Aquí

Antes de salir de viaje

Se llama: espacio.
Es fácil definirlo con esa sola palabra,
mucho más difícil con varias.

¿Vacío y lleno al mismo tiempo de todo?
¿Herméticamente cerrado, aunque abierto,
ya que
nada puede escapar de él?
¿Dilatado hasta el infinito?
¿Por que si es finito,
con qué diablos limita?

Vale, vale. Pero ahora duérmete.
Es de noche y mañana tienes asuntos más urgentes, justo hechos a tu medida:
tocar objetos que se encuentran cerca,
poner la mirada a la distancia deseada,
escuchar voces al alcance del oído.

Ah, y todavía ese viaje del punto A al punto B.
Salida a las 12.40 hora de aquí,
sobrevolando esta madeja de nubes locales
a través de una franja de cielo tenue,
una entre las infinitas.

Wislawa Szymborska

Del libro Aquí, Bartleby Editores.


Una en un billón

Son las once de la mañana y suena el teléfono. Tengo que terminar una nota, pero decido atender. Padre al habla:

- Hola, escucháme acá encontramos con mamá la dirección de una parejita que conocimos en el primer viaje a Europa, hace 40 años.

- Ah… ¿Y?

- Un par de veces los llamamos y no logramos comunicarnos. Ahora se nos ocurrió que como vos estás con interné y la social capaz que los ubicás. ¿Te podrás fijar un minuto? [...] Mirá, la cosa es así: nosotros veníamos de Galicia, habíamos visitado a Moncho, un tío cura que nos regaló una vianda con quesos, jamón, chorizo y frutas como para cuatro días y manejábamos por Asturias hacia la frontera con Francia cuando nos hizo dedo una parejita de unos veinte años. Parecían unos pibes divinos así que paramos, los subimos y seguimos viaje.

- Pa, te llamo más tarde que estoy terminando una nota…

- Perá, perá que te cuento rápido: al principio, no hablaban nada. Mamá practicaba lo que sabía de francés con ella, el pibe no decía ni mu y yo manejaba. Me acuerdo que ahí nomás del puente romano de Cangas de Onís hicimos un picnic con todos los manjares que nos habían llegado de arriba. ¡Hasta teníamos molete!

- ¿Qué es molete?
- Un pan de Galicia, ¡el pan que comía tu abuelo!

- Nos fuimos enterando de que la parejita se había conocido hacía pocos días atrás, haciendo el Camino de Santiago. Recorrimos la costa verde española, pasamos por pueblitos cercanos al mar donde, en aquella época, la gente hablaba asturiano muy cerrado. Me acuerdo cuando llegamos a Cudillero, ¡qué barbaridad ese lugar! Un puertido todo pintado de blanco. Era la primera noche y…

- Pa… te corto y en un rato te llamo, ¿dale?
- Ya termino, che.

- Era la primera noche y teníamos que encontrar lugar para dormir. Las mujeres del pueblo se gritaban de casa a casa: Oye, ¿tienes habitación pa unos argentinos? Así hasta que nos consiguieron una señora que alquilaba dos habitaciones. Estaba limpio y era barato, los francesitos chochos. A la mañana siguiente, la chica se esforzaba en explicarle a mamá que el chico era su amigo, que no pasó nada entre ellos, imagináte ahora…

- Listo, los busco, ¿cómo se llaman?

- Así seguimos viajando cuatro días. Yo no hablaba nada de francés y él ni una palabra de español, y al final nos entendíamos lo más bien. Cuando nos separamos quedamos en vernos en París, donde ellos vivían. Nos invitaron a la casa de los padres de ella, qué casa por Dios. Tomamos un tren, me acuerdo que antes de ir yo me afeité porque tenía barba de diez días, y me compré una camisa… Nos recibieron muy bien, con pastis y una carne tipo pesceto, tan crudo que mugía.

(Si mi viejo vivera en Chile ya lo hubieran medicado para hacer el famoso “cuento corto”)

- Te lo resumo…
- ¡Por favor!

- Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, recibimos una invitación formal a su casamiento. Sería el año 72. ¡La puta, cómo pasa el tiempo!

- Eso digo yo… Entonces, ¿los nombres?

- Sí, te leo del papelito que encontré en el cajón que ordenamos esta mañana. ¿Estás anotando? El pibe se llama Jacques Satre y ella, Mireille Billon. Como un billón de dólares.

(O como una historia en un billón, de amigos que se conocen en el camino y no se vuelven a ver nunca más. Antes y después de interné.)


Recuerdos del muro de la vergüenza

Hace 22 años, el 3 de octubre de 1990, la República Democrática Alemana se incorporó a la República Federal y Alemania volvió a ser una sola.

Un año antes, el día de la caída del muro, un 9 de noviembre de 1989 por la noche, Claus R. estaba filmando y le avisaron que el secretario de la RD había dicho que los alemanes del Este podían cruzar al Oeste. Se caía el muro. Ya. Claus dejó todo y salió corriendo a Checkpoint Charlie. Había mucha gente, casi no podía avanzar. Brindaban, reían, lloraban, tomaban cerveza gratis. En esa época él salía con una chica de Berlín del Este. La había conocido en un viaje al Este –previo pago de un permiso, los occidentales podían cruzar– y cada tanto la visitaba. Ese día, ella cruzó y se reencontró con él. No se casaron ni comieron perdices pero ese encuentro en la calle, rodeados de Trabis y miles de personas, fue inolvidable.

El Muro de Berlín dividió Alemania durante 28 años. Medía 155 kilómetros (43 km pasaban por la ciudad), tenía 3,60 metros de altura, 302 torres de vigilancia, más de 800 perros y 127 kilómetros de vallas eléctricas y alambres de púa con alarma. A pesar de todas esas defensas, entre 1961 y 1988, más de 100.000 personas intentaron huir. Algunas tuvieron éxito, otras murieron en el intento.

Frente a la estación Kochstrasse está el Mauermuseum Haus am Checkpoint Charlie, justo atrás de una de las fronteras más famosas entre el Este y el Oeste. Charlie es por la letra C del alfabeto de la OTAN. El director y alma de la exhibición desde que abrió, en 1962, fue Rainer Hildebrandt, que murió en 2004. Definió al museo como una “isla de libertad”, como una forma de comprender la injusticia y luchar por los derechos del hombre.

La muestra es larga y hay mucho material para leer (en inglés). Lo que más me gustó fueron los ingeniosos métodos de escape: desde un vuelo en globo aerostático hasta increíbles túneles (se conocen 25), niños escondidos en valijas y hombres en los motores de los autos. Sin olvidar a ese par que hizo tirolesa por los cables de luz ni al hombre que construyó un minisubmarino, mucho menos al artista que escapó adentro de un parlante.


Yoga en la Capilla Sixtina

Un gran porcentaje del turismo que visita Roma lo hace para vivir una experiencia artística, que más de una vez transita los mismos caminos que la experiencia religiosa.

Antiguamente, los artistas trabajaban para la iglesia: los papas eran mecenas de artistas, los protegían, les pagaban, coleccionaban arte. Las obras están a la vista: los 12 Apóstoles esculpidos en San Giovanni en Laterano, el Moisés de San Pietro en Víncoli, el coro sobrio de Santa María del Popolo, el Baldaquino de Bernini en San Pedro y, sobre todo, El Juicio Final que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, hace unos 500 años.

Hacia allá voy para vivir mi experiencia artística romana. Primera meta: resistir la fila de un kilómetro para entrar a los Museos Vaticanos. Calor. No traje paraguas de sol como la señora de adelante. Mal hecho. Segunda meta: pagar los 15 euros de la entrada. Tercera: dosificar la energía porque los museos son inmensos y lo mejor, dicen, está al final. Cuarta meta: lograr un lugar en la masa turística.

Durante todo el recorrido, siempre, hay gente. Adelante y atrás. A un lado y a otro. Gente con cámaras de fotos, mochilas, sombreros; gente que habla en muchos idiomas; gente en grupo –los guías llevan una flor para identificar a los suyos– gente sorprendida, cansada, apurada, lenta; gente en modo “inercia”. En los Museos Vaticanos, la gente tiene tanta presencia como el arte.
La masa me lleva, me empuja suavemente y sin pausa. Parecemos el caudal de un río tranquilo. Las pinturas, los tapices, las esculturas pasan como los títulos al final de las películas. Difícil detenerse sin que las alemanas de atrás no me arañen los talones con sus Birkenstock último modelo. Resisto porque quiero llegar a la Capilla Sixtina, allí donde se reúne el cónclave de cardenales que elige al nuevo pontífice; allí donde Miguel Ángel trabajó durante años en su obra máxima y polémica.
En el camino pasan obras de Botticelli, Rafael, Rosselli. También me pasa el tallo de una rosa –sin espinas, menos mal– a un centímetro del ojo izquierdo. Es que la guía del tour japonés revolea su flor sin precaución ni elegancia. Debería llevar atrás una P de “Principiante”, como los conductores que recién sacan la licencia.

En los Museos Vaticanos, en la Fontana de Trevi, en las escalinatas que llevan a la Piazza di Spagna, posiblemente en todo el casco histórico Roma convive con el cliché turístico. O debería decir: Roma es un cliché turístico. El arte, la pasta, el carácter, la intensidad, todo lo que Julia Roberts en su papel de Elizabeth Gilbert va a buscar en Comer, Rezar, Amar allí está. En envase diseñado para turistas, eso sí.

Finalmente, el recinto esperado: la Capilla Sixtina. Luz de penumbra para no dañar las obras de arte. En este espacio, la gente no circula. Está permitido quedarse, permanecer. Tres hombres de seguridad vigilan que el volumen del murmullo se mantenga bajo, que nadie saque fotos, que la gente no se siente en el piso. Pero no entienden que estamos agotados, que Roma es eterna y hace cinco días que caminamos para comprobarlo. No comprenden que a pesar de haber dosificado la energía no podemos más.

De repente, la capilla más famosa del mundo parece un restaurante sin acústica. El murmullo escala, se eleva por la emoción ante la belleza de la bóveda. Ahora, la masa turística contempla el fresco en el que Jesús separa a justos de pecadores. Las bocas se abren, la mandíbula se cae, el cuello gira hacia el techo, el mentón mira arriba, los hombros sueltos y los brazos en torsión para fotografiar los frescos renacentistas. Si mi profesora de yoga nos viera, nos felicitaría.

Pero los empleados de seguridad de la Capilla Sixtina no comulgan con las prácticas yoguis y perciben la imagen como una estampita del descontrol. Entonces, arranca un coro de chistidos para llamar al silencio. Hacen levantar a los que se sentaron en el piso y retan a los que pescan sacando fotos. Les pegan un grito, como a los hijos de mis vecinos cuando hacen travesuras. Un poco por susto y otro por cansancio volvemos a circular, con El Juicio Final todavía en la mirada y olor a masa turística en la piel.

(Escribí esta columna para el suplemento Tendencias, del diario La Tercera, de Chile)


Los elegidos de Donato en Roma

Mientras escribía un artículo de Roma pensé en preguntarle al cocinero Donato De Santis qué lugar cree que ocupa la comida para los italianos.

Me respondió: “En las calles, en el subte, en la cama, al celular siempre escucharás a los italianos diciendo: ¿Qué comemos hoy? En las conversaciones siempre hay un momento dedicado a la gastronomía, a un lugar recién descubierto, a una cena improvisada en casa de amigos”.

En cada barrio conocí, por recomendación de amigos o de alguna guía, una trattoria o ristorantino para volver. Supe que en Roma hay que probar: pasta cacio e pepe (queso y pimienta), gelato en Giolitti, carcciofo alla giudia en el Ghetto, pizza romana –es finita, a diferencia de la napolitana– en Il Leoncino, queso pecorino en tantos sitios, la comida de la abuela –scalopine–en la Osteria da Marcello, en San Lorenzo, un barrio joven cerca de Termini, y tiramisú en Pompi.

Me cuenta Donato que si va a Roma en invierno no se pierde le caldarroste (castañas asadas); en verano, toma grattachecca (hielo raspado y saborizado) y, por supuesto, le fettuccine o pennette alla amatriciana.

Le pregunté por sus lugares preferidos. Dijo: “En el Ghetto judío se come bastante bien. También voy al Hotel Majestic, al restaurante de Filippo La Mantia. Desayuno al Caffe Greco, tomo el gelato di Fatamorgana in Via Lago di Lesina y me gusta el pan de Forno di campo de Fiori. Para una cena gourmet, lo de mi amigote Heinz Beck en La Pergola. Ah! Y Volpetti para la mejor selección de quesos, jamones y especialidades romanas y ¡de toda Italia!”.


Felicidad en la fotocabina

Me llega esta foto desde Berlín. La mandan unas amigas que en un momento de felicidad, uno de esos instantes vitales que suceden en los viajes, encontraron una cabina de fotos automática, se metieron, pagaron un par de euros, la llenaron de risas, esperaron 4 minutos y se fueron con cuatro fotos de ese momento único.

El detalle sofisticado: mis amigas son fotógrafas y encontraron en Kreuzberg una cabina que revela en blanco y negro.

Acá, una lista de la ubicación de fotocabinas en algunas ciudades del mundo, incluida Berlín. Para los que no viajan próximamente, un juego divertido: laphototocabine. Pasen y cierren la cortina, por favor.


Un lugar para la novela gráfica

Fue rapidísimo y sé que va durar mucho tiempo. No hablo de amor -ahí es más difícil predecir- sino de mi gusto por la novela gráfica.

La había visto de pasada en varias oportunidades pero la conocí gracias a la periodista, editora y amiga de la casa Mariana Liceaga, mientras preparaba la excelente nota que escribió esta semana para ADN Cultura.

El artículo cuenta la historia, analiza la pólemica y diferencias con el cómic, habla del fenomenal crecimiento del último tiempo, y pasa revista a algunos hitos de la novela gráfica. Como Maus, de Art Spiegelman, que ganó el Pullitzer, y cuenta la historia de un sobreviviente del Holocausto. No de uno cualquiera, de su padre. Ya escribiré un post de ese libro que todos deberían leer.

En Argentina, el boom de la novela gráfica llegó a las librerías, que poco a poco, le dedican sectores especiales. En Europa, se ve con más furia. Hay librerías especializadas y otras con áreas enteras para la novela gráfica.

Hace un par de semanas visité, en Barcelona, Norma Cómics, librería de la Editorial Norma totalmente dedicada al género, con vendedores que pueden contestar todas las preguntas. No como me pasó en Buenos Aires, en una librería muy cool cuando fui a comprar Maus, que el librero no me explicó que venía en tomos y que sólo estaba comprando el primero, y que el segundoe estaba agotado. No, en Norma Cómic, los chicos son fanáticos y saben orientar.

La tarde que entré a Norma Cómics era primaveral, cálida, linda para estar al aire libre. Pero no me podía ir de la librería del Passeig San Joan, a metros del Arco del Triunfo.

Las ediciones son cuidadas y dan ganas de tenerlas en la biblioteca. Los precios rondan entre 13 y 26 euros. Por eso y por el exceso de equipaje no se pude traer demasiado. Muchas historias cuentan con nombre propio algún pasaje, en general difícil, de la vida del autor. Como Nunca me has gustado de Chester Brown; Arrugas, de Paco Roca y El Paréntesis, de Elodie Durand. Otran narran verdaderas novelas con dibujos inolvidables. Como Rosalie Blum, de Camille Jourdy, que ganó en el Festival de Angouleme -un referente para el género- del año pasado. Tres tomos que ojalá lleguen pronto.

Otra que me gustaría leer: Notas al pie de Gaza, la novela gráfica del reportero Joe Sacco, que cuenta en primera persona la vida de los ciudadanos y las matanzas ocurridas en la Franja de Gaza.

Sé que de ahora en más voy a seguir lo que me cuente Apolo sobre los indignados, una viñeta de Emma Reverte y Mariam Ben-Arab que comenzó a aparecer en El País y muestra a través de una mirada inocente y personajes amargados la gravedad de la crisis en España.

La novela gráfica, la edad adulta del cómic, la historieta seria o como se quiera llamar. Bastó conocerla para hacerme fanática. Hasta se me ocurrió contar en este formato una historia que estoy pensando. En cualquier momento pongo un anuncio buscando dibujante.


Habitaciones temporarias

The Travel Almanac es una revista. La encontré en una librería de Berlín. Se le ocurrió al productor John Roberts y a su amigo Pawel después de browsear publicaciones de viajes durante una larga espera en Heathrow. No encontraron nada nuevo y decidieron hacerlo.

Una revista que explorara el viaje y la habitación -en el sentido de habitar- temporaria según la mirada de músicos y artistas. Así surgió, como un intento de cubrir (algo de) ese vacío. Este número (Spring-Summer 2011) salió hace un par de meses, es el primero y desde que nació la idea hasta que estuvo en las librerías pasaron más de dos años.

Está dividida en tres secciones. Guests, en la que los autores conversan con sus artistas favoritos sobre cómo el viaje afecta sus vidas; Amenities & Incidentals, donde muestran hoteles únicos que suponen un experiencia, lugares no sólo para dormir, sino para estar, y Souvenirs, una selección de pequeños mementos y algunos consejos de viaje.

De este número me gustaron varios temas. En este post rescato algunos fragmentos de la entrevista a David Lynch, el director que viaja dentro del territorio de sus películas, y afuera también.

- ¿Qué lugares has visitado y han tenido un impacto duradero en ti, y cómo fueron esas experiencias?
- Lodz, Polonia, en invierno es un lugar que me hizo empezar a soñar instantáneamente. Las ideas surgieron de la luz y las nubes bajas y de las nubes bajas, gris oscuro, y de las fábricas en ruinas y de la arquitectura única de la ciudad.

- ¿Cuáles son tus hoteles favoritos o lugares para quedarte cuando viajas?
- Realmente me encantaba el Lancaster Hotel, en París. Ya no me quedo ahí porque no dan más la tarifa de “artista”. Era un hotel pequeño, pero acogedor y yo me sentía como en casa.

- ¿Cómo el viaje afecta tu trabajo y el proceso creativo? ¿Qué lugares te parecen más apropiados para trabajar y por qué?
Para mí, el lugar más apropiado para trabajar es casa. Pero muchas veces, nuevos lugares conjuran ideas, por eso, es bueno salir de tanto en tanto.

- ¿Tienes algún hábito o ritual cuando viajas que te hace sentir más cómodo cuando estás afuera de casa?
- Fumar. Pero dejé de fumar, entonces nó sé qué pasará la próxima vez que vaya a París.

-¿Cómo tu experiencia con la meditación afecta los demás aspectos de tu vida?
La meditación trascendental es como si te dieran una llave a un tesoro, y trascender es experimentar ese tesoro. Dicen que lo trascendente, es una experiencia holística, entonces todas las avenidas de la vida comienzan a mejorar cuando empiezas esta práctica. Lo trascendente es todo positivo -un gran océano sin límites de felicidad infinita, creatividad, inteligencia, energía, amor, paz.

The Travel Almanac es una revista, pero tiene espíritu de permanencia. Como los libros.


08001 Raval

Me gustó caminar por el Raval con esta música.


Lolitas gyaru de Barcelona

Fue el sábado a la tarde, cerca del Arco de Triunfo. Más precisamente, después de cruzarlo. Estaba buscando una librería cuando me encontré con estas chicas tan lookeadas. No había sólo cuatro, eran más de treinta medio lolitas medio conejitas medio rococó medio cupcake medio góticas medio manga, medio infantiles, medio sexys. Del todo pop. Después me enteré que se reinauguraba Madame Chocolat, un negocio que vende ropa de este estilo.

Gal, así se llama esta tribu urbana nacida en Japón, fanática del cuidado de la ropa, el pelo, el maquillaje. “Gal viene de gyaru, me dijo una de las chicas, son chicas japonesas que imitan el estilo occidental, googlealo y vas a entender. Y sacó una revista, Egg, para que viera de qué se trataba. Más de cincuenta páginas llenas de chicas como ellas pero asiáticas. Esa noche leí que Egg es la biblia de las de las gal, abreviación de girl, en inglés, y gyaru, en japonés.

De cerca, las chicas tenían una gruesa capa de maquillaje, brushing, extensiones y mirada de muñecas. Durante la semana se visten sin brillos para estudiar y trabajar, pero cuando llega el sábado pasan horas frente al espejo y bajo el aire caliente del secador. Me imagino que si fueran a Tokio, lo primero que harían sería ir a Shibuya 109, un centro comercial dedicado a chicas de veintipico. También me imagino que de las palabras que saben en japonés, la que más les gusta es kawaii.




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