Los diez años de La Orquesta de los Vegetales

La Orquesta de los Vegetales, con base en Viena, hace música únicamente con vegetales frescos. Hay flautas de zanahorias, bongós de apio, bajos de zapallos y violines de puerro. Eso no quiere decir que sus integrantes sean vegetarianos, todo lo contrario. Aunque después de algunos conciertos, suelen prepara coloridas sopas con los vegetales que ya usaron. Muchas veces, la audiencia está invitada a probarla.
La orquesta da entre veinte y treinta conciertos por año en el mundo y en cada show repiten un trabajo de exploración del sonido vegetal. Por esta época, el grupo festeja sus diez años con varios conciertos en Europa. Próximamente, en Italia.


El Boom Festival de Portugal

Estando en la India lo que menos pensás es en Portugal, se sorprendió Pritama cuando recorría Goa y escuchaba que unos europeos por acá y otros por allá le nombraban el Boom Festival, que se hace cada dos años -durante la luna llena de agosto- en un campo alejado de Portugal. “Tenés que ir a Portugal”, le decían y repetían. 

Desde ahí hasta que finalmente fue al Boom Festival, no dejó de encontrarse con fanáticos del Boom en India, España y Argentina.

Simplificando, es una fiesta trance que dura seis días y reúne más de 20.000 personas. Este año, termina el próximo 18 y la entrada costó 115 euros. Después de llegar a Idanha-a-Nova, en el centro este de Protugal, hay que hacer una cola de 9, 10 o 14 kilómetros durante un rato, hasta que abren las puertas. Cada uno va con su carpa. Adentro hay estacionamiento, puestos para comer, baños, talleres, performances y un gran lago para bañarse. Adentro no hay sombra, así que los que planifiquen un Boom para 2010 consideren llevar sombrillas.

Más allá de las cuestiones prácticas, Pritama Molinari cuenta sus impresiones íntimas sobre el último festival.

Desde que entré en el Boom hasta que me fui -seis días más tarde-, tuve la sensación de encontrarme en un universo paralelo. El bellísimo campo de Idanha-a-Nova, rodeado por una laguna enorme de agua fresca y transparente, estaba copado por instalaciones y estructuras de más de 70 metros de altura, puentes, oasis verdes en medio del desierto, cyber esculturas, objetos reciclados transformados en arte, y la hipnótica música trance ambientándolo todo.

Pero lo sorprendente no fue sólo la puesta en escena, sino la gente. Personas de todo el mundo, viajeros que cada dos años peregrinan desde donde sea para celebrar este encuentro cosmopolita y auténtico. Mujeres, hombres y niños vestidos con looks increíbles… destilando un estilo de vida fuera de la moda, de la sociedad, de cualquier sistema establecido. Durante el primer día prácticamente no hice más que mirar. Parecía una congregación de guerreros de luz, recién salidos de la Matrix.

Este festival nació como idea en Goa, y trae de las costas indias, el misterio y misticismo. Desde 1997, se realiza cada dos años en Portugal, y tiene una organización impecable por personas de diversos países, convencidas de que otro mundo es posible.

Durante mis días en el Boom, las horas no me alcanzaban para ver y estar en tantos espacios a la vez. Había performances simultáneamente y a cualquier hora.

Una madrugada caminaba por la montaña en dirección al Sacred Fire -lugar dedicado a los recitales de música étnica o sagrada- y vi que toda la gente señalaba a la luna, una bola amarilla colgando del horizonte. Cuando miro mejor, me doy cuenta que no era la luna, sino un globo aerostático fosforescente, y que lo que caía de esa luna no eran estrellas, sino personas, también fosforescentes, y sin paracaídas… ¡que volaban en caída libre hasta aterrizar en la laguna!

No terminaba de reponerme de una visión tan impactante, cuando un chico al lado mío hacía malabares con fuegos artificiales, y en otro rincón se proyectaba un video tridimensional sobre las gotitas de una cortina de agua, o cualquier otra cosa por el estilo, jamás vista.

Además de las performances, los recitales y los dj’s y vj’s haciendo bailar a la gente sin parar, había talleres de técnicas de meditación, agricultura biológica, mandalas, horóscopo maya, ecología sostenible, medicina alternativa, yoga, terapias. Todo el mundo alternativo tenía lugar y horario en distintas carpas.

Y todo el tiempo, la música como un motor que guiaba la celebración de más de 20.000 personas dispuestas a cambiar el mundo desde dentro, desde el interior de uno mismo.

Los seis días pasaron a toda prisa entre los baños en la laguna, las deliciosas comidas de los puestos biológicos, los atardeceres, los nuevos amigos que me hablaban de otras culturas, de otras formas de vivir la vida.

En este momento, otra edición del Boom Festival está sucediendo, y aunque este año no pude ir, siento que una parte mía baila y agradece que haya tanta gente celebrando en el lado luminoso. Como dice el lema del Boom 2008: Todos somos todo. Y otra realidad está siendo en un campo de Portugal.”


La ruta del híkuri en el desierto potosino

El relato que sigue fue escrito por la viajera y amiga de la casa, Pritama Molinari, en base a su experiencia de iniciación al híkuri en el desierto mexicano.

Cuando llegué a Estación Catorce sabía lo que buscaba. Viajaba sola, siguiendo las huellas de los libros de Carlos Castaneda y los consejos de otros viajeros.

Me habían dicho que tendría que saltar de un tren en movimiento a medianoche, que debería dar con Doña Margarita, la última jefa huichol y que con suerte podría dormir en su caserón en ruinas.
Allí mismo, instalada detrás de la barra de una antigua recepción de hotel, Doña Margarita pasaba los días y las noches. Una bruja vieja y sabia. Estaba ciega y rodeada por docenas de pájaros enjaulados con quienes hablaba en voz alta. Apenas entré a pedir alojamiento, me dijo con voz rasposa:
- Vienes a conocerlo, ¿no?
- Bueno, no sé a quién se refiere –respondí dudosa- vengo a iniciarme en el peyote.

No me dejó terminar la frase y arremetió con un largo “shhhhhhh”, abriendo sus blancos ojos al cielo.

-No le digas así, su verdadero nombre es híkuri, y es un espíritu muy poderoso. Mis pájaros me dicen que eres buena, güerita, así que puedes quedarte y yo te ayudaré a encontrarlo.

Tres días más tarde estaba subida a un jeep con Mempo, un guerrero espiritual de su confianza, y con un chileno y un sudafricano que se habían sumado a la excursión. Luego de unas cuantas horas de viaje, continuamos a pie. Caminamos muchísimo, abrazados por el calor del profundo desierto mexicano. Hasta que Mempo anunció que por fin el híkuri nos había encontrado:

- Estamos de suerte, miren, ¡hay una familia completa!

En el suelo, los sagrados botones verdes sobresalían de la tierra. Nuetro padrino nos indicó cómo recolectar y limpiar los frutos con cuidado y respeto. Cuando todo estuvo listo, nos sentamos a la sombra de un cactus.

- Antes de comerlo, deben pedirle permiso a los cuatro puntos cardinales y a todo lo que en ellos vean. Nunca nada volverá a ser como antes después de hoy, dijo Mempo con solemnidad.

Cuando le di el primer mordisco, una explosión de saliva inundó mi boca. Fue un amargo jamás experimentado. Tuve que respirar profundo para aguantar las naúseas.
Me había alejado unos metros del grupo, y una media hora después, al hacer un gesto con la mano, descubrí que todos mis movimientos quedaban suspendidos como si escribiera sobre un pizarrón invisible. Impactada por esta experiencia, me senté en el piso y apoyé mis manos.

Entonces sentí que la tierra vibraba, que respiraba, ¡que tenía vida! Lloré con emoción, amando cada partícula de polvo que acariciaba mi piel… Girando sobre mí misma, me fundí en un abrazo con la Pachamama, y sentí que estaba envuelta por su dulce calidez. Cada cosa que veía contenía un espíritu particular, un lugar irreemplazable en el universo. “Todos somos uno”, se me reveló con claridad.
No sé cuánto tiempo habré estado en éste éxtasis, pero cuando me vieron llegar, los chicos me recibieron con abrazos y risas explosivas: no sólo había tardado muchísimo en volver, sino que además estaba toda sucia: la cara, el pelo y la ropa llenos de barro y espinas.

Mempo anunció que deberíamos ponernos en marcha, la noche estaba cayendo y teníamos por delante más de doce horas de caminata. También me dijo que yo tenía que guíar la vuelta. Protesté, pero él me dijo que confiase, que el híkuri estaba conmigo. Todavía no me lo explico, pero un par de kilómetros más tarde, encontré un sendero estrecho, en perfecta línea recta. Y supe con toda seguridad que era el correcto.
Durante el regreso a Estación Catorce no bebí ni comí nada, y mi cuerpo se sentía ágil y enérgico. Mis sentidos se habían agudizados a tal extremo, que podía escuchar la respiración de los coyotes que nos seguían de lejos. En el misterioso silencio de la noche del desierto comprendí por qué los huicholes consideran sagrada a esta planta, y sagrada cada cosa que esté viva, sagrada la tierra, unida al cielo, unida al Todo.

Había ido a buscar a Mexico la experiencia mística, la puerta hacia el otro lado de la realidad ordinaria. Y ahí estaban escritas, brillantes como las estrellas de esa madrugada, todas las respuestas, incluso, a preguntas que nunca me había hecho.
Llegamos al pueblo justo antes de que amaneciera, y a paso decido entramos al caserón por la parte de atrás, atravesando un huerto.
Fui directo a ver a Doña Margarita. Cuando llegué, la encontré despierta.

- Sabía que estabas volviendo -me dijo cuando abrí la puerta- Me lo avisaron los pájaros.


Música para la ruta: Jack Johnson

El antiguo campeón de surf Jack Johnson, reconocido desde hace algún tiempo por su música simple y natural, presenta su quinto álbum Sleep through the static esta noche en París, en POPB (Palais Omnisport de Paris Bercy, 8 boulevard de Bercy, París). En los próximos días sigue su gira por Europa y en agosto estará en California. Todo el tour, aquí.


El sueño del delfín

“El delphinus, cuando quiere dormir, flota en la superficie del agua; una vez dormido, empieza a caer suavemente hasta el fondo del mar, donde se despierta al sentir del el golpe de su propio cuerpo contra las rocas; cuando esto se produce, vuelve a subir a la superficie del agua; una vez allí, vuelve a dormirse para emprender de nuevo su descenso hasta el fondo, donde volverá a despertar, y así, flotando de arriba abajo y de abajo arriba, descansa en continuo movimiento.”

(Benedickt Chmielowski: La nueva Atenas o la Academia Scientiae plena)


De la huerta a la feria de Aix

Se puede llegar de casualidad y estar ante un auténtico ejemplo de turismo espontáneo. Pero con las fechas y horarios a mano, uno puede asegurarse la visita. Los martes, jueves y sábados, desde las 7 de la mañana hasta las 13 -ni un minuto más- hay un mercado de frutas y verduras en la Plaza Richelme, a metros del Hôtel de Ville de Aix en Provence. Todo fresco, mucho olor a hierbas, a queso, a embutidos y a rúcula cortada hace media hora, no más.

El mercado está en la misma plaza desde la Edad Media.

Los puesteros gritan y son malhumorados. Pero siempre dan a probar, no una mísera miguita, sino un buen bocado de chorizo casero, de salchicha bañada en hierbas de Provence.

Ajos fuera de serie. Sólo verlos daban ganas de cortarlos y freirlos. O de llamar a Cézanne para que improvise una naturaleza muerta de ajos con cáscara roja.

Variedades desconocidas y resplandecientes de cebolla de verdeo.

En el mercado los precios son mucho más bajos que en el supermercado, y la mercadería mucho más real. En el super, las frutillas de frigorífico parecen plásticas y anémicas.

En los mercados de La Provence, la lavanda nunca falta. Ni las mezclas de hierbas aromáticas para acompañar “todas las cocinas”. La bolsita de lavanta cuesta entre 2 y 6 euros según el tamaño. Me dijo el que las hace y vende que la guarde en el cajón, y cada dos o tres meses la frote para que salga con más intensidad el aroma maravilloso.


Próximas vacaciones

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