del atentado que en esta misma fecha del año pasado causó ocho muertos y 106 heridos en Morelia por la explosión de granadas. En todos los estados y en casi todos los pueblos habrá Grito. Menos en Praxedis Guerrero, un municipio cercano a la convulsionada Ciudad Juárez que unas horas atrás desistió de la máxima celebración del país. No está de ánimo. El ataque de sicarios del sábado último, al parecer un ajuste de cuentas entre los cárteles de Juárez y Sinaloa, terminó con la muerte de cinco personas. Cinco más para cuenta que en lo que va del año ya pasó los seis mil. Según un estudio reciente, el Estado de Chihuahua, en el norte del país, es el cuarto lugar más peligroso del mundo.

Habrá Grito, tequila, parranda. También, un tremendo despliegue policial y militar. Y habrá muchos mexicanos que esta noche se quedarán en la casa, muertos de miedo.


Códigos latinoamericanos

Nunca me gustó la robótica, además estaba contra el tiempo. Por eso suspiré aliviada cuando se acercó un ecuatoriano a la máquina con la que luchaba para obtener el boleto de bart que me llevaría al Aeropuerto de Oakland, desde donde vuelan las compañías low cost. El tipo me explicó cuál tenía que sacar para llegar hasta allá, qué billetes aceptaba la máquina, dónde se tomaba el tren. Sólo cuando tuve mi boleto en la mano, siguió su camino.

***

Otra tarde, cerca del Chinatown subí a un ómnibus y mostré el boleto que ya tenía y que supuestamente todavía servía. El conductor, con cara de latino, lo miró y me respondió en inglés que ya se había pasado la hora y que estaba vencido, pero que suba nomás. Le expliqué que no tenía reloj. Entonces, se rió y me dijo:

-¿Y qué tu hablas chica?
– Español
– ¿Y me puedes decir entonces pa qué hablamos en inglés?

Mientras subía por Broadway hacia Columbus, el cubano me contó que vivía en Estados Unidos hacía quince años y que vino de La Habana y que extraña la salsa y el calor de su isla.

***

Pero el guiño latinoamericano más memorable de mis días en San Francisco fue el del camarero peruano del Rooftop Café del MoMA. Un chico lindo que parecía que había entrado a trabajar ayer, por lo torpe y lento. Adelante mío, dos con pinta de intelectuales pidieron un café de una zona del sur de Etiopía donde la mayoría de los habitantes no tiene qué comer. Cuando me tocó el turno, le dije al peruano que quería un cortado. ¿Como le dicen al cortado acá que nunca me acuerdo? ¿Macchiatto? El chico me respondió que sí y que ya lo preparaba. El día estaba soleado, entonces me acerqué a la terraza, a ver las instalaciones de arte, la ciudad desde la altura. Cuando volví al mostrador, cinco o seis minutos más tarde, el café todavía no estaba hecho. Pensé en Michel Douglas y estuve a punto de tener un acceso de furia. Pero no. Seguí esperando. Finalmente  el café estaba sobre el mostrador de acero, y tenía un corazón dibujado con espuma, como se ve en la foto. Subí la vista y el peruano me miraba con sus ojos verdes emocionados. Fue sólo un segundo, enseguida corrió la vista para atender al próximo en la fila. Me llevé el cortado a las mesitas de la terraza con una sonrisa. No me importó nada que estuviera tibio, casi frío.


Recuerdos del 11-S, ocho años después

Luis Ini es un periodista argentino que vive hace algunos años en Madrid.

Antes vivió en Las Palmas de Gran Canaria y antes de eso en Buenos Aires, pero el 11 de septiembre de 2001 estaba en Miami, y una semana después en Nueva York.

A continuación, dos recuerdos suyos sobre aquellos días turbulentos, días en los que todos recordamos dónde estábamos y qué hacíamos.

“El martes 11, por la mañana, estaba en Miami, visitando a un amigo que no veía hacía mucho. Nos subimos a su coche y fuimos para una tienda que él tenía en las afueras. “Pero antes -me dice-, tenemos que pasar a buscar a mi empleada”. Resultó ser la hermana de un famosísimo, e insuperable ex futbolista que hoy dirige una selección que antes, en algún momento, estuvo entre las mejores del mundo.
La chica, callada, se subió al asiento de atrás del coche. Callada estuvo durante el trayecto, unos veinte minutos en el que mi amigo y yo nos pusimos al día con nuestras respectivas vidas. Callada entró junto con nosotros al local, en el mismo instante en que sonaba el teléfono.
Era uno de los hermanos de mi amigo que llamaba desde Buenos Aires. “¿Qué? –oigo que le dice- ¿que un avión chocó contra una de las Torres Gemelas? ¿Y que después otro chocó contra la otra?”
A medida que lo escuchaba, mi sorpresa y consternación iban en aumento, pero de un modo incomparable cuando la silenciosa empleada suelta: “Ah, sí, antes de salir de mi casa lo estaba viendo por la tele”.
 

 ***

Llegué a Nueva York justo una semana después del 11-S. Mientras el avión se aproximaba a Manhattan, los pasajeros llenamos nuestra memoria con una imagen que apretaba el corazón. Allí, donde alguna vez hubo dos edificios considerados en su momento los más altos del mundo, estaba la fragua de una maciza, inmensa nube de humo.

Ese mismo día, después de dejar las valijas, fui con dos amigas al  ground zero. El gentío era considerable; la congoja, un secreto compartido.

Había algunos que portaban barbijo, recuerdo de la tromba de polvillo no se iba de los barrios cercanos. Bastaba mirar los alfeizares de vidrieras y ventanas, para ver los restos, y, aunque parezca morboso, era inevitable pensar que no eran sólo del edificio, de su estructura o del mobiliario, volatilizados por el derrumbe.

Empire State Building baja[1]En algunas esquinas de las inmediaciones había zapatos apilados, que algunas manos, al verlos desperdigados, espontáneamente habían ido acumulando en un mismo lugar. También espontáneos eran unos pequeños altares alzados en distintos puntos de la ciudad, con mensajes de solidaridad con víctimas y familias, velas, y fotos. La gente se paraba a mirar, a leer esos mensajes, a escribir los suyos, o simplemente se quedaba en silencio, como una muestra de respeto.

El año anterior había estado en la ciudad por primera vez, y me había fascinado la vitalidad. Otro era el ambiente ahora, claro, sin embargo, también se respiraba orgullo. Eso era fácil de descubrir por la gran cantidad de banderas nacionales, de todos los tamaños, que flameaban en cada esquina.

Tal vez el mejor símbolo de ese orgullo fueran las luces rojas, azules y blancas que coronaban el Empire State Building, edificio que otra vez, pero seguramente sin la misma jactancia, volvía a ser el más alto de la ciudad.


Los promotores senior de Sausalito

Fanáticos de su ciudad, los señores se pasan la tarde informando sobre Sausalito en el box turístico que está frente al puerto. Cada dato lo rematan con una sonrisa real, un detalle no menor en un viaje por el país que inventó la sonrisa Mc Donalds.

Si el viajero les da pie para conversar seguro que meten su bocado preferido: “Para llegar a Sausalito, para eso se construyó el Golden Gate“.


La primera vez en San Francisco, con perdón

– ¿Es tu primera vez en San Francisco? No sé cómo le explicarás eso a tus lectores.

El comentario tiene más un tono de reto que de broma. El tipo que lo enuncia es un abogado que juega en las grandes ligas de California, y no entiende cómo alguien puede escribir sobre viajes y no conocer San Francisco. Le parece una falta inadmisible. Si hubiera sido mi profesor, me bochaba seguro.

El tipo nació aquí, en la bahía de San Francisco, y esta tarde trae a sus sobrinos que viven en París a dar un paseo en barco por la bahía. Les explica que allá está la Coit Tower y que en aquél edificio, el más alto de la ciudad, él tiene su estudio.

Hay un viento endemoniado y calculo que los sobrinos escuchan ni la mitad del cuento, pero el tipo no deja de hablar. Señala el Bay Bridge, Berkley, donde él estudió antes de ir a Harvard, Fort Mason, el Golden Gate. Los sobrinos se están muriendo de frío pero al abogado le emociona la bahía de San Francisco y no puede dejar de mostrarla. Cuando los niños se animan a bajar, el tío sigue hablando conmigo. Que San Francisco es una ciudad increíble para vivir, que hay menos de un millón de personas, que es tranquila, que tiene parques y playas y museos y …

– Y Alcatraz, le digo cuando el barco se acerca a La Roca, la famosa cárcel de máxima seguridad que funcionó entre 1937 y 1962, y de la que sólo tres prisioneros lograron escapar.

– Si, Alcatraz, me dice el tipo. Y se queda mirando la isla mientras el viento le despeina las canas.

– Seguro que ya conoce todos los rincones, sigo. ¿Cuántas veces fue?

– … en realidad no. La verdad es que nunca fui a Alcatraz, no tuve el coraje, dice. Lo veo colorado, y no es por el frío.

– Al parecer no soy la única que tiene algo que explicar.

Nos reímos. El mar está revuelto, el barco sigue navegando y se cuela un rayo de sol entre las nubes. El Golden Gate se ve naranja platinado.




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