Clarinetes del mundo
Desde hoy hasta el 7 de agosto, Montevideo es sede del Encuentro Internacional de Clarinetes. Una idea original de Gervasio Tarragonal Valli, el joven y talentoso clarinetista uruguayo que toca en este video.
Desde hoy hasta el 7 de agosto, Montevideo es sede del Encuentro Internacional de Clarinetes. Una idea original de Gervasio Tarragonal Valli, el joven y talentoso clarinetista uruguayo que toca en este video.

Falta un rato para el partido de Uruguay Alemania por el tercer puesto y la miles autos y balcones tienen la Celeste. La gente está nerviosa, contenta, confiada. Pero más allá del resultado, ya se preparan los detalles para recibir a la selección, que llega el lunes y va directo al Palacio Legislativo donde los recibirá Mujica para condecorarlos.

Todavía no se sabe el resultado de hoy. Pero Uruguay ya le agradece a su selección por esta performance que no se había visto en 60 años. En el registro de nombres hubo una tendencia en el último mes: María Celeste, Mía Celeste y Mario Abreu fueron los más elegidos. También hubo una consulta: ¿se puede poner el nombre María Vuvuzela? El director del registro civil dijo que no es ofensivo, que si alguien lo quiere usar, ¡adelante!
Después de saltear varias páginas de política y maldecir porque me perdí una convención de gemelos, mellizos y parecidos en el Planetario, encontré en el Clarín de ayer una encantadora carta que John Berger le escribió al ladrón de los cinco cuadros del Museo de Arte Moderno de París.
No lo hostiga por haber cometido el robo, al contrario, le agradece por haberlas liberado del mercado especulativo del arte y devolverlas a su función primordial: ser objetos de placer.
A continuación, la imperdible carta:
“Me enteré de tu hazaña al leer Le Monde el 22 de mayo. El título del diario era: “Obama anota un punto contra el lobby financiero”. Después de una larga vida de dedicación a las artes plásticas, me parece que también tú te anotaste un punto. Es por eso que te escribo con respeto y cierta admiración.
Robaste cinco telas, más bien chicas, pero muy elegidas, del Museo de Arte Moderno de París. (El pequeño Picasso de 1912 es una de mis pinturas cubistas preferidas, y la vi por primera vez seguramente antes de que tú nacieras).
Ubicaste los lugares con mucha anticipación; sabías que el sistema de alarma estaba descompuesto; te tomaste tu tiempo; no dañaste las telas al retirarlas del marco; las sacaste del marco con gran cuidado; y partiste con las pinturas bajo el brazo. Estoy seguro de que te preocupaste de que no se rasparan.
Ahora las tienes escondidas. Las puedes conservar y observarlas. Puedes vendérselas a un coleccionista privado con el que ya te has contactado.
Pero ni él ni tú pueden venderlas en el mercado, ni ahora ni en un futuro previsible. Esas telas se convirtieron -como en otro tiempo esperaban sus autores- en objetos de placer y dejaron de ser, gracias a tu acto, objetos de especulación financiera.
Se te acusa de robo, y las pinturas recuperaron su inocencia. Los abogados sostendrán que privaste al público de su derecho a ver cinco obras adquiridas con dinero público o recibidas mediante una donación. Es verdad. Pero si comparamos esa modesta pérdida con los efectos devastadores colosales del mercado especulativo y de sus fuerzas sobre la forma en que pensamos el arte en la actualidad, así como su lugar en treinta mil años de historia de la humanidad, la “privación” de la que eres responsable parece apenas un detalle.
El riesgo que corriste y lo que conseguiste tienen como corolario que sólo se puede amar una obra de arte por sí misma, sin relación alguna con su cotización en el mercado. Para gran alegría nuestra, esas cinco telas que te llevaste con tanto cuidado ahora dejaron de tener precio.
Tal vez pienses exigir un rescate. No sé por qué, pero lo dudo. Si ese es el caso, olvida lo que he dicho.
De lo contrario, una sugerencia. Devuelve una de las telas. Elígela tú mismo. Con la condición de que una vez que se la vuelva a colocar en el museo, la historia de lo que le sucedió se cuente y explique por escrito a su lado. Yo mismo me voy a encargar de ello.”
(Copyright Le Monde y John Berger, 2010. Traducción de Joaquín Ibarburu.)
Silvia Guiducci vive con su familia en Madrid. Hace poco más de un año pasó sus vacaciones en Argentina y un día nos encontramos en la pileta de unos amigos. Hablamos de vivir en otro país, del café helado, de viajes y más.
En un momento, me contó que tenía una idea: hacer un documental sobre las mujeres y la maternidad. A partir de sus propias inquietudes y las de una amiga, María Cabo, pensaron en reunir un grupo de mujeres y entrevistarlas para recolectar diferentes visiones, conceptos y experiencias sobre la aventura de la maternidad.
Hace unos días me escribió para contarme que esa idea ya es un hecho y tiene nombre: Re (Tales). Esto no me lo dijo, pero leí por ahí que el corto documental fue nominado al Mejor Cortometraje en los Premios de la Agencia del Cortometraje Español.
Le pregunté a Silvia por qué eligieron ese nombre, ya que el significado que conozco de retales es retazos. Esto fue lo que me respondió:
“El título es así por varios motivos: 1) además de las entrevistarlas, a las chicas que participaron les pedimos que trajeran una prenda de vestir para regalarnos, esas prendas fueron cortadas en unas especies de hilos para convertirse en una obra plástica. 2) porque a las dos nos encanta esa palabra. 3) (Re) Tales, escrito así, en inglés es: “referido a historias, relatos”, y también nos gustó este significado.
Y en lo personal, desde hace varios años mis trabajos están hechos con materiales de “desecho”, cosas viejas, (sobre todo telas, trapos, prendas en desuso) por algún motivo cada vez me interesan más, y va mas allá de la onda “ecofriendly”, tiene que ver con una necesidad de revisar y buscar, volver a usar, encontrarle un nuevo sentido a las cosas, una nueva identidad.
También pensamos que todos somos retales/retazos de…, pedacitos vueltos a juntar de genética, de aprendizajes, de costumbres, de modelos familiares y sociales, etc. Por lo tanto no le damos a ésta palabra el sentido despectivo que suele acarrear. Por último, el material con el que hicimos el documental son retazos de historias.”
¿Y las protagonistas?
El próximo domingo 14/3 se proyectará en el CDI Arganzuela, calle Canarias 17, metro Palos de la Frontera (L3), a las 19. Muy pronto, ¡en Argentina!
Este fin de semana, Hotel España, el nuevo libro de Juan Pablo Meneses, sale a la venta en Argentina.
En sus páginas, el autor recorre distintos hoteles España del continente y en el camino se cruza con controles policiales, fiestas inolvidables, un pueblo andino con wifi, contrabandistas ballenas y la pista de hielo más grande del mundo. Un libro que redescubre la América Latina del Bicentenario.
Hotel España tiene una particularidad: se presenta en giras. JPM ya dio vueltas por media Latinoamérica y en estos días, cuando logre salir de Chile, llega a Buenos Aires para nuevas presentaciones. Durante abril, el tour sigue en Córdoba, Rosario y La Plata.
A continuación, un adelanto exclusivo del libro.
Podemos intentar escribir el mejor libro de viajes. Contar nuestras experiencias, relatar aventuras, mostrar nuevos paisajes y relatar tierras nuevas. O podemos querer contar todo un continente, la tierra de Los España a doscientos años de su independencia, sin embargo, sigo creyendo que el más noble de los libros de viajes es el pasaporte.
Aunque la Real Academia Española lo defina burocráticamente como la licencia o despacho por escrito que se da para poder pasar libre y seguramente de un pueblo o país a otro, el pasaporte sigue siendo, de lejos, el más sencillo y efectivo diario de viaje. Un libro de tapas gruesas que lleva tu foto y tu nombre, dándole a la publicación la importancia que te mereces. Una bitácora íntima e intransferible que va resumiendo, certeramente, el rumbo que ha corrido tu vida en los últimos años.
La paranoia de los escritores frente a la hoja en blanco, los viajeros la viven con el pasaporte vacío. Pocos, salvo a los que les gusta andar de un lado a otro, pueden entender el encanto que produce el timbre aduanero de un país exótico. Intercambiar pasaporte con alguien, mientras se espera la conexión retrasada, pesa más que compartir toneladas de novelas de aeropuerto.
Aplicando la moral de Augusto Monterroso, defensor de la literatura breve y autor del cuento más corto de la historia, el pasaporte es el libro de viajes perfecto: apenas el nombre de un país, timbrado en tinta lila, te lanza a recorrer largos arrozales asiáticos; una visa en un alfabeto indescifrable es suficiente para que, al tocarla, casi huelas otra cultura; una simple fecha en rojo sirve, y basta, para recordar interminables caminatas por un viejo continente. Literatura directa. Concisa. Al grano, como para ridiculizar a los novelistas debutantes.
Ir llenando el pasaporte es ir escribiendo tu propio Moby Dick. Una novela donde la aventura viajera va atravesando todo el relato. Y en la que, por cierto, cada uno se encariña con distintos capítulos. En mi caso, suelo preferir dos. Uno por lo extraño, como cuando salí de Chile en barco y en el pasaporte quedó registrado un timbre con la palabra Valparaíso. Y otro, por lo ausente, cuando estuve en la Triple Frontera: quedó el timbre de salida de Argentina y, dos días más tarde, el de ingreso a Paraguay. Pasé dos días en Brasil sin ningún tipo de registro, lo que algún crítico podría traducir en un salto de tiempo que puede llegar a ser interesante.
Pero, claro, en el mundo de los pasaportes, como en el de los libros, la apariencia de las portadas influye mucho. Más de lo que un autor quisiera. Una tapa que diga United States y adentro lleve tu foto puede abrirte las puertas de nuestro mundo, pero llenarte de sospechas si visitas al enemigo. He visto ecuatorianos y peruanos teniendo que desnudarse en España por la tapa de sus pasaportes, y no quiero ni pensar lo que debe ser llenar un libro de viajes personal cuya cubierta tiene escrita las palabras Irak o Palestina. Aunque ahora el pasaporte chileno esté en alza, nadie parece recordar que por años fue un lastre que pesaba más que un piano, y que te negaran la visa era tan común como un estornudo.
La importancia de las portadas lleva a casos increíbles. Conozco santiaguinos de toda la vida, que crecieron yendo a las reuniones dobles en el Estadio Nacional, que se pasean por Sudamérica con pasaporte italiano. Una amiga recorre el mundo con documento austriaco, aunque nunca estuvo allí. Y he visto latinoamericanos malgastar cinco años de su vida en España sólo para conseguir una cubierta europea para su libro. ¿Vale la pena tanto sacrificio?
Seguramente, vale la pena. Eso lo sabe cada uno. Tal como cada uno sabe lo que significan los diferentes timbres que van llenando el pasaporte. Hace poco, hablando con un viejo periodista deportivo argentino, me dijo que en todos sus años de carrera nunca escribió un libro: sólo llenó pasaportes.
Y me lo dijo sereno, con la tranquilidad de un autor que se sabe respaldado por una gran obra.

¡Extra – Extra! En la revista Lugares de este mes, que apareció hoy en los kioscos, escribí un artículo con 25 imperdibles de Nueva York. El primero es conseguir Time Out, el mejor calendario de eventos de la ciudad. Recomendación N°1: dejar las valijas y salir a comprar la revista. El Village Voice es un buen complemento. Otros imprescindibles: Brooklyn Heights, The Blue Note, Gospel en Harlem, los thrift shops y más. Los que no viven en Argentina pueden leerlo aquí, en unos días, cuando esté online el link.
En la revista también hay notas sobre distintos barrios con onda de América: Condesa y Coyoacán, en México; Santa Teresa, en Río de Janeiro y los highlights de Toronto, con buenísimas fotos.
Los países, las provincias y hasta los medios se apropian, respectivamente, de “sus” afectados en Machu Picchu. Los diarios argentinos, los chilenos, los costarricenses, los uruguayos, cada uno rescata un universo privado, un viaje en primera persona.
Mientras leo las historias, los rescates, la tragedia me apropio de mis recuerdos. Hice el Camino del Inca el año del cólera, 1991. A fines de enero, princpios de febrero. Llovió tres de las cuatro noches que pasé en la montaña. Antes llovía, pero como me dijo Jerry, uno de los amigos con los que compartí esos días, “ahora el clima está de thriller”.
No sé si ya existían las telas inteligentes, pero a América Latina no llegaban seguro. Caminaba con jeans y un sueter de lana tejido por una tía, y húmedo el 80 por ciento del día. Entre las medias y las zapatillas se ponían bolsas plásticas. Con eso y todo, los pies terminaban hechos sopa.

Hace 19 años hacer el Camino del Inca costaba 13 dólares. Hoy hay que pagar alrededor de 300 por un tour que incluye guía, comidas, entradas. No se puede hacer de otra manera y no es fácil conseguir cupo: sólo entran 250 personas por día. Fui con Elizabeth, mi amiga del colegio, que a partir del segundo día de caminata tenía tres de los cuatro síntomas del cólera. Recuerdo que llevábamos mochilas de rezagos militares y una “mantita de viaje”. Alquilamos una carpa en Cuzco, era pésima. Y compranos dos plásticos enormes para ponernos arriba de las camperas, que no eran waterproof.
Hace 19 años no había Internet. Sí había guías de viaje, pero no eran populares, y no las compramos. Rebeldía de la edad, negligencia, ganas de hacer sin receta el trekking más famoso del mundo y el primer gran viaje solas, quién sabe, pero no la compramos. En aquella época, la mayor parte de la información de un viajero -latinoamericano, al menos- era el boca a boca. Hago la aclaración porque de repente me acordé de una pareja de australianos que llevaba una guía con tips increíbles. Con la mayoría de los viajeros uno se encontraba en el campamento, por la noche. A los australianos los vimos cuando nos pasaron. No daban pasos, lo suyo eran zancadas.
De tan largo, el segundo día casi no termina. La subida a Warmiwañusca, a 4200 metros de altura. Un sendero finito como los que hacen las vacas. Pero las vacas no llegan tan alto. Si llegaran serían vacas voladoras porque el cielo está ahí. A un par de nubes de distancia.
En las montañas conocimos a Jerry y a Topo, unos chilenos divertidos, mucho mejor equipados que nosotras. Nos hicieron bromas, nos reímos y enseguida fuimos amigos. Seguimos juntos el camino. Juntos comimos la polenta más rica del mundo, con el hambre de un yaguareté. Ahora es obligatorio ir con guía, pero antes uno se cocinaba, a menos que se contratara un porteador que también preparaba la comida al llegar al campamento.
El quinto día, como todos, amaneció nublado y lloviznando. Pero después de cruzar la Puerta del Sol se despejó un rato. Bajamos a las ruinas corriendo, temblando las rodillas, con la brisa en las mejillas, cumpliendo un sueño. El sueño de alejarse un rato de la civilización y transitar por las montañas de los incas . El sueño de descubrir que se puede llegar lejos con las piernas y el espíritu. Un sueño simple y noble, que la turista y el guía que murieron hace unos días, lamentablemente, no llegaron a cumplir.
Mientras leo las historias de las noticias, me apropio de mis recuerdos. La sensación incómoda de la lana mojada, los paisajes de ceja de selva, el Urubamba encajonado entre los valles, la extraña mezcla de cansancio y emoción de alcanzar cada noche la meta, un momento de agotamiento cuando me pregunté qué estaba haciendo ahí y por qué no me fui a la playa. Me acuerdo de la piedra gris del Intihuatana y del miedo de una noche entera de lluvia. No voy a olvidar la generosidad de los chilenos, que compartieron lo que tenían con nosotras, ni la última trepada al Huayna Picchu, tomados de una soga gruesa para no perder el equilibrio. Arriba, no había ni un turista. Sólo nosotros, en las nubes.
(Post dedicado a Jerry y a Topo, mis amigos hasta hoy, y a Eli, que se salvó del cólera)

Martín González es un camarógrafo argentino que cubre Actualidad para distintos medios de América Latina y España. Hace dos semanas que está trabajando en Haití. Además de registrar lo que quedó de Puerto Príncipe, el otro día le tocó viajar a Leogane, un pueblito cerca de la ciudad que se destruyó en un 80 por ciento. Después de ese viaje, escribió la crónica que sigue (la foto es del autor).
“En mi vida he intentado hacerme el escritor miles de veces y he fracasado sistemáticamente, ahora me encantaría tener un poco más de pluma para contar las cosas que me ha tocado ver y vivir en Haití. Esto que estoy escribiendo es otro intento, pero a veces me pasa que para escribir tengo que pensar demasiado en lo que me tocó ver y acá no tengo la oportunidad de esconderme atrás de la cámara de video, de hacer de cuenta que estoy viendo todo en la pantallita como si estuviera viendo la tele, lejos de lo que está pasando.
No sé qué me hizo pensar que cubrir como camarógrafo la tarea de reparto de agua por parte de la Cruz Roja Española me iba a hacer ver Puerto Príncipe sólo de refilón, para bien y para mal. Pero acá las historias brotan de todos lados, te van pechando, te cachetean, se te cuelgan del pantalón. Te miran con una sonrisa sentadas en un montón de escombros las historias.
Leogane es un pueblito a 35 km de puerto Príncipe, ahí hay un equipo de la Cruz Roja potabilizando agua. Hacia allá fuimos, con Leonel, nuestro chofer que no habla más que creole pero nos entendemos a la perfección. Todos dimos por sentado que el otro sabía dónde se encontraba el campamento de la Croix Rouge Espagnole, media hora más tarde, después de recorrer un pueblo compuesto por ayuda humanitaria, gente en las calles y escombros, llegamos al mentado campamento en el patio de la Ecole Saite-Rose de Lima… y a ahí viene la cachetada!
La escuela primaria dirigida por monjas es un montón de escombros del tamaño de un puño y un poco más. Parados sobre lo que imaginamos habrá sido el aula de 5to grado, José Luis, mi amigo y compañero de trabajo y yo, tratamos de pensar que no estaban en clases cuando ocurrió en sismo, calculamos la hora, hablamos de doble escolaridad. Tratamos de negar el hedor que brota de entre las piedras, no hay mucha más información, ni nosotros ni los del campamento nos atrevemos a preguntar mucho a los lugareños, muy posiblemente, padres.
Ya en una de las carpas del campamento, a escasos 30 metros del montón de escombros que era una escuela, donde un montón de niños tomaban nota hace una semana atrás, nos encontramos con mapas, cajas, radios y una foto: 43 niñas y un monja nos miran, todos sentados en sus pupitres, la mayoría serios, con sus trajecitos impecables. Confirmé lo que ya sabía, el impacto de las imágenes y el valor que tiene el hecho de que quede un registro, un recuerdo. Ahora las historias truncas que se quedaron ahí abajo tienen un rostro y eso pega fuerte.
A la noche en mi tienda de campaña, trato de imaginar cómo fueron los minutos anteriores al terremoto, las risas, los vestidos impecables, la maestra de catequesis o de matemáticas escribiendo en el pizarrón, el calor hasta que en un determinado momento todo se empezó a mover y ahí mejor pará de pensar Na mio rengue kyo, a poner la mente en blanco.
A la mañana siguiente un poquito antes de que emprendiéramos el regreso nos acercamos nuevamente al montón de escombros, la idea era investigar los papeles que quedaron desparramados en un sector. Entre esos papeles estaban las copias de las actas de nacimiento de Dergelie, Brenda, Shanaïca, Djoseline, Mihalel. Ya no son un montón de escombros lo que veo”.
En Río de Janeiro hay más de mil favelas donde viven casi dos millones de personas, y si no es por la visita de Madonna o Carla Bruni, la mayoría de las veces aparecen en los medios por muerte, violencia, hambre.
Quizás por eso, esta noche oscura, el taxista sube el morro Tavares Bastos desconfiado, en silencio. En cada curva parece que desistirá. Pero Renata Bernardes, la pasajera que está a mi lado, lo anima a continuar. “Es el bar de un inglés, ¿no lo conoce? Se llama The Maze y se ha puesto de moda, salió en el periódico la semana pasada, siga, siga, que ya llegamos”, le ordena. Él no responde. Conduce cada vez más lento hasta que dice basta. Bajamos del auto.
Las primeras imágenes que a uno se le aparecen después de la palabra favela son automáticas: crimen, pobreza extrema, narcotráfico, niños en peligro, tiroteos, la película Ciudad de Dios, muerte, hacinamiento.
Pero cuando bajo del taxi no veo nada de eso, más bien una escena alegre, bien carioca. El paisaje: bares con sillas afuera, pasillos que ingresan al morro, música, gente. A lo lejos aparece un hombre con una polera donde se lee
The Maze, que significa laberinto. Él nos guiará por el interior de la favela hasta el bar. El ambiente en The Maze podría ser el de un bar de jazz del SoHo. Hay cariocas, turistas que hablan inglés y francés, parejas mixtas, de brasileñas negras y gringos rubios. La casa tiene una arquitectura mediterránea y enredada, con escaleras, varios pisos y balcones con vista a los cerros iluminados. El creador del proyecto, más conocido como “el inglés del bar en la favela”, llegó por primera vez a Brasil hace 30 años. Era un productor de cine, harto de su vida en Londres y deprimido por una separación. Se embarcó con destino América del Sur, y una tarde de Carnaval arribó a Salvador, vio a todos vestidos de blanco, bailando, y supo que se quería quedar ahí. No se lo dijo a nadie, pero el barco se fue sin él.
Se quedó un tiempo hasta que le tocó ir a la guerra del Líbano. “Fue tan duro lo que viví que a la vuelta necesitaba un lugar donde pudiera esconderme de la Humanidad. Así encontré esta favela, hace 28 años”, me dijo antes de una sesión de fotos para una revista italiana.
Cuando llegó a la favela trabajaba como corresponsal para la BBC, descubrió casos de policías corruptos y comenzó una campaña para erradicar el narcotráfico en Tavares Bastos. No fue fácil, y la cercanía del Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE), la policía de élite de Río, lo ayudó. Hoy, en el morro Tavares Bastos y en la cercana Pereirão, no se trafica droga ni hay armas. Son favelas limpias o recuperadas, que se usan de escenario para novelas, miniseries y películas de Hollywood, como Hulk. Ahí está el bar de jazz del que todos hablan en Río, que también tiene un hotel y un centro cultural, y trabajan alrededor de 30 personas. Una de ellas es el rastaman que a las tres de la mañana nos guiará de vuelta por las ruas finitas como un spaghetti, hasta la parada de los taxis que se animan a subir.