Japonerías personales

Aquí el ojo trabaja mucho y sin pausa. No queda nada más para los sesos. Todo lo que respecta al dominio gráfico, los japoneses podrían hacerlo de maravillas, casi durmiendo. Pero no podrían explicárselo. Nicolas Bouvier.

En la Feria de Libros de Fotos de Autor vi muchos trabajos originales, bellos, tristes, divertidos, misteriosos, estimulantes.

Me gustaría destacar Japon (ia), de Sophie Spandonis. Es un libro de imágenes y palabras, resultado de varios viajes a Japón que permiten a la autora mostrar, contar y reflexionar sobre la cultura japonesa. Para establecer una distancia y abrir una ventana a la imaginación, el libro no se llama Japón sino Japon (ia), y es un muestrario de costumbres, sorpresas, ritos, japonianos, japonidades y japonerías. En la foto, tomada por Sophie Spandonis, se ven cadenas de tsurus (grullas).

- ¿Has visto el Fuji?
- No, el Fuji nunca es visible; el Fuji no existe, es una invención de los poetas del Manyôshu, con la complicidad de la Japan National Tourist Organization.
Jaques Roubaud.

(Para G. D. que hoy cumple años en Tokio, y por estos días descubre su propia Japonia. Kanpaï!)


La piel del mar

- ¿Y cómo es que te gustan tanto las medusas?

-Pues, no lo sé. Las encuentro bonitas. Antes, mientras las miraba, he pensado una cosa. Escucha, lo que nosotros vemos es sólo una pequeña parte del mundo. Damos por hecho que esto es el mundo, pero no es del todo cierto. El verdadero mundo está en un lugar más oscuro, más profundo, y en su mayor parte lo ocupan criaturas como las medusas. Eso nosotros lo olvidamos. ¿No te parece? Dos terceras partes del planeta son océanos y lo que nosotros podemos ver con nuestros ojos no pasa de ser la superficie del mar, la piel. De lo que verdaderamente hay debajo, no sabemos nada.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haurki Murakami.


Desde Japón: niguiri de chica rosada

Hasta mediados de julio, en Diesel Denim Gallery, en Tokio.


Ai Kawashima al sol

Dear Tabidachi No Hi Ni, de Ai Kawashima, J Pop star japonesa adorada esta temporada en Nueva York (y hoy domingo, en Buenos Aires).


Sueños de seda

Seis días después Hervé Joncour se embarcó en Takaoka en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó a Sabrik. De ahí remontó de nuevo la frontera china hasta el lago Bajkal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, alcanzó Kiev y en tren recorrió toda Europa, de este a oeste, hasta llegar, después de tres meses de viaje, a Francia.

El primer domingo de abril -a tiempo para la Misa Mayor- llegó a las puertas de Lavilledieu. Se detuvo, le dio gracias a Dios y entró en el pueblo a pie, contando sus pasos, para que cada uno tuviera un nombre, y para no olvidarlos nunca más.

- ¿Y cómo es el fin del mundo? -le preguntó Baldabiou
- Invisible.

A su mujer, Helene le llevó de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, no se puso jamás. Si la sostenías entre los dedos, era como apretar la nada.

Seda, de Alessandro Baricco.


Clics de soledad urbana, según Bjarne Bare

 

Bjarne Bare es noruego, de Oslo. Tiene 24 años y viaja por el mundo para retratar el vacío de las ciudades. Hace algunas semanas que vive en Buenos Aires, a la caza de las soledades que se esconden tras las esquinas.
Bjarne no habla español, pero sabe dónde queda Almagro y puede nombrar algunas calles de Flores. Es su primera vez en la ciudad, y ya dice que siente que San Telmo ha cambiado drásticamente los últimos años. Bjarne tiene la sensación de que ese barrio será el próximo Palermo Soho. “Intuyo que cuando vuelva, me tendré que quedar en La Boca”, bromea.

 

De niño, a Bjarne le atraía la cámara como objeto y también sacó algunas fotos, pero desde los 15 se dedicó a pintar. Hasta que a los 19 se encontró viajando en un barco por el Mekong, con un fotógrafo ruso y una cámara a su disposición. A partir de ese viaje no dejó de sacar fotos ni de viajar. Sí dejó la pintura.

En los últimos años estuvo en Praga, Cracovia, Copenague, Londres, Barcelona, Berlín, Amsterdam, El Cairo, Seúl , Tokio, Osaka, Shangai, Pekín, Nueva York y ahora Buenos Aires. Siempre con su cámara.

A Bjarne lo conocí hace unos días, en un bar. Estaba vestido con look minimalista: camisa gris oscuro, corbata flaca como un tallarín y, si no recuerdo mal, pantalones chupines. Ahora que lo pienso, tiene cierto parecido con Sean Penn.
Ese día hablamos algo, pero cuando vi sus fotos, decidí hacerle una entrevista especial para Viajes Libres.

¿Podrías tratar de describir qué buscás cuando viajás?
Desde que viajo solo experimento una cierta soledad en mis viajes. De esta forma uno termina viendo lo que lo rodea de otra manera. Esta es una de las razones por las que viajo solo. Simplemente hace que te enfoques diferente y que veas lo que te rodea con un ojo más abierto y franco. Nunca hago fotos de monumentos y ese tipo de cosas a menos que tengan un significado más profundo. Estoy interesado en los solitarios que andan por las calles, los que tienen una historia. Los negocios quebrados y los lugares comunes por los que cuando vives en la ciudad pasas sin darte cuenta. La soledad que yo describo se puede ver en las caras de la gente, en el bus, mientras caminan por la calle. Es soledad a la que todos le tienen tanto miedo en la cultura contemporánea que vivimos. Es un sentimiento se repite en las distintas culturas.

 

¿Por qué elegiste Buenos Aires para hacer tu trabajo?
Buenos Aires ha sido siempre una ciudad exótica para mí, llena de misticismo. Imagináte crecer en el norte de Europa y desde ahí mirar el globo terráqueo. Buenos Aires, una ciudad en la selva (eso se piensas cuando vives en Noruega) con semejante historia, y una arquitectura interesante. No había dudas de que tenía que ir. Llegué a fines de febrero y me iré a comienzos de abril. De aquí voy a París, a ver qué similitudes puedo encontrar entre las dos, si es que hay alguna.

¿Cuál es tu impresión de la ciudad?
Como toda metrópolis, Buenos Aires es bastante diferente de día y de noche. Y aquí especialmente, durante la semana y los fines de semana. Me gusta el clima tropical que se siente aquí, especialmente cuando la lluvia loca cae de repente en un caluroso día de verano. Los buses cargados, cientas de personas en las calles y durante el fin de semana algunas partes de la ciudad, el microcentro por ejemplo, están casi vacías. Es un gran lugar para caminar un domingo. Lo que encuentro más inspirador aquí es la gran escena artística y la cantidad de eventos culturales y especialmente, cuántos jóvenes participan de ellos. Te da un sentimiento de Nueva York.

¿Cómo es la soledad que encontraste aquí, comparada con la de otras ciudades?
Lo que encuentro de peculiar aquí es que mucha gente silba o canta mientras camina. Para mí, parecen felices.

¿Qué lugares de Buenos Aires te gustaron para hacer fotos?
Esta ciudad es tan compleja y todavía no he visto ni la mitad. Flores está buenísimo y también parece complejo en sí mismo. Tantos negocios antiguos que venden cosas extrañas, y el barrio coreano, los viejos hoteles. Me gusta San Telmo y también el centro, donde hay hombres de negocios y cafés tristes. Los parques de Libertador, Almagro. Hay tanto aquí.

¿Alguna anécdota de Buenos Aires?
Ayer fui al Tigre, a una pequeña isla bastante lejos del continente donde un amigo tiene una bonita casa antigua. La isla estaba inundada así que hicimos un asado con el agua llegando a nuestras rodillas. Fue un buen día.

 ¿Cuál es tu próximo viaje?
Pasaré unos días por París y luego a Oslo. La próxima vez me gustaría volver a Tokio o a Nueva York. Especialmente a Tokio, donde me gustó trabajar y sentí que tenía más para capturar.

¿Podés vivir de la fotografía ?
Monto shows en galerías de Oslo y gano dinero por mis fotos, pero como soy obstinado y no quiero trabajar como fotógrafo para periódicos y medios en general, también trabajo en un pequeño bar un par de noches a la semana cuando estoy en Oslo, para pagar mi renta.

 

 


Gloria y tormento de las estrellas Michelin

Leo por ahí que el año próximo Tokio tendrá más restaurantes con estrellas Michelin que París.

En la edición asiática de la Guía Michelin 2009, que sale a la venta mañana en inglés y japonés, habrá 9 restaurantes con tres estrellas, 36 con dos y 128 con una. Tokio, una ciudad con más de 160.000 restaurantes, tendrá 227 restaurantes con estrellas, más del doble que París.

En el mundo de los mejores chefs, estas estrellas son una gloria y un tormento, un sueño y una pesadilla. Hubo hasta un caso de suicidio. Si, al parecer, el chef Bernard Loiseau se pegó un tiro cuando se enteró por un rumor que su famoso restaurante La Côte d’Or perdería una estrella, en 2003. Después no fue así, pero Loiseau nunca llegó a saberlo. Hoy, el restaurante lleva su nombre y todavía tiene tres estrellas Michelin. Pero lo atiende un chef nuevo.

En la rue Beaujolais y frente a los jardines del Palacio Real, el Grand Véfour es un símbolo de París y también un restaurante creado en 1784. Allí comieron, en diferentes épocas, Napoleón, Victor Hugo, Jean-Paul Sartre, la novelista Colette y otros grandes de la política, la literatura y las artes de Francia. Hoy, el paisaje arquitectónico del siglo XVIII y la cocina de Guy Martin conviven armoniosamente (80 euros el almuerzo y 200 la cena). Sin embargo, ni el peso de la historia ni los famosos ravioles de foi gras con emulsión de trufas que prepara el chef han sido suficientes para la tradicional y exigente Guía Michelin. El Véfour, que tenía 3 estrellas, este año perdió una. Y posiblemente Guy Martin ya haya comenzado su batalla personal para recuperarla.

Esta no es la primera vez que el Grand Véfour pierde una estrella. Cuando Guy Martin tomó a su cargo la cocina del restaurante, en 1991, hacía tiempo que tenía dos. Y en 2000, Martin conquistó la tercera estrella Michelin. Como si una tempestad hubiera arrasado con todo lo construido, tiene que volver a empezar.

Algo así le pasó a Jean André Charial, un chef francés que aprendió y trabajó con su abuelo, el famoso Raymond Thuilier, en el restaurante L’Ostau de Baumaniere, en los alrededores de St. Rémy de Provence. Cuando murió el abuelo, que era el chef del restaurante, el lugar perdió automáticamente dos estrellas. Y él dedicó su vida a tratar de recuperarlas. Ya ha recuperado una y posiblemente duerma mejor en las noches. Pero todavía le falta otra. Y Charial lo sabe.

Volviendo a Tokio, este año es el segundo que la Guía Michelin edita una versión de los restaurantes de la ciudad. La primera edición fue de 30.000 ejemplares y se agotó en un par de días. Pero hasta el año pasado, la guía no se había metido en Asia en sus 108 años de historia. Según Michelin se eligió a Tokyo porque la ciudad, de unos 30 millones de habitantes, tiene uno de los mercados de restaurantes más grandes y sofisticados del mundo.

Los japoneses dieron las gracias por la atención y el reconocimiento. Pero también cuestionaron a la incuestionable Guía Michelin. En distintas entrevistas, algunos de los chefs más destacados de Tokio expresaron frases como éstas: “La comida japonesa fue creada aquí y sólo los japoneses la conocen”, “Cómo es posible que un grupo de extranjeros nos muestre y nos diga qué está bien y qué está mal”.

La polémica sigue. Mientras tanto, las guías se venden, los turistas las toman como referencia y los chefs se desvelan por conseguir estrellas. O al menos por no perder su cosecha.


Una diseñadora suelta en Tokio

 “Tokio es kawaii”, me dice Valeria Pesqueira, una diseñadora argentina con marca propia en crecimiento. Como otros once argentinos, Pesqueira fue seleccionada para exponer en Rooms, una una feria internacional de moda en Tokio con más de 400 diseñadores. Hace unos días que volvió. Y volvió contenta: consiguió clientes nuevos, alucinó con Japón y se compró un vestido de la diseñadora Tsumori Chisato.
Antes de escuchar sus impresiones del viaje, le pregunto qué significa kawaii. Y me cuenta: “En Japón se dice kawaii cuando algo es bonito, tierno, cute. Hello Kitty es kawaii.

Me interesa el concepto kawaii, así que después de la entrevista, leo algo sobre el tema. También son kawaii esos animales, que a veces son un gato o un conejo y otras, una mascota indescifrable que en general tiene diseño sintético, redondeado, con brazos y patas cortos y colores pastel. Nunca tienen cuello, y boca y orejas, sólo a veces. Como los otros personajes de la marca Sanrio –creadora de Hello Kitty– y algunos viejos héroes del animé (Totoro, Doraemon). La esencia de los íconos kawaii es tierna, lenta, dulce, amigable y tiene obvios recuerdos de la infancia. Un antropólogo de la Universidad de Boston comentó al respecto: “La infancia en Japón es una época en la que hay indulgencias de todo tipo, de tu madre sobre todo, pero también de la sociedad”.

Al parecer, el término kawaii es muy popular en Japón. Según una conocida revista japonesa para teens, es la palabra más usada y querida en el Japón de hoy. Al parecer, surgió como una respuesta al horror de la Segunda Guerra Mundial. Si hubiera que representarla tendría la forma de mascotas tiernas, flores simples, colores suaves. Es usada por  niños, jóvenes y adultos. Las señales de tránsito pueden ser kawaii o el avión de JAL pintado con un Pikachu gigante.

“Lo más kawaii que encontré en Tokio fue un conejito con casco de obrero que marcaba que esa zona de la calle estaba en reparación. Y después había una tapia de madera con un dibujo casi infantil de cómo quedaría el futuro parque”, me cuenta Pesqueira mientras me muestra en su computadora fotos de ositos de peluche fucsias con nariz negra.
Ese desvío estaba cerca de Shibuya, uno de los barrios más poblados, una zona comercial y con varios karaokes y, también, uno de los cruces más transitados del mundo (los peatones pueden cruzar en las 4 direcciones). Es la esquina que se ve en Perdidos en Tokio. Varias veces, mientras caminaba por la ciudad se acordó de la película. Pero dice que no se perdió.
El grupo de los diseñadores argentinos se alojó en un hotel céntrico –pagaban 120 dólares-, pero ella no. Tenía una amiga y se quedó en su casa -inolvidables los huevos revueltos con salmón rosado que preparaba su madre en las mañanas- que al final resultó la casa soñada en Hamadayama, un barrio a 20 minutos de la estación central, donde el día transcurre a otro ritmo, más tranquilo. Cuenta la diseñadora que no todas las estaciones de metro tenían el nombre en inglés, entonces, por las dudas le sacó una foto a la suya y siempre la llevaba a mano, para no pasarse.

Pesqueira sacó más de 600 fotos y después de verlas todas diría que más del 40% eran detalles de packagings, estampas, pachinkos (tragamonedas japoneses) y estética kawaii. En el viaje, notó la gran diferencia que hacen los habitantes de la ciudad entre lo privado y lo público. “Cuando llegás a una casa, te sacás los zapatos y te lavás las manos. Después de Tokio me fui a New York y me pareció sucio”.

Otros barrios que visitó en Tokio fueron Shimokitazawa, a unos 15 miniutos del centro, con tiendas de diseñadores jóvenes y opciones no demasiado caras; Harajuku, un barrio para teens, donde la tribu de otakus (fanáticos del animé) y las colegialas con sus uniformes extracortos van a comprarse pavaditas kawaii y a comer al paso, Roppongi, la zona donde están los malls (“tipo el Midtown”) y Omotesando, la calle elegida por las marcas de súper lujo y el shopping Omotesando Hills. Le encantó el diseño de Viñoly del Forum de Tokio y la Yokohama Trianale no la sorprendió especialmente. No fue a Akihabara, el distrito donde se vende la electrónica, pero sí pasó por Tokyu HandsMuji y Loft, para muchos las tiendas más cool del planeta.

Qué le llamó la atención de Tokio: los libros de moda para mascotas, la cantidad de bicis, que toman mucho sake y cerveza, que a las 12 de la noche termina el transporte público y termina el día, la conciencia ecológica -los compradores que se acercaban a su stand querían comprar green, es decir, sin procesos que dañen el medio ambiente-, la comida de plástico prolijamente pintada que se exhibe en las vidrieras de los restaurantes, los bares en edificios, los templos budistas y shintuístas plantados en medio del caos, el buen diseño que se encuentra en las tiendas de los museos, que el subte sea un lugar pintado con colores y alegría, la dieta con mucha verdura y pescado, y que los precios no sean tan altos como le habían contado. Los japoneses le resultaron respetuosos, muy serviciales y también esquivos. “Si uno se acerca, lo más probable es que ellos retrocedan”, dijo Pesqueira.

Una mañana de sol, Valeria Pesqueira se fue se fue a Kyoto en tren bala -le costó unos 130 dólares y tardó 3 horas-. Allá paseo por la promenade a orillas del río, visitó el templo del agua rodeado de naturaleza, vio geishas con kimonos antiguos y tuvo calor. Cuenta que la gente usaba viseras enormes y abanicos que se regalaban por la calle. Esa noche en Kyoto durmió en un hotel cápsula y no se sintió encerrada.

El viaje terminó después de diez días de estímulos y diseño. De Narita no vino directo a Argentina, pasó antes por Nueva York. Y dice que por primera vez no le impactó tanto.


¡Fin de semana!


El Rito de Primavera, en Nueva York

El cerezo es el árbol querido de los japoneses. Tanto, que a su flor la llaman hana, que quiere decir flor. Como si fuera la única flor del mundo. Cuando florece hacen fiestas y licores y comidas distintas. Hasta se visten especialmente para ir a ver el florecimiento de los cerezos.

El Brooklyn Botanic Garden de Nueva York tiene más de 200 cerezos. También tiene muchos japoneses viviendo cerca. Y posiblemente, los mejores investigadores y desarrolladores de marketing turístico. Resultado: el Jardín Botánico de Brooklyn tiene su Rito de Primavera, los próximos 3 y 4 de mayo, de 10 a 18.

Hay muestras de arte, seguimiento fotográfico de los distintos estadios de la flor y obviamente, todo el merchandising del cerezo.

Hanami es la palabra que habla sobre la tradición de ver cada momento del florecimiento de los cerezos. Las primeras flores, las flores de la mañana, la de la tarde, la de la noche, cada una recibe un nombre. Hasta el acto de ir a ver el florecimiento de los cerezos tiene un nombre. Se llama hana-gari o sakura -gari. Gari sinifica perseguir. Perseguir la emoción de ver las delicadas y frágiles flores de los cerezos. Perseguir la primavera. Porque los cerezos anuncian la primavera. Y tienen que ver con lo efímero de la vida: sus flores duran apenas dos semanas.

Una de las tareas más importantes del servicio meteorológico japonés es predecir el florecimiento. A la gente le importa más que saber si habrá lluvia o sol. En el día anunciado, cuando se abren los capullos, los parques de Japón se llenan de picnics espontáneos y sonrientes bajo inmensos árboles rosados.

Dave Allen, el Web Manager del Jardín Botánico de Brooklyn, hizo este video en base a 3000 fotos digitales tomadas cada tres minutos, entre el 18 y el 26 de abril últimos, en el Cherry Walk. La música del video es de Jon Solo.




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