Julio Cortázar en París


Pintores de la Torre Eiffel

Edgardo Kleinman, gran conocedor de arte y autor de la Cartelera Cultural, sección del suplemento Turismo del diario La Nación que se ocupa de la agenda de muestras y conciertos en distintos museos y galerías y teatros del mundo, es lector de Viajes Libres y amigo de la casa. Con la delicadeza que lo caracteriza aporta al post anterior -no tan delicado- las miradas artísticas y bellas que algunos pintores hicieron de la Torre Eiffel. ¡Gracias Ed!

Robert Delaunay

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 Marc Chagall

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Georges Pierre Seurat

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Jean Cocteau

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 Raoul Dufy

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En París, la torre está en todos lados

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La cocina más trendy de París ¡es inglesa!

rosebakery1.JPGPrimero me lo dijo una amiga. Que la última moda para comer en París era un lugar inglés. Qué raro, pensé. ¿Cómo podrían permitirlo, los reyes de la patisserie? Parecía imposible. Pero el dato se repetía: la Condé Nast también lo recomendaba. Los caminos más trendy de la ciudad llevaban a Rose Bakery.

Entonces mejor voy, a ver de qué se trata este lugar. La primera vez estaba cerrado porque parece que cierran los lunes. Volví un miércoles en la tarde, pasadas las tres. Y aunque en París almuerzan temprano, todavía había gente comiendo.

Rose Bakery es el nombre que eligió Rose Carrarini, una inglesa que tuvo su pequeño restaruante en Londres y hace unos años se instaló en París. Al parecer cocina más que bien. Su restaurante, que queda en 46 Rue des Martyrs, cerca de la Gare du Nord, tiene vista al Sacre Coeur, y ya es una marca cool en la ciudad.

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Rose se especializa en patisseries y trabaja con su marido desde hace más de 30 años, Jean Charles, que hace tartas y panes.

Llego ese miércoles frío y lluvioso y después de atravesar un grupo de gente comprando y pagando en el mostrador, conseguí una mesa. Más tarde supe la suerte que tuve: Rose Bakery siempre está lleno. Tanto que están pensando abrir otro en París… o en Tokio.

Además de servir comida hecha en el momento, venden té inglés, jugos naturales y varios productos orgánicos, desde café hasta champignones, y patisseries para llevar. Es uno de esos lugares donde uno siente que lo que come le va a hacer bien.

Como en muchos lugares de moda, en Rose Bakery hay mucho movimento y tránsito de gente con onda. El staff es por lo general femenino y extranjero. Todas las chicas llevan un delantal blanco y suelen estar apuradas. No es un típico resturante: el lugar era un antiguo depósito y tiene un pasillo largo con lugar para una sola fila de mesas. En el final tiene un salón no demasiado grande y una pintura abstracta donde predomina el color naranja, el mismo de las zanahorias que se usan para uno de los hits de la casa: el carrot’s pudding. (En Rose Bakery se habla más inglés que francés).

rosebakery3.JPG¿Qué se come? Todos los días hay un menú por 13 euros, que incluye, por ejemplo: una sopa de lentejas, un omelette con ensalada de rúcula y un café con scons para el final. Todo es muy fresco y la preparación y los condimentos, de lujo. Los platos no son abundantes así que el que esté con hambre, que tome otro rumbo.

Para la hora del té, los cookies y brownies y cheesecakes y pasteles de frambuesa están altamente recomendados. Ideales para probar la selección de Earl Grey de Rose Bakery.

Rose Bakery es trendy por donde se lo mire. En los últimos desfiles de la marca japonesa Comme des Garçons el catering fue de Rose, y el libro Breakfast Lunch Tea, que escribió la cocinera inglesa más famosa de París por estos tiempos, está agotado.

Cuenta la cocinera que un día, hace un par de años, vino a comer un hombre y se pusieron a conversar. El le dijo que era de la editorial Phaidon y que quería que ella escribiera un libro. Rose viajó a Londres, ultimaron detalles para la publicación y cuando estaba por terminar la reunión ella le preguntó: ¿y usted, qué hace en la empresa? El hombre le respondió, simplemente:»Soy el dueño».

En París hay miles de bistros y restaurantes, pero todo indica que estamos en la hora de Rose Bakery.


París miau…

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Muchos creen que es llegar a París y sentir el ánimo de amar. Algunos, incluso, lo comprueban. Cuchi cuchi al sol, en un bar de la Rue Vielle du Temple, en el Marais.


Elisa en París

laverie0.jpgEn los lavaderos automáticos de París no hay empleados. Uno llega, pone sus monedas, deja la ropa lavando, se va y vuelve a buscarla media hora más tarde. O cuarenta minutos, si usa el secado automático.

Ese día llegué temprano al lavadero del barrio. No había llevado billetes, la máquina sólo aceptaba monedas y no había a quién cambiarle. Así volví a caminar las cuadras que me separaban del hotel, busqué monedas y caminé de vuelta al lavadero. 

Cuando entré la segunda vez una persona negra estaba sentada al lado de las máquinas blancas. Era difícil distinguir si era hombre o mujer. Tenía una campera grande con capucha, y estaba leyendo.

No tengo idea de cómo funcionan las maquinas de lavadero automático, entonces fui de un lado a otro, leyendo instruccciones y tratando de ver de dónde sacaba el jabón y qué botón me tocaba apretar primero.

Quizás para evitar que la máquina me comiera un euro o para descubrir si esa persona era hombre o mujer, rompí el silencio con olor a jabón en polvo de la mañana fría.

– «¿Sabés cómo es esto?», pregunté.

Se dio vuelta y me miró con ojos muy tristes.

– «No, nunca lavé en una máquina», me dijo y entendí que no estaba esperando su máquina ni su ropa. Había entrado en busca de reparo, de calor. No podía hablar bien, parecía que tenía un problema en la boca. Se paró, leyó, volvió a leer y me dijo que creía que era así. Y así lo hice.

Todavía no podía distinguir si hablaba con un hombre o con una mujer. Su vestimenta era unisex, igual que su cara. Y tenía una actitud de niño asustado. Se volvió a sentar, se escondió debajo de la capucha azul y fingió que leía.

La máquina ya estaba lavando. Volví a atravesar el silencio enjabonado:

– ¿De dónde sos?

laverie3.jpgMe contestó que de Cayenne, Guayana, que hace nueve años que está en París. Tardaba en responder, hacía silencios y siempre preguntaba de vuelta. Recién cuando me preguntó si tenía hijos estuve segura de que era mujer. Ella se llama Elisa y tiene 36 años, aunque aparentaba 50. Me dijo que ella no quería tener hijos y le pregunté por qué.

-Porque no quiero.

Me contó que habla con su madre, que tiene hermanos allá y que una hermana se murió. Le pregunté si tenía amigos en París y me contestó que donde vive se cruza con gente y que se dicen bonjour, pero eso es todo. Cada vez que contaba algo, revelaba una cara más de su tremenda soledad. Una soledad que respiran muchos inmigrantes en París y en cualquier lado.

Elisa me dijo que no le gusta el frío, que vino para trabajar, pero que ahora no tiene trabajo. Y no se vuelve porque todavía no es tiempo de volver. Vive en un lugar para gente sin trabajo que cuesta un puñado de euros por noche. Pero no puede pagarlo todas las noches.

– ¿Y cuando no dormís ahí, qué hacés?

– Duermo en un foyer.

Cuando terminó de decir eso, entró en el lavadero automático un hombre joven, apurado, parisino, de unos 40 años. Tenía pinta de divorciado y un hijo de ocho. Era muy ejecutivo y en menos de tres minutos dejó su máquina andando y se volvió a ir. El lavadero era pequeño pero el hombre no nos registró. Pasó al lado nuestro como uno pasa por las salas del Louvre que no le interesan. Sin mirar a los lados, sólo hacia adelante.

El tipo se fue y el silencio no olía a jabón sino a incomodidad. Ya no era tan temprano y la ciudad estaba despierta. Elisa me dijo: «Es hora de partir». Y abrió la puerta de vidrio que la devolvió al frío y a su soledad. Antes de irse me miró otra vez con la mirada más triste del mundo. Más incluso que la de los chicos que se acercaban a la ventanilla del taxi y me decían «hungry hungry» en Etiopía.


El Passage Brady

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Los que vivieron un tiempo en París o fueron varias veces tienen su top five y ten de lugares especiales y únicos. Antes de viajar, hablé con varios amigos y me contaron sus parises personales.

Uno de ellos, gran conocedor de la ciudad y fanático de la cocina india, me habló de varios lugares, y me dijo: «No dejes de ir al Passage Brady». No el primer día, pero sí el segundo -también soy fanática de la cocina india- fui a ese pasillo largo que concentra una dosis de la India en París.

El Passage Brady es uno de los tantos pasajes cubiertos que existen en París. Fue inaugurado en 1828 y queda entre entre la Rue du Faubourg St. Denis y la Rue du Faubourg St. Martin, en un barrio popular, cerca de la Gare du Nord, donde viven negros, indios y paquistaníes. Es una zona de comercios mayoristas y peluquerías. Del otro lado del Boulevard Strasbourg tiene una parte descubierta.

En total tiene unos diez restaurantes pequeños y bien ambientados donde se pup1130437.JPGede comer un auténtico thali con una cerveza Cobra, custodiado por Shiva y Vishnu y la diosa Parvati. El menú cuesta entre 8 y 12 euros sin bebida. El thali del Passage Brady es bastante parecido a algunos thalis del sur de la India, con arroz basmati, lentejas pisadas o dhal, espinaca saltada y curry de pollo. Extrañé el curd y ese picante indescifrable y certero que gusta y hace llorar.

En la mitad del pasaje, está el distribuidor Velan, un supermercardo donde es posible encontrar desde stickers Ganesh hasta bolsitas de cardamomo negro, garam masala y aceites esenciales del Himalaya para hacer masajes. Ni bien abre la puerta, uno recibe un shock aromático. No podría precisar una especia, tal vez diría que olía a clavo, seguro, y también a canela. Pero la mezcla de olores especiales es lo que queda en el recuerdo. También venden bindis y arroz y hot curries y caramelos de jengibre.

Cuando salí del Passage Brady, después de algunas horas, sentí que venía de la India y me pareció raro escuchar a la gente hablar en francés.


París en blanco y negro

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Es marzo y hace frío en París. En el viaje del aeropuerto Charles de Gaulle a la estación Denfert Rochereau miro la lluvia mínima que se escurre por la ventana. Los pasajeros llegan al tren con gorro y bufanda, y los árboles son esqueletos oscuros que si pudieran, temblarían. Es difícil imaginar que alguna vez volverán a tener hojas y a ser verdes. En esta mañana gris se me hace extraño pensar que en París pueda haber sol y verano.  No entiendo cómo se atreven a poner sandalias y mangas cortas en las vidrieras. Hoy creo que París es una ciudad tristemente bella, donde siempre debería hacer frío. Y también lo pensaré mañana, mientras recorra los senderos del cementerio Montparnasse buscando a Julio Cortázar. Y el día después, caminando por la Ile Saint Louis me parecerá que París podría existir en blanco y negro. Que su belleza no necesita color.

Muchos me dirán que cómo puedo decir semejante pavada, que tendría que venir en primavera para verla florecida, con sus parques deliciosos y la gente tomando sol en los cafes y bistros de veredas amplias. Que debería hacer este post después del sol, que me estoy apresurando, que no hay nada más lindo que un picnic estival en el Bois de Vincennes, con paté, camembert y vin rouge. Sé que dirán eso y tal vez cosas peores. Pero no me importa. Por esta vez seré imprudente. No sólo lo digo, también lo repito. París es una ciudad tristemente bella, donde siempre debería hacer frío. Y donde el color es lo de menos.




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