¡Viajes Libres en Ñ!

La mención del blog salió hace cerca de un mes, en el suplemento cultural Ñ. Me enteré por un amigo, que lo guardó y me avisó. Aunque no tengo la certeza, sospecho quién pudo haberlo reseñado y se lo agradezco.


Noticias del retortuño

A tardes de caramelo en la cocina de la casa de mi infancia, a eso me hace acordar el aroma del retortuño. Apenas se tostaba y era la base del flan. La mejor parte venía cuando nos daban una cucharita y cada hermano se buscaba un rincón para disfrutarla. Como perros con su hueso.

Si no hubiera sido por Víctor Abel Montesino, guardián de la capilla de Achango, no sabría qué es el retortuño. Cuando nos estábamos yendo del templo más antiguo de San Juan, el tipo se agachó, cortó una ramita y al abrir la mano tenía este resortito amarillo.

Montesino vive solo en Achango, quizás por eso cada vez que llega un turista quiere conversar. Muestra frutos, cuenta historias, nos hace subir al campanario. Todas maneras de estirar la compañía o acortar la soledad.

La planta del retortuño es bajita, achaparrada y, como muchas en esta tierra árida, tiene espinas largas, blancas y pinchudas. Me pareció tan curioso el fruto -la forma, el color, el nombre- que junté varios para mis amigos. Hasta ese momento no había sentido el olor. Ya en Buenos Aires, la primera vez que sentí el aroma a caramelo, a vainilla suave no lo creí natural. Pensé que seguramente lo habría guardado cerca de una crema de manos y tomó el perfume. Pero no, busqué otro y después uno más y todos olían a caramelo y me llevaban a esas tardes de flan casero.

Contó Montesino que los antiguos lo usaban para teñir las alfombras y que ahora lo buscan las gitanas para diseñar sus amuletos.

Leí que la planta pertenece al género Prosopis strombulifera y a partir de un mismo pie crecen muchas plantas. El resortito es el fruto, adentro están las semillas que al parecer son verdes. No, todavía no lo comprobé porque es demasiado lindo para romperlo. Además, ya integra la galería de talismanes que uso para escribir.


Venecia, 1960

En una tarde de orden de cajones mi mamá encontró esta foto hecha postal, donde está ella con sus padres en la Plaza de San Marcos, en Venecia. Fue su primer viaje a Europa, en 1960.

Me contó que para el avión la madre le mandó a hacer un vestido con saco al tono. Llevaba ramito de flores en la solapa, tacos altos, medias largas y cartera. Parece que en la nave de Swiss Air había una sala de estar donde se iba a conversar y a fumar y a “conocer gente”. Ahora entiendo por qué hoy, más de cincuenta años después, todavía le parece raro verme subir a un avión en jeans y zapatillas.


Pequeñas colonizaciones

Colonizar, un viejo término vigente en todos los ámbitos.

Me cuenta un amigo mexicano de Iguala, una ciudad del estado de Guerrero, sobre sus pagos. Dice que en el próximo viaje no debería perderme una fiesta de 15 años en su tierra. Que las niñas se hacen unos vestidos increíbles, ya no blancos sino azules, rojos, tornasolados, pomposos como un merengue. Cada año las revistas marcan un color de moda.

Las señoras, madres, tías y comadres de las niñas, llegan al convite todas emperifolladas. Y existe una fiebre por llegar temprano. Lo primero que hacen es encontrar una mesa vacía y acercarse el centro de mesa hacia el pecho. Niguna discreción, sin pudor. Con la frente alta acarician el que será “su” souvenir y el de nadie más. Para que esa otra señora que se acerca no tenga dudas. No las tiene, por eso cuando ve que el centro de mesa ya tiene dueña, pasa de largo ofuscada y busca una mesa vacía.

Dice mi amigo que el gusto por el souvenir es tan extremo que él ha visto con sus propios ojos cómo cuando la fiesta terminó estas madres, tías y comadres de quinceañeras se paran en puntas de pie para descolgar adornos de la pared. Hasta que se acerca un camarero y le explica que ese adorno no es de la fiesta, que es del salón. Que no puede descolgarlo, señora, que por favor, la fiesta ya terminó.

Esta guerra por el souvenir me recordó a otra guerra mínima: la del asiento del avión que queda libre en el medio.

Me pasó en el último vuelo del DF a Buenos Aires. Fila del medio, pasillo. Se cierra la puerta y descubro que tengo dos asientos libres al lado. Me puedo estirar y dormir sin tortícolis.

Bien. Me esperan nueve horas de calidad. No como a la ida que tenía al lado un tipo que no entraba en su asiento y rebalsaba hacia mi brazo. La vida da revanchas. Sonrío y pienso en la bandeja de avión y la copa de vino y cómo voy a dormir.

Pasan tres o cuatro segundos, lo que duró el pensamiento anterior y un hombre con su mochila se pasa rápidamente de la fila de la ventana y ocupa el otro pasillo. Cae como caen los meteoritos. Me mira y apoya su mochila en el asiento que quedó libre en el medio. Es flaco y rubio, de unos treinta años, pero estoy segura de que se parece a las señoras de Iguala cuando se acercan el centro de mesa.

No me quedo atrás y me apropio la mantita de ese asiento y la almohada. Entonces él abre la mesa y apoya los formularios de migraciones. Y yo pongo la revista que estoy leyendo al lado de su mochila y levanto el apoyabrazos. Si alguien viera la escena desde afuera pensaría que en cualquier momento nos vamos a las manos.

Pero viene una turbulencia fuerte y el avión se sacude como una licuadora y en vez de arañarnos nos miramos y por unos segundos le tememos juntos a la muerte y después él me pide una birome y yo le pregunto si está de vacaciones y tácitamente acordamos que en este viaje el asiento del medio es de los dos. La guerra queda para el próximo vuelo.

(Espero entrenarme antes con las madres, tías y comadres en una fiesta de 15, en Iguala).


El olvido y el recuerdo

“El olvido es necesario; tiene un papel muy activo. Porque lo que se olvida va dibujando las formas de lo que no se olvida. Es como un trabajo de escultura. Lo que queda no es un recuerdo, simplemente, sino un recuerdo trabajado por el olvido”.

Un pensamiento de Marc Augé en esta entrevista, donde también habló del ciclismo, el “tiempo puro” y su hit ochentoso: los no lugares.


Chocotejas de Ica

De envoltorio cuidadosamente despeinado con flecos de papel, las chocotejas tienen interior dulce y guardan una sorpresa.

Estos dulces tradicionales nacieron en Ica, unos 300 kilómetros al sur de Lima, pero hoy se consiguen en muchas ciudades de Perú.

La cobertura, como lo indica el nombre, es de chocolate. Adentro, manjar y más adentro, en el corazón, pasas o limón o naranja o higo o guindones o nuez pecana.

Al parecer, en un comienzo, fueron tejas, sin el baño de chocolate, que se le habría ocurrido a Doña Elena Soler de Panizo, para hacer feliz a alguno de sus siete hijos.

Quien piensa ir a Perú de vacaciones seguro que se topará con ellas en un mercado, en una vidriera, en la calle. Para todos los demás, aquí está la receta


Ricardito, un dulce

Típico dulce uruguayo, cuesta menos de un dólar y es riquísimo.


El cuaderno nepalí

Sería injusta si llamase a esto souvenir, aunque me lo haya traído un amigo como recuerdo de su viaje.

Es un cuaderno hecho a mano en Nepal, con muchas, muchísimas, hojas. No las conté, pero pesa tanto como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, el librote de Murakami que por fin terminé.

No digo que es un cuaderno boutique porque el término me saturó. Sí digo que es un objeto precioso. Las hojas son de papel chiffon, hecho a base de puro algodón. Parece un lienzo. No se extrañen si en breve cuento que empecé a pintar.

Las cubiertas son de un papel llamado lokta, que se logra a partir de la pulpa de una planta de la familia del laurel llamada Daphne Papyracea, que crece en las alturas nepalíes. En la región del Himalaya se hace papel desde hace más de mil años, y leo por ahí que esta variedad se utilizaba antiguamente en Nepal, Bután y el Tíbet para contener los manuscritos religiosos. Cada vez tento menos ganas de usarlo. Ay.

Además, claro, fue realizado según las normas del comercio ético. ¿Que dónde lo compró? En París, en la boutique del Pompidou. Cuanto le costó no sé, pero imagino que más o menos lo mismo que el libro gordo de Murakami. Una cuestión de peso, quizás.

Mientras lo miro de frente y de perfil, cuando recorro la textura rugosa y deshilachada de los cantos, descubro con cierto pesar que mi nuevo cuaderno nepalí tiene por lo menos dos problemas.

El primero es estético: tres líneas con esa letra que tengo, peor que la de un médico de guardia bastarán para arruinarlo en minutos. El segundo problema es más grave: de repente me dieron tantas ganas de volver a Katmandú. Namaste.


¿Malestares?

En las calles y en los mercados de Jujuy y Salta, la medicina casera de Perú se vende tanto como la hoja de coca. La mayoría de las veces está vencida, pero dicen las vendedoras que no hay problema, que hace efecto igual. No pude resistirme al packaging tropical. Adentro de cada cajita hay una lata de aluminio con un ungüento mentolado de color verde o amarillo, según las propiedades. Creo que esta noche probaré la combinación de eucalipto y copaiba, recomendada para roturas de huesos y tortículis.


Cartas de amor zulú

Porque Africa está en primer plano, porque Argentina sigue en carrera mundialista y seguramente porque me quedan muchas cartas de amor por escribir y ojalá por recibir, me acordé de las Zulu Love Letters.

Y revolví el armario hasta que encontré la que traje de Sudáfrica hace algunos años. En zulú se llaman ncwadi y son trabajos en mostacillas. Ahora, forman parte del kit de souvenirs, junto con la talla negra y el Amarula, pero en algún momento se usaron como ofrendas de afecto y amor.

Las bordaban las mujeres. Servían para acercarse a la persona amada, para transmitirle los sentimientos.

Parecen escudos de pertenencia. Escudos de amor con el lenguaje de las mostacillas, las formas geométricas y los colores. El blanco, como siempre, habla de la pureza y el amor verdadero. El rojo, de la pasión, del amor intenso que hace sangrar el corazón.

El azul simboliza la soledad que se siente por estar lejos del ser querido; el amarillo, los celos; el negro, el dolor y la rabia. Si a uno le toca una carta de color azul con una franja blanca, ojo, es una señal de atención. En ese caso, la carta trae un mensaje: “Mejor elegí, parecés una langosta, saltando de arbusto en arbusto”.

En zulú, en ruso o en español. Con mostacillas o tinta china. El soporte puede cambiar, y hasta el continente. Pero las vueltas del amor son más o menos las mismas.




rss twitter facebookinstagram

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

El mejor trabajo del mundo

Categorías

Archivo

  • 2017 (4)
  • 2016 (3)
  • 2015 (12)
  • 2014 (34)
  • 2013 (60)
  • 2012 (88)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)