Terminó la Semana de la Pereza en Bogotá. La iniciativa formó parte de la muestra ¿Estudias o Trabajas? que se desarrolla en el Museo de Bogotá hasta marzo.
Se trató de una propuesta interactiva sobre el comportamiento de la pereza.
Los visitantes llegaban y se tiraban a disfrutar del descanso, en un sofá, en una cama, en un puf. Todo el día, toda la tarde, cómodamente, mirando tele, pegándose una pestañada, leyendo con las piernas estiradas, mirando el techo, papando moscas, haciendo fiaca sin culpa, perdiendo el tiempo.
La condición para entrar gratis era llevar un elemento que fomentara la pereza, como una almohada, una bolsa de dormir.
Dicen los organizadores, un grupo de universitarios que investiga las costumbres urbanas, que la muestra viajará por otras ciudades de América Latina. Aquí la esperamos, con la flojera infatigable del oso perezoso.
La muestra sigue hasta marzo, no con la pereza, si no con los oficios de Bogotá. Esta semana: El vigilante. Hace un mes pasó la semana del peluquero. El público asistente podía cortarse el pelo gratis y los universitarios investigadores aprovecharon para crear una base de datos ¡con el pelo de los bogotanos!
Ahh, todo esto me dio una fiaca cósmica. Vuelvo en un rato. Me voy a descansar.
Desde hoy la playa más famosa de Brasil tiene 
Ahora bien, una laptop en la playa, ¿para qué sirve? ¿Para mandar cuentos de Copacabana a un amigo que no salió de vacaciones? ¿Para seguir trabajando? ¿Para escuchar música? ¿Para poder irse de vacaciones? ¿Para no aburrirse? ¿Se trata de una medida de promoción radical del entretenimiento?
Hace seis meses, a pocos días de su nacimiento y en plena efervescencia de las Maravillas del Mundo, Viajes Libres planteó a sus lectores una pregunta: 







La segunda vez que vi un xoloesquintle fue en los brazos de Diego Rivera. Lo vi en una foto en blanco y negro. Parece que al grandulón le encantaban y fue él quien le mandó el primer xolo a su amiga Dolores Olmedo, en 1954. Se llamaba Citali y los que hoy andan sueltos por el jardín del museo descienden de ella. Ella es la de la estatua y los que retozan alrededor están vivos aunque parezcan de cemento.
Los xoloescuintles se cuentan entre los perros más antiguos del mundo. Sus orígenes se remontan a la cultura mesoamericana. De hecho lo llaman el perro azteca. Ellos los usaban para darse calor en las noches. También, creían
La tercera vez que vi un xolo fue en Zipolite, una playa del Pacífico, hace menos de un mes. Era el atardecer y el sol se ponía rojo en el horizonte. Se veía poco pero distinguí a una mujer rubia que paseaba un extraño perro con cadena. Ella era austríaca y él, un xoloescuintle. La rubia vive en esa playa lejana hace ocho años. Tiene su vida, su familia y su xolo. Después de hablar un rato me contó que el que llevaba era la cría, en realidad, porque a la madre, a «su xolo» la habían envenenado. Ella me hablo de lo inteligentes que son, me dijo que son buenos con los niños y que adora su elegancia. En un momento tuvimos que dejar de hablar: el xolo quería volverse y comenzó a tirar de la cadena hasta que su dueña se despidió y se fue corriendo.
El xoloescuintle es le perro nacional de México. Si bien durante años fueron considerados un feo engendro, últimamente han surgido criadores y cuestan cada vez más y aún así es difícil conseguirlos. Hasta hay clubes de admiradores de los xolos en varios países. Al parecer, la moda del xolo tendría que ver con que sería un animal ideal para departamentos: no deja pelos ni obliga a lavar la alfombra. Según dicen por ahí, ideal para los que tienen alergia a los pelos de perro. O asma. ¿Un perro de laboratorio?
ple los milagros. Y hoy es su día. La llevan los taxistas colgando del espejito del auto y en ella piensan los clavadistas antes de aventarse por las rocas altas de La Quebrada, en la calurosa Acapulco.