Cómo viajan los Cronopios y los Famas

«Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.

Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de «Alegría de los famas».

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: «La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad». Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.

Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan.»

Historias de Cronopios y Famas, Julio Cortázar, 1962.

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La playa perfecta

Las playas que alguna vez formaron parte del ránking de una revista internacional de viajes como Condé Nast o Travel + Leisure, se sujetan a esa nominación con la fuerza que haría un africano ilegal si desde la costa española le tiraran un salvavidas.

No importa cuándo las nombraron «una de las diez mejores playas del continente» o «una de las cinco más románticas del mundo», el año se olvida, pero el título aparece en todas partes. Quizás por eso, mientras tomaba sol en Cayo Guillermo, se acercó Yoandri, un cubano que trabajaba en turismo y me dijo, «Señorita, usted no piensa ir a Playa Pilar, dónde se ha visto eso, ¡es una de las mejores playas del mundo!»

Primero me sentí mal por no haber ido; segundo, pensé que me estaba perdiendo algo; tercero, tomé un taxi a Playa Pilar.

Playa Pilar queda en la punta de Cayo Guillermo, uno de los más famosos de la región junto a Cayo Coco. Ambos, ubicados al norte de la isla de Cuba, forman parte de un grupo de cayos e islotes bautizados hace casi 500 años como Jardines del Rey. Los cayos son pequeñas islas que suelen tener abundante vegetación y pocos habitantes, famosos por sus playas idílicas y la práctica del buceo.

Al llegar no soplaba una gota de brisa y el ambiente se veía brumoso por el calor. El agua se confundía con el horionte y sentía que si levantaba la vista sin anteojos me quedaría ciega en el instante. Estaba en la playa perfecta, pero para que el agua me llegara al cuello tenía que caminar cien metros de mar caliente. Estaba en la playa perfecta, pero no había olas.

En Playa Pilar, Ernest Hemingway pasaba semanas enteras persiguiendo un pez espada de los grandes, pero el día que fui no vi pescadores. Sólo un puñado de turistas con el ceño fruncido, vaciándose en el cuerpo un frasco de protector bajo una sombra improvisada.

Me saqué la foto para el álbum en Playa Pilar y los que la vieron me preguntan dónde es y sueñan aunque sea unos segundos con estar ahí. Pero yo creo que no volvería. Al menos creo que no es la playa perfecta. Según mi opinión, una playa sin olas no puede ser perfecta. Tampoco una playa donde el agua parece un caldo recién servido. Un lugar sin árboles, donde se me quemaron los pies con la arena caliente no podía liderar el ranking. Evidentemente, la playa perfecta es un concepto subjetivo. Y los ránkings de las revistas son muy relativos.

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Excursión de snorkel en Cuba

El mundo submarino de los cayos del norte de Cuba está salpicado de cerebros, el más famoso de los corales duros, y de corales blandos en forma de plantas y cactus. Bajo el fondo del mar hay más de 900 especies diferentes de peces. También se ven algas, esponjas, sedimentos, moluscos. Y cada tanto pasa como rayo un pez con trompa de cuchillo: el increíble pez espada, que cuando lo enfocamos, ya disparó.

También hay langostas, pero ninguno de los que estamos mirando el paisaje submarino las vemos. Las langostas vienen luego, grilladas y con mantequilla, en la palapa donde funciona el restaurante. Aunque está prohibido pescarlas, siempre hay langostas en Cuba.

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Llegar de casualidad

Cada tanto me escribe gente diciendo que llegó de casualidad a Viajes Libres.  Creo que una de las maravillas de Internet es justamente llegar de casualidad a un sitio. Buscar información sobre una playa en Tailandia y terminar del otro lado del mundo, leyendo impresiones sobre cómo es viajar sola en el norte de Argentina. Como si Internet nos recordara la cantidad de intereses que nos atraviesan y motivan.

Me gusta llegar de casualidad a un lugar. Tiene que ver con el turismo espontáneo. Llegar sin que nadie me lo haya recomendado, sin haber leído, descubrirlo. Con la vida apurada y la planificación creciente de los viajes, es menos frecuente y quizás por eso más emocionante.

Pensaba escribir sobre San Valentín, los viajes de a dos y las fechas comerciales. Pero no lo haré. Prefiero recordar esa vez que llegué de casualidad a un domingo de bodas, en el Ghion Hotel, de Adis Abeba.

El Ghion fue un antiguo palacio y hoy es un hotel venido a menos, con un gran parque verde brillante, con fuentes, restaurante y palmeras. Es el hotel donde suelen parar los corresponsales extranjeros de medios que no los mandarán al lujoso Sheraton Adis. Los domingos por la tarde, el Ghion se llena de novias. Y de comitivas de novias. Puede haber siete o diez por domingo. Van con toda su familia y amigos a sacarse fotos, a filmar el momento. Las novias, de blanco, y las madrinas, cuantas sean, seis o siete o más, se visten todas exactamente igual. Como las hermanas de la foto.

«El domingo en el Ghion no es el día de la boda», me contó el padre de una novia que vive en Canadá pero vino a casarse según la costumbre etíope. El domingo es el día de gala, de las fotos, del video, del auto con moño rosa. Es un día campestre en el parque Ghion. La fiesta vendrá luego y será más sencilla, familiar, en casa.

Me hospedé en el Ghion de casualidad, porque no encontré habitación en otro hotel y de casualidad encontré ese sitio en la Web. Llegué al parque de casualidad porque un museo estaba cerrado y hacía calor y ese parque tenía buena sombra. Llegar de casualidad es un lujo íntimo de los viajes.

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«Tour», según el diccionario de Bioy

                                                                                                           originalTour. N.f. «Me mandé un tour por las Europas y ahora me sobra el tiempo de lo lindo para aburrir a la criollada» (Javier Miranda, Por las huellas de Enrique el Navegante.)

Diccionario del argentino exquisito, de Adolfo Bioy Casares.

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Mirada horizontal

horizontefuturoDesde que llegué a la playa, todos los días en algún momento miro un rato el horizonte.

Durante este ejercicio, a veces me descubro concentrada o mejor, abstraída. Como si allá enfrente hubiera una orquesta maravillosa, el último capítulo de Lost, dibujos enigmáticos, una puerta.

Lo llamo mi lectura diaria del horizonte, aunque en la línea infinita no haya palabras a menos que uno las ponga.

Mi lectura del horizonte no tiene horario ni planificación. Simplemente sucede una o varias veces al día. De día y de noche.

Cada tanto un barco de pescadores, un crucero que llega desde lejos, una gaviota gris me distraen y de repente me olvido qué estaba mirando. Pero, como si esa línea lejana estuviera imantada, enseguida vuelvo a ella. Es diferente en las montañas, me da la impresión de que esta atracción se vuelve fatal sólo en el mar.

Miro el horizonte mientras camino y desde la terraza. Con los pies en la arena y sentada en una pirca, como la querida pareja de la foto.  A veces creo que uso el horizonte para reposar mis pensamientos. Otras, cuando me cruzo con más personas abstraídas, mirándolo, me parece que es un sumidero de preguntas, un depósito de sueños de toda la humanidad.

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Las ostras sin limón de Felipe P.

Los de arriba son los brazos de Felipe P, un ingeniero acuicultor de Ganchos, como se llama la zona cercana al exclusivo hotel Ponta dos Ganchos, en el Estado de Santa Catarina.

El nombre viene del gancho que forman las penínsulas de por aquí, un gancho como el de los piratas. O como el que usaban los antiguos cazadores de ballenas. Los brazos enormes de Felipe P. sacan una red con varios pisos -más o menos un metro de largo- donde se cultivan las ostras, bajo el mar.

En los pueblos de pescadores de Ganchos, los hombres viven del cultivo de ostras y de mariscos (mejillones). Si uno mira al horizonte ve el paisaje de la foto de arriba.  Cuando llueve, se lo ve gris y los surcos se ocultan por la bruma baja. Llueve mucho en esta zona de Brasil, por eso es tan tropical y las bromelias son grandes y los hibiscus parecen más rojos.

 

Felipe P. ya me llevó de paseo por este mar cultivado y marcado con boyas de distintos colores, que designan al pescador dueño de cada cultivo.  En el recorrido vimos cómo las gaviotas se posaban en las boyas, a la pesca.

 

Me mostró los ranchos de los pescadores, los barcos camaroneros, los morros que nos rodean. Estoy segura del próximo paso: no me preguntará si quiero darle un beso, me preguntará si quiero probar una ostra. Lo intuyo. Me gustan las ostras, pero son cerca de las diez de la mañana y no hace demasiado que tomé el café. Quisiera comer una, pero no sé si podré.

Felipe P. está entusiasmado y ha decidido abrir una para mostrármela. Él seguramente no sabe nada del campeonato de abridores de ostras de Galway, en Irlanda. Él no tiene prisa. Se toma su tiempo para abrirla.

Cuando el interior de la ostra se ilumina y puedo ver el blanco nacarado de las paredes, Felipe P. me mira. Sé que me lo preguntará ahora. Pero me dice otra cosa: «Como salimos rápido, hoy me olvidé el limón». Trago saliva y me quedo mirando el tamaño de esa ostra. Por aquí no hacen campeonatos de abridores, pero esta ostra parece de campeonato.

Luce grande, brillante, perfecta. Después de decir lo del limón, Felipe P. extiende su mano y me la pasa como si me estuviera pasando una perla única. Y lo dice de una vez: «¿Querés probarla?»

Asiento con la cabeza y la tomo. Dudosobre si tengo que tragármela entera o comerla en dos bocados. El niguiri me gusta de un solo bocado aunque sea grande. Mientras mis pensamientos se refugian en el salmón fresco, la ostra sigue en mi mano y Felipe P. no deja de mirarme.

Entonces, le doy un mordisco. Siento que me estoy tomando un vaso de mar gelatinoso y muy salado. No es la ostra más rica de mi vida. Decido no comer la otra mitad. Igual le digo gracias, de alguna manera disfruté el momento. Aunque no volví a comer hasta la tarde.

En el viaje de vuelta al pueblo, le pregunto a Felipe P. si suele comer ostras así. Me dice que no, que hace tiempo que ya no las prueba, que desde que trabaja en el cultivo le dan un poco de asco. Que sí le gusta el pescado con una buena salsa. Después arranca el motor, pero antes me lanza una mueca burlona. Cuando lo miro, entiendo que Felipe P. sabe, con el saber intuitivo de un pescador, que no me resultará fácil borrar el recuerdo de esa mitad de ostra, en Ganchos.

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Brasil exclusivo y romántico

Hace un par de meses fui a conocer Ponta dos Ganchos, un resort del sur de Brasil, que ha figurado más de una vez en los ránkings de hoteles más románticos del mundo.

El lugar está a unos 50 kilómetros de Florianópolis, sobre un morro verde tropical. Es enorme, caro y exclusivo: tiene capacidad para apenas 25 parejas. Aún con el resort completo, los 50 huéspedes se ven muy poco. No hay horarios fijos para nada, la mayoría de los búngalows tiene sauna y jacuzzi privado, y se puede tomar el desayuno, almorzar y cenar cuando a uno se le ocurra. 

Como escribí en el Reporte de Hotel que salió publicado este mes en la revista Travesías, en Ponta lo raro es cruzarse con otro turista.

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Guía subjetiva de las playas de Florianópolis

Bernardo Florit es argentino y vive en Florianópolis desde 2001.

Se fue justo un mes antes de la crisis. Desde esa época vive allá. Estudió cine en Buenos Aires, pero en la isla hizo varios trabajos, desde diseño de iluminación y muebles hasta carpintería, un oficio del que disfruta mucho. Da clases de guión, arregló su jardín hace poco y ni bien puede visita alguna de sus queridas palyas florianopolitanas.

La guía que sigue la escribió especialmente para Viajes Libres, sabiendo que no todas las playas son iguales y pensando en ésa que vos querés.

Si lo que te gusta es surfear… y me refiero al deporte en su esencia, vas a querer tener buenas olas, para eso tenés todas las playas del litoral Este que dan al mar abierto: Praia Brava, Moçambique, Galeta, Mole, Joaquina, Campeche, Morro das Pedras, Armação, Lagoinha do Leste. Si tenés un vehículo y una radio o acceso a Internet, una buena opción es instalarte en Joaquina, que está en el centro de la isla, y escuchar los reportes diarios de las olas… con esa información sabrás para dónde trasladarte con una rápida, simple y efectiva logística.

Ahora, si tu surf es más banana que otra cosa, te mataste en el gimnasio durante toda la primavera y lo que querés es tener una vida nocturna bajo el sol, entonces creo la mejor opción va a ser Mole o O Riocinho (este último es un punto dentro de la playa de Campeche). En cualquiera de las dos vas a tener ojos que valoren lo grosso que estás y, si más o menos la piloteas en el agua y en la tabla, tendrás grandes chances de ganarte una linda gatinha con un cuerpo tanto o más trabajado que el tuyo.

Pero si tu plan es ir con hijos chiquitos, la virtud de las olas se transforma en problema. Entonces, lo mejor es ir a alguna bahía donde el agua sea una pileta y los chicos nunca dejen de hacer pie. Creéme, la calidad de tu «hacer nada» en este caso ni se compara con la misma intención en una playa con olas! En el norte tenés Daniela, Jureré, Canasvieiras, son excelentes opciones para esto.

Aquellos que admiran a Paris Hilton, que tienen -o les gustaría tener- una Ferrari Testarossa y una novia siliconada, no se pueden perder Jureré Internacional. Ahora, si tu mayor anhelo es realmente ser el Isidoro Cañones del siglo XXI, sí o sí tendrás que alquilarte una de las despampanantes casas que hay en esa playa, y en una de esas aparezcas con tu daiquiri en mano en alguna foto de la revista Hola.

Si la tuya es el mundo GLS (Gay, Lesbiana o Simpatizante), entonces instalate en el Eco Village de Mole que la vas a pasar bomba.

Para aquellos que les gusta andar como Dios los trajo al mundo, la única opción es La Galeta, a donde se llega caminando desde Mole.

Si te gusta una vida un poco hippie pero tenés unos mangos para alquilarte una casita, te recomiendo que conozcas la playa del Matadeiro, donde podrás conseguir a un precio razonable una simpática cabaña en frente del mar.

Un excelente paseo es conocer Lagoinha do Leste, en lo personal es uno de los lugares que más me gusta de la isla. Para llegar hay que hacer una trilha tranquila de 40 minutos (también se puede llegar desde la Praia do Matadeiro, en este caso el camino es más bonito pero mucho más largo). Algunos surfistas hacen la trilha descalzos y con sus tablas al hombro… El lugar es espectacular, tiene una playa hermosa en la cual desemboca la Lagoinha. Agua dulce, salada, olas, mucho verde y muy buena sombra natural.

Otro paseo interesante es ir a la Isla de Campeche, que está enfrente de la playa que lleva el mismo nombre. Para llegar hay que pegar un barco, ya sea en Armação o bien en Barra da Lagoa. Su playa es ideal para bucear con snorkel y divertirse con los pececitos de colores. También hay varias trilhas para realizar y cavernas con pinturas rupestres. Es cierto, podes ir con tus nuevas Havaianas brasileras a todos lados, pero en este paseo te recomiendo llevarte zapatillas.

Para almorzar o cenar los mejores mariscos de la isla, dos buenas opciones son Santo Antonio de Lisboa y Riberão da Ilha. Estos dos lugares, que tienen la típica arquitectura açoriana, son playas dedicadas al cultivo de ostras.

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En el puerto de Camille

Au Port, del disco «Le fil» (el hilo), de Camille Dalmais.

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