Apostillas de viaje a la manera de Georges Perec

Me acuerdo que en mi familia no tenía gracia irse de vacaciones a la playa. Explorar sí tenía gracia, entonces hacíamos larguísimos viajes en auto hasta la otra punta del país. Me acuerdo que nunca sabíamos dónde dormiríamos a la noche. Era llegar y buscar. Preguntar dónde había un hotel, ir hasta ahí, bajarse y preguntar si tenían dos habitaciones y cuál era el precio. Me acuerdo de noches en las que preguntamos más de seis veces hasta encontrar el que cumplía las condiciones de la triple B (bonito, barato, bien ubicado).

Me acuerdo que en esos viajes solía venir una abuela. Si era por Argentina venía la paterna, si era más lejos, la materna. Me acuerdo del asiento trasero del Peugeot 504 verde donde íbamos los tres hermanos más mi abuela, todos sin cinturón de seguridad porque en esa época no se usaba.

Me acuerdo de mi primer viaje en avión. Fue a Chile en un Boeing 747, un Jumbo. Nos sacamos una foto al pie de la escalerilla: mi hermana y yo con jardineros iguales, una rojo y la otra azul. Me acuerdo que todavía se fumaba en los aviones. Los fumadores se juntaban al fondo, cerca de los baños. En ese sector, las nubes eran de humo pero no me importaba porque me escabullía hasta acercarme a las ventanas con la mejor vista de la cordillera.

Me acuerdo que en 1978 cuando casi vamos a la guerra con Chile por la cuestión del Beagle mi papá tenía todo planeado para arrancarse a Uruguay. Le parecía una locura ir a la guerra con un país hermano. Al final no hubo guerra así que tampoco fuimos a Uruguay.

Me acuerdo que nos gustaba meternos por caminos polvorientos, hablar con la gente del lugar, descubrir cosas y sacar fotos con una Nikkormat.

Me acuerdo que cada vez que se cansaba de mí o de mis hermanos mi mamá nos decía: “No seas secante, tesorito”.

Me acuerdo de la noche en que mi primo cayó a cenar con su amigo abogado. De chica vivía en una casa donde la geografía y los viajes eran la materia más importante. Sabíamos porque estudiábamos y porque viajábamos. La noche que llegó mi primo con su amigo la conversación abrió con Chile, enseguida trepó a Perú y se detuvo en Machu Picchu y el Camino Inca. El amigo de mi primo participaba poco, creo que la geografía no le interesaba. Hasta que en un momento levantó la voz y afirmó que claro que él había hecho el Camino Inca y que lo que más recordaba eran los puestitos de panchos. ¿Puestitos de panchos? Le dijimos que eso era imposible. Como buen abogado, el amigo de mi primo no dio el brazo a torcer, aún rojo de vergüenza, aún descubierto, contaba lo ricos que eran los panchos en el Camino Inca.

Me acuerdo que en los viajes hacíamos picnics y me acuerdo que el elemento fundamental era una canasta de mimbre del Tigre que mi mamá se encargaba de llenar de contenido delicioso. Me acuerdo de esa canasta con mucho jamón crudo porque mi papá es médico y tenía un paciente que cada tanto le regalaba una pata de jamón que colgaba como un muerto en un cuartito al lado del lavadero.

Me acuerdo que en los viajes no podíamos decidir nada. Ni el horario de salida ni el plan del día. Ni siquiera qué comer. Los grandes decidían y no se podía ni chistar. Me acuerdo que a partir de los trece ya no quería seguir instrucciones. La rebelión era el mejor paisaje.

Me acuerdo que en los viajes necesitaba registrar. Llevaba una libreta y hacía un diario. También anotaba los nombres de los cuadros que más me gustaban de cada museo. Lo hacía con letra muy chica porque no quería que nadie leyera mi inventario.

Me acuerdo que una vez en Italia nos robaron. Fue rápido y bien planeado. Paramos en una estación de servicio y nos bajamos al baño. Mi abuela, que por aquella época tenía 80 años, se quedó esperando en el auto. Una mujer muy bella le tocó la ventanilla. Le señalaba una rueda del auto y gesticulaba como si estuviera pinchada. Mientras mi abuela miraba hacia la rueda dizque pinchada, por el otro lado abrían silenciosamente la puerta del acompañante y se llevaban el bolso de mano de mi mamá con los pasaportes de todos y bastante plata.

Me acuerdo que después del robo nos instalamos en un convento que recibía huéspedes y quedaba –y queda– en la Via Sistina 113. Me acuerdo que fueron diez días hasta que nos hicieron un “pasaporte consular” para poder volver al país.

Me acuerdo de cuando fuimos a Perú con otra familia. Éramos nueve y fue divertido a pesar de contratiempos por inundaciones y trenes que andaban mal. Me acuerdo que mi papá usaba un silbato de guarda de tren para reunirnos. Un día tuvimos que viajar en una camioneta doble cabina para ir de Puno a Juliaca y como no entrábamos, los dos “cabeza de familia” viajaron en la caja de la camioneta con chullos de lana de alpaca porque hacía frío. Iban parados, se sostenían de un barral. Me acuerdo que se reían a carcajadas. Tanto que parecía que iban a estallar de risa. Nunca supe de qué se reían y pocas veces volví a ver a mi papá reírse así.


Mi tía cheta

Tengo una tía que se parece a la cheta de Nordelta. Me acuerdo cuando una vez, hace años, le contamos a qué playa habíamos ido y ella respondió espantada: ”¡Pero ahí hay mucho mate!”. Mi tía es rubia de peluquería y siempre que la veo parece que recién llegó de unas vacaciones en la playa y sin protector. Está negra, pero ojo: es blanca.
Me imagino que mi tía cheta nunca tomó mate. No lo sé a ciencia cierta porque la veo poco. Hoy pensaba en ella y en la gente que se siente a salvo en la uniformidad. Como si las situaciones “visual y moralmente acordes” fueran un traje de neopren contra el mundo real.


Pensé en ella por el mate y porque se acercan las fiestas y es probable que nos veamos. Más allá del saludo de bienvenida y un par de frases hechas, no solemos hablar. Tampoco nos hacemos regalo, pero creo que este año va a ser excepcional. Se puede considerar una tipa suertuda. Quiero regalarle un equipo de mate: termo, bombilla y calabaza (porongo no, sería demasiado). Después de entregárselo, en algún momento entre el vitel toné y el turrón de Jijona, le voy a contar sobre la Ruta de la Yerba Mate, en Corrientes y Misiones. Le voy a hablar de esa tierra roja y ardiente donde se da tan bien la planta de yerba, que hoy es arbusto pero en tiempos de la colonia era un árbol, y llegaba a medir entre veinte y treinta metros de altura. Crecía en lo profundo del monte y cuando los guaraníes se internaban a buscarla los peligros eran tan inmensos que a veces no regresaban. Se los tragaba la selva. Los jesuitas, ordenados y previsores, la domesticaron y podaron hasta convertirla en cultivo. Caa se dice en guaraní. Según la leyenda, es un regalo de la luna al hombre porque una vez, convertida en una mujer hermosa, la luna bajó a pasear por los bosques y un yaguareté se la quiso comer. En ese momento, el animal cayó atravesado por la flecha de un cazador guaraní. En agradecimiento por haberla salvado, la luna le mandó la planta de yerba mate.

Recuerdo el viaje que hice unos años atrás y me vienen lugares y personas y monumentos y pastelitos y, sobre todo, mates. Una tarde a la hora de la siesta en la estancia Santa Cecilia hacía mucho calor, de ese calor misionero húmedo. Se acercó una mujer a la galería y me trajo un mate –ese sí que era un porongo, tía– con dos hielos sobre la yerba y en lugar de una pava caliente, una jarra con pomelada natural. Algo parecido al tereré paraguayo. Pasaron varios años de aquella siesta y todavía recuerdo la sensación de frescura.
Me pregunto si mi tía no debería ir a conocer el Museo Juan Szychowski de Apóstoles. Ahí le contarían la historia del mate, que forma parte de nuestra cultura y tradición histórica. De esa patria que, como dijo Borges, no es nadie y somos todos.
Hoy a la mañana recibí un correo del Instituto Nacional de Yerba Mate. Decía que el mate está presente en el 90% de los hogares argentinos sin importar el nivel socioeconómico. Se consumen 110 litros de mate por persona. Se toma más que el té o el café. Hasta existe un Día Nacional del Mate, el 30 de noviembre, mañana.
Ya hay yerbas orgánicas, estacionadas, saborizadas con hierbas serranas o cascaritas de naranja. El mate es bueno para la salud, para soltar las charlas con desconocidos y suavizar las tardes. Es energizante y antioxidante. Tía, ¿sabías que existen tratamientos de belleza a base de yerba mate? Aceites corporales, cremas hidratantes, jabones para exfoliar y champús que te dejan el pelo brilloso.
Guardo la última carta para el final. Si veo que mi tía cheta no se encariña con el mate le voy a contar que se exporta. Que en Siria y otros países árabes es un producto caro y muy apreciado. Como lo extranjero y lo caro le gusta, le encanta en realidad, me imagino que vamos a terminar la Navidad tomando mate. Aunque haya pasado medianoche y queden botellas de champán sin abrir.


Segunda mano

Una vez vi una película holandesa sobre un vestido de verano que se vuela del jardín donde se seca al sol. Así empieza la historia. Va pasando por distintos cuerpos, roperos, lavaderos, mujeres. Hay paradas llenas de gloria y perfume y otras tristes, y hasta alguna peligrosa. En el viaje, el vestido floreado acumula capas de vida.
Quizás porque se intuyen esas capas, me gustan las cosas usadas. Porque cuando encuentro algo especial en una feria, en un cachureo, en un cotolengo me parece que lo rescato. Que entre mil, es ese. La palabra rescatar tiene un sentido heroico aunque sea el rescate de una jarra de cerámica con una flor rosa que alguien que no conozco modeló, pintó y horneó. La compré en una feria improvisada de un templo de Siracusa. Había percheros con ropa, collares viejos, una mesa de noche estilo Luis XV y la jarra antigua. Tiene una rusticidad campestre, me imagino que se usó en almuerzos al sol, con mantel a cuadros en una terraza rodeada de glicinas. Es una jarra de agua, aunque también podrían haber decantado un Chianti para recordar.

Las cosas del templo de Siracusa las vendía una mujer rubia que recaudaba euros para comprarles bicicletas a unos niños pobres de Zanzíbar. Había fotos de su proyecto y de los niños. Cada visitante se llevaba los objetos que le interesaban y dejaba el dinero que quería en una lata. La jarra era de ella, la había comprado hacía años en una feria de antigüedades.
Rescatar es editar. Y para eso se necesita buen ojo y criterio. En un rescate hay solidaridad con el medio ambiente y con el pasado. Con el rescate se interrumpe la marcha hacia el olvido, las polillas y el olor a viejo. Es un volantazo en el destino de esa jarra que hoy está llena de astromelias en mi living, del otro lado del Atlántico.

Los negocios de cosas usadas se llaman de segunda mano, y también me gusta esa expresión. Creo que los de primera mano están incompletos. Les falta la segunda. Me pregunto si está bien que lo usado sea más barato, con toda la historia que lleva, ¿no debería venderse al doble?
Qué asco, me dijo una amiga, ¿te vas a poner esa camisa? ¿Y si fue de una muerta o de una asesina? Me la voy a poner, sí. Antes la lavaré con jabón suave para ropa fina, después la secaré al sol y mañana la usaré. No importa de quién fue, mi súper lavado la deja nueva. Usada nueva, lo voy a agregar a la lista de oximorons.
El rescate es un punto de partida para investigar. Cuando en la feria de garaje que está cerca de casa encuentro un plato que me gusta lo doy vuelta para ver el origen. Muchos tienen el sello Made in England, como ese de cerámica blanca gastada con finas grietas, elegante craquelé, en un costado. Lo rodea una línea de un azul sólido. Se llama bleu du roi, el nombre del color viene de la época medieval, era el azul que usaba la guardia real. El platito de la feria, una línea directa a Francia.
Entonces cuando viajo, me doy una vuelta por los charity shops, thrifts, ejércitos de salvación y op shops, como los llaman en Australia, en alusión a oportunidad. Eso son: minas de oportunidades. Cuando voy a Santiago, reservo un par de horas para revisar percheros de la calle Bandera. La última vez encontré un suéter verde de cuello bote. Un suéter que cada vez que lo veo pienso que fue hecho a mi medida. Es tan mío que resulta absurdo que alguien lo haya usado antes. Aunque sea de segunda mano.

En la película holandesa, el vestido que pasa de cuerpo en cuerpo no es portador de buena suerte porque vuela hacia un destino y necesita llegar cueste lo que cueste. En mi película, el destino es el tránsito. Y ya es mañana, así que llevo puesta la camisa que horroriza a mi amiga.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile, en noviembre 2017.


Viajar a Estados Unidos en tiempos de Trump

Estábamos a unos cientos de metros de la Casa Blanca, pero al tipo no le preocupó. Se acomodó el micrófono y aclaró su garganta probablemente porque sabía que hablaba para periodistas que propagarían el mensaje en medio mundo. Roger Dow, presidente de la Asociación de Viajes de Estados Unidos dijo con voz sólida: “La administración debe ser clara en que América está cerrada al terror, pero abierta a los negocios. Trump tiene una tendencia a hablar rápido. Pero también sabemos que es hotelero, un hombre de negocios, por eso creemos que podremos ayudarlo a entender esta situación”.

Desde que asumió Donald Trump, la industria turística de Estados Unidos está intranquila por sus dichos, amenazas (construir el muro en la frontera con México) y hechos concretos como el Travel Ban o veto migratorio a seis países islámicos: Irán, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Libia. Cuando lo decretó, en enero de este año, fue frenado por la Corte y aunque actualmente atraviesa instancias judiciales y todavía no es efectivo, cada día parece más cercano. El presidente lo defiende a capa y espada. “Vamos a pelearlo hasta el Tribunal Supremo. Vamos a ganar para mantener a nuestros ciudadanos seguros”, escribió en Twitter unos días atrás. Retoma el tema con frecuencia, incluso escribe TRAVEL BAN así, todo en mayúsculas, como si lo gritara.

También rige la restricción a los computadores personales (Laptop Ban), tablets y aparatos electrónicos grandes en la cabina en vuelos hacia Estados Unidos desde diez aeropuertos: El Cairo, Estambul y los principales de los Emiratos Árabes Unidos, entre otros. El propósito, según los oficiales de la seguridad estatal, es evitar el contrabando de explosivos y ya se discute la idea de expandir la medida a otros aeropuertos.

A esto se suman las trabas al turismo estadounidense en Cuba, anunciadas días atrás en un discurso de Trump en Miami y condenadas inmediatamente por la Organización Mundial del Turismo. Básicamente, los procesos de acercamiento que comenzó Obama fueron cancelados. Según los funcionarios de la Casa Blanca se hará un “mejor acuerdo” con la isla, pero antes tendrán que legalizar partidos políticos, celebrar elecciones y liberar presos políticos.

Es lógico que con este clima de limitaciones los directivos de Brand USA, la entidad que promociona el turismo hacia Estados Unidos estén inquietos.
La conferencia de Roger Dow fue en el marco del 49º IPW, el mayor encuentro turístico de Estados Unidos, con 6.400 participantes –expositores, compradores, agentes de viajes, prensa especializada– de 70 países que mantuvieron 112 mil reuniones de trabajo. El gran momento del año en la industria de los viajes. Acaso para distanciarse del presidente, los directivos del evento prefirieron un slogan inclusivo: One Big Welcome (Una gran bienvenida).
Estados Unidos recibe más de 70 millones de turistas extranjeros al año y eso representa un negocio de unos 250 billones de dólares. Si bien el número de arribos todavía no bajó, sí existe una sensación de antibienvenida. Cierta percepción negativa sobre complicaciones en el ingreso al país. Y, claro, algunas bajas claras, como el turismo mexicano, el inglés y, por supuesto, el árabe.
“Los números generales se mantienen, pero no debemos confiarnos en que esta tendencia continuará y no vale la pena poner en riesgo los 15,3 millones de puestos de trabajos que dependen del turismo. Un mensaje simple y claro de bienvenida hará mucho en ese sentido”, señaló Dow.

En 2016, la ciudad de Nueva York recibió más de 60 millones de turistas, un record sin precedentes. Sin embargo, las proyecciones indican que “la retórica de Washington” afectará al turismo. A través de su agencia de marketing, NYC & Company, la ciudad también quiso distanciarse del presidente y unos meses atrás lanzó su campaña “Welcoming the World” (Le damos la bienvenida al mundo). Desde la costa oeste, Los Ángeles se sumó con el slogan Everyone is Welcome (Todos son bienvenidos) y desde su agencia de turismo destacaron –como una virtud, celebrando la diversidad– que en la ciudad vive gente de 140 países que habla 224 idiomas.

Cuando Roger Dow se bajó del escenario, el aplauso se escuchó largo y sonoro. Los directivos del IPW fueron contundentes. Después de una semana de conferencias se sabe que ellos también van a dar pelea por un país a puertas abiertas.
Esa misma tarde salí a caminar por The Mall, el paseo tradicional de Washington donde están los maravillosos museos, el Lincoln Memorial y el Obelisco. Justó ahí crucé a un adolescente rubio que caminaba con sus padres. Iba muy orgulloso con su buzo con inscripción: Make America Great Again (Que América vuelva a ser grande), el lema de campaña de Donald Trump.
Está claro que no será fácil.


Las identidades de Moscú

Cuanto más camino por Moscú, más quiero verla en blanco y negro. Correr a los turistas que se sacan selfies con fondo de San Basilio, las tiendas GUM, el Kremlin. Sin los colores estridentes, los paraguas, los celulares, se restauraría el paisaje. Es cierto que, como dice una amiga, el condicional no existe y si existiera tendría que correrme yo misma, pero me gusta imaginar cómo se vería la calle Nicholskaya, por ejemplo, sin los arcos de luces ni el show de vidrieras. Comparar el centro de hoy, entre nuevas sucursales de Le Pain Quotidien y vidrieras de H&M y Zara, y las calles de ayer, con desfiles militares y sin vidrieras. Las publicidades del mundo globalizado versus los posters de Alexander Ródchenko. Sería fantástico que en algún pasaje cercano a la Plaza Roja, en el barrio de Kitai Gorod, hubiera un cine donde se proyectaran imágenes antiguas de la ciudad. De hace cien años, cincuenta, hasta de treinta años atrás. Cine continuado, da lo mismo si es mudo, lo que importa es ver Moscú. La ciudad mito. La capital roja. La ciudad que Napoleón no pudo invadir. Una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría. El centro de un tramo imprescindible de la historia del siglo XX. La sede del cuartel general de la KGB. Lo estoy viendo ahora, desde la ventana de una suite del hotel St. Regis Nicholskaya. La temida KGB, alguna vez cargada de espías y tramas ocultas, se ve enana desde el piso veintipico. Leí hace poco que el gobierno ruso pretende revivirla antes de las elecciones de marzo de 2018 en las que –si todo sigue con el nivel de aprobación actual– Vladimir Putin se anotará otro período, el cuarto como presidente de la Federación Rusa. Todo puede ser, pero desde acá arriba el servicio de inteligencia parece rendido ante el lujo hotelero.
Moscú es una de las ciudades con más millonarios del mundo. Los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, transitan en sus Lamborghini y Hummer blindados por calles que se llaman Lenin y Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz. En los últimos treinta años la transformación de Moscú es contundente. Si fuera un ser humano tendría una nueva identidad: trans, no binario, género fluido, algo distinto a su origen.

Más sobre la próxima sede del Mundial en el número de junio de la Revista Lugares.


Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.


Helados y alfajores de yerba mate

La próxima vez que vaya a las Cataratas, me haré una escapada a La Aripuca para probar el helado de yerba mate, si es verano, o los alfajores, si viajo en invierno.

Hace unos días les pregunté a la gente de la Ruta de la Yerba Mate (RYM) dónde podía probar productos de yerba mate. Alejandro F. Gruber, el presidente, respondió enseguida con diez lugares para tener en cuenta. Aquí van:

1) Exquisitos helados y deliciosos alfajores de yerba mate en “La Aripuca”.

2) Podes probar un licor de yerba mate en el Hotel Amerian Portal del Iguazú, en La Aldea Lodge o en el Hotel Temático El Pueblito.

3) Encontrar una mesa de desayuno con mate cocido o pedir mate en el Amerian, La Aldea Lodge o El Pueblito.

4) Postres o platos salados con yerba mate en los hoteles señalados y en varios más..

5) Ricos pescados de río con salsa de yerba y postres como mousse de yerba mate y rapadura, cupcakes de yerba mate, tartas y otros increíbles postres en base a yerba con gran dosis en el restaurante Aqva de Puerto Iguazú.

6) Cruceros Iguazú ofrece navegaciones por los ríos Paraná e Iguazú en barco degustando mate, tereré, bebidas y tragos en base a yerba mate.

7) Los operadores Cuenca del Plata, Aguas Grandes, Caracol, Carolota Stockar y Hunt and Fish ofrecen paseos temáticos con yerba mate a bordo de las unidades de transportación turísticas, incluso se visitan aldeas guaraníes donde se enseña a tomar mate como lo hacían los guaraníes, el ceremonial religioso y los cánticos sobre la base de la yerba mate, que es el árbol que bendijo Tupá (Dios) como el fruto más importante de la creación de Dios para la Tierra Sin Mal.

8) En la mayoría de los hoteles de Iguazú encontrarás plantines de yerba mate en las mesas de los desayunadores, en lobby, restaurantes, así como todo el merchandising de la RYM en las áreas comerciales de los emprendimientos.

9) La Aldea Lodge, El Pueblito y el Amerian utilizan exclusivamente jabones y shampúes en base a yerba mate, hasta tiene un SPA DE YERBA MATE, siguiendo la tradición guaraní, corroborada científicamente que con la yerba se logran excelentes cremas hidratantes, tonificantes, exfoliantes, etc. Hasta bombitas fizz para los yacuzzi. Splash!


Mediodía de descubrimientos

Es raro pensar que en Bariloche, una de las principales ciudades turísticas de Argentina todavía haya lugares de fácil acceso, gratuitos y donde se pueda apreciar el bosque andino patagónico en toda su dimensión.

Después de varios días de lluvia, las cañas colihue, los radales y las retamas brillan más. Los quintrales están repletos de flores rojas y de las lengas culegan esos curiosos parásitos redondos llamados farolitos chinos.

El Sendero de los Arrayanes es una de las caminatas posibles dentro del Parque Municipal Llao Llao, un área protegida de poco más de mil hectáreas muy cerca del famoso hotel Llao Llao y rodeada por los lagos Nahuel Huapi y Moreno.

El sendero se desvía de la ruta del Circuito Chico. Una casa de informes anuncia el ingreso: son unos tres kilómetros de ida hasta el Lago Escondido, por un camino plano y con sorpresas, entre otras, un antiguo bosquecito de arrayanes de troncos gruesos, retorcidos, fríos y de color canela. Cada tanto es bueno levantar la cabeza para comprobar la altura de los coihues, que llegan a medir 45 metros y conforman el techo del bosque.

Suena el chucao, revolotea el comesebo celeste y, si es un día de suerte, se puede ver un pájaro carpintero gigante, de cresta roja, que picotea el tronco de un ciprés cordillerano. También habitan en esta zona protegida los huillines o lobitos de río patagónico, en peligro de extinción; monitos del monte y gatos huiña. Pero no verlos es buena noticia: mejor si no se acostumbran a la presencia humana. El sendero llega a una playita y finalmente, al Lago Escondido.

Otra caminata espectacular, algo más exigente sólo por lo empinada, es el ascenso al cerro Llao Llao, de 1.038 metros, el punto más elevado del parque. Se atraviesa el bosque que pronto queda abajo, atrás. Al subir entra más luz en el terreno y cambia la vegetación: aparecen los helechos y hay más colores.

Uno sabe que llegó a la cumbre por dos carteles. El primero es literal y dice: “Fin del sendero”. El segundo, algo exagerado, advierte: “cuidado, precipicio” y muestra una talla en madera de una gran roca en el filo y un hombre que cae en picada por el aire. A falta de los miradores que corresponden, el cartel es contundente.

Desde arriba, la naturaleza está abierta de par en par. Las vistas empiezan en el bosque, cruzan el cerro Campanario y terminan en el fondo del Brazo Blest del Nahuel Huapi, hacia un lado, y en las aguas calmas y azules del Brazo Tristeza, hacia el otro.

Dicen que dentro de poco el parque tendrá un centro de interpretación y nueva cartelería que atraerá más visitantes. Por ahora, es un paseo íntimo.


Día Mundial de la Tierra

Central, Hong Kong, China.


Double check

Volví hace unos días de Hong Kong. Además del skyline, el lujo, el gusto por el dinero, el neón y el panda que vi en el parque temático Ocean Park me llamó la atención el uso desmedido del término double check.

Es cierto que después del famoso doble check de Whatsapp se emplea más seguido en general en todos lados, pero por lo menos en esta ciudad da la impresión de que tuviera más que ver con una obsesión por minimizar la posibilidad de equivocación.

Todo parece estar sujeto al double check. En la oficina de turismo, en el hotel, en el metro, en el supermercado suena la expresión double check. Volver a chequear para estar completamente seguros.
En la góndola no hay talle S pero el empleado va a double check en la computadora; el concierge va a double check si el correo abre hasta más tarde aunque se lee el horario en el folleto y el chico de del metro va a double check qué salida es mejor para llegar a ese lugar y la empleada de información turística va a double check el clima a ver si mañana conviene hacer la excursión.

La información no solo se chequea una vez, se chequea dos porque no hay tiempo para perder en errores. Porque la eficiencia es el objetivo y en el mundo eficiente, los errores son puntos en contra.
En Hong Kong los horarios de las citas se double check por mail porque la puntualidad es extrema y llegar tarde roza la ofensa.

Me pregunto qué dirían si les contara que más de una vez en el DF pregunté en la calle dónde quedaba tal o cual lugar y la gente por pena de no saber respondía que para la derecha o para la izquierda no sólo sin hacer ningún tipo de double check sino sin tener idea de la respuesta.

Y no quiero pensar la cara que pondrían si les hablara de las veces que salí de viaje sin reserva de hotel. O de la vez que llegué tarde a la estación, pero no importó porque el tren salió mucho más tarde.

En una ciudad de bancos, dinero y business, esto no se entendería. Creo que lo descartarían por increíble o inventarían el triple check.




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