La maravillosa levedad de las apsaras

Las apsaras ablandan la piedra. Por eso me gustan. Las elegancia de sus gestos, cómo quiebran la cadera, la sonrisa serena y una actitud leve, propia del cuerpo en el agua. Se mueven todo el tiempo, aunque están quietas desde el siglo XII.

Las conocí una mañana en Angkor Wat, Camboya. Recorría templos devorados por la selva y colonizados por monos de cola larga cuando me llamó la atención un friso con cinco mujeres llenas de gracia.

Bailaban con cada centímetro de su cuerpo inmóvil. Tenían collares gruesos, brazaletes, aros, corona y nada de ropa.

Son ninfas celestiales, me dijo un chico que practicaba para guía. Eso quiere decir apsara en sánscrito. Representan el espíritu de las nubes y de las aguas en las mitologías budista e hindú. Eran las hermosas esposas de los músicos de la corte de Indra, el rey de los dioses en la mitología hindú. Y danzaban para seducir y entretener a hombres y a dioses. Se las asocia con ritos de fertilidad y con la inspiración.

También están en los templos eróticos de Kajuraho, India, y en Borobudur, en Indonesia. Pero las de Angkor son espectaculares. Le dan vida a palacios muertos. No sólo las cinco que vi bailar esa mañana, hay más de 1700 asparas en Angkor. Cuántas compañías de danza metidas en la misma selva húmeda.


Las piscinas masculinas de David Hockney

Desde mañana, gran expocisión del artista británico en la Royal Academy of Arts, de Londres. En mayo, en el Guggenheim Bilbao.


Parada chancha en Karnataka

Encontré esta foto y la sujeté con un imán a la heladera. Hace días que la veo y hoy la voy a contar.

El primer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el calor. Con ráfagas de aire húmedo, como salido del sauna. Y las nubes espesas de una tormenta que nunca llegó.

Karnataka es un estado del sur de la India. Limita al oeste con Goa, el estado más pequeño del país, donde está la famosa playa de las fiestas electrónicas. Cuando estuve por ahí vi más europeos que indios. La capital de Karnataka es Bangalore, el lugar donde se fabrica el software, el Silicon Valley indio.

Las mujeres de Karnataka son preciosas. Usan saris de colores fuertes y telas brillantes, aros largos en la orejas, en la nariz y tantas pulseras que sus brazos parecen sonajeros. En la playa se paraban frente a mi estera para mostrarme artesanías. Cuando abría los ojos por el sonido de sus joyas no veía a una mujer, sino un caleidoscopio.

Habíamos tomado el micro temprano, cruzaríamos el estado de Karanataka para conocer las ruinas de Hampi, que son Patrimonio de la Humanidad. El micro estaba lleno y avanzaba confiado por una ruta de media mano y a medio asfaltar.

Después de un par de horas de viaje,de repente, se detuvo. No fue porque había una parada ni porque alguien pidiera bajar. Se detuvo en el desierto, a la hora de la siesta. Optimistas, pensamos que sería una pinchadura, que pronto estaríamos nuevamente en camino.

Pasó una hora. Y otra. Los indios salieron del coche y se acluclillaron. Ellos esperan desde el llano, en cuclillas. Es común verlos agachados en las veredas, a los lados de las rutas, conversando en el piso de una estación. No se quejan, no arman escándalos, no preguntan qué va a pasar, si viene otro micro, cuánto falta.

Aceptan. Y esperan sin esperar.

El segundo recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el olor. Olor a mierda.

Pasaron tres horas. Me acuclillé hasta acalambrarme, me levanté, pregunté todo lo que pude, me quejé, como en una clase práctica de Occidental para dummies. En un momento tuve ganas de ir al baño. Un pasajero señaló una casa abandonada a unos cincuenta metros de la ruta. Me acerqué pisando pasto seco mientras pensaba que en ese clima habría escorpiones y arañas.

(A partir de acá el relato es escatológico. Lectores impresionables, mejor cambiar de post.)

La construcción era un baño abandonado y, sepan disculpar, cagado. La expresión más exacta sería un baño hecho mierda. Las letrinas rebalsaban de excrementos, igual que el piso. Todavía no entiendo por qué no salí corriendo y busqué una plantita en ese momento. Pero no lo hice. Muy al contrario, entré en uno de los dos cubículos y entorné la puerta. Ahí estaba, haciendo equilibrio y a punto del desmayo por sobredosis de mal olor cuando escuché el ruido de la puerta de afuera.

Dije lo primero que me salió: “¿Hay alguien ahí?”  Nadie respondió. Después: “Está ocupado”. Y también: “¿Quién es?” Cada vez, sin respuesta. Volví a escuchar otro ruido, más cerca, casi en la puerta de mi cubículo. Entonces, con los pantalones a medio subir y cara de pocos amigos abrí la puerta.

Y sí, había alguien ahí.

Un chancho adulto, negro y peludo que también me miraba con cara de pocos amigos y mierda en el hocico. Le grité pero no me hizo caso. Fue él quien me echó del baño. Un cerdo pesado que no buscaba trufas.

El tercer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es la plantita que encontré después y desde donde saqué esta foto en la que están todos. Todos, menos el chancho. Un chancho de mierda.


Me crucé con esta carabinera bizarra cerca del Mercado Central de Santiago de Chile, en unas cuadras de barrio chino que hay por ahí. Imágenes como esta me animan a seguir viajando. Metro: Puente Cal y Canto.


El abrazo del bibosi y el motacú

Cuenta una leyenda del oriente boliviano que había una vez dos jóvenes que se amaban.

Para variar había un problema grave: eran de dos etinias distintas y sus padres no los dejaban verse y mucho menos estar juntos. La boda de la bella joven ya estaba arreglada con otro, que seguramente era un tonto.

Entonces, como suele pasar en estos casos, los amantes se escaparon. Corrieron durante horas y horas por la selva hasta que se sintieron a salvo. Y ahí, amparados por tajibos (lapachos) y toborochis (palos borrachos) se dieron un abrazo tan pero tan tan fuerte que murieron asfixiados.

Escuché esta historia en la plaza de San Ignacio de Velasco, por quedarme un par de minutos mirando cómo una pareja de jóvenes que se besaba apasionadamente en el banco de la plaza.

- Parecen el bibosi y el motacú, me dijo un hombre que andaba por ahí y señaló la planta que se ve en la foto.

El bibosi es un tipo de ficus que se enrieda apasionadamente sobre el motacú, una palmera débil y con frutos ricos.

La leyenda termina contando que en el pedazo de tierra donde cayeron los amantes asfixiados creció el primer bibosi en motacú.


Evita en los muros de Barracas


Guía mínima para viajar a Marruecos

Tardes atrás me contó Aniko Villalba que pronto se irá de viaje. Esta vez conocerá España, visitará parientes y después, seguramente cuando haga más frío, cruzará a Marruecos.

Si se te ocurre algún dato, ¿me escribís?, me pidió antes de despedirnos. Pensé entonces en mis recuerdos marroquíes. Y pensé también que no quiero darle imperdibles (“Lee El cielo protector antes de viajar”) ni nombrar lugares (“No dejes de ir a Marrakech”) porque creo que ella los encontrará en el camino y en la Lonely Planet o similar.

En cambio, se me ocurrió una lista de palabras clave. Una guía mínima, básica, una síntesis de la síntesis, palabras que serán una pista para explorar. Algunas remiten a lugares, otras llevan a una plaza, a un mercado, a la historia, a las montañas, a un plato de verduras y cordero o a un sonido que se repite en Marruecos: el llamado del muezzin para el rezo diario. No es una guía definitiva, todo lo contario, es una lista abierta con muchas páginas libres.

Atlas
Azul añil (Chefchaouen)
Babouche
Bereber
Bowles
Caravana
Ceuta y Melilla
Corne de gazelle (Kaab Ghzal)
Couscous
Chilaba
Dátil
Desierto
El Rif
Fuentes/agua/aguatero
Hassan II
Jemma el Fna
Kasbah
Ketama
Naranjas
Magreb
M’ Hamid
Medina
Mosaico
Muezzin
Oasis
Salamalecom
Souk
Tajine
Teñideros de cuero
Thé à la menthe
Zagora
Zona Internacional


Más de JFK en La Pampa

Lo único que se me ocurre para explicar la inmediatez es que Miguel Machesich recibe alertas de Google cada vez que aparece algo nuevo sobre Quemú Quemú en la Web.

Entonces, ni bien escribí el post anterior se comunicó para contarme que tenía más información, que Quemú Quemú es su pueblo de nacimiento, que había escrito algunos artículos sobre el monumento para el diario La Reforma de General Pico.

Rápidamente, lo invité a contar algo para Viajes Libres, y esto es lo que escribe el periodista pampeano, que hoy vive en Chubut.

Siempre me intrigó esa elevación provocadora que apareció hace más de 40 años en medio de la llanura, muy cerca de mi pueblo natal. La búsqueda de las razones y anhelos de sus realizadores, sin embargo, se oscureció también siempre. Las voces críticas, con diferentes fundamentos, que fueron desde lo práctico a lo ideológico, desde el humor a la extravagancia, se impusieron al silencio de los reales protagonistas y no respondieron a lo esencial.

¿ Qué llevó a la construcción de esa mole de cuarenta metros con una simbología extraña, con una inscripción en su cúspide sólo descifrable  desde al aire, muy cerca del ingreso a Quemú Quemú, en La Pampa? ¿Qué dicen hoy aquellos jóvenes, autodefinidos como “entusiastas e irresponsables”, sobre lo que hicieron? ¿Qué significa hoy ese monumento a un joven presidente norteamericano, de origen católico y  víctima mortal de un atentado de raíces oscuras que despertó un generalizado pesar?

Esa búsqueda me llevó a Fernando Demaría, poeta y filósofo, descendiente de las familias ligadas con el origen de ese pueblo pampeano y principal actor de aquellos momentos, vividos en la esplendorosa década del ‘60.

“Uno está inmerso en circunstancias históricas y esa circunstancia histórica nos reveló la pérdida de John F. Kennedy en ese momento. Creo que surgió como una gran nostalgia por una personalidad eminente que había desaparecido, una atmósfera colectiva de pesar por lo que había sucedido. Notar como reaparecían las fuerzas retrógradas y del mal, cortando una vida ilustre y progresista. La inspiración para mí fue de origen colectivo”, me contó una tarde en su departamento en Buenos Aires.

“Para nosotros John Kennedy era una expresión de una nueva conciencia. Hablábamos de una nueva conciencia que, además, es una idea que se remonta hasta San Pablo. En sus Epístolas se habla de que hay que desvestirse del hombre viejo y asumir el hombre nuevo. A veces uno percibe en la evolución humana la necesidad de que surja una nueva conciencia, algo depurador. Y Kennedy representaba eso: la posibilidad de una depuración del espíritu colectivo, de la historia en ese momento”, agregó.

Los pormenores del acto inaugural con un célebre discurso del reconocido crítico y periodista Rafael Squiru, por entonces Director de Asuntos Culturales dela Organizaciónde Estados Americanos (OEA), confirmaron esta visión.

Aquel 29 de mayo de 1967, Squirru había iniciado su provocativo discurso reivindicando a los indios.Hay todavía mentalidades en la Argentina que se enorgullecen de decir que aquí no hay indios. Es para recordarles a esas mentalidades que todavía quedamos algunos”, disparó apenas comenzó a hablar, mientras explicaba las razones de su puesta de un poncho araucano sobre los hombros. Entonces se escucharon los primeros aplausos. Los segundos serían al mencionar a John Kennedy, “un hijo del sol”.

Fernando Demaría dice hoy que “ahí, en la pampa, quedó implantado un ideal, porque el monumento es una obra que hace reflexionar. Creo que los que pasan por ahí se preguntan qué significa. Esas preguntan requieren una respuesta espiritual, movilizan el espíritu”.

“Creo que es un interrogante espiritual plantado en medio de la pampa y todos los interrogantes espirituales para mí son fructíferos y positivos, activan a las mentes, llegan a las conciencias. Y más ahora que está iluminado de noche”.

Enhiesto e enigmático, el monumento a John F. Kennedy sigue allí, despertando interrogantes a los extraños. Con el paso de los años ya forma parte del paisaje pampeano y se ha convertido en símbolo de Quemú Quemú. Pero para quienes somos de allí y de vez en cuando regresamos a la tierra natal es una referencia ineludible y querida. Al tomar la ruta provincial N° 1 en Catriló, lo empezamos a buscar en el horizonte interminable. Distinguirlo entre los árboles de la gran llanura nos tranquiliza. Verlo, acercarse y llegar significa que hemos llegado, que, al fin, ya estamos en casa.


Los pantalones de JFK, en Quemú Quemú

De lejos parecen pantalones de vaquero. Pero es un monumento a JFK, construido en el acceso a Quemú Quemú, un pueblo muy pueblo de La Pampa.

¿Qué hace ahí, entre campos de girasol, cardos rusos y pinos ? ¿A quién se le ocurrió?

Al principio hubo críticas y polémica, pero después de cuarenta años, la gente del pueblo lo incorporó como extensión del pueblo, por las tardes algunos se acercan a tomar mate a la sombra, otros se sacan fotos o miran pasar los autos por la ruta.

El monumento se construyó en 1967, algunos años después de su muerte. Al parecer un escribano quemuquemuense convenció al pueblo de hacerlo en honor al ex presidente. Es de hormigón armado, tiene 40 metros y, según explican por acá, representa el espíritu elevado de JFK y el corte en el medio, su vida interrumpida por la muerte.

Mientras escribo esto, me entero que en otro pueblo argentino, San Francisco, en Córdoba, hay otro monumento a JFK. Al parecer serían los dos que existen en América Latina. Dice en el artículo que está descuidado, así estaba el de Quemú Quemú hace unos años, cuando lo vi por primera vez. Para llegar abajo de la estructura había que atravesar un alambre vencido y caminar entre pastos altos. Ahora, el pasto está cortado y no me extrañaría que en algún tiempo a alguien se le ocurriera cobrar entrada. Quizás podrían pensar, también, en contar cómo llegó ese monumento a ese lugar.


Tres diarios

Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo.

Conozco a Pancho Mouat por el Empampado Riquelme, la historia increíble historia de un hombre que se perdió en el desierto de Atacama, se empampó y durante más de 40 años no se supo de él.

También supe que hace poco, Mouat lanzó su nuevo sello independiente, Lolita Editores, que este mes presenta varias novedades entre ellas la reedición de Equipaje de mano, de Juan Pablo Meneses.

En Tres viajes el autor rescata tres diarios de viaje escritos por tres personas amigas que en diferentes momentos de su vida llevaron una agenda de vida.

El primero es el diario de José Luis López Zubero, un oftalmólogo español que en 1967 fue voluntario en Vietnam y durante los dos meses que estuvo allí hizo curaciones, operó, nadó, escuchó bombas, vio lo mejor y lo peor del ser humano, caminó entre amaneceres brumosos, fue a fiestas Hibye (de bienvenida y despedida, constantes en la guerra) lloró y escribió.

Sábado 17 de junio
Me voy caminando un kilómetro a desayunar, en la bruma del amanecer. Paso a través del mercado con sus bicicletas y escucho la propaganda de los altavoces. El teniente chulín, que se cree alguien siempre con su rifle, me lleva después al hospital. Hago dos cataratas y una reconstrucción de párpado. Veo a una niña de 13 años que parece de 5. Después vamos a comer y a nadar dos horas. Los pilotos de los helicópteros comentan sus muertes y la suciedad del país, todos con bronceadores, gualetas y colchonetas de agua. Hay unos “esclavos” arreglando una lavandería para las monjas. Volvemos. Leo Qué verde era mi valle. Lloro. Pienso en mi madre y en el pasado. Aquí  en Vietnam veo todo más objetivamente. Sin teléfono, sin televisión. Sólo las bombas de lejos me recuerdan que la muerte está cerca. Veo Lord Jim de nuevo: “Lo que importa no es lo que haces, sino por qué lo haces”.

El segundo diario lo firma Fernando Plazuelos y fue escrito en 1987, con veintipocos años, cuando se aventuró a los mares del sur soñando con hacerse millonario durante la fiebre del loco. En vez de eso, aprendió a hacer pan, comió erizos hasta cansarse, naufragó frente a la costa y escribió un diario de viaje que después guardó en una caja de zapatos durante casi veinte años.

Lunes 11 de mayo
Llovió durante casi todo el día. Las discusiones van in crescendo y es natural, dada la gran espera y lo cerca que estamos del levantamiento de la veda. En esta ocasión la descarga de energía acumulada apunto al Chico Rigo, por su apozamiento individual en los roqueríos adyacentes a nuestro campamento. Creo que ha sido el día en que he comido más erizos en toda mi vida. Comencé en la mañana y aún acostándome tuve que regalar un plato lleno, porque no podía más.

Con Teodoro Perico fuimos a buscar luma a un bosque distante y muy hermoso.

El último diario es una breve agenda de Dolores Ezcurra, una mujer enferma de cáncer que debe criar sola a sus dos hijos y sabe que va a morir.

Sábado 25 de febrero
Dolores en la espalda y en el pecho. Flemas. Respiración. Dilatación de tragada. Puntadas.

Además de la selección y edición de los diarios, Mouat hace pequeñas entrevistas con los autores de los diarios. Y en el caso de Dolores, transcribe viejas cartas que ella le escribió durante años de amistad. Un libro donde el autor más que escribir, selecciona, edita, transcribe, muestra, comparte. Un libro y un acto de generosidad.




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