Chita: la tela mais alegre do mundo

País alegre, ¿tela alegre? Eso se podría inferir al conocer la chita, que se pronuncia shita y es el género más popular de Brasil. Lo usaba Gabriela, la de clavo y canela, la novela de Jorge Amado. Y la usan muchos de los 200 millones de habitantes, desde Oiapoque hasta el Chui (eso quiere decir, de punta a punta). 
La chita es una tela estampada con flores de colores fuertes, como los que se ven en las fotos. La chita nunca tiene un mal día, si fuera una persona, esta tela estaría siempre sonriendo.
Para detallistas: si las flores son como las de la primera foto, el tejido se llama chita. Si las flores son más grandes, como en la segunda foto, se dice chitão, y si son minis, como en la tercera, se usa el diminutivo: chitinha.

La chita es una tela barata (desde 3 dólares el metro), confeccionada con algodón de segunda calidad y a veces, también con mezcla de polyester y algodón. Cuenta la historia que llegó a Brasil con los conquistadores portugueses, que a su vez la habían traído de sus viajes a la India. En aquél tiempo la chita no se llamaba así y quizás no era floreada sino con dibujos arabescos. Pero tenía el espíritu de esconder bajo un estampado simple un género de calidad dudosa. Pasó por Inglaterra y Francia y en cada lugar le dieron su toque. Hasta que llegó a Brasil y se encantó de alegría.
Quizás por eso, porque es una tela viajera, la chita se adapta. Y puede ser falda de una campesina del sertão y cortina de un hotel pop y tapizado de una silla cool diseñada por Phippe Stark hace unos años.

En la historia de la chita hay tela para cortar. Eso habrán pensado Renata Mellão, Renato Imbroisi que hace unos años publicaron el libro Que chita bacana, que presenta una mirada al género a partir de la historia de Brasil.
Por tratarse de una tela popular, muy distintinta del preciado algodón mercerizado, durante mucho tiempo fue mirada en menos. Pero hace algunos años, la chita se reivindicó y famosos diseñadores presentaron creaciones con chita en el San Pablo Fashion Week, y en el último Carnaval fue el tema de la una escola carioca de samba.
Una tela estampada con flores que parece que bailan y se ríen sólo podía ser brasilera, ¿no?


La lista de Thomas

calendarioaztecaEstán las personas que se van de viaje y no traen nada para nadie. Están también las que eligen con dedicación el recuerdo justo para tal o cual amigo y las que compran algo de apuro en el Free Shop. Y están las personas que cumplen con una lista de souvenirs pautada con anticipación. Este último fue el caso de Thomas Klesper.

Cuatro días después de conocerlo, acompañé a Thomas a La Ciudadela, un mercado en pleno DF donde es posible encontrar las artesanías más representativas del país. Antes de ir, me imaginé que tardaríamos mucho tiempo, varias horas pensando qué podría regalarle a su sobrina y qué a su cuñado. Pero enseguida, Thomas me contó que traía una lista con los regalos para parientes y amigos. Ordenada y sintética, sin margen para errores, ésta es la lista de Thomas:

Mamá: figuritas de paja tipo navidad, de ésas que se cuelgan en el arbolito.

Bruna (abuela): colgante de plata con el calendario azteca (decía maya pero los vendedores entienden).

Alicia (tía): amates, las típicas pinturas sobre corteza.

Sofi (sobrina): blusita blanca con bordados de colores (oaxaqueña o de Chiapas, eso no lo decía pero después se enteró que son las más lindas).

Gabi y Guille. dos candelabros y un cenicero haciendo juego.

Para las amigas de la reunión de los miércoles, una cajita laqueada y tallada, tipo alhajero, un amate y una botella de tequila Corralejo (una para cada una, se entiende).

Agregado de último momento: caramelos de tamarindo para Guille (esto no figuraba en la lista, fue un dato telefónico).

Hace un rato, le escribí a mi nuevo amigo Thomas para contarle que había subido el post. Después de leerlo, me dijo el remate que me faltó: “Te confieso algo: ¡para mí no me compré nada!” El colmo del souvenir.


El vendedor de globos de Querétaro

Se llama Fernando. Lleva alrededor de 200 globos y pelotas. Los vende entre 2 y 5 dólares en el Jardín de Querétaro. El sábado de vacaciones “por la tarde” es su mejor día.


Alex Aldama, el dios de Fuego 718

Fuego 718 es uno de los primeros negocios de la nueva época de Williamsburg, un barrio de Nueva York que hoy aparece en las revistas de tendencias y tiene locales cool y se deshace en onda.

Cuando el catalán Alex Aldama llegó aquí con su novio gringo, ocho años atrás, había casas bajas y vecinos de clase media, era un lugar olvidado de Brooklyn. Pero él tuvo un presentimiento, olfateó que había que quedarse y montar el negocio allí. Eso hicieron y hoy están en el centro de la escena, entre locales de ropa vintage, cafés recomendados y chicos que van por la vida en skate.

Ni bien entré en Fuego 718 sentí que estaba adentro de un caleidoscopio. En la tienda hay espejos, telas brillantes, corazones rojos de aluminio, colores de Oaxaca, colores de Cuzco y de Antigua Guatemala, colores en las paredes, en el piso, colgando del techo, en la camisa de Alex y en todas partes. Fuego 718 guarda, en 249 Grand Street, una muestra de los colores de América Latina.

Descubrí el local cuando se celebraba en Estados Unidos el Día de la Madre y, como cada día de la madre desde que abrió, estaba todo rebajado un 40 por ciento. Alex impuso este detalle en honor a su madre Ignacia Anglada Hernández, para él, la mujer más maravillosa del mundo.

Después de conversar un rato, puedo decir tres cosas de Alex Aldama: 1) que es una de esas personas que viven muchas vidas en una. Trabajó en La Fura dels Baus y en el Sónar de Barcelona, ahora tiene este negocio en Nueva York y pronto piensa retirarse y vivir en el campo, en Murcia. Apenas pasó los 50, pero se convenció de que está cansado; 2) que el tipo es una especie de concentrado de amor. El poco rato que pasamos juntos me hizo sentir tan a gusto como un amigo de siempre. Y todo, absolutamente todo lo que dijo tenía un fondo dulce y amoroso; 3) que si lo ve Pedro Almodóvar seguro que lo recluta para su próxima película.

Mientras tanto, Alex espera a sus clientes decidido a hacerles pasar un buen rato, a dejarlos disfrutar del color y del calor en Fuego 718, una tienda de regalos brillante como un caleidoscopio.


Chinatown: pashminas, dumplings y “Lolex”

“¡Lolex, Lolex!”, les dice el chino a los que pasan a su lado. Está parado en la esquina de Baxter y Canal, la avenida principal del Chinatown de Manhattan. Después de unos segundos entiendo que los lólex son Rólex truchos que vende en una oficinita al final de un pasillo largo.

Pero pocos lo pescan. Lo que más salen son las pashminas con dibujos búlgaros (si, ¡volvieron los búlgaros!) de todos colores. También hay anteojos, joyas y mujeres en estado de desesperación porque ¡llegaron los nuevos modelos de Louis Vuitton, Prada y Gucci a veintipico de dólares!

Como todos los barrios chinos, éste también es ruidoso, suena en chino, tiene un templo, olor a ajo saltado y una excelente pescadería donde Daniel Franco, un filipino con el que conversé un rato, viene cada jueves a comprar cangrejos vivos (3 por 7 dólares), langostinos, calamares, anguilas y los mejores frutos de mar que se consiguen en la ciudad.

Los mangos, frutillas, cocos, uvas  cuestan la mitad que en Midtown y son más reales. Me refiero a que la fruta no se expone lustrada y brillante como si fuera un anillo de oro ni se vende por unidad, como en el Midtown. Aquí, la fruta parece fruta. Para ingredientes frescos, la mejor calle es Mott, una de las primeras tres que formaron el barrio chino a mediados de 1800 (las otras dos, Bayard y la cortísima, Pell).

El Chinatown de Manhattan tiene alma de pulpo: si bien las calles principales están al Sur de Canal y al este de Broadway, también hay negocios y restaurantes y supermercados en el vecino Lower East Side. Y Little Italy, que es tan pequeño que parece que pronto se lo comerán con palitos. Entre los residentes legales y los ilegales, el Chinatown conforma la comunidad más grande fuera de Asia.

Además del templo budista con su enorme Buda sentado en una flor de loto, se puede visitar la Iglesia de la Transfiguración, que es la iglesia de los inmigrantes, y donde celebran misa las colectividades irlandesa, italiana y también china (hay sermón en cantonés). El MOCA (Museo de los Chinos en América), que cuenta la historia de la inmigración china a través de videos, fotos y objetos. Actualmente está en proceso de expansión, a fin de año abrirá en 215 Centre St., casi en el SoHo.

Sobre Canal y Mulberry encontré un supermercado ideal para comprar especias, tes deliciosos, candys con paquetes súperpop. El subsuelo está repleto de cerámica china y, mejor aún, japonesa. Hay fuentes, bowls, tazas y también implementos para sushi.

Hablando de comida, en Chinatown hay más de 200 restaurantes. En muchos, se pueden pedir los famosos dumplings de cerdo o el pato laqueado. A propósito, algunos creen que aquí es donde terminan los patos del Central Park en invierno…


Vajilla vintage en Fish’s Eddy

Escribo mientras como unas galletitas chocolinas. Las puse en un plato de loza blanca y  resistente, con una guarda de rombos verdes que dice The Plantation House en tipografía dorada. Lo compré hace unos días en Fish’s Eddy, un santuario de vajilla en Nueva York. O como dice su divertido slogan en inglés: Dish is the place.

Fish’s Eddy queda en Flatiron District, entre Chelsea y Gramercy Park, y se ha hecho conocido por vender vajilla vintage: platos, tazas, soperas, jarras, azucareras que alguna vez vistieron las mesas de elegantes hoteles y restaurantes que ya no existen o cambiaron el servicio.

La historia del lugar es más o menos así. Resulta que veinte años atrás, los dueños viajaban en una pick up azul por las rutas del oeste americano, iban a la pesca de rarezas. Al parecer, un día se toparon con un granero medio incendiado, donde no había quedado mucho. Sólo pilas de loza con siglas y guardas y nombres, pero sin usar.  Así empezó el negocio que hoy es un clásico en la ciudad para comprar vajilla para todos los días, platos que soportan el paso del tiempo (y también los incendios).

Entre los destacados de Fish’s Eddy se encuentran los cuchillos de la Primera Clase de Pan Am, a 10 dólares. Cuando se lo comenté a una tía vieja, me miró como si le hablara de algo más común que un vaso de supermercado. Y agregó: “Tendría que llevar los míos a ver cuánto me dan. No son de primera, pero están más limpios que los de esa foto. ¿Cómo van a vender eso? O mejor, ¿quién los compraría?”, se preguntó en voz alta. Después, le conté sobre la cultura vintage y me prometió guardarme una bolsa de “tesoros”.

Además de los oldies, que siempre están, Fish’s Eddy tiene diseños propios con el skyline de la ciudad, loza blanca básica, vasos de caperucita roja, colecciones de platos de vidrio de color, cubiertos y tazas para sopa. Descontando los objetos vintage que están de moda y son más caros, los precios de la tienda son lógicos y siempre hay sales.

Atención, el lugar tiene dos problemas: el primero, que es necesario andar con sumo cuidado porque todo, t-o-d-o, se rompe. El segundo, la tentación de querer comprar objetos difíciles de transportar.       

Lo más probable es que The Plantation House, la inscripción dorada de mi plato de chocolinas, haya sido de un hotel de los años setenta que en algún momento cerró sus puertas y remató la vajilla que, con el tiempo, fue a parar a un granero del Lejano Oeste. Y después llegó a Nueva York y ahora a Buenos Aires. Se lo ve saludable al platito, todo indica que seguirá girando.


Otro viaje

Viaje: (en el argot médico argentino). Dícese cuando el recorrido que hace un cirujano con el bisturí es más largo de lo habitual. Los viajes de los médicos se convierten en cicatrices, las marcas que recuerdan que cada cuerpo es un paisaje único.


La insoportable nueva levedad de los recuerdos

Cada tanto, tiro todo. Pero mientras tanto, cuando viajo me gusta guardar la entrada al museo, el ticket de metro, la boleta del restaurante, una hoja amarilla si es otoño, algún folleto, mapas, tarjetas o papelitos con direcciones de gente que voy conociendo en el camino y, claro, el boarding pass.

Me temo que esto último ya no será posible. El Web check-in da tiempo, pero quita recuerdos. Y eso del tiempo, ejem, ya no es tan notorio. Hace seis meses, el Web check-in no tenía fila. Hace dos días, cuando me embarqué a Santiago de Chile, tenía la misma cantidad de pasajeros que el check-in tradicional. Presenté una impresión del check-in electrónico, pero se la quedaron en el último control, antes de subir al avión.

Algunos dirán que los recuerdos no necesitan el cartón del boarding ni ese papelito viejo y doblado que uno encuentra cuando hace orden, de vez en cuando. Yo creo que si. Creo que ese papelito viejo y doblado y encontrado al azar, dispara recuerdos de viaje, los trae un rato a la superficie, inaugura una corriente de aire lejano y conocido.

Lo mismo pasaba con las cajas de fotos viejas. Mirarlas cada tanto era una fiesta. Desde hace un tiempo, las fotos son digitales y rara vez se imprimen. Entonces, uno siempre mira las mismas cajas viejas. Y parece que llegara siempre a la misma fiesta.

La nueva levedad de los recuerdos me resulta insorpotable. Por eso decidí que desde hoy voy a guardar el ticket del equipaje. Aunque se destiña con el tiempo, aunque ocupe lugar. No quiero perder mi archivo caprichoso de los viajes.


El libro de souvenirs de Michael Hughes

 

El fotógrafo freelance Michael Hughes convirtió en libro su proyecto Souvenir. ¿En qué consistía? Durante sus viajes, compraba réplicas de los típicos souvenirs -una vela, una taza, un almohadón, un llavero, un auto o puente en miniatura-, los ubicaba en el lugar del original y sacaba una foto creando una ilusión óptica. Un detalle: sólo usó souvenirs comprados en el lugar y que se pudieran tomar con una mano.

Después de varias notas en diarios y revistas, su libro que salió hace apenas dos meses, ¡ya se agotó! Mientras tanto, en Flickr se pueden ver las fotos de algunos souvenirs clásicos y otros más originales. Por aquí.


A Taxco no vuelvo más

Ayer me llegó un correo contándome que desde este mes la revista peruana Etiqueta Negra se consigue también en Miami. En Etiqueta se pueden leer crónicas de viaje, crónicas en general, ficciones. Es una revista con lectura asegurada para todo el mes.

En el número de julio escribí un texto breve, una suerte de confesión sobre Taxco, una ciudad a la que como leerán, no volvería. La nueva Web de la revista está en construcción, por eso copio el texto abajo. Antes, una recomendación: cuidado con Taxco.

“Hacer shopping en un pueblo-escalera es inhumano. Por eso no volveré a Taxco, la ciudad donde viven los artesanos plateros más famosos del mundo, la Meca de la Plata donde todos los sábados hay un tianguis –como llaman en México a los mercados– de plata, pero sobre todo una ciudad de plata entre laderas y cerros donde siempre hay que subir o bajar.
Es una mañana de sábado y, desde el DF, he demorado tres horas de viaje en un bus. Me da tiempo para pensar qué quiero comprar: seis pares de aros de plata, un collar –¿o dos?– de plata, algunos dijes y cinco regalos de plata para mis cinco amigas.

–En un rato lo resuelvo y después recorremos el pueblito –le digo a mi novio que me acompaña.
Prefiero la plata al oro. Supongo que me atrae más el color, el brillo, la temperatura. La plata me parece más fresca, menos pesada aunque pese lo mismo. Una vez, hace muchos años, me dijo mi abuela que algún día me interesará el oro, más adelante.
Porque ahora he llegado a Taxco, la ciudad de la plata, y me bajo del bus apurada. Es cierto que preguntando se llega a Roma, pero me gusta más la idea de llegar por mi cuenta. Decido que esa calle angosta y empedrada me conducirá a la plata. Entre los nervios y la subida, alcanzo el final jadeando.

Arriba hay negocios de plata con letreros que dicen: «Artesanos Plateros», «Platería antigua», «Diseños prehispánicos». Pero son carísimos. Esto no es el tianguis que me había imaginado. Miro la hora: son las 13.40 y aún no compro nada. Peor aun, la ciudad se ha llenado de turistas europeos que cambian euros y compran y compran y compran. Y compran plata. Mejor pregunto dónde está el tianguis, no hay tiempo que perder. Quiero comprar plata. Me dicen que baje por ahí, que doble en la primera y ya. Así lo hago y, después de doblar, encuentro mi tesoro: una vía larga, fina y oscura como los pasadizos árabes, con miles de puestos uno pegado al otro, todos radiantes de plata: aros, collares, pulseras, dijes, medallas, colgantes que me miran. Todo Taxco está mirándome como nunca nadie me ha mirado. Aunque, ahora que lo recuerdo, aquél vestido verde en São Paulo también me miró lindo.

Los sábados de feria, Taxco provoca. El pueblo entero se convierte en joyería descomunal, con millones de accesorios al alcance de la mano, sin la distancia de las vidrieras. Los sábados de feria, Taxco es redundante como una torta que tiene dulce en el relleno y en la cobertura también. Llama a la gula, al pecado. Y porque tengo temor de Dios, no volveré a Taxco.
Me brillan los ojos, por fin he llegado. Siento que he descubierto algo. No sé ni me importa que en Taxco haya talleres de platería desde 1930. Tampoco me interesa la historia, ni el barroco ni las visitas turísticamente obligadas. En este momento estoy en el cuerpo de un conquistador que ha llegado a su destino y ahora tiene que arrasarlo. Pienso en Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando descubrió las Cataratas del Iguazú. Éste es mi momento, tengo que concretar la primera compra.
–Señora, ¿cuánto valen esos aretes?
La mujer me dice que sólo vende al por mayor, que debo que llevar diez pares como mínimo. Taxco se está complicando. Sigo al otro puesto, pero ya no sé si me gustan los aretes largos de plata o los topitos con una turquesa. La gente me empuja y, sin quererlo, estoy en el puesto de al lado, que vende collares. El hechizo de Taxco, un sábado, se termina a las cinco o seis de la tarde. Miro el reloj otra vez: son las tres y todavía no compro nada. Comprar sin tiempo puede ser fatal y en Taxco el tiempo siempre falta. Por eso no volveré a Taxco.

En un momento veo un collar de perlas de plata y él me ve a mí: amor a primera vista, pienso. Lo compro y a partir de ahí empiezo a gastar. Me desato, corro por las calles como un caballo desbocado con sed de plata. Me olvido de mis amigas, me colma un egoísmo planetario que me da miedo pero es incontrolable. Compro con la rapidez de un incendio. Compro plata hasta que se me acaba la plata. Quiero gritar como grita Prince. Pero pido más, como piden los jugadores compulsivos.
Mi novio, que hace rato que me mira preocupado, me dice que me presta, que vamos a un cajero. El cajero se traba y la plata no sale. Mientras, la otra plata está ahí reluciente, esperándome. Pienso en separarme, en vender mi cartera, en cambiarla por plata. Pienso en lavar copas en un bar de Taxco, en asaltar a unos gringos. Hasta quiero pedir limosna en la catedral de Santa Prisca. Pero no hago nada. Simplemente bajo la calle como con la mirada infeliz de un penitente. Me subo al autobús de regreso al DF y, acariciando mi collar de perlas de plata, juro por el Cristo de los Plateros que a Taxco no vuelvo.”




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