Cartas de amor zulú

Porque Africa está en primer plano, porque Argentina sigue en carrera mundialista y seguramente porque me quedan muchas cartas de amor por escribir y ojalá por recibir, me acordé de las Zulu Love Letters.

Y revolví el armario hasta que encontré la que traje de Sudáfrica hace algunos años. En zulú se llaman ncwadi y son trabajos en mostacillas. Ahora, forman parte del kit de souvenirs, junto con la talla negra y el Amarula, pero en algún momento se usaron como ofrendas de afecto y amor.

Las bordaban las mujeres. Servían para acercarse a la persona amada, para transmitirle los sentimientos.

Parecen escudos de pertenencia. Escudos de amor con el lenguaje de las mostacillas, las formas geométricas y los colores. El blanco, como siempre, habla de la pureza y el amor verdadero. El rojo, de la pasión, del amor intenso que hace sangrar el corazón.

El azul simboliza la soledad que se siente por estar lejos del ser querido; el amarillo, los celos; el negro, el dolor y la rabia. Si a uno le toca una carta de color azul con una franja blanca, ojo, es una señal de atención. En ese caso, la carta trae un mensaje: “Mejor elegí, parecés una langosta, saltando de arbusto en arbusto”.

En zulú, en ruso o en español. Con mostacillas o tinta china. El soporte puede cambiar, y hasta el continente. Pero las vueltas del amor son más o menos las mismas.


La Calle de las Brujas

A más de 3.600 metros de altura, cuando uno cree que si da un paso más La Paz saldrá volando, ahí queda la calle Linares, también conocida como la Calle de las Brujas.

Estas brujas son cholitas especializadas en la venta de amuletos, ungüentos y menjunjes aromáticos para pedirle favores a la vida, desarmar maleficios, olvidar algún amor, encontrar un trabajo, curar a un ser querido.

“Los amuletos son para la casa y los talismanes, bien pequeñitos, para la cartera”, me cuenta Lourdes M., una de las brujas. El más vendido es el del amor y segundo el de la Pachamama, que en un primer vistazo puede parecer una figura algo monstruosa. Tiene tres cabezas que representa las tres etapas de la mujer -niña, joven, anciana-; una tortuga (larga vida) de un lado; una vívora (protección) enroscada; un sapo (fortuna); un pescado (salud) y una calavera (muerte).

Los talismanes de piedra son pequeños. Hay búhos (inteligencia); cóndores (¡buen viaje!), parejitas entrelazadas (amor); jaguares (protección para el hogar) y más. El talismán de cartera es una botellita mínima, con piedras de colores adentro y unos hilos de lana alrededor. Como comprar un arco iris.

De los puestos de las brujas cuelga el feto de un animal. En general está al costado, en un gancho de carnicería, y también suelto sobre una lona, como en la foto. “Son fetos de llama”, dice Lourdes cuando ve mi cara de espanto.

Los de llama se utilizan en el fundamento de una nueva casa, se mezclan con el cemento y los materiales de construcción. Menos a la vista están los fetos de chancho: son para sacar la maldad; los de oveja: para llamar al ánimo; los de vaca: para los trabajadores de las minas.

“¿Y de dónde sacan tantos fetos?”, le pregunto a Yvet F., la bruja de al lado. Dice que muchas veces cargan a la llama por demás, sin saber que está preñada, entonces se dan estos abortos naturales.

En eso estamos con Lourdes, Yvet y el abanico de fetos. No sé si será la altura o las especificaciones del caso, pero me siento mal. El llanto de un niño rubio de unos cuatro años rompe el silencio de la calle Linares. “¿Qué le pasa al niño?”, pregunta Lourdes sin bajarse de su almohadón enorme. Desde la vereda de enfrente, el padre responde: “Es que quiere ver una bruja y no aparece”.

Lourdes M. sonríe y me da el vuelto por el talismán de cartera que le compré. Quizás es pura sugestión, pero juro que cuando la saludo, antes de salir corriendo de esta calle de miedo, me parece ver una berruga en la punta de la nariz de Lourdes. Ella sigue sonriendo, con dientes de oro y la mirada en otra parte.


La hoja de coca no es droga

Eso dice la inscripción de las poleras que se venden como el último souvenir en La Paz: “La hoja de coca no es droga”.

Y es la idea que transmitió el presidente Evo Morales cuando mascó hojas de coca ante los miembros de la Comisión de Estupefacientes, en una sesión de la ONU, para pedir formalmente que se la retire de la lista de sustancias prohibidas.

“Si esto es una droga, entonces deberían encarcelarme”, dijo, y agregó un dato: cerca de 10 millones de personas consumen hojas de coca en los países andinos.

En Bolivia se consume mayormente en la región del Altiplano. La coca se chaccha o acullica, es decir que se hace un bolo de 10 a 30 gramos de hojas, se remoja con saliva y después de diez o quince minutos se añade una pizca de alcalinizante.

Me contaba un chofer de ómnibus que cuando le tocan las rutas difíciles y con precipicios, muy común en la geografía de Bolivia, no se hace una sino dos “bolas” o acullicos de coca para no tener hambre en el camino y estar atento y lúcido.

En el pequeño y bien documentado Museo de la Coca de La Paz leí la historia de esta planta, considerada sagrada por los pueblos altiplánicos. La coca tiene 4500 años. Se usó como alimento, ungüento y en sentido mágico, para protegerse de brujerías y cambiar la mala suerte.

La luchadora de catch boliviano, Yolanda La Amorosa, me dijo cuando la entrevisté hace algunos días, que machacada con alcohol es buena como analgésico para los tremendos golpes que recibe cada domingo en el Multifuncional de La Ceja.

La hoja de coca tiene una historia milenaria y un estigma: ser la materia prima para la producción de cocaína.

Bolivia es el tercer productor mundial de coca, después de Colombia y Perú. Se supone que la producción está controlada, pero muchos creen que no se cultiva sólo para el consumo. “¿O viste en tu viaje que todos los bolivianos coquean?”, me preguntó un paceño el otro día. Y no, no creo que coqueen todos. Mucho menos en La Paz.

Incluso, hay campos de cocales que se rocían con herbicidas, eso indica que no están destinadas al consumo directo. Como productor y representante de los cocaleros, el presidente defiende la hoja y en 2008 tomó la decisión de expulsar a la DEA del país. Los controles antinarcóticos en la ruta están, pero al parecer no son efectivos.

En mi caso, usé la coca para aliviar el mal de altura, y me traje una bolsita para preparar té. Me llenó la valija de un olor. Todavía se siente. Es un olor amargo, herbáceo, aymara.


¡Cien trillones de dólares!

En la última Patagonia, en la Patagonia lejana, solitaria y de rutas de tierra, las estaciones de servicio son más que un lugar para cargar combustible.

Son un psicólogo en viaje. Porque después de varias horas en el auto, uno necesita hablar, escuchar, mirar a alguien. Por eso las paradas no duran lo que tarda en llenarse el tanque. Duran, por lo menos, cuarenta minutos, una sesión.

Claudia y el Ruso atienden desde hace algunos meses la gasolinera de Tres Lagos. Aunque nadie aguanta mucho en un sitio tan remoto, la pareja está  entusiasmada. Paran viajeros de muchos lugares del mundo que recorren la ruta 40, y aunque la mayoría no habla español y ellos no saben otro idioma, se comunican bien.

Quizás para fomentar el intercambio, Claudia y el Ruso empezaron a coleccionar billetes extranjeros. Los guardan en una caja de zapatos y ya tienen una buena muestra de los cinco continentes.

Una noche oscura, paramos tarde a cargar combustible en Tres Lagos. Todavía faltaban 100 kilómetros de tierra y piedras, y nadie tenía muchas ganas de hablar. Por eso, los primeros minutos transcurrieron en silencio. Hasta que alguien preguntó por los billetes que se veían debajo del vidrio del mostrador. Entonces, Claudia se encendió, hizo un recorrido por China, Sudáfrica, Australia, Myanmar y señaló su pequeño tesoro: “¿Ven ese del medio, el azul? ¡Vale cien trillones de dólares!”, y agregó que era el billete con la denominación más alta que existe.

Un dólar de Zimbawe, el país con más inflación del mundo, gobernado hace casi 40 años por Robert Mugabe, un hombre que convirtió a los habitantes en millonarios con hambre. Mientras él es millonario en Suiza. Me recordó a cuando viajé por allá, con mucho calor y cortes de energía todos los días. Recuerdo la vez que cambié 100 dólares, me dieron tantos billetes que no sabía dónde guardarlos. No entraban en la billera ni en la riñonera. Uno se sentía que había robado un banco.

El billete de 100 trillones apareció hace un año y en ese momento era equivalente a 31 dólares. Hace un rato traté de usar un conversor de divisas pero no aceptaba los 14 ceros. Pero probablemente, hoy cien trillones de dólares apenas alcancen para comprar el pan del día.

Volviendo a la Patagonia, a Tres Lagos, a la estepa,  mientras el viajero descansa de la ruta, toma un café (de máquina de oficina) y compra alguna galletita (de paquete) puede cambiar billetes con los encargados de la gasolinera. Como se cambiaban  las figuritas en época escolar. Muchos se exponen en el mostrador, los que no entran van a la caja de zapatos.


Chita: la tela mais alegre do mundo

País alegre, ¿tela alegre? Eso se podría inferir al conocer la chita, que se pronuncia shita y es el género más popular de Brasil. Lo usaba Gabriela, la de clavo y canela, la novela de Jorge Amado. Y la usan muchos de los 200 millones de habitantes, desde Oiapoque hasta el Chui (eso quiere decir, de punta a punta). 
La chita es una tela estampada con flores de colores fuertes, como los que se ven en las fotos. La chita nunca tiene un mal día, si fuera una persona, esta tela estaría siempre sonriendo.
Para detallistas: si las flores son como las de la primera foto, el tejido se llama chita. Si las flores son más grandes, como en la segunda foto, se dice chitão, y si son minis, como en la tercera, se usa el diminutivo: chitinha.

La chita es una tela barata (desde 3 dólares el metro), confeccionada con algodón de segunda calidad y a veces, también con mezcla de polyester y algodón. Cuenta la historia que llegó a Brasil con los conquistadores portugueses, que a su vez la habían traído de sus viajes a la India. En aquél tiempo la chita no se llamaba así y quizás no era floreada sino con dibujos arabescos. Pero tenía el espíritu de esconder bajo un estampado simple un género de calidad dudosa. Pasó por Inglaterra y Francia y en cada lugar le dieron su toque. Hasta que llegó a Brasil y se encantó de alegría.
Quizás por eso, porque es una tela viajera, la chita se adapta. Y puede ser falda de una campesina del sertão y cortina de un hotel pop y tapizado de una silla cool diseñada por Phippe Stark hace unos años.

En la historia de la chita hay tela para cortar. Eso habrán pensado Renata Mellão, Renato Imbroisi que hace unos años publicaron el libro Que chita bacana, que presenta una mirada al género a partir de la historia de Brasil.
Por tratarse de una tela popular, muy distintinta del preciado algodón mercerizado, durante mucho tiempo fue mirada en menos. Pero hace algunos años, la chita se reivindicó y famosos diseñadores presentaron creaciones con chita en el San Pablo Fashion Week, y en el último Carnaval fue el tema de la una escola carioca de samba.
Una tela estampada con flores que parece que bailan y se ríen sólo podía ser brasilera, ¿no?


La lista de Thomas

calendarioaztecaEstán las personas que se van de viaje y no traen nada para nadie. Están también las que eligen con dedicación el recuerdo justo para tal o cual amigo y las que compran algo de apuro en el Free Shop. Y están las personas que cumplen con una lista de souvenirs pautada con anticipación. Este último fue el caso de Thomas Klesper.

Cuatro días después de conocerlo, acompañé a Thomas a La Ciudadela, un mercado en pleno DF donde es posible encontrar las artesanías más representativas del país. Antes de ir, me imaginé que tardaríamos mucho tiempo, varias horas pensando qué podría regalarle a su sobrina y qué a su cuñado. Pero enseguida, Thomas me contó que traía una lista con los regalos para parientes y amigos. Ordenada y sintética, sin margen para errores, ésta es la lista de Thomas:

Mamá: figuritas de paja tipo navidad, de ésas que se cuelgan en el arbolito.

Bruna (abuela): colgante de plata con el calendario azteca (decía maya pero los vendedores entienden).

Alicia (tía): amates, las típicas pinturas sobre corteza.

Sofi (sobrina): blusita blanca con bordados de colores (oaxaqueña o de Chiapas, eso no lo decía pero después se enteró que son las más lindas).

Gabi y Guille. dos candelabros y un cenicero haciendo juego.

Para las amigas de la reunión de los miércoles, una cajita laqueada y tallada, tipo alhajero, un amate y una botella de tequila Corralejo (una para cada una, se entiende).

Agregado de último momento: caramelos de tamarindo para Guille (esto no figuraba en la lista, fue un dato telefónico).

Hace un rato, le escribí a mi nuevo amigo Thomas para contarle que había subido el post. Después de leerlo, me dijo el remate que me faltó: “Te confieso algo: ¡para mí no me compré nada!” El colmo del souvenir.


El vendedor de globos de Querétaro

Se llama Fernando. Lleva alrededor de 200 globos y pelotas. Los vende entre 2 y 5 dólares en el Jardín de Querétaro. El sábado de vacaciones “por la tarde” es su mejor día.


Alex Aldama, el dios de Fuego 718

Fuego 718 es uno de los primeros negocios de la nueva época de Williamsburg, un barrio de Nueva York que hoy aparece en las revistas de tendencias y tiene locales cool y se deshace en onda.

Cuando el catalán Alex Aldama llegó aquí con su novio gringo, ocho años atrás, había casas bajas y vecinos de clase media, era un lugar olvidado de Brooklyn. Pero él tuvo un presentimiento, olfateó que había que quedarse y montar el negocio allí. Eso hicieron y hoy están en el centro de la escena, entre locales de ropa vintage, cafés recomendados y chicos que van por la vida en skate.

Ni bien entré en Fuego 718 sentí que estaba adentro de un caleidoscopio. En la tienda hay espejos, telas brillantes, corazones rojos de aluminio, colores de Oaxaca, colores de Cuzco y de Antigua Guatemala, colores en las paredes, en el piso, colgando del techo, en la camisa de Alex y en todas partes. Fuego 718 guarda, en 249 Grand Street, una muestra de los colores de América Latina.

Descubrí el local cuando se celebraba en Estados Unidos el Día de la Madre y, como cada día de la madre desde que abrió, estaba todo rebajado un 40 por ciento. Alex impuso este detalle en honor a su madre Ignacia Anglada Hernández, para él, la mujer más maravillosa del mundo.

Después de conversar un rato, puedo decir tres cosas de Alex Aldama: 1) que es una de esas personas que viven muchas vidas en una. Trabajó en La Fura dels Baus y en el Sónar de Barcelona, ahora tiene este negocio en Nueva York y pronto piensa retirarse y vivir en el campo, en Murcia. Apenas pasó los 50, pero se convenció de que está cansado; 2) que el tipo es una especie de concentrado de amor. El poco rato que pasamos juntos me hizo sentir tan a gusto como un amigo de siempre. Y todo, absolutamente todo lo que dijo tenía un fondo dulce y amoroso; 3) que si lo ve Pedro Almodóvar seguro que lo recluta para su próxima película.

Mientras tanto, Alex espera a sus clientes decidido a hacerles pasar un buen rato, a dejarlos disfrutar del color y del calor en Fuego 718, una tienda de regalos brillante como un caleidoscopio.


Chinatown: pashminas, dumplings y “Lolex”

“¡Lolex, Lolex!”, les dice el chino a los que pasan a su lado. Está parado en la esquina de Baxter y Canal, la avenida principal del Chinatown de Manhattan. Después de unos segundos entiendo que los lólex son Rólex truchos que vende en una oficinita al final de un pasillo largo.

Pero pocos lo pescan. Lo que más salen son las pashminas con dibujos búlgaros (si, ¡volvieron los búlgaros!) de todos colores. También hay anteojos, joyas y mujeres en estado de desesperación porque ¡llegaron los nuevos modelos de Louis Vuitton, Prada y Gucci a veintipico de dólares!

Como todos los barrios chinos, éste también es ruidoso, suena en chino, tiene un templo, olor a ajo saltado y una excelente pescadería donde Daniel Franco, un filipino con el que conversé un rato, viene cada jueves a comprar cangrejos vivos (3 por 7 dólares), langostinos, calamares, anguilas y los mejores frutos de mar que se consiguen en la ciudad.

Los mangos, frutillas, cocos, uvas  cuestan la mitad que en Midtown y son más reales. Me refiero a que la fruta no se expone lustrada y brillante como si fuera un anillo de oro ni se vende por unidad, como en el Midtown. Aquí, la fruta parece fruta. Para ingredientes frescos, la mejor calle es Mott, una de las primeras tres que formaron el barrio chino a mediados de 1800 (las otras dos, Bayard y la cortísima, Pell).

El Chinatown de Manhattan tiene alma de pulpo: si bien las calles principales están al Sur de Canal y al este de Broadway, también hay negocios y restaurantes y supermercados en el vecino Lower East Side. Y Little Italy, que es tan pequeño que parece que pronto se lo comerán con palitos. Entre los residentes legales y los ilegales, el Chinatown conforma la comunidad más grande fuera de Asia.

Además del templo budista con su enorme Buda sentado en una flor de loto, se puede visitar la Iglesia de la Transfiguración, que es la iglesia de los inmigrantes, y donde celebran misa las colectividades irlandesa, italiana y también china (hay sermón en cantonés). El MOCA (Museo de los Chinos en América), que cuenta la historia de la inmigración china a través de videos, fotos y objetos. Actualmente está en proceso de expansión, a fin de año abrirá en 215 Centre St., casi en el SoHo.

Sobre Canal y Mulberry encontré un supermercado ideal para comprar especias, tes deliciosos, candys con paquetes súperpop. El subsuelo está repleto de cerámica china y, mejor aún, japonesa. Hay fuentes, bowls, tazas y también implementos para sushi.

Hablando de comida, en Chinatown hay más de 200 restaurantes. En muchos, se pueden pedir los famosos dumplings de cerdo o el pato laqueado. A propósito, algunos creen que aquí es donde terminan los patos del Central Park en invierno…


Vajilla vintage en Fish’s Eddy

Escribo mientras como unas galletitas chocolinas. Las puse en un plato de loza blanca y  resistente, con una guarda de rombos verdes que dice The Plantation House en tipografía dorada. Lo compré hace unos días en Fish’s Eddy, un santuario de vajilla en Nueva York. O como dice su divertido slogan en inglés: Dish is the place.

Fish’s Eddy queda en Flatiron District, entre Chelsea y Gramercy Park, y se ha hecho conocido por vender vajilla vintage: platos, tazas, soperas, jarras, azucareras que alguna vez vistieron las mesas de elegantes hoteles y restaurantes que ya no existen o cambiaron el servicio.

La historia del lugar es más o menos así. Resulta que veinte años atrás, los dueños viajaban en una pick up azul por las rutas del oeste americano, iban a la pesca de rarezas. Al parecer, un día se toparon con un granero medio incendiado, donde no había quedado mucho. Sólo pilas de loza con siglas y guardas y nombres, pero sin usar.  Así empezó el negocio que hoy es un clásico en la ciudad para comprar vajilla para todos los días, platos que soportan el paso del tiempo (y también los incendios).

Entre los destacados de Fish’s Eddy se encuentran los cuchillos de la Primera Clase de Pan Am, a 10 dólares. Cuando se lo comenté a una tía vieja, me miró como si le hablara de algo más común que un vaso de supermercado. Y agregó: “Tendría que llevar los míos a ver cuánto me dan. No son de primera, pero están más limpios que los de esa foto. ¿Cómo van a vender eso? O mejor, ¿quién los compraría?”, se preguntó en voz alta. Después, le conté sobre la cultura vintage y me prometió guardarme una bolsa de “tesoros”.

Además de los oldies, que siempre están, Fish’s Eddy tiene diseños propios con el skyline de la ciudad, loza blanca básica, vasos de caperucita roja, colecciones de platos de vidrio de color, cubiertos y tazas para sopa. Descontando los objetos vintage que están de moda y son más caros, los precios de la tienda son lógicos y siempre hay sales.

Atención, el lugar tiene dos problemas: el primero, que es necesario andar con sumo cuidado porque todo, t-o-d-o, se rompe. El segundo, la tentación de querer comprar objetos difíciles de transportar.       

Lo más probable es que The Plantation House, la inscripción dorada de mi plato de chocolinas, haya sido de un hotel de los años setenta que en algún momento cerró sus puertas y remató la vajilla que, con el tiempo, fue a parar a un granero del Lejano Oeste. Y después llegó a Nueva York y ahora a Buenos Aires. Se lo ve saludable al platito, todo indica que seguirá girando.




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