Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. “Mi madre es una diosa”, dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.


Lolitas gyaru de Barcelona

Fue el sábado a la tarde, cerca del Arco de Triunfo. Más precisamente, después de cruzarlo. Estaba buscando una librería cuando me encontré con estas chicas tan lookeadas. No había sólo cuatro, eran más de treinta medio lolitas medio conejitas medio rococó medio cupcake medio góticas medio manga, medio infantiles, medio sexys. Del todo pop. Después me enteré que se reinauguraba Madame Chocolat, un negocio que vende ropa de este estilo.

Gal, así se llama esta tribu urbana nacida en Japón, fanática del cuidado de la ropa, el pelo, el maquillaje. “Gal viene de gyaru, me dijo una de las chicas, son chicas japonesas que imitan el estilo occidental, googlealo y vas a entender. Y sacó una revista, Egg, para que viera de qué se trataba. Más de cincuenta páginas llenas de chicas como ellas pero asiáticas. Esa noche leí que Egg es la biblia de las de las gal, abreviación de girl, en inglés, y gyaru, en japonés.

De cerca, las chicas tenían una gruesa capa de maquillaje, brushing, extensiones y mirada de muñecas. Durante la semana se visten sin brillos para estudiar y trabajar, pero cuando llega el sábado pasan horas frente al espejo y bajo el aire caliente del secador. Me imagino que si fueran a Tokio, lo primero que harían sería ir a Shibuya 109, un centro comercial dedicado a chicas de veintipico. También me imagino que de las palabras que saben en japonés, la que más les gusta es kawaii.


Estrujados en Tokio

Tokyo Compression, el nuevo libro de Michel Wolf, un fotógrafo alemán con base en Tokio. Espeluznante.


Elogio de la sombra, por Junichiro Tanizaki

“Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han
experimentado la tentación de disfrutar con la sombra; desde siempre, los espectros japoneses han carecido de pies; los espectros de Occidente tienen pies, pero en cambio todo su cuerpo, al parecer, es translúcido. Aunque sólo sea por estos detalles, resulta evidente que nuestra propia imaginación se mueve entre tinieblas negras como la laca, mientras que los occidentales atribuyen incluso a sus espectros la limpidez del cristal.

Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo.

En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan amplias extensiones de césped.

¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular.

En cambio los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor a la actual. Buscan siempre más claridad y se las han arreglado para pasar de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de la sombra.”

Elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki.

Foto: Yumi Kori, House of shadows.


El largo viaje de Tats

El viaje de Tatsuya Kato (23) es espontáneo, multifacético y sobre todo, largo. Hace tres años que salió de Tokio y no tiene fecha de regreso. Viaja para conocer otras realidades. Viaja para ver con sus propios ojos. Viaja para aprender.

Nos conocimos de casualidad, en la Quebrada de Humahuaca, cerca de Tilcara, rodeados de cerros, iluminados por un sol tan fuerte que no me extrañaría si por un momento pensó que también yo era japonesa.

Hablamos un rato, pero cada uno seguía una ruta distinta y sólo pudimos conversar un rato en la caja de una camioneta. Hace unos días me pregunté dónde estaría. ¿En Chile? ¿En Perú? Le mandé un correo con algunas preguntas, que contestó desde Iquique. Dice que encontró un trabajo como fotógrafo en un negocio de fotos, así que se quedará algunos meses por allá. En la foto del traje está lookeado para su nueva ocupación, y en la de tigre, también: así pretende lograr que los niños sonrían. Por cierto, creo que sus estudios de teatro fueron esenciales para este viaje.

Con ustedes, Tatsuya Kato, Tats para los amigos.

¿Cómo tomaste la decisión de salir de viaje?
En mi opinión, la vida es aprendizaje, el viaje es aprendizaje, entonces, la vida es viaje.  Siempre me preguntaba por qué había tantas diferencias entre los países. Había toneladas de preguntas en mi cabeza.
Cada vez que veía un documental de los países en desarrollo, le preguntaba a mi madre: ¿Por qué él se muere de hambre y yo puedo comer tan bien? ¿Por qué a él le falta una pierna y yo puedo correr? ¿Por qué él sujeta un arma y yo una lapicera? ¿Por qué el hombre blanco le pega al negro?
Un día me di cuenta que había estado viendo sólo 1 grado en un mundo de 360. Mientras crecí supe algunos de los por qués, pero quería ver las realidades con mis propios ojos, porque los libros, los documentales y el resto podían responder a mis preguntas pero no era mi propia experiencia. Viajar es descubrir nuevos ángulos a estos temas.

¿Cuándo partiste?
Empecé mis viajes el 5 de mayo de 2007, cuando tenía 19 años. En Japón, el 5 de mayo es feriado nacional. Se llama Kodomono-hi, que quiere decir el Día de los Chicos (varones). Era el último año antes de convertirme en adulto (se supone que a los 20 se es adulto en Japón), y decidí viajar por mi país para conocerlo y convertirme en un verdadero hombre japonés antes de salir al exterior. Viajé por las 47 prefecturas en moto, con un pobre gato blanco que me encontré en cuando iba hacia la isla de Okinawa.

¿Sabías que sería un viaje de varios años?
Nadie sabe qué sucederá. No tenía idea durante cuánto tiempo viajaría. No me gusta tener planes fijos para la vida. Dejo que el río corra. No sé adónde iré después, pero sí sé que encontraré un camino y lo seguiré.

¿Cómo te lo costeas?
Como soy japonés, sé trabajar duro. Cuando estaba en Tokio tenía cinco trabajos al mismo tiempo; trabajaba entre 10 y 12 horas por día, los siete días de la semana. Fui ayudante de cocina, camarero, bartender, maestro, traductor y fotógrafo; trabajé en un hostel, fui instructor de danza y street performer. Me resulta fácil conseguir trabajo. Puedo hacerlo en unos días, a veces incluso en un par de horas.

¿Tenés un plan?
Hay una regla: nunca compro un ticket de ida y vuelta. Por dos dos razones. 1) no soy un turista, sino un viajero. Los turistas siempre tienen lugares donde ir y límites de tiempo  para volver; los viajeros no. 2) Cualquier cosa que quieras conocer bien requiere cierto tiempo. Quedarse en algún sitio por un par de días es como ver sólo la superficie de  una botella. No sabrás nada más. Quedarse algún tiempo es como entrar en una botella y experimentar el sabor único de su contenido.

¿Cómo será volver a estudiar después tantos años en la ruta?
Primero que nada, me encanta estudiar. No importa si en un escritorio o viajando por el mundo. Además, creo que estos viajes son esenciales para lo que quiero estudiar, Desarrollo Internacional. Necesitamos una motivacón para todo lo que queremos hacer. No sabía qué quería hacer cuando tenía 17 años, pero ahora sí lo sé. Este viaje me hizo saber qué es lo que realmente me gusta y qué es lo que quiero.

¿Te gustaría navegar en el Peace Boat, ¿cuándo irías? ¿Qué harías?
Cuando llegue a México, me contactaré con la oficina principal en Yokohama, Japón. Este barco hace tres viajes al año llevando mensajes de paz a ciudades pobres de América Latina. Si el barco llega a donde yo esté, me subiré. De lo contrario, lo esperaré trabajando en algún lugar de Caribe. En el barco puedo trabajar como traductor de japonés-inglés-español.Por eso necesito mejorar mi español, tiene demasiadas conjugaciones! [N. de R. La entrevista fue en inglés] Read the rest of this entry »


Japonerías personales

Aquí el ojo trabaja mucho y sin pausa. No queda nada más para los sesos. Todo lo que respecta al dominio gráfico, los japoneses podrían hacerlo de maravillas, casi durmiendo. Pero no podrían explicárselo. Nicolas Bouvier.

En la Feria de Libros de Fotos de Autor vi muchos trabajos originales, bellos, tristes, divertidos, misteriosos, estimulantes.

Me gustaría destacar Japon (ia), de Sophie Spandonis. Es un libro de imágenes y palabras, resultado de varios viajes a Japón que permiten a la autora mostrar, contar y reflexionar sobre la cultura japonesa. Para establecer una distancia y abrir una ventana a la imaginación, el libro no se llama Japón sino Japon (ia), y es un muestrario de costumbres, sorpresas, ritos, japonianos, japonidades y japonerías. En la foto, tomada por Sophie Spandonis, se ven cadenas de tsurus (grullas).

– ¿Has visto el Fuji?
– No, el Fuji nunca es visible; el Fuji no existe, es una invención de los poetas del Manyôshu, con la complicidad de la Japan National Tourist Organization.
Jaques Roubaud.

(Para G. D. que hoy cumple años en Tokio, y por estos días descubre su propia Japonia. Kanpaï!)


La piel del mar

– ¿Y cómo es que te gustan tanto las medusas?

-Pues, no lo sé. Las encuentro bonitas. Antes, mientras las miraba, he pensado una cosa. Escucha, lo que nosotros vemos es sólo una pequeña parte del mundo. Damos por hecho que esto es el mundo, pero no es del todo cierto. El verdadero mundo está en un lugar más oscuro, más profundo, y en su mayor parte lo ocupan criaturas como las medusas. Eso nosotros lo olvidamos. ¿No te parece? Dos terceras partes del planeta son océanos y lo que nosotros podemos ver con nuestros ojos no pasa de ser la superficie del mar, la piel. De lo que verdaderamente hay debajo, no sabemos nada.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haurki Murakami.


Desde Japón: niguiri de chica rosada

Hasta mediados de julio, en Diesel Denim Gallery, en Tokio.


Ai Kawashima al sol

Dear Tabidachi No Hi Ni, de Ai Kawashima, J Pop star japonesa adorada esta temporada en Nueva York (y hoy domingo, en Buenos Aires).


Sueños de seda

Seis días después Hervé Joncour se embarcó en Takaoka en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó a Sabrik. De ahí remontó de nuevo la frontera china hasta el lago Bajkal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, alcanzó Kiev y en tren recorrió toda Europa, de este a oeste, hasta llegar, después de tres meses de viaje, a Francia.

El primer domingo de abril -a tiempo para la Misa Mayor- llegó a las puertas de Lavilledieu. Se detuvo, le dio gracias a Dios y entró en el pueblo a pie, contando sus pasos, para que cada uno tuviera un nombre, y para no olvidarlos nunca más.

¿Y cómo es el fin del mundo? -le preguntó Baldabiou
Invisible.

A su mujer, Helene le llevó de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, no se puso jamás. Si la sostenías entre los dedos, era como apretar la nada.

Seda, de Alessandro Baricco.




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