El vendedor de globos de Querétaro

Se llama Fernando. Lleva alrededor de 200 globos y pelotas. Los vende entre 2 y 5 dólares en el Jardín de Querétaro. El sábado de vacaciones “por la tarde” es su mejor día.


Huevos: estrellados, rancheros y ¡divorciados!

El desayuno de los mexicanos es intenso. No todos los días puedo con él, pero cada tanto, cuando me levanto con hambre, pido unos huevos. Cómo los quiere, pregunta el camarero. Y ahí ahí me topo con la primera elección del día y con un signo de patriotismo gastronómico:

Los huevos a la mexicana son revuelvos y llevan jitomate (tomate), cebolla, chile verde, frijoles y se sirven con tortilla. Los colores forman, como me dice un mexicano orgulloso, la bandera del país, ¿no la ve?

Los rancheros son huevos estrellados o fritos con cebollita, chile y salsa picante.  También se sirven con frijoles refritos y tortilla.

Pero mis preferidos son los huevos divorciados: se fríen y se colocan uno en cada punta del plato, bien alejados y separdos por un muro de frijoles o chilaquiles. Arriba, cada uno lleva un sombrero distinto, salsa verde para el de la izquierda y roja para el de la derecha.

Viniendo de una ciudad donde el desayuno más típico es un café con leche con medialunas necesité una dosis de valor para comerme antes de las diez de la mañana un plato como el de la foto. Quien no se anime a las salsas tan temprano, que pida unos huevos al gusto, en criollo: huevos fritos. Para más de un mexicano, huevos tontos.


La vuelta de Gloria Trevi

El otro día caminaba por la Condesa con la última edición de la Gatopardo en la mano. Entré a un negocio y la apoyé en el mostrador. En la tapa está la Trevi, que hace poco volvió al ruedo con el éxito Cinco minutos, de su disco Una rosa blu.

Entonces, se armó una conversación entre los dos empleados del local. Fue más o menos así:

- Es ella, ¡mira!

- No, pues, no es.

- Sí, ahí lo dice, en la portada, ¿no lees su nombre?

- Pero es que no parece ella. Se ve decente.

(En el artículo, se extrañan paisajes del lado oscuro de su vida.)


Our casa is your casa

Él es un gringo viejo. Lleva sombrero de explorador, bermudas cargo y una bolsa de compras parecida a la que usan las señoras de barrio, sólo que ésta tiene la cara de Frida Kalho bordada con lentejuelas brillantes.

El gringo está en la terminal de ómnibus de San Miguel de Allende, a los arrumacos con una mexicana también vieja, ojos de obsidiana, sobredosis de rimmel y Nike Air.

Se toman fotos, ella le tira besos carnosos mientras posa sexy y él la mira como enamorado.

- My love, vete. Tienes que ir a la escuela. Vamos, go.

- I have time. Primerou pasou por casa y dehou la coumpra. Get the útiles y luegou voy al school.

Que sí, que no, algunos besos más de despedida y un fervor adolescente. Resulta curiosa la escena entre dos adultos que rondan los sesenta años.  Pero en San Miguel de Allende, una ciudad colonial, romántica, Patrimonio Cultural de la Humanidad, no lo es tanto.

El pueblito, muy conservado, con seguridad y precios altos, se ha convertido en un destino preferido por estadounidenses retirados que vienen en busca de calor y color. Una señora con la cabeza llena de canas y una blusa made in Oaxaca cruza la calle adoquinada con su french puddle recién bañado, un hombre con sombrero mexicano y cuerpo texano pinta retratos a la salida de la Parroquia de San Miguel Arcángel y una mujer riega sus helechos en una ventana colonial.

Cada dos cuadras se promocionan clases de español. Hay bares de jazz, hoteles boutique, galerías de arte con precios en dólares y por lo menos un restaurante con el tradicional proverbio mexicano del que ya se habló en Viajes Libres, “tu casa es mi casa” pero en inglés: Our casa is your casa.

El ómnibus se va y el gringo viejo saluda a su mexicana a lo lejos. Después de la partida, se va cabizbajo, con la bolsa de los mandados. A dejar la compra y luego a la escuela. En la tarde, seguro que hace un after school en el bar, con una chela helada y otros gringos viejos.


Mitad de año en el DF, clics urbanos

 

 

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El pozole y el pozolero: patria y narco

Me contaron la historia del pozolero justo antes de comer pozole. No fue una buena idea, apenas pude terminar mi plato.

El pozole es un plato típico mexicano que se prepara con recetas que nacieron en distintos estados. Hay pozole de Nayarit, Guerrero, Jalisco, Oaxaca, Colima. Si bien se puede comer todo el año, es un clásico para el día de la Independencia, el 15 de septiembre.

El que probé ayer era estilo Guerrero. Fue en un restaurante en la colonia Algarín, cerca de la Doctores, una zona para andar con cuidado por las noches, pero según muchos chilangos ahí se encuentra el mejor pozole. Hay varios restaurantes, uno al lado del otro.

Mis amigos entraron en Los Tolucos, un lugar de su confianza. Después, conversando con Paula Loza, la propietaria, me enteré que fue el primero de la zona, hace 38 años. Lo abrió su padre, que era de Toluca, y lo continúan cinco hermanos.

A eso de las tres de la tarde, cuando los mexicanos almuerzan, Los Tolucos se llena, las cuatro cacerolas enormes hierven como locas, los camareros van y vienen con cuencos de arcilla cargados, suenan rancheras en vivo y la Señora de Guadalupe controla la escena desde el fondo del local.

El pozole puede ser blanco, verde o rojo. Para el primero se usa el maíz pozolero y para el segundo, el pipeán, la pepita de la calabaza, que le da color y sabor. El rojo lleva una salsa de chile huajillo o piquín. Esa es la base del pozole, después se agrega la carne de pollo o puerco. Hay quienes piden el surtido, que incluye trompa, oreja, cachete, cuero y codillo de cerdo. A esto se le suma una orden de queso, aguacate, cebolla, chicharrones, rabanito. Todo se va agregando al caldo, cada vez más espeso. Para condimentarlo, orégano, limón y el picante, que van de la cosquilla al infierno habanero.

Comer un pozole lleva un rato, y quizás un poco más si uno sabe la historia del pozolero. Un pozolero es el que cocina durante más de diez horas el pozole. Pero Santiago Meza López, ”el pozolero” era un cocinero particular. Durante nueve años se dedicó a disolver con ácido los cuerpos que ejecutaba el cártel de los Arellano Félix, en Tijuana. Según las noticias, fueron más de 300 cuerpos.

Declaró el pozolero que había aprendido a hacer pozole con pierna de res. Ese conocimiento previo le sirvió para desarrollar su idea: llenaba un tambo con 200 litros de agua, le agregaba soda cáustica y lo ponía a hervir. Luego colocaba los restos humanos y los cocinaba durante unas ocho horas. Se disolvía todo, menos los dientes y las uñas, que eran enterrados en una fosa.

Traté de no pensar en el pozolero mientras comía mi pozole, pero fue casi imposible. En México, patria y narco están cada vez más unidos.


Mediodía de códigos argentos en el DF

En el asteroide de los argentos que viven en el DF, un alfajor Cachafaz vale más de lo que cuesta. Cuando alguien llega de afuera con una caja, es visto como un mesías. Al menos por unos segundos. Eso sentí el otro día, cuando me aparecí en la casa de mi amiga con los Cachafaz de chocolate.

No hay cifras oficiales de los argentinos que viven el DF, pero dicen que son más de 100.000. Y existen algunos grupos, como Argentos o Argen Mex, que fomentan el intercambio entre compatriotas. Martín encontró una cama y vendió su camioneta por esta red de argentinos; Patricia buscó clientes para sus masajes; Laura, compradores para sus empanadas y Paul para sus alfajores santafesinos. También sirvió para que hace algunos años los estafaran a todos, con pasajes a Argentina de una agencia que desapareció.

A propósito del 9 de julio, los Argentos se reunieron ayer, para comer empanadas, choripanes y matambrito a la pizza en una casa de Coyoacán. La invitación circuló por Internet, había que confirmarle la asistencia a Laura, de Ahijuna! que desde hace algunos años años prepara comida artesanal argentina.

Llegué con unos amigos. Nos recibió Paul, con un beso en la mejilla a las mujeres. Cuando le tocó saludar a Diego, primero le dio la mano y después un abrazo sonoro con apretón de manos en los omóplatos y beso. “Aprovechemos que acá nadie nos ve, no nos van a acusar de trolos“, le dijo. Después se rieron y arrancó el show de códigos, mientras desfilaban bandejas de empanadas de carne  y choripanes enchilados.

Había globos blancos y celestes, una bandera y alrededor de 50 personas con historias de desarraigos, adaptaciones forzadas, contradicciones y un extraño sentimiento de pertenencia.

Virginia y Manuel se conocieron por chat, hace unos cinco años. Ella es de Entre Ríos y el de Satélite, en los alrededores del DF. A ella le gustó su nic: “consejero”. Empezaron a hablar, primero unos minutos, después una hora y al final toda la noche. “Mi papá se levantaba a trabajar a las 6, entonces un rato antes yo apagaba la máquina”, me dice Virginia, que puede ni ver las tortillas de maíz, pero habla como mexicana. Manuel, su marido toma mate como argentino y Samuel, el hijo de 9 meses todavía no habla pero se comenta que con esos ojazos que tiene será el próximo galán de Televisa.

Pablo vino hace algunos años, después de la crisis del 2001 a buscar trabajo.

Se quedó un tiempo en la casa de un amigo en Cuernavaca y luego aterrizó en el DF y montó una empresa de desarrollos informáticos con Pamela, su novia peruana que vino a estudiar y estudió… hasta que se conocieron. Ahora trabajan y viven juntos. Pablo todavía juega al fútbol con un equipo argentino pero ya habla de tú.

“Cuántos más años pasan, la brecha es más grande”, “Yo me siento sin bandera”, “La tierra es la tierra”, “Durante cinco meses no estuve ni acá ni allá”, “Volver, ¿a qué?”, “Trabajo no hay, la última vez que fui había carteles de se cierra, se alquila, se vende”, “En Argentina te quedás sin trabajo y te condenan a robar”, “¿A quién pusieron de minsitro de Economía? Es un desconocido total, ¿no?”, “Hace siete años que vivo acá y leo todos los días el Clarín. Lo leo y me amargo. Entonces digo, mañana no lo leo. Pero al día siguiente, otra vez lo estoy leyendo“.  Mientras Laura servía el matambrito a la pizza, en las mesas circulaban estos comentarios.

Algunos se conocían, otros no. Hubo intercambio de correos y celulares. Se pasaron la receta de la pizza casera (“…te ponés a chamuyar y la vas amasando”) y jugaron al truco. Organizaron partidos de fútbol y reuniones, que quizás se concreten y quizás no. Pero me dio la impresión de que en el fondo eso no importaba.

Lo importante fue estar ahí, en ese momento, y sentirse cerca de algo, a pesar de que sea inasible y de que tal vez ya no exista.


Malverde, el santo de los narcos

malverdePara muchos mexicanos ayer fue San Jesús Malverde. Este personaje, desconocido por la iglesia católica, cuenta con la fe de miles de aztecas, especialmente de sinaloenses, que cada 3 de mayo festejan en aniversario de su muerte. La de ayer fue una fecha importante: el patrono de los narcos cumplió un siglo de muerto.

Se trata del único santo con capillas en distintos estados, hay varias en Sinaloa, la capital del narcotráfico, y otras lugares de la república. Su influencia también ha llegado hasta Cali, en Colombia y Los Ángeles, también en Cali… pero California.

Según la leyenda más extendida, Malverde nació en los años 70, cuando el capo Julio Escalante ordenó matar a su hijo por realizar negocios sin su conocimiento. Según esto, herido de una bala de plata y arrojado al mar, el joven suplicó a Malverde su ayuda y fue entonces salvado por un pescador.

Se corrió la voz del milagro y en ese momento, famosos narcotraficantes como Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca y Amado Carrillo Fuentes comenzaron a acudir a la capilla de Malverde. Increíble, pero todos estos hombres hoy en día están presos o muertos. A los que siguen sus pasos no les importa, para ellos “más vale vivir un año como rey, que diez como güey”.

Hoy, las capillas de Malverde son visitadas por peregrinos y también por grupos musicales que interpretan los conocidos “narco corridos” sin ningún motivo aparente, pero la verdad es que están agradeciendo a Malverde porque se ha pasado, exitosamente, algo de droga al otro lado de la frontera. En la entrada venden estampitas, velas, colgantes y hasta olorosos jabones de San Malverde.


Chacahua, el secreto de Oaxaca

No debería dar las coordenadas para llegar. Chacahua es un secreto y cada viajero tiene recorrer su propio camino para llegar. Chacahua es distinto a cualquier pueblo de México. No sólo porque está en medio de lagunas, manglares y mar, sino porque sus habitantes descienden de negros. Porque no hay Internet y porque en  las noches un molusco extraño del agua produce fosforescencias mágicas.

 Está mal que lo haga. No debería dar las coordenadas para llegar. Un amigo me dijo, por favor, nunca escribas un artículo de Chacahua. Que nadie sepa dónde queda, que vengan los que lleguen, que pase de boca en boca. Que Chacahua no salga en folletos. Por suerte, hay épocas de mosquitos y eso ahuyenta al turismo, me dijo mi amigo, el que quiere a Chacahua para él sólo.

No voy a dar las coordendas para llegar. Sólo diré que queda a una hora de Puerto Escondido, que primero hay que llegar a Zapotalito y desde allí tomar un taxi hasta un lugar desde donde zarpan las lanchas que atraviesan las lagunas. El viaje sigue pero con esos datos alcanza. No voy a dar las coordendas para llegar. Sólo diré que vayan, que en Chacahua el mundo gira en camiseta.


El mole, una salsa barroca y manchamanteles

El mole es una salsa barroca, tan barroca y recargada como la iglesia Santo Domingo, la que está al final del andador turístico que cruza la ciudad vieja de Oaxaca. Dicen que aquí hay siete moles –el negro, el amarillo, el coloradito, el verde, el chichilo, el rojo y el estofado–, pero en realidad son muchos más porque no es lo mismo el amarillo serrano que el amarillo del Istmo. Cada uno acepta variantes. No se llegan a conocer ni en una vida, pero una visita sirve para probar algunos, sentir el inconfundible dulzor picoso y entender por qué los llaman manchamanteles. Desde hace unos años se pueden comer en cualquiera de los restaurantes boutique del casco antiguo, con cartas en español y en inglés, y versiones edulcoradas para no quemarse con las llamas apasionadas del chile piquín. O del habanero, dos tipos infernales.
La cantante mexicana Lila Downs, de madre oaxaqueña y padre gringo, canta en su disco La Cantina, un tema inspirado en Oaxaca: La cumbia del Mole. Cuenta que para guisar un molito, “se muele con cacahuate, se muele también el pan, se muele la almendra seca, se muele el chile también la sal, se muele ese chocolate, se muele la canela, se muele pimienta y clavo” y con eso “se mueve la molendera”. Pero si Lila Downs, que sale a los shows con huipil y trenzas hasta las rodillas, hubiera incluido en su tema todos los ingredientes del más tradicional de los moles oaxaqueños, el mole negro, todavía estaría cantando: según los gastrónomos más estrictos el mole negro lleva 30 ingredientes y unas cuantas horas en la cocina.




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