Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.


La vuelta

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Listo, se terminó. De un día para otro, el viaje quedó atrás, como los carteles que se cruzan en la ruta, como una fiesta de cumpleaños.
La valija está abierta en la sala: medias, poleras, pantalones, todo sucio. La prueba de haber estado ahí, donde por un rato –una semana, quince días, el tiempo que sea– la vida fue distinta. La prueba de que somos algo más de lo que somos la mayor parte del año. Debajo de la puerta hay cuentas que pagar y la luz de la casilla de mensajes titila. Suena el celular, la agenda marca dos reuniones para mañana. Chau vacaciones, hola rutina.
Selva, sierras, mar o desierto, más allá del paisaje, el viaje traza una arquitectura cotidiana nueva, espontánea. El mismo día de veinticuatro horas, durante las vacaciones se siente más largo o más corto, menos gris. Y nos pasan cosas: los viajes son fábricas de recuerdos.
Hace unos meses en el zoco de Marrakech, Marruecos, conocí a Hamri, un hombre de cejas enruladas y turbante. En su negocio colgaba una cabeza de antílope, plumas, colas y pieles de animales. Hamri deshacía encantamientos y podía curar el mal de ojo. Me acerqué a comprar azafrán y el tipo trajo un frasco grande lleno de hebras rojas. Lo destapó y salió una ráfaga mentolada, un olor tan concentrado y maravilloso que parecía que en cualquier momento surgiría un genio o un diablo. Hamri tomó una balanza dorada tamaño Lilliput y puso una moneda de diez centavos de dírham de un lado y un montoncito de azafrán del otro. Cuando los platos se equilibraron, me miró con gesto de aprobación. Después lo envolvió en una hoja de papel de diario y me entregó un cucurucho lleno de azafrán que hoy guardo en la alacena de las especias. Escondido, como se esconde algo valioso.
Experiencias para contar, para publicar en Facebook y en Twitter. Cruzar una frontera, trepar una montaña, hacer bungee jumping, nadar con delfines, compartir momentos con desconocidos, leer todo el día debajo de un sauce, el viaje suma aventuras y anécdotas para todo el año. Eso es lo que no se desarma con la valija: las vivencias quedan atrapadas en la red de la memoria.

¿Quién se llevó la playa?
¡Plop! En cada vuelta se explota una burbuja. ¿Y la playa, dónde está? Y ese cerro que tenía frente a mi ventana cuando despertaba, y el jugo de papaya del desayuno, y las charlas con los pies en la arena bajo el techo de palmas, ¿quién se los llevó?
Mientras arranca el lavarropas y se acomodan las cremas del neceser en el baño, uno va llegando. En gerundio, sí, porque se llega en varias instancias. Cuando aterriza el avión –o arriba el bus a la estación o entra el auto en el garaje–, al abrir la puerta de casa, cuando desarmamos la valija, durante el primer día de trabajo. El cuerpo llega inmediatamente, pero la cabeza va llegando de a poco.
Desde la psicología se habla del “síndrome post vacacional” y las revistas dan consejos sobre cómo volver al trabajo con una sonrisa. Recomiendan meditar, buscar un hobbie, salir a correr, tratar de disfrutar todo el año como si estuviéramos de vacaciones. Dicen que es mejor levantarse temprano para no correr el primer día, cambiar el recorrido al trabajo, mirar el paisaje urbano y dejarse por lo menos treinta minutos de tiempo libre. Pero aunque nos den diez consejos “infalibles” para reducir el impacto psicológico de la vuelta, ya lo sabemos: nada será lo mismo y durante algunos días extrañaremos la playa, las sierras, el campo o la selva.
Dijo Oscar Wilde que “para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la que no llevamos” y algo así se pone en juego en el viaje. La fantasía de que esa vida –desayuno de frutas, tarde de lecturas y paseos en pareo– es la que nos gustaría. Uno se imagina en la cabaña junto al mar viviendo de la pesca o montando un bed & breakfast en una villa turística frente a un lago del Sur. Donde todo puede cambiar. Donde se podría empezar de nuevo.
Por esos sueños y la burbuja rota, la valija puede traer cierta melancolía además de medias y pantalones para lavar. Por qué sorprenderse, si ya lo cantó Gardel. Volver es un tango.

El poder del souvenir

De chica, cuando se terminaban las vacaciones y el auto cargado arrancaba hacia la ciudad, me gustaba darme vuelta desde asiento de atrás para ver la última imagen del mar. Las olas rompían sobre las rocas, igual que siempre pero distinto porque era la última vez. En cinco cuadras más había una curva y desde ahí no lo volvería a ver. La última imagen del mar me servía de reserva hasta el próximo año. Como el agua que guardan los camellos.
Desde hace algún tiempo, al ejercicio de la última mirada le sumé el souvenir. Una calavera de México, una botellita con los colores de la arena del desierto de Marruecos, una chiva –bus tradicional– de Colombia, banderines budistas de la India, una cajita de música de París, un caracol de Mar del Plata. El souvenir no es una mera chuchería: cumple una función que se podría considerar mágica. De vuelta en el trabajo, ya inmersos en la rutina, nos va a regresar por un rato al paisaje de las vacaciones. Solo alcanzará con mirarlo, en algunos casos también tocarlo. El souvenir es un aliado para transitar la llegada. Pero no es infalible, claro.
Recuerdo esa vez que volví después de algunas semanas en la Patagonia. Abrí la puerta y sonó el teléfono. Era un amigo, hablamos un rato, preguntó cómo encontré mi casa. Mientras iba con el inalámbrico de la cama al living, le respondí que bien, que el piso tenía un poco de polvo y que las plantas necesitaban agua.
Cuando corté me quedé pensando en su pregunta. Miré hacia una esquina y enseguida encontré la ventana, el zócalo, la pared, el límite. Di vuelta la cabeza y me topé con la puerta de salida.
Luego de quince días en la Patagonia lejana, una tierra donde los límites no se ven y todos los paisajes describen el concepto de inmensidad, me pareció que la casa era mínima. Más allá de los metros, de la decoración, de la biblioteca y del balcón. Después de quince días en la Patagonia ventosa, rebelde, áspera y ancha, mi casa se veía insignificante. Y fui a dar una vuelta a la manzana.
Esa vez desarmé la valija unos días más tarde.


En moto por la vieja Yugoslavia

El texto que sigue lo escribió Juan Carlos Melgar, amigo mexicano y compañero de escritura en la novela Ojos de obsidiana. Melgar cuenta sobre un viaje reciente en moto con su padre por algunos países de la península balcánica: Croacia, Serbia, Bosnia, Montenegro y Herzegovina. Dan ganas de ponerse el casco y salir a la ruta.

Hace muchos años, allá por principios de los noventa, una profesora de la secundaria nos hablaba de Dubrovnic. Se refería a esa ciudad como una de las más bonitas de Europa, pero su relato era triste y melancólico. “Está siendo destruida por una guerra estúpida. Estúpida como lo son todas las guerras”, nos decía.
Luego, supongo que para reforzar su clase, repartió fotocopias de un artículo de la revista Time, en donde se hacía mención a los bombardeos que sufría ese rincón del continente europeo. Su objetivo se cumplió: siempre recordé esa clase y las imágenes de ese lugar del Adriático. Una ciudad de cuento, con la amenaza de las bombas destructoras encima.


Pasó el tiempo y un buen día, a mediados del 2014, mi padre me invitó a recorrer Croacia en motocicleta. Difícil no aceptar la propuesta. Ambos, desde hace mucho tiempo, somos fanáticos de recorrer carreteras y caminos en moto. Y, aunque no hacemos diarios, como el Che Guevara, sí registramos todo en nuestras cámaras y, lo mejor, en el rincón de los recuerdos.

“Nos vamos a celebrar nuestros cumpleaños”, fue la frase con la que vendí el recorrido a Karina, mi esposa, quien se quedaría como Penélope, esperando el regreso de su amado. Supongo que mi papá hizo lo mismo con mi madre. Pasaron los meses, lentos, hasta que llegó la fecha del viaje.

Viajamos de México a Croacia, un vuelo infernal, como son todos los trasatlánticos, y 32 horas después llegamos a Dubrovnic. Agradecí que las bombas de la clase y la revista Time, no la hubieran destruido. La ciudad es maravillosa e impresionante, tanto que elimina cualquier sensación de jet lag.
Emocionados, dejamos la maleta en la habitación y, sin ducha de por medio, salimos a recorrerla. Primero subimos a la muralla que cubre a la denominada “Old City”. El recorrido dura hora y media y tiene vistas impactantes del Adriático y las montañas.
Esta joya croata es uno de los destinos de quienes pueden y gustan, viajar en barcos y veleros. La cantidad de embarcaciones con nombres egocéntricos es impresionante. “I’m the boss”, “Why work?” y “CEO”, son tan solo algunos de los nombres que le dan un toque jet settero al lugar, en donde, según comentan, veranean Brad Pitt y Tom Cruise. Aquí descansan de su agotadora vida de estrellas.

Llego el momento de conocer a los demás integrantes de la aventura en dos ruedas. Edelweiss, empresa organizadora del recorrido, solicita a los pilotos asistir a una reunión en la que se conoce al resto de los viajeros, en este caso, de Australia, Irlanda, Estados Unidos, Austria y México. Dentro del grupo había a un simpático policía de Chicago, un abogado fiscal que podría ser un doble de Fidel. Unas hermanas que manejaban moto como si las persiguiera el mismísimo chamuco. O una pareja norteamericana, alegre y enamorada. Todos, sin excepción, con la única intención de disfrutar el camino.

El recorrido, llamado “Pearls of the Adriatic”, daría inicio el día siguiente. Las motos que elegimos fueron las Ducatti Monster, máquinas italianas reconocidas por su poder de aceleración. Caballos de acero rojo. Ferrari de los pobres, le dicen algunos. Un sueño para todo el que gusta de viajar acelerando con el afamado “twist of a wrist”.
Y así fue como comenzó el viaje. Una aventura de 10 días, en donde visitamos puntos de gran riqueza natural, con presencia de gente amable y alegre, aunque aún se vislumbra el dolor que dejó una guerra estúpida, como la llamó mi profesora. Las mujeres parecen modelos de Dior y los hombres son una especie de gladiadores: gigantes con fortaleza descomunal. Imposible no mirarlos y pensar, qué locura hacer una guerra contra estos tipos.

Si bien, el conflicto se dio por concluido hace años. Aún son varios los poblados en donde es posible observar huellas de la guerra: fachadas completamente baleadas. Igual que en el cuerpo humano, quedan las cicatrices. Como mexicano, es imposible no pensar en el parecido con el trágico escenario en múltiples rincones de nuestro país. Sinaloa, Michoacán, Tamaulipas, Guerrero, tan sólo algunos de los sitios en donde las balas también están presentes.

Dubrovnic, con su majestuosidad y belleza única. Split, con su palacio romano conservado a la perfección, como si el paso del tiempo le hiciera cosquillas. Mostar, con su característico toque árabe y musulmán. Hvar, isla paradisiaca en donde florece la lavanda. Llegamos a estos sitios con nuestros trajes de motocicleta completamente sudados por el calor veraniego.

Mi impresión general del paseo: excelentes carreteras, curvas inolvidables, vistas impactantes y ausencia total de tráfico. Un sueño para los motociclistas.

En los países que visitamos es fácil observar un deseo por salir adelante. Da la impresión de que tienen claro que el turismo es una fortaleza, una condición positiva, por lo que el trato es amable y atento. Uno se siente bienvenido.

Aunque también hace falta mejorar la infraestructura: algunos hoteles parecían de la era comunista. Muebles viejos, alfombras desgastadas y elevadores tan lentos que espantan. Internet escaso y la comida sin chiste.

Sin embargo, este sitio llamado hace años Yugoslavia, donde había un comunismo “relajado”, deja grabado un mensaje en la mente de todo aquel que recorre sus caminos: “destino maravilloso al que se espera poder volver”. Y agregaría: si es con mi genial y querido padre, muchísimo mejor.


El panda: rey de la fiaca

Antes de ver al panda vago y dormilón, de movimientos lentos y fuerza contenida, vi mil pandas. De peluche, en gorras y gorros, en vasos y buzos, en remeras y zapatillas. En imanes y bolsas; en pósters y en lámparas. Hasta en un paquete de cigarrillos.

En los últimos años, el panda se convirtió en la marca país de China. Debe ser el souvenir más exhibido y, seguramente, también el más vendido. Más, incluso, que la Muralla China y los Soldados de Terracota. Y lejos quedó el dragón de las dinastías milenarias, en este siglo el marketing país es el panda. Aunque él ni se entere, sumido en su pereza.

Quizás esa presencia repetida del panda con su cara triste y esa actitud de animal a la vez fuerte y tierno, me generó el deseo de ver un panda real. Entonces, aunque no me gustan los animales en cautiverio, fui al Ocean Park de Hong Kong. Porque había un panda.

Hay tres, en realidad. Disponen de un espacio amplio, rodeados de árboles, arbustos y piedras. Amplio, sí, pero no tanto como las selvas del suroeste de China de donde son originarios. De las provincias de Sichuan y Shaanxi, zonas montañosas donde vive la mayoría de los tres mil que existen en el mundo.

El panda llega a pesar más de cien kilos y parece el rey de la fiaca. Puede dormir quince o dieciseis horas aunque nunca todas seguidas. Se despierta, come bambú, cambia de posición o juega un rato y vuelve a dormir.

Ni bien vi a Jia Jia, el panda de Ocean Park tuve ganas de saltar la valla y abrazarlo. Será que estaba solo y los círculos negros alrededor de los ojos parecían ojeras y me dio pena o tal vez me hizo acordar al peluche de mi sobrina.  No sé, pero creo que varios sentimos lo mismo por eso las vallas son bastante altas.

Se quedó ahí un rato, se rascó la axila, se subió a un baco y se tiró panza arriba. Al rato bajó, comió bambú, mientras muchos visitantes lo mirábamos y le sacábamos fotos.

El panda es uno de los animales más queridos del mundo y, desde 2006, el símbolo de la WWF. Todavía es una especie en peligro de extinción, pero ya no se caza y en China existen más de cuarenta reservas de pandas. Su peor enemigo en esta época es la deforestación.

El canguro en Australia, el kiwi en Nueva Zelanda, el dragón de Komodo en Indonesia, y el panda en China, animales emblemáticos de sus territorios que se convirtieron en la mejor publicidad.


Día Mundial de la Tierra

Central, Hong Kong, China.


Cultura bici en Buenos Aires

Si David Byrne volviera a Buenos Aires saldría corriendo a actualizar su libro Diarios de bicicleta (Reservoir books, Mondadori), publicado hace cinco años. Ahí cuenta sus andanzas en bici por varias ciudades del mundo y en el capítulo de Buenos Aires se asombra porque la gente no usa bicicleta: “La ciudad, situada en el terreno aluvional del Río de la Plata, es bastante llana, lo cual sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aún así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? […] ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? ¿Tan menospreciada está la bicicleta que incluso los mensajeros usan otros medios para desplazarse?”.

El creador de Talking Heads tenía razón. Eso sucedía antes, tal cual, pero todo cambi. Basta un paseo corto por la ciudad para comprobar que el párrafo envejeció mal. Por la tarde, a eso de las cinco o seis, las ciclovías de Palermo son una columna de playeras, plegables, viejas, de bambú, alquiladas, MTB. Hay ciclistas con casco y sin casco; obreros y oficinistas que vuelven a casa; deportistas con guantes y pantalones de telas inteligentes; hombres de traje y chicas con anteojos de marco grueso, candado cruzado en el pecho y estrellitas en los rayos. A veces, cuando las bicisendas se congestionan y algunos pasan mal o paran a responder un whatsapp, me pregunto si teniendo en cuenta el momento histórico que atraviesa la bici en las ciudades no habría que sacar licencia para conducir.

En los últimos cinco años Buenos Aires se sumó a la tendencia mundial y se transformó en una ciudad bike friendly. Tiene 135 kilómetros de ciclovías y el proyecto llegar a los 155 a fin de año. Cuenta con más de 30 estaciones Ecobici donde se retiran bicis gratis, apps para elegir los mejores recorridos, talleres de mecánica para bicis, alforjas de diseño y restaurantes que hacen descuentos del 15 y 20 por ciento si uno va en bici. Se hacen salidas grupales de luna llena y circuitos guiados por los mejores grafittis de la ciudad. En la bicicletería Monochrome hasta es posible diseñar, accesorizar y lookear la propia bici –fabricada con materiales reciclables–antes de comprarla. El color del cuadro, del asiento, del grip y de las cubiertas. Campanita, portaequipajes, inflador, luces, todo personalizado.

Desde que se construyeron las ciclovías mucha más gente se anima a salir. Al trabajo, a entrenar, a la casa de un amigo, a un bar. “Para mí es como meditar, es el único momento del día en que no pienso en otra cosa más que en lo que estoy haciendo”, me dice Pelu Romero un ciclista que va tres veces por semana a recorrer los caminos de tierra de la Reserva Ecológica Costanera Sur en su MTB. Quizás leyó Bici Zen, ciclismo urbano como camino (Planeta 2012), de Juan Carlos Kreimer, un libro con la tesis de que la rutina de andar en bici es nada menos que un acto zen y produce sentimientos de “placer, libertad, autonomía y contacto consigo mismo”.
Pedalear hace bien a la salud y puede cambiar la perspectiva del día: los pensamientos quedan en un plano secundario, mientras se presta atención al ejercicio, a los detalles del paisaje urbano: un grafitti, el perfume de ese jazmín que trepa por la medianera, las naranjas en una verdulería. Andar en bici cambia el foco. Así de simple y contundente.


Día Mundial del Turismo

Playa D’en Bossa. Ibiza. Islas Baleares.


Con alma


El otro día charlé un rato con un astrofísico y, aunque hablamos de galaxias y soles, cuando me fui a dormir el mundo me pareció más chico. No había homeopatía ni astrología ni medicina ancestral ni mística. Pero lo peor fue que para él no existía el alma. Lo volví a recordar hoy cuando me enteré de que se encontraron unos poemas póstumos de la gran Wislawa Szymborska. Bastó que leyera un verso para encontrar el alma. Menos mal.

Alma era una palabra-acertijo. Soy, su mayor problema. ¿Y los mapas?, los mapas le encantaban por su don de mentir al desplegar un mundo “no de este mundo”.


La cola redonda

Ezeiza, siete de la mañana.

Llegaron cuatro vuelos al mismo tiempo, de Europa y Estados Unidos. Vuelos largos, de toda la noche. Uno solo quiere tomar la valija y volver a casa. Eso que podría ser simple no es fácil en Ezeiza. Las valijas no llegan. Cuarenta minutos y la mitad del avión espera parada a un costado de la cinta. Muchos pasajeros esperan sus valijas que no llegan. Seremos unos seiscientos.

Finalmente, ahí está la valija. La saco de un tirón de la cinta y pretendo caminar a la salida. La cola para pasar por el scaneo de equipaje es tan larga que no tengo que moverme. Da vueltas por todas las cintas y tiene altibajos, sube y baja como el dibujo de una ola. Da vueltas y no tiene ningún orden. Después de un rato de avanzar paso a paso entiendo que soy parte de una cola redonda, una subcola que salió de la principal y no va a ningún lado.

La abandono, indignada, y me cuelo en otra. Varios hacen lo mismo y vuelan insultos de la cola principal a la subcola. En un momento, empezamos a aplaudir para que alguien se haga cargo del caos. Nada. Nadie.

Decido hablar con un jefe. Me señalan al jefe de Aduana. Le pido si podría organizar la cola, le digo que hay gente mayor que viajó muchas horas, que estamos cansados y se están armando discusiones sin sentido entre los damnificados. Responde:

-Sí, yo te entiendo, pero no tengo nada que ver. Tenés que hablar con los de Aeropuertos 2000. Yo ya se los dije muchas veces, pero no escuchan. Tendrían que venir a las cinco de la mañana y llegan a las siete. Esto pasa todo el tiempo.

-¿Les podrías avisar?

-Ahora justo voy para ese lado, si los veo les digo.

Esa mañana más de viajero tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlar la ira. Mis valijas pasaron por el escáner victoriosas y cuando le conté lo que pasaba adentro del aeropuerto, el taxista se rio y me dijo Bienvenida a la Argentina.


El Síndrome de Stendhal

Lo calculé de antemano y compré el libro en Madrid. En el viaje en bus de Siena a Florencia leo El síndrome del viajero (Gadir, Madrid, 2011), de Stendhal, el autor de Rojo y Negro, el escritor francés del siglo XIX. Es un libro finito que contiene un extracto de su obra Roma, Nápoles y Florencia, publicada originalmente en 1817.

El trayecto es por autopista, pero igual se asoma la Toscana verde por la orilla de la ruta. El día está espléndido, dentro de unas horas va a hacer calor. Debo admitir que estoy algo preocupada: tengo varias visitas para hacer en la ciudad y, como suele pasar en esta época, poco tiempo. La Santa Croce, Santa María del Fiore, el Palazzo Vecchio, L’Uffizi, El David.
Stendhal llegó a Florencia un 22 de enero de 1817, haría seguramente más frío que esta mañana de julio.

“Anteayer, descendiendo el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una curva de la carretera, mi mirada se hundió en la llanura, y vi de lejos, como una masa sombría, Santa María del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. ‘Aquí vivieron Dante, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci –me decía–, ¡he aquí esta noble ciudad, la reina de la Edad Media! Entre esos muros se reconstruyó la civilización; allí Lorenzo de Médicis llevó tan bien el papel de rey, y mantuvo una corte en la que por primera vez desde Augusto, no primaba el mérito militar’. En fin, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me hallaba incapaz de razonar, y me entregaba a la locura como se entrega uno a la mujer que ama”.
El autor la conocía por fotos, así que caminó sin guía, en dos ocasiones preguntó la dirección a transeúntes y por fin llegó a la Santa Croce y vio las tumbas de Maquiavelo, Miguel Ángel y Galileo. Aprovechó el momento para recordar a otros toscanos célebres: Dante, Boccaccio, Petrarca. Stendhal estaba tan emocionado que dice que hubiera abrazado de buen grado al primer habitante de Florencia que se encontrara. Sus oraciones contienen signos de exclamación y palabras como: intensidad, alma, perfecto, necesidad, corazón, felicidad, emoción, éxtasis.

Continúa en un párrafo famoso:

“[…]Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme.”

La reacción corporal ante la belleza del arte que sintió Stendhal fue descrita mucho tiempo después, en los años setenta, por la psiquiatra italiana Graziella Margherini como el Síndrome Stendhal o Síndrome del Viajero, una especie de enfermedad turística ante la grandeza del arte. La psiquiatra trabajó sobre más de cien casos de visitantes a Florencia que habían sufrido un estrés similar.
Confieso con vergüenza que en mi experiencia florentina, casi doscientos años después, siento nervios y miedo de caerme aunque por otras razones. La masa turística es lo primero que se ve al bajar del ómnibus; lo segundo, las tiendas de lujo. No hay necesidad de preguntar el camino porque la masa te arrastra hacia donde todos van que es donde uno quiere ir. Después de tomar un café en Gilli (¡ existe desde 1733!) llego al Duomo. Con el sombrero de una coreana a un centímetro de mi ojo y las bromas de un grupo de mexicanos cerca de el oído admiro la arquitectura renacentista, la cúpula de Brunelleschi. Me rodean pantallas de celulares en modo red social. Contactos que en este momento ven lo mismo que tengo enfrente. El arte se comparte. El lugar es un griterío, y si esto pasara después el último Oscar, al tupido panorama habría que agregarle las selfies.

Posiblemente en la época de Stendhal también habría distracciones, pero en la actualidad la contemplación de la belleza parece fragmentada como nunca. También, ruidosa y, por eso, fatigada.
Mis visitas programadas se devaluaron casi tanto como la moneda de mi país. Para alcanzar a ver El David hago dos horas y media de fila. Dos horas y media, más que un partido de fútbol. Conozco a una pareja de Australia y le pido a unos españoles que me cuiden el lugar para comprar un sándwich. Entro en La Academia de mal humor, pero cuando estoy frente la presencia desmesurada de ese hombre de mármol me quedo callada. Busco un asiento cerca y lo miro. El hombre que venció a Goliat, que encarna la fuerza y la calma. El hombre de cinco metros de altura. El hombre de mármol y de muslos suaves.

Los asientos que lo rodean están ocupados. Vuelvo a esperar hasta que consigo sentarme. Hay un sonido bajo, cercano al silencio. Se percibe una situación parecida a la de una iglesia, pero el hombre que tenemos enfrente no resucitó y está desnudo.
No se puede sacar fotos, recuerda un empleado de seguridad.

En este tiempo la contemplación está intervenida por una multitud de turistas en desplazamiento, la publicidad y la necesidad de mostrar el viaje inmediatamente. A veces tan fuerte que da la impresión de que se viaja para subirlo al Facebook. Pero hay un momento en que si uno es sensible a la belleza y está dispuesto, todavía es posible experimentar esa conexión artística de la que habla Stendhal. Ahí, sí, cuidado. Mejor tener la tarjeta del seguro médico a mano.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.




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