Bowles en Marrakech

El escritor y compositor Paul Bowles prepara un té a la menta en un cuarto del zoco de Marrakech, en 1961. Viajó con Allen Gingsberg, que sacó la foto.

Autor de la novela El cielo protector, Bowles es un faro para los viajeros independientes. Vivió en París, México, Guatemala. No era un hombre de planificar, más bien se movía con el viento. Cuando conoció Tánger se emocionó y al poco tiempo volvió y se quedó hasta su muerte, 52 años más tarde.


El pareo, útil como la Victorinox

A simple vista, un pareo es un pedazo de tela suave y rectangular, de aproximadamente 1,80 m x 1 metro. Muchos le dan únicamente el uso para el que fue creado: envolver la cintura y usarlo como falda o vestido.

Pero a veces, en viaje, es necesario resolver situaciones inesperadas y el pareo -en su rubro- es versátil y tan útil como la Victorinox. ¡Y se puede llevar en el bolso de mano si viajás en avión!

El otro día con unos amigos nos imaginamos algunos usos posibles. Como la mayoría son usos de emergencia, el pareo produce además una sensación de bienestar por haber aguzado el ingenio. La lista, creo, es interminable. Apenas un comienzo:

* turbante
* chal
* lona
* biombo portátil
* mantel
* servilleta
* sábana
* capa
* soga
* trapo (seco y húmedo)
* para jugar al gallito ciego
* para jugar al fantasma
* para jugar al torero
* mosquitero
* kepina para el bebé
* pañuelo para el dolor de garganta
* pañuelo de nariz
* pañuelo para lágrimas
* corpiño de bikini
* bufanda
* para atar el cabello
* cobertor para almohadas/asientos sucios
* telón


Parada chancha en Karnataka

Encontré esta foto y la sujeté con un imán a la heladera. Hace días que la veo y hoy la voy a contar.

El primer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el calor. Con ráfagas de aire húmedo, como salido del sauna. Y las nubes espesas de una tormenta que nunca llegó.

Karnataka es un estado del sur de la India. Limita al oeste con Goa, el estado más pequeño del país, donde está la famosa playa de las fiestas electrónicas. Cuando estuve por ahí vi más europeos que indios. La capital de Karnataka es Bangalore, el lugar donde se fabrica el software, el Silicon Valley indio.

Las mujeres de Karnataka son preciosas. Usan saris de colores fuertes y telas brillantes, aros largos en la orejas, en la nariz y tantas pulseras que sus brazos parecen sonajeros. En la playa se paraban frente a mi estera para mostrarme artesanías. Cuando abría los ojos por el sonido de sus joyas no veía a una mujer, sino un caleidoscopio.

Habíamos tomado el micro temprano, cruzaríamos el estado de Karanataka para conocer las ruinas de Hampi, que son Patrimonio de la Humanidad. El micro estaba lleno y avanzaba confiado por una ruta de media mano y a medio asfaltar.

Después de un par de horas de viaje,de repente, se detuvo. No fue porque había una parada ni porque alguien pidiera bajar. Se detuvo en el desierto, a la hora de la siesta. Optimistas, pensamos que sería una pinchadura, que pronto estaríamos nuevamente en camino.

Pasó una hora. Y otra. Los indios salieron del coche y se acluclillaron. Ellos esperan desde el llano, en cuclillas. Es común verlos agachados en las veredas, a los lados de las rutas, conversando en el piso de una estación. No se quejan, no arman escándalos, no preguntan qué va a pasar, si viene otro micro, cuánto falta.

Aceptan. Y esperan sin esperar.

El segundo recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el olor. Olor a mierda.

Pasaron tres horas. Me acuclillé hasta acalambrarme, me levanté, pregunté todo lo que pude, me quejé, como en una clase práctica de Occidental para dummies. En un momento tuve ganas de ir al baño. Un pasajero señaló una casa abandonada a unos cincuenta metros de la ruta. Me acerqué pisando pasto seco mientras pensaba que en ese clima habría escorpiones y arañas.

(A partir de acá el relato es escatológico. Lectores impresionables, mejor cambiar de post.)

La construcción era un baño abandonado y, sepan disculpar, cagado. La expresión más exacta sería un baño hecho mierda. Las letrinas rebalsaban de excrementos, igual que el piso. Todavía no entiendo por qué no salí corriendo y busqué una plantita en ese momento. Pero no lo hice. Muy al contrario, entré en uno de los dos cubículos y entorné la puerta. Ahí estaba, haciendo equilibrio y a punto del desmayo por sobredosis de mal olor cuando escuché el ruido de la puerta de afuera.

Dije lo primero que me salió: “¿Hay alguien ahí?”  Nadie respondió. Después: “Está ocupado”. Y también: “¿Quién es?” Cada vez, sin respuesta. Volví a escuchar otro ruido, más cerca, casi en la puerta de mi cubículo. Entonces, con los pantalones a medio subir y cara de pocos amigos abrí la puerta.

Y sí, había alguien ahí.

Un chancho adulto, negro y peludo que también me miraba con cara de pocos amigos y mierda en el hocico. Le grité pero no me hizo caso. Fue él quien me echó del baño. Un cerdo pesado que no buscaba trufas.

El tercer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es la plantita que encontré después y desde donde saqué esta foto en la que están todos. Todos, menos el chancho. Un chancho de mierda.


De curvas y mal de altura

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y amante del cine entre otras vocaciones, volvió hace poco de un viaje a Perú y cuenta esta anécdota sobre las curvas, la altura y los males.

El bus zigzagueaba por un camino angosto, entre los cerros inmensos y el abismo. Atrás quedaba  Arequipa, a 2400 metros sobre el nivel del mar; adelante nos esperaba el Valle del Colca, al doble de altura.

Como parte del show turístico, la guía sacó una bolsita con hojas de coca y explicó cómo mascarla para evitar el mal de altura (soroche).

El paisaje se pobló de llamas, alpacas, vicuñas. Después, una curva cerrada, un volantazo sorpresivo y  el mareo. El bus siguió subiendo hasta que por fin llegó a los 4800 metros. El sol pegaba fuerte, pero no hacía calor. A metros de la carretera, mujeres coloridas vendían artesanías. Sobre ellas, una nube gigante. Tan grande que asfixiaba, que aplastaba.

¿Estás bien?, me preguntó Julieta, con quien organizamos el viaje desde Buenos Aires. “Un poco revuelta. Pero todo bien”, le respondí y me senté en una de las piedras. Cuando saqué la lapicera para apuntar lo que veía, sentí los dedos pegoteados. La birome había reventado por la presión.

Sin embargo, la altura no afectaba a todos por igual. Juan y Julio, dos cincuentones españoles acababan de encender su tercer “cigarrito” y disfrutaban, como si estuviesen frente al mar.

La parada duró unos veinte minutos. Como si la carretera fuera un tobogán de agua descendimos rapidísimo hasta Chivay, a 3600 metros. Mi dolor de cabeza era cada vez más fuerte y no veía la hora de estar en una cama. Llegué al hostal y comenzaron los vómitos. En el lugar no había posta médica.

El hostal estaba vacío. Todos se habían ido a La Calera a darse un baño termal. El lugar olía a hojas de coca y a quínoa. La niñ encargada estaba pegada al televisor, siguiendo un concurso de talentos. Julieta había subido a la habitación para buscar el teléfono de la agencia.

De repente, vi dos caras conocidas: una pareja madrileña con quien habíamos compartido el tour. Al preguntarme por mi aspecto “paliducho”, les resumí lo ocurrido. Y entonces dijeron palabras que sonaron como un milagro: “Somos médicos”.

A simple vista, lo mío era un combo de mal de altura, insolación, cansancio y deshidratación. Pero… ¿Y Julieta? La fueron a buscar, pero no respondía. Después de golpear varias veces la puerta, entraron y la encontraron en la cama.

Había estado estupenda durante todo el recorrido, pero seis horas después de haber estado en el pico más alto, todos los síntomas se habían apoderado de ella. La presión en la nuca, un dolor infernal de cabeza como si hubiese sido taladrada por el mismísimo psicópata de Saw, más nauseas y vómitos.

“Tomen estas pastillas, pero no abusen”, nos recomendaron.

Durante siete días estuvimos bajo los poderosos efectos de la Dexametasona (corticoide), que desinflama y permite una mayor oxigenación. Sin ellos y sin ellas, no hubiésemos podido continuar el viaje. Nos esperaban muchas más subidas y bajadas. Porque así es el territorio inca: se siente en el cuerpo. Y si uno está dispuesto a atravesarlo, deberá estar preparado para la aventura. Y para la altura.


Evita en los muros de Barracas


Guía mínima para viajar a Marruecos

Tardes atrás me contó Aniko Villalba que pronto se irá de viaje. Esta vez conocerá España, visitará parientes y después, seguramente cuando haga más frío, cruzará a Marruecos.

Si se te ocurre algún dato, ¿me escribís?, me pidió antes de despedirnos. Pensé entonces en mis recuerdos marroquíes. Y pensé también que no quiero darle imperdibles (“Lee El cielo protector antes de viajar”) ni nombrar lugares (“No dejes de ir a Marrakech”) porque creo que ella los encontrará en el camino y en la Lonely Planet o similar.

En cambio, se me ocurrió una lista de palabras clave. Una guía mínima, básica, una síntesis de la síntesis, palabras que serán una pista para explorar. Algunas remiten a lugares, otras llevan a una plaza, a un mercado, a la historia, a las montañas, a un plato de verduras y cordero o a un sonido que se repite en Marruecos: el llamado del muezzin para el rezo diario. No es una guía definitiva, todo lo contario, es una lista abierta con muchas páginas libres.

Atlas
Azul añil (Chefchaouen)
Babouche
Bereber
Bowles
Caravana
Ceuta y Melilla
Corne de gazelle (Kaab Ghzal)
Couscous
Chilaba
Dátil
Desierto
El Rif
Fuentes/agua/aguatero
Hassan II
Jemma el Fna
Kasbah
Ketama
Naranjas
Magreb
M’ Hamid
Medina
Mosaico
Muezzin
Oasis
Salamalecom
Souk
Tajine
Teñideros de cuero
Thé à la menthe
Zagora
Zona Internacional


Más de JFK en La Pampa

Lo único que se me ocurre para explicar la inmediatez es que Miguel Machesich recibe alertas de Google cada vez que aparece algo nuevo sobre Quemú Quemú en la Web.

Entonces, ni bien escribí el post anterior se comunicó para contarme que tenía más información, que Quemú Quemú es su pueblo de nacimiento, que había escrito algunos artículos sobre el monumento para el diario La Reforma de General Pico.

Rápidamente, lo invité a contar algo para Viajes Libres, y esto es lo que escribe el periodista pampeano, que hoy vive en Chubut.

Siempre me intrigó esa elevación provocadora que apareció hace más de 40 años en medio de la llanura, muy cerca de mi pueblo natal. La búsqueda de las razones y anhelos de sus realizadores, sin embargo, se oscureció también siempre. Las voces críticas, con diferentes fundamentos, que fueron desde lo práctico a lo ideológico, desde el humor a la extravagancia, se impusieron al silencio de los reales protagonistas y no respondieron a lo esencial.

¿ Qué llevó a la construcción de esa mole de cuarenta metros con una simbología extraña, con una inscripción en su cúspide sólo descifrable  desde al aire, muy cerca del ingreso a Quemú Quemú, en La Pampa? ¿Qué dicen hoy aquellos jóvenes, autodefinidos como “entusiastas e irresponsables”, sobre lo que hicieron? ¿Qué significa hoy ese monumento a un joven presidente norteamericano, de origen católico y  víctima mortal de un atentado de raíces oscuras que despertó un generalizado pesar?

Esa búsqueda me llevó a Fernando Demaría, poeta y filósofo, descendiente de las familias ligadas con el origen de ese pueblo pampeano y principal actor de aquellos momentos, vividos en la esplendorosa década del ‘60.

“Uno está inmerso en circunstancias históricas y esa circunstancia histórica nos reveló la pérdida de John F. Kennedy en ese momento. Creo que surgió como una gran nostalgia por una personalidad eminente que había desaparecido, una atmósfera colectiva de pesar por lo que había sucedido. Notar como reaparecían las fuerzas retrógradas y del mal, cortando una vida ilustre y progresista. La inspiración para mí fue de origen colectivo”, me contó una tarde en su departamento en Buenos Aires.

“Para nosotros John Kennedy era una expresión de una nueva conciencia. Hablábamos de una nueva conciencia que, además, es una idea que se remonta hasta San Pablo. En sus Epístolas se habla de que hay que desvestirse del hombre viejo y asumir el hombre nuevo. A veces uno percibe en la evolución humana la necesidad de que surja una nueva conciencia, algo depurador. Y Kennedy representaba eso: la posibilidad de una depuración del espíritu colectivo, de la historia en ese momento”, agregó.

Los pormenores del acto inaugural con un célebre discurso del reconocido crítico y periodista Rafael Squiru, por entonces Director de Asuntos Culturales dela Organizaciónde Estados Americanos (OEA), confirmaron esta visión.

Aquel 29 de mayo de 1967, Squirru había iniciado su provocativo discurso reivindicando a los indios.Hay todavía mentalidades en la Argentina que se enorgullecen de decir que aquí no hay indios. Es para recordarles a esas mentalidades que todavía quedamos algunos”, disparó apenas comenzó a hablar, mientras explicaba las razones de su puesta de un poncho araucano sobre los hombros. Entonces se escucharon los primeros aplausos. Los segundos serían al mencionar a John Kennedy, “un hijo del sol”.

Fernando Demaría dice hoy que “ahí, en la pampa, quedó implantado un ideal, porque el monumento es una obra que hace reflexionar. Creo que los que pasan por ahí se preguntan qué significa. Esas preguntan requieren una respuesta espiritual, movilizan el espíritu”.

“Creo que es un interrogante espiritual plantado en medio de la pampa y todos los interrogantes espirituales para mí son fructíferos y positivos, activan a las mentes, llegan a las conciencias. Y más ahora que está iluminado de noche”.

Enhiesto e enigmático, el monumento a John F. Kennedy sigue allí, despertando interrogantes a los extraños. Con el paso de los años ya forma parte del paisaje pampeano y se ha convertido en símbolo de Quemú Quemú. Pero para quienes somos de allí y de vez en cuando regresamos a la tierra natal es una referencia ineludible y querida. Al tomar la ruta provincial N° 1 en Catriló, lo empezamos a buscar en el horizonte interminable. Distinguirlo entre los árboles de la gran llanura nos tranquiliza. Verlo, acercarse y llegar significa que hemos llegado, que, al fin, ya estamos en casa.


Tres diarios

Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo.

Conozco a Pancho Mouat por el Empampado Riquelme, la historia increíble historia de un hombre que se perdió en el desierto de Atacama, se empampó y durante más de 40 años no se supo de él.

También supe que hace poco, Mouat lanzó su nuevo sello independiente, Lolita Editores, que este mes presenta varias novedades entre ellas la reedición de Equipaje de mano, de Juan Pablo Meneses.

En Tres viajes el autor rescata tres diarios de viaje escritos por tres personas amigas que en diferentes momentos de su vida llevaron una agenda de vida.

El primero es el diario de José Luis López Zubero, un oftalmólogo español que en 1967 fue voluntario en Vietnam y durante los dos meses que estuvo allí hizo curaciones, operó, nadó, escuchó bombas, vio lo mejor y lo peor del ser humano, caminó entre amaneceres brumosos, fue a fiestas Hibye (de bienvenida y despedida, constantes en la guerra) lloró y escribió.

Sábado 17 de junio
Me voy caminando un kilómetro a desayunar, en la bruma del amanecer. Paso a través del mercado con sus bicicletas y escucho la propaganda de los altavoces. El teniente chulín, que se cree alguien siempre con su rifle, me lleva después al hospital. Hago dos cataratas y una reconstrucción de párpado. Veo a una niña de 13 años que parece de 5. Después vamos a comer y a nadar dos horas. Los pilotos de los helicópteros comentan sus muertes y la suciedad del país, todos con bronceadores, gualetas y colchonetas de agua. Hay unos “esclavos” arreglando una lavandería para las monjas. Volvemos. Leo Qué verde era mi valle. Lloro. Pienso en mi madre y en el pasado. Aquí  en Vietnam veo todo más objetivamente. Sin teléfono, sin televisión. Sólo las bombas de lejos me recuerdan que la muerte está cerca. Veo Lord Jim de nuevo: “Lo que importa no es lo que haces, sino por qué lo haces”.

El segundo diario lo firma Fernando Plazuelos y fue escrito en 1987, con veintipocos años, cuando se aventuró a los mares del sur soñando con hacerse millonario durante la fiebre del loco. En vez de eso, aprendió a hacer pan, comió erizos hasta cansarse, naufragó frente a la costa y escribió un diario de viaje que después guardó en una caja de zapatos durante casi veinte años.

Lunes 11 de mayo
Llovió durante casi todo el día. Las discusiones van in crescendo y es natural, dada la gran espera y lo cerca que estamos del levantamiento de la veda. En esta ocasión la descarga de energía acumulada apunto al Chico Rigo, por su apozamiento individual en los roqueríos adyacentes a nuestro campamento. Creo que ha sido el día en que he comido más erizos en toda mi vida. Comencé en la mañana y aún acostándome tuve que regalar un plato lleno, porque no podía más.

Con Teodoro Perico fuimos a buscar luma a un bosque distante y muy hermoso.

El último diario es una breve agenda de Dolores Ezcurra, una mujer enferma de cáncer que debe criar sola a sus dos hijos y sabe que va a morir.

Sábado 25 de febrero
Dolores en la espalda y en el pecho. Flemas. Respiración. Dilatación de tragada. Puntadas.

Además de la selección y edición de los diarios, Mouat hace pequeñas entrevistas con los autores de los diarios. Y en el caso de Dolores, transcribe viejas cartas que ella le escribió durante años de amistad. Un libro donde el autor más que escribir, selecciona, edita, transcribe, muestra, comparte. Un libro y un acto de generosidad.


Camas en viaje (I)

Mi última cama en viaje fue anoche, en un micro de larga distancia. La luz se apagó enseguida, por eso no hay foto. Era un asiento que se hacía cama. A pesar de ese lujo, no soy de las que se duermen rápido, tuve tiempo de mirar el techo con tapizado de flores y la luna que entraba como luz de interrogatorios por la ventana de mi vecina.

Antes de dormirme recordé algunas camas en viaje: tropicales, austeras, ricas y pobres, con vista a un lago y con ventanas cerradas para que no entrara el viento loco. A continuación, la primera parte de una muestra mullida.

Mama Ruisa, un hotel con encanto en Santa Teresa, el barrio bohimio y chic de Río de Janeiro. Intimo, caro, sofisticado, con Elza Soares de fondo y un desayuno inolvidable.

Lo bueno de llegar a Guanajuato fuera de temporada fue conseguir un hotel aceptable (Posada Molino del Rey) a precio de uno malo. Antes o después, un paseo con las tunas y ojalá un beso en el famoso Callejón.

Despertarse con tanta luz borra cualquier malhumor. Hermosas vistas del lago Aluminé desde la Hostería La Balconada. Me acuerdo de la charla con el dueño, uno de esos tipos que cambió de vida, que convirtió su sueño en realidad yun día dejó su trabajo y se fue a vivir al Sur.

De esta cama patagónica lo mejor era el quillango, esa manta de piel de vicuña que seguramente ahora estará prohibida. O será prohibitiva por lo cara. Esta era vieja, estaba en La Oriental, la única estancia dentro del Parque Nacional Perito Moreno.

Sigo con las estancias, justo encontré esa memoria de fotos, este cuarto con esa bella luz que se colaba por las cortinas de pique es uno de los pocos de la Estancia El Cóndor, frente al lago San Martín, en Santa Cruz.

     

El Cóndor es un excelente lugar para hacer cabalgatas. Siete horas a caballo y llegué al Puesto La Nana, donde me reencontré con la bolsa de dormir después de mucho tiempo.

La otra cama, la última de esta primera tanda, fue en el Hotel Libertador, en Trujillo, norte de Perú. Las sábanas eran una delicia, 100% Pima Cotton.


Coquimbo y La Serena

Si Valparaíso y Viña del Mar tuvieran hermanos mellizos, ésos podrían ser Coquimbo y La Serena. Estas dos ciudades chilenas quedan unos 300 kilómetros más al Norte, después de cruzar desiertos largos, donde el mar y la cordillera siempre están cerca.

A pesar de la distancia que las separa, se parecen bastante. Coquimbo, como Valpo, es un gran puerto, con las casas trepadas a los cerros y tan pegadas que hace tiempo que la gente dejó de contar secretos o los sabrían todos. Se habla idioma de puerto, se venden mariscos recién sacados del Pacífico y se practica el turismo cultural en el renovado Barrio Inglés.

La Serena está a doce kilómetros de Coquimbo, pero el tiempo las ha unido, como a Valpo y a Viña, y hoy existe una costanera amplia entre las dos, ideal para correr o andar en bici.

La Serena, como Viña, es más elegante y no le gusta el olor a pescado. Nada de choritos con limón en la caleta de pescadores, enLa Serena si se come pescado es un buen restaurante y preparado por un chef. En la ciudad hay amplias residencias de veraneo, jardines bien cuidados y una recova colonial.

La Serenase posicionó como ciudad–balneario, con muy buena infraestructura turística, restaurantes y una extensa y amplia costanera con palmeras que termina en un faro de 1953 desde donde se ven las playas con sus prolijos paradores y también cómo crece la ciudad. En primera línea, frente al mar, las grúas trabajan en nuevos edificios altos y aterrazados a pesar de la temporada alta. Cada vez más santiaguinos invierten en un departamento de veraneo enLa Serena, donde según muchos el agua es más cálida que en Viña del Mar. Aunque después de haberme bañado, no puedo dar fe. Como buen destino de verano tiene agenda de actividades que incluyen desde un Abierto Internacional de Golf hasta un Festival del Bolero y una Feria del Libro.

Coquimbo y La Serena son distintas, como Valparaíso y Viña. Sin embargo, se parecen. Además del mar y la cordillera, el pisco sour, bien helado y con mucho limón, las acerca.




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