Que haya merkén

 

 

Me gusta el merkén porque pica. No tanto como el chile habanero ni tan poco como la pimienta. Me gusta porque es ahumado y me recuerda a las noches a la intemperie, noches de brasas y abrazos. Noches de vacaciones. Noches largas que dejan el buzo y los pantalones oliendo a humo. Me gusta el merkén porque es probarlo y sentirme adentro de una cocina con estufa a leña, en una casa de adobe.

No entiendo cómo todavía no escribí de esta especia fundamental en mi cocina. Pueden faltar muchas, pero que haya merkén. Y no es asunto sencillo porque el merkén es chileno. Menos mal que hay buenos amigos del otro lado de la cordillera.

Es uno de los productos más antiguos de Chile, parece que se inventó de carambola porque el ají se secaba en una choza donde cocinaba con leña y así se impregnaba de humo.

El ají del merkén es cacho de cabra, un ají picante medio enrolladito, con forma de cacho (cuerno) de cabra. Se seca primero al sol y después al humo, en una parrilla dentro de un galpón. El mejor es del Valle de Lonquimay.

Ahora que lo recuerdo, el último amigo que me trajo fue Francis H. Un golpe de suerte para mi estante de especias. Había olvidado pedírselo, cuando me acordé estaba a punto de salir para el aeropuerto. Entonces hizo lo mejor: tomó su propio frasco de la cocina -la etiqueta dice merkén con la letra de su mujer- lo metió en la valija y listo el pollo (al merkén!)

Lo de Francis fue hace un tiempo. Ya rellené el frasco varias veces. El que tengo ahora es del bueno. Se lo compré en Chiloé a este hombre de la foto, don Juan Morales.

El tipo no solo lo vendía, también lo hacía. Porque el merkén, sépanlo, no es puro ají. Tiene toda una preparación que para algunos es secreta. Pero Juan Morales la comparte. Se le nota en el brillo de los ojos y en la forma de hablar: no es de los que se guardan, es de los que da.

Cuando está bien ahumado y seco el ají se le saca el cabito, se muele en mortero y se le agregan semillas de cilantro tostadas y molidas (entre un 10 y un 20 por ciento) y un poco de sal.

– Pruébelo, señora.

En el puerto de Dalcahue, entre bolsas de ají y hormas de queso casero, Juan Morales me contó que durante mucho tiempo el merkén fue descartado de la cocina chilena porque el olor a humo era olor a “indio”. Uno y otros eran discriminados. Después se recuperó, me dijo, y empezaron a caminar para atrás y le sacaron el estigma. Hoy es un producto de exportación. A Juan Morales le gustaba hablar, pero salía la barcaza para la isla de Quinchao y nos despedimos. Pero antes, una foto.

– ¿En serio me quiere sacar una foto? Entonces no soy nada tan pior.

Quiso decir algo así como ojo que todavía estoy bueno. Y soltó una carcajada desde las entrañas, con tanta fuerza que casi se le vuela todo el merkén de la cuchara.


Lugares: Valparaíso

Valparaíso esta a 120 kilómetros de Santiago, es sede del Congreso Nacional de Chile, Patrimonio de la Humanidad desde 2003 y uno –el, dicen sus habitantes– de los puertos más importantes del país. Y además de todo es, como lo llamó Neruda en su Oda a Valparaíso, un “puerto loco”.

Los que tengan pensado viajar a Valpo -y vivan en Argentina- pueden leer un artículo mío en este número de la revista Lugares. Los que vivan afuera, ¡pronto subo el PDF!


La noche de Valparaíso

Ahora mismo, unas horas antes del Año Nuevo, Valparaíso vive su minuto de gloria.

Los restaurantes de los cerros están reservados y los hoteles llenos, con las mejores tarifas de su vida. Los cocineros hierven caldillos de congrio y limpian camarones; los perros sin dueño no se imaginan el susto que se llevarán dentro de algunas horas y los ascensores suben y bajan con mayor frecuencia que nunca.

Por las calles van y vienen extranjeros que llegaron de lejos para ver cuál es esa magia de Valpo en Año Nuevo. Posiblemente ya sientan la efervescencia de los porteños, la taquicardia de la ciudad cuando se acerca esta fecha.

En los barcos de la bahía, algunos hombres alistan la carga de fuegos artificiales y en las laderas de los cerros Alegre, Bellavista, Cárcel y otros con nombres menos conocidos, la gente cuida su lugar y espera para ver cómo por unos minutos la noche se hace de día. Se ven sillas, mesas, carpas, botellas de champán. En un rato se encenderán las luces de los cerros. Como me dijo un poeta porteño, por las noches, la ciudad se cubre de estrellas. No importa si es Año Vejo o Año Nuevo.

En un rato la gente estará bailando y celebrando por las calles, pero ahora mismo, unas horas antes del Año Nuevo, Valparaíso disfruta su minuto de gloria.


Algunos precios de comidas marinas en Chile

El otro día, cuando caminaba por la costanera de Reñaca, vi algunos mendocinos en plan de alquilar casa para el verano. Y después leí en La Nación un artículo que pronostica una invasión argentina” en las playas chilenas, particularmente en las dos preferidas: Viña del Mar y La Serena. Después de varios años de cambio desfavorable, en este último viaje los precios me parecieron similares a los de Argentina. En algunos casos, incluso más bajos.

Para los que se entusiasmaron con Valparaíso o con unas vacaciones en el Pacífico -que es más helado, sí, pero tiene caletas de pescadores y mariscos deliciosos- van algunos precios de comidas de mar.

Uno de los pescados más nobles que se consiguen en las playas de Chile es el congrio, que es bastante esquivo para pescar porque se esconde entre las rocas. Las amas de casa no lo usan tanto porque es caro, pero en los restaurante es preferido. Se prepara de varias maneras. El caldillo de congrio, que hizo conocer el cielo a Neruda, es una de las más difiundidas. Dónde comerlo: en muchas partes, pero en el restaurante Pezcadores, de la caleta Quintay lo preparan más que bien. Cuesta desde 7 dólares y se sirve en cuenco de greda. En el nuevo Radisson de Concon lo preparan envuelto en masa filo y acompañado con puré de habas. Una opción más elegante y támbién más cara, pero para tener en cuenta.

El de la foto es un pastel de jaiba con inspiración tailandesa. por eso se ve el tofu y el sésamo. El picante no se ve pero doy fe que ahí estaba y dio su violento golpe de sabor. Lo comí en El gato tuerto, en Valparaíso. Parece que los dueños del restaurante del cerro Bellavista -una chilena casada con un gringo- son fanáticos de la cocina asiática. Hay varias opciones thai y también indias. Los platos cuestan desde 8 dólares.

El pescado más difundido en la costa es la reineta, es el que más se saca en la zona. Y se cocina a la lata y después al horno. La reineta a la plancha cuesta desde 6 dólares en el restaurante Los Porteños, en el puerto de Valparaíso.

Atención: el sushi en Chile es original. Además de los clásicos niguris, sashimis y rolls de salmón, hay opciones con atún rojo, calamares tallados y erizos.

Los que se enloquecen por los mariscos tendrán que controlarse: Chile es una tierra de mariscos, siempre frescos y ahora no muy caros. Sería una buena idea hacer un diccionario con los nombres coloquiales: locos, choros, choritos, picorocos, ostiones, machas, piure -¡es muy fuerte!- almejas, lapas, cholgas.

El mariscal: para conocer las diferencias, los puntos exactos y los códigos de ese sofisticado surtido de mariscos crudos y  revueltos con limón y cilantro que se llama mariscal -y cuesta unos 12 dólares-, lo mejor es sacarse un pasaje a Chile.


La vida es cueca

A Francisco Pardo Urrejola le gusta el pie de limón, escribir de viajes y Valparaíso.

Pancho, como le dicen los amigos, es periodista de la Universidad de Chile y trabaja en la revista Viajes del diario La Tercera.

Hace unos días me mandó este relato, que cuenta sobre los bares porteños que no salen en las guías, la cueca, la primera vez que le tocó una teta a una ex polola y también sobre sus vagabundeos por Valpo. Es una versión corta de un texto que hasta ahora forma parte de su tesis de grado, pero en algún momento no muy lejano será parte de un libro de crónicas urbanas.

“Y ahí estaba otra vez. Sentado, solo, con un vaso de vino en una mano y un cigarro en la otra. Ana Flores cantaba boleros en el bar “Mi Casa” de la subida Cumming y me sentía una puta postal de Valparaíso, un lugar común hecho persona. Don Miguel me miraba desde la cajetilla y ocho gringos entraron al bar disfrazados de estudiantes de filosofía de los ’80 buscando lo mismo que yo, pero sin conectar, sin intervenir, trasladando su país y sus dinámicas encerradas entre esas ocho personas. Sacan sus cámaras, comienzan a disparar y me resisto a ser parte del paisaje, un trozo de sus recuerdos por Sudamérica que recorren con ánimo de Ché Guevaras deslavados. Me largo. Salgo de “Mi Casa” en dirección al “Moneda de Oro”, un bar próximo a la plaza Aníbal Pinto. Bajo por Cumming a la una de la mañana de un miércoles con la esperanza de encontrar algo, alguna casualidad, un hoyo negro que me traslade a otro sitio automáticamente ¿Cuántas cacas de perro tendré que pisar en esta ciudad para tropezarme con una buena historia?

Bar “Moneda de Oro”. Pido un vaso de vino de $700. Junto a mí hay un anciano de pie en la barra. Pienso en el puerto, en “Valparaíso” de Joaquín Edwards Bello que cargo en mi mochila, en el vino, el viejo, pero su olor a meado me impide verle la poesía al asunto. El hombre le pasa $200 al barman para que le rellene la cañita. Come pan a escondidas. Se da vuelta y da pequeñas masticadas a una marraqueta. Se fija en la partida de dominó de la mesa a nuestras espaldas y el cantante de boleros con guitarra en mano entra al bar justo cuando en la mesa ponen el chancho seis, como si hubiese sido la señal que lo llamaba al escenario. Entona, era que no, “La joya del Pacífico”, ese himno que el “negro” Farías inmortalizó en “Valparaíso, mi amor” de Aldo Francia y que cantaba por el puerto hasta que murió un 21 de abril. Luego sale a escena Gardel y la frase de que “el mundo fue y será una porquería” hipnotiza al anciano que clava sus ojos en la guitarra, con esa mirada de los viejos en la plaza de la que hablaba Sábato, una mirada hacia adentro, arqueológica. Le ofrezco cigarrillos (recordando las palabras de Bello: “en Chile es inevitable; la ley secreta manda a atender a los borrachos. Son sagrados”) y me dice “no joven, que duerma bien” y sale del bar con su vaivén de bote pesquero.

Era mayo y por esos días caminaba Valparaíso con ánimo de flaneur, con lo que los situacionistas llamaban dérive, “una investigación espacial y conceptual de la ciudad a través del vagabundeo (…) centrada en los efectos del entorno urbano sobre los sentimientos y las emociones individuales”. Lo que en la práctica era simplemente aplanar la ciudad perdiendo el tiempo deliberadamente con los ojos y oídos bien abiertos. En todo el puerto se escuchaban las bandas escolares que se preparaban para el 21 de mayo y yo me quedaba dormido en los buses Puerta del Sol, subía cerros, tomaba en bares de todo tipo, sacaba fotos con palabras y recorría el plano como un acto de fe buscando algo intangible, algo que no sabía si podía o quería ser encontrado.

Mañanas de boca seca. Sólo después de las noticias del almuerzo mi cuerpo reaccionaba y podía obligarlo a recorrer las calles, a tomar una micro que pasaba frente a Caleta Portales, donde recordaba ese verano cuando por primera vez le toqué una teta a una ex polola, el calor, la Escudo, mi calentura, el helado de piña que froté en uno de sus pechos que se arrancaba del traje de baño, la forma en que el hielo se derritió al contacto con su piel. Ahora en ese lugar existe un horrendo edificio, con un mirador al revés, donde los pescadores agarran pulmonías porque el arquitecto que diseñó la nueva caleta no pensó en el necesario desnivel para evacuar las aguas, porque nadie les preguntó tampoco sobre la dirección del viento que golpea desde el mar y se cuela por sus pequeños “boxers” donde guardan sus implementos, y que basta raspar con un lápiz Bic para notar el ahorro de material.

A veces me bajaba en el puerto y subía por el ascensor El Peral. Ahí percaté que la estatua que representa la Justicia afuera de los tribunales junto al ascensor no estaba vendada. Y que en una mano tenía la balanza y la otra la apoyaba en la cadera, como si un invisible fotógrafo de tres metros le dijera así, así con la mano en la cadera, displicente, eso, como si te importara tres carajos la justicia. Y luego subía en el ascensor y caminaba sin rumbo por el cerro y me sentaba en las plazas y jugaba a desaparecer, como en los bancos junto a una iglesia en la calle Almirante Montt cuando me agarraba la poesía y con el sol en la cara adivinaba cinturas en la sonrisa de la tarde. En uno de los asientos vecinos dos ancianas de cejas dibujadas conversaban sin olvidar el croché que sus manos modelaban de forma mecánica, y en el piso algunas palomas acostumbradas esperaban cualquier limosna. “De nuevo vienen a molestar. El otro día les tuve que remojar las migas, es que estaban muy duras. Y cómo te decía, a las seis de la mañana me golpea, que se siente mal, y yo le digo para qué hace tanto teatro. No sé, la verdad es que no entiendo ¿Por qué me llora tanto este ojo? Y también me han dado unas puntadas en el corazón, es que lo tengo muy grande y me aplasta el estómago, parece que voy a tener que ir al médico”. Y dos escolares de jumper aparecen en el encuadre, se miran cómplices y no saben si soltarse de las manos cuando nos ven sentados a pleno sol, y un camión de gas cierra la foto con su cumbia de balón y su pregón de “abastible, gasco, abastible y gasco”, y presiono un clic en mi cabeza para guardar el momento.

Bajo al plano y me voy al Muelle Barón. Escenario de parejas, perros, ratones, lobos marinos y el denso vuelo de los pelícanos. El sol de otoño se escondía y los cerros se llenaban de lucecitas de navidad. Hilos de bombillas amarillas y anaranjadas que de vez en cuando eran interrumpidas por una roja sirena encaramada por allá arriba. Recuerdo a Bello: “Millares de techos de lata hacen pensar que a estas casas entrarán con abridores de conserva”.

Viernes. Repito la rutina. Todo se convierte en rutina. Ayer llovió durante la noche y hoy el cielo se llena de pequeñas nubes esponjosas. El aire está tan limpio que parece una maquinación del Sernatur para agradar a los turistas. Esquina de Urriola con Errazuriz. Un tipo de vestón vintage y mocasines duerme una siesta de alcohol en una banca frente a la Shell. De vez en cuando abre los ojos, dependiendo de los decibles del chirriar de las micros que pasan a cuatro metros de su cabeza. Por qué caminos andarán sus sueños de tinto. De seguro si despertara en estos momentos, no entendería nada al ver la veintena de tipos vestidos de fluorescente naranjo, como marcianos recién aterrizados, que caminan de vuelta a las faenas de una obra del puerto.

El sol luego de la lluvia tiene la propiedad de congregar a toda la fauna al igual que los charcos de agua en las sabanas africanas. Secretarias, obreros, oficinistas que miran los relojes confirmando que restan cinco minutos, de vuelta al trabajo y recuerdo a Amanda. Somos lagartijas. Nada más que lagartijas.

Tomo una micro y me voy a Playa Ancha. Me bajo frente a las canchas de tierra vecinas al estadio de Wanderers que hoy sirven de explanada para decenas de bandas escolares que ensayan para el 21 de mayo. El día anterior en estas mismas canchas unos guanacos intentaban dispersar a los estudiantes de la UPLA que protestaban con piedras, bolsas de pinturas y mólotovs. Hoy sólo hay fútbol, botellas rotas y redobles.

Cruzo la avenida y me refugio en el bar Roma. Pido una cerveza. Miro una pared de radios viejas y posters de Bob Marley, el Ché y los Beatles. Aquí todos caben. En el wurlitzer del fondo suena, como si me persiguiera, la voz del “negro” Farías secundada por pastosas gargantas. A cierta hora en Valparaíso todos se creen cantantes. Me arrancó a un bar vecino, “La Nueva Sirena”, donde el Wanderers juega de local. Juanjo, el barman, conversa con un parroquiano sobre la antigua bohemia, esa que en los ’50 y ’60 se disfrutaba en el Barrio Puerto, en el “Roland Bar”, en las quintas de “San Roque”, en el “Nunca se supo”, en cabarets y en lupanares como “Los Siete Espejos”. Hablan de las cuecas en “El Rincón de las Guitarras” de la calle Freire, entre Chacabuco y Pedro Montt. Dicen que los viernes en la noche se pone bueno. Supongo que hay sólo una manera de comprobarlo.

Dos de la mañana del sábado. Me bajo de la micro en Freire con Errázuriz y el chofer me dice que tenga cuidado, que el barrio es bravo. Camino con la misma actitud de las madrugadas en el centro de Santiago, como si uno fuese el que obliga al otro a cambiarse de vereda. Algunos travestis me piropean y me siento extrañamente halagado. Llego a la dirección anotada en mi mano, Freire 431, un añejo edificio sin letreros. Sólo una puerta y un timbre. Lo presiono. Según Juanjo, ahí solamente dejan entrar a los conocidos. Abre un tipo joven que me mira de pies a cabeza. Y luego de cinco eternos segundos y sin decirme palabra, se hace a un lado y me deja pasar.

Adentro, comida y fiesta. Me siento en una mesa de un rincón de esta casona de viejas paredes, aceptando mi condición de invitado. La mayoría de los concurrentes son veteranos de terno y alguno que otro veinteañero. Veo algunas guitarras. En una mesa agarran una de ellas y se lanzan con un bolero que es premiado con aplausos y vasos alzados. Lucy Briceño, mito viviente de la bohemia porteña y dueña de una voz que domina a la perfección el repertorio de valses, boleros, tonadas y cuecas de Valparaíso, se pasea por el local y todos la miran como a una estrella de rock. Y lo es. Nunca supe si los que me abrieron los oídos esa noche fueron algunos de los integrantes de la legendaria agrupación cuequera “La Isla de la Fantasía”, de la que también es integrante Briceño, pero el punto es que dos tipos con guitarra y pandero se lanzaron con una cueca gritada, y en la “cancha” las parejas comenzaron a moverse de una manera que jamás pensé que se podía bailar la cueca. Así no danzaban en la parada militar. Así no cantaban “Los Huasos Quincheros”.

Salí del lugar con la sensación de haber descubierto América. Sentí que durante años alguien me había escondido un país entero.


El pisco sour de Agustín M.

Agustín M. es chileno, hincha de la U y experto en pisco sour. Los prepara hace más de treinta años y ha ido puliendo su técnica hasta convertir el típico trago chileno en un regalo que sus invitados no logran olvidar.

Agustín M. prefiere no contar cómo lo hace ni dar secretos, pero con Viajes Libres hace una excepción y promete revelar el paso a paso de un pisco sour memorable.

Cuando llega el momento sólo me dice, como si estuviera dando el dato para llegar a un tesoro: “Una parte de limón y dos partes de pisco”. Agrega: “Si es limón de Pica, mejor”. Y se queda callado.

Le recuerdo que prometió dar secretos. Entonces suelta: “También lleva goma, un almíbar de caña de azúcar que ya viene preparado y se agrega a gusto. Se puede reemplazar por azúcar, pero con goma queda mejor”.

Lo vuelvo a mirar.

Hace otro silencio y me cuenta un secreto: “La gente le pone hielo para enfriarlo pero eso le baja la graduación alcohólica y el sabor, poh. Yo no le pongo hielo, lo dejo un rato en el freezer”.

Le pregunto si su pisco sour lleva clara de huevo. Entonces, Agustín M. me cuenta que antes llevaba pero desde que hubo “el caso de salmonela”, ningún chileno hace pisco en la casa con clara de huevo. El caso fue que en un cóctel de casamiento de una familia de alcurnia hubo pisco sour con clara de huevo y varios invitados murieron intoxicados. Desde ahí, el pisco chileno viene con menos espumita.

Le pregunto por el Amargo de Angostura.

“Eso es cosa de los peruanos”, me dice tajante y sin entrar en los detalles de la histórica rivalidad. “El último secreto es servirlo con una sonrisa para que no salga amargo”. Y se va a buscar su pisco sour, que es la prueba de su éxito y lo espera en el freezer.

(Cuando él ya no escucha, pasa el hijo de Agustín M. y gruñe: “El que te dijo es un pisco sour ideal, él nunca lo hace así.”)


“Valparaíso limita con Chile”

Marco Herrera Campos tiene 39 años. Es periodista, profesor de literatura universitario y jefe de la carrera de Periodismo en la Universidad de Viña del Mar.

Nació en Santiago pero es porteño “por decisión”. Descubrió Valparaíso gracias a los libros que leyó de pequeño, como “Valparaíso, puerto de nostalgia”, de Salvador Reyes e “Hijo de Ladrón”, de Manuel Rojas.

Dice que recorre esta ciudad a pie, y en cada oportunidad descubre algo nuevo. “No me canso de subir y bajar sus cerros”, me escribió por correo después de responder esta entrevista para Viajes Libres.

¿Desde cuándo vivís en Valpo y por qué decidiste mudarte ahí?
Vivo hace 12 años en Valparaíso, con una pequeña interrupción de año y medio en Madrid por temas de estudio; me vine de Santiago porque quería vivir en una ciudad con mar y porque se presentó una oportunidad laboral en el puerto, una vez que terminé de estudiar periodismo y literatura en la Universidad de Chile. No lo pensé dos veces y me vine, y no me equivoqué. Descubrí una ciudad que no tiene comparación con otra del país.

¿Por qué creés que hay tantos artistas en la ciudad? ¿Cuál es su embrujo ?
Yo siempre he dicho que Valparaíso limita con Chile. Es una ciudad muy democrática, no hay barrios segregados ni tantas diferencias sociales como en otra ciudad del país, por ejemplo, Santiago. Por eso creo que este puerto ejerce un influjo fuerte sobre quienes se dedican al arte, no hay tantos prejuicios, es una ciudad tolerante, librepensadora. Esto se debe también a que por su condición de puerto, ha sido una ciudad receptora de muchos inmigrantes, con lo cual los porteños se han acostumbrado a convivir con todo tipo de ideas. Y está el mar y su gente, amable, conversadora y amiga de la noche, ideal para los espíritus inquietos y creativos.

¿Cuál es la diferencia entre Valparaíso y Viña del Mar?
Es una rivalidad histórica que tiene que ver con lo clasista que es nuestro país. Viña del Mar se formó como una ciudad donde las familias pudientes de Valparaíso tenían parcelas o casa de veraneo, de ahí su apodo de Ciudad Jardín. En un tiempo esas familias emigraron de Valparaíso, y Viña del Mar pasó a ser la ciudad donde se instaló la oligarquía de la región, y el puerto quedó como una ciudad comercial, portuaria. Con las diversas crisis económicas que ha sufrido la zona, la mayor en los años 80 cuando cerraron grandes industrias, Valparaíso se deprimió y Viña del Mar logró sortear el temporal gracias al turismo. Por eso hay una rivalidad económica y social. Viña como una comuna próspera que vive del turismo, y Valparaíso, sobreviviendo (es la comuna con la tercera tasa de desempleo más alta del país). En términos simples, para los porteños, Viña del Mar está lleno de cuicos (pijos); y para los viñamarinos, Valparaíso repleto de proletas.

Como gran diferencia, Valparaíso es una ciudad donde conviven muchas identidades sociales y culturales, una ciudad heterogénea por donde se la mire, incluyendo su particular conformación geográfica; y Viña del Mar es una ciudad más homogénea, una ciudad cuya identidad no difiere mucho de otras ciudades turísticas (apreciación de muchos extranjeros). En eso Valparaíso le lleva una gran ventaja, tiene una impronta definida, una personalidad única, derivada de una historia conflictiva, compleja y profundamente identificada con los sectores populares.

La rivalidad también es deportiva. El club del puerto es el Wanderers, el más antiguo del país, fundado por ingleses; producto de una diferencia entre sus fundadores, nació el Everton que se fue a Viña del Mar.

¿Cuáles son tus cinco imperdibles de la ciudad y por qué?
Entre mis bares imperdibles están el café Vinilo, en el cerro Alegre, un lugar donde aún se mantiene esa cultura de barrio de reunirse en un lugar a conversar con los amigos y donde se pueden hacer nuevos gracias a la barra de mármol que invita al diálogo. Antes de ser bar fue una carnicería. Otro es el restaurant Don Carlos, en avenida Francia con Colón, donde se puede comer comida chilena muy buena y barata. Imperdible es el arrollado de pernil con borgoña a la chirimoya. Atendido por sus propios dueños. Igual de bueno como éste es el Renato, calle Rodríguez con avenida Pedro Montt, una clásica “picada” porteña: buena, bonita y barata. Especialidad: las chorrillanas (plato colectivo a base de papas fritas, huevo revuelto, carne, pollo, cebolla, longaniza).

Otro clásico es el Dominó, calle Cummings, plaza Aníbal Pinto, es uno de los pocos restoranes que van quedando típicamente porteños, atendido por sus dueños, la especialidad son las chorrillanas, las calugas de pescado y las empanadas de marisco y pino (carne). Bernardo y Freddy son los garzones que llevan trabajando más de 20 años en el lugar. También imperdible es ir a comer un plato de merluza con ensalada en la picada Pato Peñaloza, ubicada en la avenida Altamirano, sector Playa Ancha, paseo costero que comienza en la caleta El Membrillo y culmina en la playa Las Torpederas. El paseo es muy atractivo, ya que fue remodelado hace un par de años. Y si de miradores se trata, el Atkinson, Gervasoni y Baburiza son los más atractivos, todos ubicados en el cerro Concepción.

Para quien visite la ciudad, le recomiendo hacer el viaje en la micro O, parte en Viña del Mar y recorre todos los cerros de Valparaíso ubicados en la avenida Alemania y camino Cintura, desde el Cerro Mariposa hasta Playa Ancha. También viajar en los trolebuses de los años 50 por el plan de la ciudad, y los ascensores Polanco, El Peral, Reina Victoria, Villaseca y Turri.

Algunos dicen que es una ciudad peligrosa, que está llena de perros vagabundos y que no se recoge la basura, ¿qué opinás de ese comentario?
Es el típico discurso de los viñamarinos. Valparaíso es una ciudad tranquila y con gente amable. Hay sectores, como en cualquier otra ciudad del mundo, donde no es aconsejable andar solo a altas horas de la noche y menos con alcohol en el cuerpo. Yo nunca he sido asaltado en Valparaíso y eso que he andado por muchos lugares de noche y a veces con unas copas de más. Lo importante es andar acompañado si no se conoce la ciudad y no tentar a los malondras, que siempre los hay. Sobre los perros vagos, es cierto que hay unos cuantos sueltos por las calles, pero creo que se debe principalmente a la irresponsabilidad en la tenencia de mascotas. Hubo un plan municipal para exterminarlos, pero se provocó un gran revuelo ciudadano, muchos se opusieron incluso con manifestaciones en la alcaldía. Es un problema, pero no tan grave como se cree.

El tema de la basura, bueno, le costó la salida al último alcalde en las pasadas elecciones. En la municipalidad hace tiempo que ha habido una mala gestión que se ha demostrado con la incapacidad del municipio de organizar un sistema moderno y eficiente de retiro de la basura. Esto no quiere decir que no se recoja, sino que el sistema que se utiliza es ineficiente.

¿Cómo describirías un Año Nuevo en Valpo?
Como una fiesta popular. Son tres días de carnaval previos al 31, donde por toda la ciudad hay actividades culturales: teatro, música, literatura, danza, cine, recitales. Cada año hay una ciudad de un país invitado, que muestra su cultura en un pasacalles. El 31 toda la gente está en las calles esperando los fuegos artificiales, en los miradores, en las escaleras, en el plan, con sus botellas de champán y comiendo choripanes, asado, empanadas. Los fuegos artificiales son espectaculares, hay que verlos simplemente, difícil describirlos. La bahía se ilumina completamente. Y luego, en las plazas principales del plan, hay orquestas y la gente puede bailar hasta que las velas no arden.


Hoteles patrimoniales, B&B y hostels de Valparaíso

Valparaíso tiene una completa oferta de alojamiento. El último hit son los hoteles patrimoniales boutique. Así ha decidido llamar esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad, a los pequeños hoteles de lujo que cuestan entre 80 y 200 dólares, siempre que no sea la semana de fin de año; ahí se pagará hasta cinco veces más. (Ojo: por si alguien aún no se enteró, el Año Nuevo en Valparaíso no tiene precio).

Los boutique patrimoniales son hoteles en casas antiguas, recicladas y con vista a los cerros. En general, están en los cerros Alegre y Concepción, los más seguros, promocionados y donde también hay bares y restaurantes de tipo boutique. Como Pasa & Vino, uno de los más nuevos -en la calle Templeman, cerca del clásico Café Turri-y donde es difícil conseguir mesa los fines de semana. El precio de las pastas caseras ronda los 10 dólares. (En el últimpo tiempo el dólar ha subido en Chile y el cambio es más conveniente para el viajero).

Hace dos semanas abrió Latitud 33° Sur, el hotel más nuevo, con una habitación para discapacitados, algo interesante para contar porque en la construcción está llena de desniveles por esencia. Entre otros detalles, lo bueno de estos hoteles es que si no se hospeda ahí puede ir a comer o incluso a tomar un trago en la terraza. Un dato: las machas a la parmesana del bar del Hotel Gervasoni son una delicia (¡y en cada concha vienen dos machas!).

Por ahora hay ocho hoteles patrimoniales. Casa Higueras es el más famoso y el más caro. No me alojé ahí, pero he escuchado comentarios a favor y en contra.

Mientras el proyecto de un gran centro cultural que el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer donaría a ciudad en la ex Cárcel de Valparaíso quedó en la nada, el Hotel del Vino, el primero temático de Valparaíso, se sigue construyendo sobre una casona de la calle Papudo, y hay planes de inaugurarlo en 2009. El mundo turístico celebra la iniciativa, pero como suele pasar, no todos aprueban los cambios en el cerro Concepción.

En la ciudad también alrededor de veinte Bed & Breakfast con pocos cuartos y la atención dedicada de los dueños. Están en distintos cerros y la doble cuestan alrededor de 30 dólares. Hace unos años me alojé en The Grand House, bien alto, en el Cerro La Cruz. El cuarto tenía una vista espectacular sobre la bahía. Eso sí, por la mañana, el desayuno es con los dueños.

Para mochileros, hay varios hostels con excelente ubicación. En La Maison du Filou, de habitaciones simples, espaciosas y limpias, la single cuesta 13 dólares. Los mochileros de alto presupuesto, pueden agendar, cerca de La Sebastiana y del Museo a Cielo Abierto, en lo alto del cerro Bella Vista, el Robinson Crusoe. (Se sube por el ascensor Espíritu Santo).

Una apostilla para terminar: tanto el hotel boutique patrimonial como el hostel de bajo presupuesto son una excusa para dormir en una ciudad que por las noches se parece a un cielo estrellado.


La historia del ascensor endeudado

El Mercurio de Valparaíso se fundó en 1827 y según dice en la tapa es el más antiguo en lengua castellana. Hace un par de días leí una noticia que me llamó la atención: Al remate el ascensor del Cerro La Cruz. Al parecer, el ascensor se endeudó con el fisco y le debe unos 40.000 dólares.

Muchos ascensores de Valpo, como el del cerro La Cruz, son privados. Este se inauguró en 1908 y desde los años 80 que está parado. Hace unos meses cumplió un siglo y es parte de una ciudad declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad en 2003. Hasta se lanzó una causa en Facebook con un nombre al estilo “Salvemos el ascensor”, y también los vecinos del Cerro La Cruz enviaron cartas al diario pidiendo porque el ascensor pase a manos de la municipalidad. Pero es un ascensor privado y tiene una deuda.

Y en Chile, un país donde conseguir un crédito es más fácil que entender el nuevo sistema de transporte metropolitano, las deudas son cosa seria. Todo indica que el ascensor del Cerro La Cruz va a remate el próximo 17, a las 11. La base son alrededor de 150 mil dólares y habría dos interesados.


La joya del Pacífico, por Lucho Barrios

La canción más famosa de Valparaíso, La joya del Pacífico, la hizo popular en los años 50 un peruano que se enamoró de Chile y tuvo un éxito tremendo cantando boleros en México: el gran Lucho Barrios.
Si bien la letra fue compuesta por Víctor Acosta, Lucho Barrios dejó grabada la música de bolero en los cerros y en la memoria de muchos chilenos que la consideran.

(Algunos prefieren la versión en plan batucada de Joe Vasconcellos).




rss twitter facebookinstagram

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

El mejor trabajo del mundo

Categorías

Archivo

  • 2017 (3)
  • 2016 (3)
  • 2015 (12)
  • 2014 (34)
  • 2013 (60)
  • 2012 (88)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)