Más instantáneas de Nueva York

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Mañanas elegantes


Vajilla vintage en Fish’s Eddy

Escribo mientras como unas galletitas chocolinas. Las puse en un plato de loza blanca y  resistente, con una guarda de rombos verdes que dice The Plantation House en tipografía dorada. Lo compré hace unos días en Fish’s Eddy, un santuario de vajilla en Nueva York. O como dice su divertido slogan en inglés: Dish is the place.

Fish’s Eddy queda en Flatiron District, entre Chelsea y Gramercy Park, y se ha hecho conocido por vender vajilla vintage: platos, tazas, soperas, jarras, azucareras que alguna vez vistieron las mesas de elegantes hoteles y restaurantes que ya no existen o cambiaron el servicio.

La historia del lugar es más o menos así. Resulta que veinte años atrás, los dueños viajaban en una pick up azul por las rutas del oeste americano, iban a la pesca de rarezas. Al parecer, un día se toparon con un granero medio incendiado, donde no había quedado mucho. Sólo pilas de loza con siglas y guardas y nombres, pero sin usar.  Así empezó el negocio que hoy es un clásico en la ciudad para comprar vajilla para todos los días, platos que soportan el paso del tiempo (y también los incendios).

Entre los destacados de Fish’s Eddy se encuentran los cuchillos de la Primera Clase de Pan Am, a 10 dólares. Cuando se lo comenté a una tía vieja, me miró como si le hablara de algo más común que un vaso de supermercado. Y agregó: “Tendría que llevar los míos a ver cuánto me dan. No son de primera, pero están más limpios que los de esa foto. ¿Cómo van a vender eso? O mejor, ¿quién los compraría?”, se preguntó en voz alta. Después, le conté sobre la cultura vintage y me prometió guardarme una bolsa de “tesoros”.

Además de los oldies, que siempre están, Fish’s Eddy tiene diseños propios con el skyline de la ciudad, loza blanca básica, vasos de caperucita roja, colecciones de platos de vidrio de color, cubiertos y tazas para sopa. Descontando los objetos vintage que están de moda y son más caros, los precios de la tienda son lógicos y siempre hay sales.

Atención, el lugar tiene dos problemas: el primero, que es necesario andar con sumo cuidado porque todo, t-o-d-o, se rompe. El segundo, la tentación de querer comprar objetos difíciles de transportar.       

Lo más probable es que The Plantation House, la inscripción dorada de mi plato de chocolinas, haya sido de un hotel de los años setenta que en algún momento cerró sus puertas y remató la vajilla que, con el tiempo, fue a parar a un granero del Lejano Oeste. Y después llegó a Nueva York y ahora a Buenos Aires. Se lo ve saludable al platito, todo indica que seguirá girando.


Oh, Jesus, hallelujah!

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Abyssinian Baptist Church, TOMA I. Es domingo a la mañana y llueve. Voy a escuchar un coro de gospel a este templo de Haarlem, que festeja sus 200 años. Tomo el M3 que va por la Third Ave. y después de un rato, cuando los rascacielos se terminan y hay más letreros en español y más negros y latinos en las calles llega Haarlem. Bajo en la 136 y Malcom X y camino dos cuadras hasta el templo.

En la puerta un gordo elegante, con traje gris y sombrero, les explica algo a unos turistas. Les habla fuerte, casi gritando. Dice que llegaron tarde, que las puertas se cerraron y no entra nadie más, que la próxima vez se levanten más temprano. Que para entrar a la ceremonia de las once de la mañana deben estar ahí a las siete. ¿No se dan cuenta que cada domingo llegan 500 personas y sólo entran 150? ¿Cuándo lo van a entender? ¿No lo dicen sus guías? Parece enojado y yo que pensaba preguntarle lo mismo. Mejor no pregunto nada. Sigo caminando hasta la esquina y veo unas 100 personas en fila, paraguas en mano, caras dormidas. ¿Ellos no sabrán lo que dice el hombre elegante y gritón de acá a la vuelta? ¿Por qué siguen esperando? ¿Pasará como en algunos recitales que en un momento abren las puertas y entran los que no tienen entrada? No creo, eso ya no pasa ni en los recitales. “Esperan, pero no van a entrar”, me dice un hombre que aprovecha la circulación de turistas para vender bijouterie barata.

– ¿Usted quiere entrar a la iglesia? -me pregunta el vendedor de aros.
– ¡Claro! -le respondo.
– Entonces, cómpreme un par de aros o algún perfume y yo la hago entrar- dice y abre una bolsa negra repleta de cajas de perfumes.

La situación me descoloca. ¿Una coima para entrar a la iglesia? Qué lejos hemos llegado. Al lado de este hombre, una mujer, le dice lo mismo a otros turistas. Que le compren algo, que quizás logra hacerlos entrar. Les dice: “Ustedes, los turistas siempre piden, ahora les toca dar. Vamos, ¿qué me van a comprar?”

Llueve y hace frío. Ya no sé si me importa escuchar el gospel, quisiera meterme en la iglesia aunque sea para no mojarme. Pero no de esta forma. Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia la avenida Malcom X, donde pasan los transportes. Antes, veo otra vez al reverendo de traje gris y sombrero.

jimbos– ¿Usted quiere entrar al templo? -me pregunta.

Esto ya es demasiado, ¿qué me pedirá este hombre?, por Dios. Le respondo que sí, que quiero entrar al templo.

– Entonces no venga un domingo, lady. Los domingos siempre sobra gente. Tiene que venir un miércoles. Llegue a las seis de la tarde, la ceremonia comienza a las siete y no tendrá problemas para entrar.

Antes de ir en busca del subway paro en Jimbo’s, una lunchería mexicana, que por lo que veo vive del rebote de la Abyssinian Baptist Church. Por lo menos los domingos por la mañana, el 80 por ciento de los consumidores de hot cakes y sandwiches de panceta quemada y huevo frito son turistas que no lograron entrar a la iglesia.

 

saintgeorgeAbyssinian Baptist Church, TOMA II. Miercoles, 18.30. Es la tercera vez que me equivoco de subway. Hasta que se entiende que algunos trenes son expresos y no paran en todas las estaciones y que otros se desvían, pasa un tiempo. Llego tarde. Me estresa pensar que una vez más no podré entrar al gospel. Estoy a punto de desist-ir y pensar otro plan. Al final decido insist-ir y voy. 

Me bajo corriendo y sigo corriendo las dos cuadras del metro a la iglesia. Lo primero que veo es que el vendedor de aros no está. Me alivia no verlo porque estaba dispuesta a preguntarle cuánto costaban sus chafalonerías. Tampoco hay turistas. No hay nadie, salvo unos skaters debatiendo algo que parece fundamental para la raza humana en las escaleras de una casa.
Quizás me confundí de día, pienso mientras abro la puerta de la iglesia. Adentro, una mujer con una sonrisa tan abierta como la puerta me invita a pasar. Que suba al primer piso, vamos que ya empieza la ceremonia. Después, todo pasa rápido: otra mujer negra de canas y falda con pliegos me hace pasar a la sala principal, otra de guantes blancos me ubica en un banco entre un viejo parecido a Morgan Freeman y una mujer joven, con jeans pegados a la piel y camisa blanca impecable. Recién salió de la peluquería, seguro: tiene dreadlocks finos que terminan en extensiones enruladas, ni un pelo fuera de lugar. Se podría ir de aquí a la pasarela.

Empieza la ceremonia, no el show, como le aclararon a una turista que preguntó si ahí era “el show de gospel”.  A partir de este momento, entro en la experiencia religiosa más alegre de mi vida. El sermón es divertido, los fieles comentan mientras el pastor habla, yes sir, y nos reímos a carcajadas por las bromas que cuenta el ministro, que predica en esta iglesia hace más de veinte años y ha casado a varios de los que hoy están aquí sentados.

En el coro son quince personas, pero suenan con la potencia de un órgano medieval. Primero cantan todos juntos y después aparece esta mujer flaca con botas de charol a la rodilla, minifalda, saco negro ceñido y un micrófono en la mano. Podría ser la tapa de un video hot, pero está en el altar del templo y le canta emocionada a Jesus, su lord.  El Morgan Freeman que tengo a mi lado se para, aplaude y acompaña el ritmo con el cuerpo. Extensiones lo sigue y también las mellizas de cuádruple cadera del banco de adelante. La iglesia entera canta a los gritos y esto parece una fiesta. Animada por tanta alegría, también me paro, canto estribillos y aplaudo. Me río con Morgan, extensiones y las chicas de cuádruple cadera. Este gozo es más contagioso que la gripe porcina. Nos miramos emocionados, como viejos amigos. El ambiente está inundado de una energía valiente, que atraviesa las butacas y las biblias que están apoyadas en los bancos y pasa como una ráfaga por los increíbles peinados de los negros y recorre cada zócalo de esta iglesia y toca a los fieles en el corazón. Hallelujah!

Cuando termina la ceremonia, casi dos horas más tarde, todos estamos eufóricos, como si hubieran repartido latitas de Red Bull en la canasta de la limosna. Tengo ganas de pedir una entrevista con el pastor. Le voy a decir que me sumo a su iglesia, quiero creer en lo que ustedes creen, señor. Oh, yes.


La sección en español de McNally Jackson

Javier Molea acomoda sus libros con una delicadeza que me recuerda a los tacheros de Buenos Aires, cuando plumerean su auto un sábado a la tarde. Quizás hasta guarde un plumero por ahí atrás, en algún cajón de la librería donde trabaja.

Molea es el director de la sección en español del bookstore del momento en Nueva York: McNally Jackson, la librería independiente del SoHo. “Hace unos días apareció en Time Out como uno de los lugares más cool de la ciudad, ¿lo viste?”, me pregunta orgulloso.

La sección en español está en subsuelo, donde también se encuentran los libros de viajes y los de jardinería. Bajo por curiosidad, para ver qué tienen. A propósito, la sección en español de la famosa librería Strand me pareció olvidable. En McNally Jackson me sorprendo por la variedad y curiosidades. Me quedo un rato mirando, leyendo lomos de libros. Están Roberto Bolaño y César Aira, que también se los encuentra, claro, en inglés y en la mesa de recomendados. Schwob, Benjamin, Bourdieu, Sontag, y varios libros de poesía de Pen Press Ediciones. Veo a Octavio Paz, Juan Rulfo, Sergio Pitol, Tomás Eloy Martínez, Fogwill, Guillermo Martínez, Julio Ramón Ribeyro, Kawabata.

Acaso para controlar quién merodea su territorio, se acerca Molea y nos ponemos a conversar. Me cuenta que es uruguayo y que trabajó en librerías y distribuidoras en Montevideo y Buenos Aires hasta que se mudó a Nueva York, en 2002. Está en la librería desde que Sarah Mc Nally, una antigua editora, la abrió en 2004. La sección en español fue creciendo poco a poco hasta convertirse en un rincón respetable y consultado. Me cuenta Molea que en un mercado dominado por la literatura cubana y dominicana, él logró crear un rincón rioplatense en el SoHo. Y de verdad que se nota, ¿cómo si no hubieran llegado hasta allí ejemplares de Alejandro Dolina o Leo Masliah? Algunos autores le mandan sus libros directamente a él, sólo para que tengan un lugar en los estantes de la librería.

Además de coordinar -y plumerear- su rincón, Molea mantiene el blog de su sección, guía un grupo de discusión literaria los sábados a mediodía y organiza eventos con escritores, los viernes a las 19 en la librería. A sus charlas con escritores viene bastante gente de la comunidad hispana en Nueva York. Andan muy bien estos encuentros, sólo tienen un pequeño inconveniente, muy latino por cierto: la puntualidad. Me cuenta que a los demás eventos de la liberería, los autores llegan media hora antes, hacen una previa, preparan su exposición. “En cambio, mis autores llegan ¡media hora tarde! Acá no pueden entenderlo, ya me preguntaron varias veces, Javier, ¿por qué no llega en hora tu gente?”

No recuerdo qué les respondió Molea, pero imagino que no habrá sido sencillo explicar este detalle de personalidad, una concepción más salvaje del tiempo, una desprolijidad que se está domando de a poco.


Instantáneas de Nueva York

 

 


El viaje de Violeta ya comenzó

 

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¡Bienvenida al mundo, chiquitina!

 


Mi MoMA privado

Mi MoMA privado tiene dos pisos: el cuarto y el quinto. Esa es mi estación, ahí me bajé y pasé todo el día. Los folletos dicen que en el cuarto piso hay “Pintura y escultura desde 1940 a 1970” y en el quinto, “Pintura y escultura de 1940 a 1970”. Esos nombres fríos guardan increíbles muestras de calidez y ferocidad y expresionismo abstracto y arte pop y obsesiones y vidas dedicadas a la exploración.

 

Este cuadro de Jackson Pollock está en la sala 20 del cuarto piso. Se llama Number 31 y fue realizado en 1950. Para hacerlo Pollock se tiraba al piso y volcaba la pintura a veces directamente de las latas y pomos y otras con pinceles, con las manos, con todo el cuerpo en el acto de creación. Lo pongo primero porque el caos, la tensión armónica, la violencia, la madeja interminable y el ruido que se percibe ahí adentro forman parte de mi imagen de Nueva York.

 Willem de Kooning es un pintor holandés, expresionista como lo manifiesta en Woman I, la pintura de esta mujer desbordada en su propia carne, con una ferocidad animal y unos dientes que recuerdan a Tiburón III.

En el cuarto piso hay collages de Robert Rauschenberg, el explorador del arte que murió el año pasado y aseguró, entre otras cosas, que “no hay razón para no considerar al mundo como una pintura gigante“.

Todavía en el cuarto piso se ven geometrías rojas de Rothko, dibujos de Joseph Beuys y las famosas sopas Campbell de Andy Warhol, uno de los cuadros más fotografiados.

Del quinto piso fue difícil irme. Estaba cansada, me dolían los pies. Pero no había manera: entre Picasso, la gitana dormida de Henry Rousseau y Giacometti me agarraban de los brazos.

 Mi preferido de Giacometti: El Palacio a las 4 Am, una escultura que describe la fragilidad de las relaciones humanas con madera, vidrio y unas delicadas estructuras que están todo el tiempo a punto de venirse abajo.

En el quinto vi también los interiores empapelados de Vuillard; aCézanne, Gauguin, Seurat, los primeros pintores modernos. Una sala entera de Picasso (incluye Les Demoiselles d’Avignon restaurado) , una extraña naturaleza muerta con perritos de Gauguin,  las sombras que pintó Matisse en alguna terraza de Marruecos, los nenúfares interminables de Monet, la ciudad vacía y asustada de De Chirico, los sueños esfumados de Marc Chagall, el pescado con luna de Paul Klee y un bello retrato de Frida y su monito negro, Fulang Chang. 

Cerca del final, descubrí un cuadro de Piet Mondrian que no está pintado con sus clásicos colores primarios rojo amarillo y azul. Es un óleo constructivista colores pastel, rosa y celeste, y después de mirarlo un rato encontré notas, como diría un sommelier, del animé japonés

 La noche estrellada de Vincent Van Gogh no estaba en el museo y me molestó. Según decía el cartel, se encontraba de gira por Amsterdam. Por suerte, en el retrato de Joseph Roulin, el cartero amigo y compinche de Vincent, quien lo acompañó al hospicio St. Paul después del episodio del corte de la oreja, se pueden ver a plena luz, destellos de esa noche estrellada.  

 Hay más pisos, claro. Está el sexto donde por estos días se exhibe “Tangled alphabets” (Alfabetos Enredados), una excelente muestra temporaria del argentino León Ferrari y la brasileña Mira Schendel, y el tercero, donde vi una buena exposición de fotos sobre el Oeste Americano. 

El MoMA abre todos los días menos los martes. Cierra temprano, a las 5.30, menos los viernes que hay tarde gratis, de 16 a 20. Detalle: si es un día de lluvia hay mucha, mucha gente y la fila es en un lugar sin techo, asi que mejor llevar paraguas. El resto de los días la entrada cuesta 20 dólares. La entrada da derecho a ver durante ese día los films expuestos.

La tienda de la entrada y la que está enfrente -con un mini Muji adentro- suelen tener buenos libros de arte en oferta, además de curiosos objetos de diseño, como un práctico tenedor-cuchara creado originalmente en el restaurante Sugakiya de Japón, para comer la sopa de noodles china.

 (Este post está dedicado a mi amigo Ed)


La nueva Libertad

dellslibertySon las once de la mañana y Staten Island está llena de turistas. “Menos que siempre, son tiempos de crisis”, me dice un marinero latino que hace el viaje desde Battery Park -cuesta 12 dólares y también se puede bajar en la vecina Ellis Island– en un barco que transporta 800 pasajeros. Ni uno más. Los cuentan con un cuenta ganado y en el que me tocó viajar había 799. Entonces, un par de marineros se pusieron a gritar en busca del último, un pasajero solo. ¿Alguien viaja solo? Curiosamente no había nadie. El mínimo eran dos. Conclusión: no se pasaron, viajaron con uno menos.

Después del 9/11, la típica visita a la Estatua de la Libertad es más corta. Uno se baja del barco y rodea la estatua con paseo con buenas vistas de Manhattan también. Ya no se puede subir o bueno, se puede pero sólo hay capacidad para 2500 personas por día, y es preciso anotarse previamente o llegar muy temprano el mismo día.

La vuelta es amplia y además de mirar a la bella dama uno trata de buscar un ángulo sin tanta gente para la foto. Mientras doy la vuelta, veo algunos que posan con una botella de agua mineral en un lugar justo para que parezca que la estatua tiene una botella en lugar de la antorcha. Como si la libertad tuviera sed. Saco fotos y me sacan, todas con ese fondo simbólico.

Sin duda, la instantánea más increíble es la de este post. Una pareja de coreanos, él saca le fotos a ella parada a la manera de la estatua  y sosteniendo un objeto difícil de identificar. No es una botella de agua ni un pañuelo. La curiosidad me lleva a acercarme más y más. ¿Qué es eso?, me pregunto mientras camino. Unos segundos antes de que crean que quiero meterme de prepo en su foto o asaltarlos a plena luz del día, descubro que se trata de una computadora. La mujer posa con una Dell en caja nueva, recién comprada.

Después de sacar la foto me di la vuelta medio frustrada y confundida.  Miré la foto en el visor: La nueva Libertad.


Memorabilia de John Lennon en el SoHo

lennon

“Hace dos años mil años todos hubiéramos querido vivir en Roma… y ahora Nueva York es Roma. Aquí es donde está la acción”. Eso dijo Lennon y ése es el espíritu de la muestra creada por Yoko Ono, que se inauguró hace unos días en el anexo neoyorquino del Rock & Roll Hall of Fame, y recrea los años del músico en Nueva York a través de objetos poco conocidos.

El anexo del museo de Cleaveland queda en una calle empedrada y cool del SoHo, Mercer 76, a dos cuadras de la estación Spring del Subway, línea verde, y cerca de la exclusiva y carísima marca de básicos A.P.C.

La muestra de Lennon ocupa la última sala del museo. Aunque es una única sala, la gente suele quedarse un buen rato, porque es fanática o para amortizar los 24 dólares que cuesta la entrada.

El gran espacio blanco recuerda el Bed- In que la pareja hizo en el Hilton de Amsterdam para promover la paz durante la Guerra de Vietnam. En lugar de haber una cama, aquí hay vitrinas con objetos y documentos que pertenecieron al cantante. (Yoko también coló alguna poesía y dibujo). Está el piano negro de Steinway & Sons que Lennon tuvo en su departamento del edificio Dakota y, entre otros, los manuscritos de “Just like starting over”, “Good”, Sometime in NYC” y “Whatever gets you thru the nignt”.  También hay bancos para sentarse a escuchar música, se pueden ver dos videos, los documentos que muestran su batalla legal para que no lo deporten de Estados Unidos, una campera verde de rezagos militares, un par de guitarras con historia  y un autorretrato donde Lennon se dibujó como Estatua de la Libertad, pero en lugar de tener una antorcha en la mano, muestra el símbolo del poder negro: la mano en alto y el puño cerrado.

tshirtSe ve el libro “Grapefruit” de Yoko Ono, que inspiró al ex Beatle para escribir “Imagine” y la remera con la inscripción de New York City, la de esta famosa foto tomada en 1974 por Bob Gruen, el fotógrafo de rock que cuenta que ese día estaban haciendo una serie de tomas de John en Nueva York cuando a él se le ocurrió quitarle las mangas a la remera y se las cortó ahí mismo, con una navaja que llevaba en el bolsillo. Así surgió esta foto donde Lennon posa como un newyorker, con el horizonte de edificios de Manhattan atrás.  

Para muchos Lennonólogos, Yoko incluida, John Lennon era un neoyorkino, amaba Nueva York, la atmósfera 24 horas que se respira en la ciudad y ese sentimiento de privacidad que se puede lograr aún en público. Para ellos, John pasó sus mejores años en Nueva York, donde vivió desde 1971 hasta el 8 de diciembre de 1980 cuando lo mataron.  A propósito, el objeto más polémico de esta exhibición está al final, cerca de la salida. Es la bolsa que le entregaron a Yoko Ono en el Hospital Roosevelt donde el cantante fue atendido.

“Me devolvieron a John en una bolsa de papel madera. Quiero que el mundo sepa eso”, dijo Ono. La viuda y artista también afirmó que el número de muertos por armas en Estados Unidos desde que mataron a Lennon se eleva a 932.000 y esa cifra excede a los soldados muertos en la Guerra de Vietnam.

Al lado de la bolsa con los restos de Lennon hay un pizarrón blanco con un marcador negro colgando y un cartel que dice: “Firmen aquí los que apoyan leyes de armas más estrictas en Estados Unidos. Cuando esta muestra termine se le entregará junto a un petitorio al presidente Barak Obama“. Cuando visité la exposición, unos días después de inaugurada, el pizarrón blanco ya estaba lleno de firmas.




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