Felicidad en la fotocabina

Me llega esta foto desde Berlín. La mandan unas amigas que en un momento de felicidad, uno de esos instantes vitales que suceden en los viajes, encontraron una cabina de fotos automática, se metieron, pagaron un par de euros, la llenaron de risas, esperaron 4 minutos y se fueron con cuatro fotos de ese momento único.

El detalle sofisticado: mis amigas son fotógrafas y encontraron en Kreuzberg una cabina que revela en blanco y negro.

Acá, una lista de la ubicación de fotocabinas en algunas ciudades del mundo, incluida Berlín. Para los que no viajan próximamente, un juego divertido: laphototocabine. Pasen y cierren la cortina, por favor.


Un lugar para la novela gráfica

Fue rapidísimo y sé que va durar mucho tiempo. No hablo de amor -ahí es más difícil predecir- sino de mi gusto por la novela gráfica.

La había visto de pasada en varias oportunidades pero la conocí gracias a la periodista, editora y amiga de la casa Mariana Liceaga, mientras preparaba la excelente nota que escribió esta semana para ADN Cultura.

El artículo cuenta la historia, analiza la pólemica y diferencias con el cómic, habla del fenomenal crecimiento del último tiempo, y pasa revista a algunos hitos de la novela gráfica. Como Maus, de Art Spiegelman, que ganó el Pullitzer, y cuenta la historia de un sobreviviente del Holocausto. No de uno cualquiera, de su padre. Ya escribiré un post de ese libro que todos deberían leer.

En Argentina, el boom de la novela gráfica llegó a las librerías, que poco a poco, le dedican sectores especiales. En Europa, se ve con más furia. Hay librerías especializadas y otras con áreas enteras para la novela gráfica.

Hace un par de semanas visité, en Barcelona, Norma Cómics, librería de la Editorial Norma totalmente dedicada al género, con vendedores que pueden contestar todas las preguntas. No como me pasó en Buenos Aires, en una librería muy cool cuando fui a comprar Maus, que el librero no me explicó que venía en tomos y que sólo estaba comprando el primero, y que el segundoe estaba agotado. No, en Norma Cómic, los chicos son fanáticos y saben orientar.

La tarde que entré a Norma Cómics era primaveral, cálida, linda para estar al aire libre. Pero no me podía ir de la librería del Passeig San Joan, a metros del Arco del Triunfo.

Las ediciones son cuidadas y dan ganas de tenerlas en la biblioteca. Los precios rondan entre 13 y 26 euros. Por eso y por el exceso de equipaje no se pude traer demasiado. Muchas historias cuentan con nombre propio algún pasaje, en general difícil, de la vida del autor. Como Nunca me has gustado de Chester Brown; Arrugas, de Paco Roca y El Paréntesis, de Elodie Durand. Otran narran verdaderas novelas con dibujos inolvidables. Como Rosalie Blum, de Camille Jourdy, que ganó en el Festival de Angouleme -un referente para el género- del año pasado. Tres tomos que ojalá lleguen pronto.

Otra que me gustaría leer: Notas al pie de Gaza, la novela gráfica del reportero Joe Sacco, que cuenta en primera persona la vida de los ciudadanos y las matanzas ocurridas en la Franja de Gaza.

Sé que de ahora en más voy a seguir lo que me cuente Apolo sobre los indignados, una viñeta de Emma Reverte y Mariam Ben-Arab que comenzó a aparecer en El País y muestra a través de una mirada inocente y personajes amargados la gravedad de la crisis en España.

La novela gráfica, la edad adulta del cómic, la historieta seria o como se quiera llamar. Bastó conocerla para hacerme fanática. Hasta se me ocurrió contar en este formato una historia que estoy pensando. En cualquier momento pongo un anuncio buscando dibujante.


Habitaciones temporarias

The Travel Almanac es una revista. La encontré en una librería de Berlín. Se le ocurrió al productor John Roberts y a su amigo Pawel después de browsear publicaciones de viajes durante una larga espera en Heathrow. No encontraron nada nuevo y decidieron hacerlo.

Una revista que explorara el viaje y la habitación -en el sentido de habitar- temporaria según la mirada de músicos y artistas. Así surgió, como un intento de cubrir (algo de) ese vacío. Este número (Spring-Summer 2011) salió hace un par de meses, es el primero y desde que nació la idea hasta que estuvo en las librerías pasaron más de dos años.

Está dividida en tres secciones. Guests, en la que los autores conversan con sus artistas favoritos sobre cómo el viaje afecta sus vidas; Amenities & Incidentals, donde muestran hoteles únicos que suponen un experiencia, lugares no sólo para dormir, sino para estar, y Souvenirs, una selección de pequeños mementos y algunos consejos de viaje.

De este número me gustaron varios temas. En este post rescato algunos fragmentos de la entrevista a David Lynch, el director que viaja dentro del territorio de sus películas, y afuera también.

- ¿Qué lugares has visitado y han tenido un impacto duradero en ti, y cómo fueron esas experiencias?
- Lodz, Polonia, en invierno es un lugar que me hizo empezar a soñar instantáneamente. Las ideas surgieron de la luz y las nubes bajas y de las nubes bajas, gris oscuro, y de las fábricas en ruinas y de la arquitectura única de la ciudad.

- ¿Cuáles son tus hoteles favoritos o lugares para quedarte cuando viajas?
- Realmente me encantaba el Lancaster Hotel, en París. Ya no me quedo ahí porque no dan más la tarifa de “artista”. Era un hotel pequeño, pero acogedor y yo me sentía como en casa.

- ¿Cómo el viaje afecta tu trabajo y el proceso creativo? ¿Qué lugares te parecen más apropiados para trabajar y por qué?
Para mí, el lugar más apropiado para trabajar es casa. Pero muchas veces, nuevos lugares conjuran ideas, por eso, es bueno salir de tanto en tanto.

- ¿Tienes algún hábito o ritual cuando viajas que te hace sentir más cómodo cuando estás afuera de casa?
- Fumar. Pero dejé de fumar, entonces nó sé qué pasará la próxima vez que vaya a París.

-¿Cómo tu experiencia con la meditación afecta los demás aspectos de tu vida?
La meditación trascendental es como si te dieran una llave a un tesoro, y trascender es experimentar ese tesoro. Dicen que lo trascendente, es una experiencia holística, entonces todas las avenidas de la vida comienzan a mejorar cuando empiezas esta práctica. Lo trascendente es todo positivo -un gran océano sin límites de felicidad infinita, creatividad, inteligencia, energía, amor, paz.

The Travel Almanac es una revista, pero tiene espíritu de permanencia. Como los libros.


08001 Raval

Me gustó caminar por el Raval con esta música.


Lolitas gyaru de Barcelona

Fue el sábado a la tarde, cerca del Arco de Triunfo. Más precisamente, después de cruzarlo. Estaba buscando una librería cuando me encontré con estas chicas tan lookeadas. No había sólo cuatro, eran más de treinta medio lolitas medio conejitas medio rococó medio cupcake medio góticas medio manga, medio infantiles, medio sexys. Del todo pop. Después me enteré que se reinauguraba Madame Chocolat, un negocio que vende ropa de este estilo.

Gal, así se llama esta tribu urbana nacida en Japón, fanática del cuidado de la ropa, el pelo, el maquillaje. “Gal viene de gyaru, me dijo una de las chicas, son chicas japonesas que imitan el estilo occidental, googlealo y vas a entender. Y sacó una revista, Egg, para que viera de qué se trataba. Más de cincuenta páginas llenas de chicas como ellas pero asiáticas. Esa noche leí que Egg es la biblia de las de las gal, abreviación de girl, en inglés, y gyaru, en japonés.

De cerca, las chicas tenían una gruesa capa de maquillaje, brushing, extensiones y mirada de muñecas. Durante la semana se visten sin brillos para estudiar y trabajar, pero cuando llega el sábado pasan horas frente al espejo y bajo el aire caliente del secador. Me imagino que si fueran a Tokio, lo primero que harían sería ir a Shibuya 109, un centro comercial dedicado a chicas de veintipico. También me imagino que de las palabras que saben en japonés, la que más les gusta es kawaii.


Volver…

Mientras escribo estas líneas, Ignacio M. está en el aire. Vuela a Buenos Aires después de vivir diez años en Barcelona.

Vino con la crisis y se va con la crisis. Tiene 30 años. Se lleva dos valijas pesadas y muchas ganas de volver a vivir en Argentina.

En sus dos viajes formó parte de una tendencia: argentinos que venían a buscar un futuro mejor después de la crisis y argentinos que se vuelven por muchos motivos, pero la crisis española es uno de ellos.

En estos diez años en Barcelona trabajó de muchas cosas y estudió Psicología en la UB. Se hizo amigos, pero extraña a los amigos. Antes de que se subiera al avión nos cruzamos cerca de la Sagrada Familia, su barrio hasta hoy, y conversamos un rato.

¿Por qué volvés?
Vuelvo para estudiar, quiero hacer un postgrado en Terapia Familiar. Vuelvo para reencontrarme con mi familia y mis amigos. Y vuelvo como parte de una evolución vital, para ver con perspectiva lo que ha cambiado en mí en estos diez años. Tengo un impulso de irme de aquí.

¿Qué expectativas tenés?
Mis expectativas no tienen que ver con Argentina en sí, sino con lo que significa para mí este cambio. Es aventurero volver, como también lo fue venir hace diez años. Pero lo que construí acá es interno. El primer tiempo voy a vivir en la casa de mis padres, es un regreso tanguero, vuelvo a la casita de mis viejos.

Ahí Ignacio, que toca la guitarra y canta, evocó el tango de Cadícamo, y recitó la parte que dice: “… Mis veinte abriles me llevaron lejos, locuras juveniles, la falta de consejo.”

¿Miedos?
Hay muchos, los que no se van, que me dicen “Estás loco, cómo vas a volver”, gente que con sus preguntas te hace dudar y pensar si estás haciendo lo correcto o no. Pero estoy decidido, confío en que me podré adaptar. Hoy sé que mi camino está allá. Quizás a lo que le tengo más miedo es a la cultura violenta que a veces hay en Argentina. Acá se practica el civismo, a veces un tanto excesivo, pero la amabilidad y el respeto están muy bien.

Todavía no tiene trabajo, pero tiene claro que quiere vivir de su profesión. Mientras tanto hará un postgrado en Terapia Familiar. “No quiero ser psicólogo de ricos, me gustaría que mi trabajo tuviera un contenido social”.

Una de las últimas cosas que hizo Ignacio antes de irse fue visitar la Sagrada Familia. Si bien vivía en el barrio y todos los días pasaba por la iglesia interminable nunca había entrado. Le impresionó, le encantó. Imagino que habrá sacado fotos, que la habrá mirado con otros ojos. No tanto como un vecino, más como un turista.


El cine de Nanni Moretti

El cine de Nanni Moretti queda en Trastevere, en la parte menos turística del barrio romano, atrás de los bares y del ruido.

Se llama Cinema Nuovo Sacher. La primera parte del nombre es un homenaje al antiguo Cinema Teatro Nuovo, inaugurado en ese lugar en 1922. La arquitectura fascista está intacta. La segunda parte del nombre es un homenaje a la torta Sacher, que tanto le gusta al director, y que da nombre también a su productora.

El cine de Nanni Moretti es un cine arte. Tiene una sola sala amplia, un café y un pequeño negocio donde se venden sus películas y algunos libros. Desde el 15 de abril, día del estreno, está en cartel Habemus Papam, su última película que cuenta la historia de un papa inseguro. Un papa que no se siente preparado para la misión que le toca. Entonces, después de descartar enfermedades físicas, los cardenales y obispos deciden que debe ir al psicólogo. Ahí es cuando Moretti se mete en el Vaticano y la película adquiere una dimensión fantástica.

Me cuenta Lucca, el que proyecta las películas en el Sacher, que los primeros veinte días vinieron alrededor de 1200 personas por día, incluidos curas y monjas, que salieron con una sonrisa. La película es divertida y respetuosa.

No es raro cruzárselo a Nanni en el cine. Le pasó a una amiga hace un mes. Suele ir alguna vez en el día, en su Vespa de los años 70, tal como uno lo recuerda en Caro Diario.

Después del cine comí en la Trattoria da Paolo, en la Plaza San Francisco, una buena recomendación de Lucca. Y me quedé pensando que es perfecto ver esta película en Roma, una ciudad atravesada por el contenido religioso y papal.


Turistas en acción vs. turistas en receso


Nefertiti express

Después de una costosa remodelación, hace un par de años reabrió el Neues Museum, donde está el busto de la famosa reina egipcia Nefertiti. En la cola para sacar el ticket, una pareja de españoles discute sobre si entrar o no.

La mujer insiste, que vamos, Javier, que vamos, pero el tipo está decidido a no ir. Habla fuerte, con acento marcado y la certeza de que los que están al lado no lo entienden:

“Que no quiero seguir pagando museos en Berlín, Marta. Que sí, mujer, que a mí me gusta la Nefertiti, pero que diez euros de aquí y diez de allá, y la audioguía, basta. Estos alemanes se han avivado, ponen el Pérgamo en uno, la Nefertiti en otro y así no hay bolsillo que aguante. Ni piernas. Además, yo no quiero echarme dos horas viendo piedras egipcias, si entro es por la Nefertiti. Pero no voy a entrar, ya lo decidí, ve tú. Yo te esperaré en el bar de enfrente, tomándome una caña.

Marta le responde algo bajito que no llego a escuchar, y él sigue:

“Y sabes qué, a la Nefertiti la veo en foto. Mira, aquí te dejo la cámara, cuando llegues a la sala, apretas este botón y me sacas una foto, ¿vale? Ponle el zoom para que la vea bien, y venga no pongas esa cara que nos vemos un rato.

El tipo se fue y la mujer lo miró caminar hacia la plaza. Quizás ella también estaba cansada de los museos, pero sentía la obligación turística de ver a Nefertiti.

Aunque era imposible no reírse al escucharlo hablar, una vez adentro del museo, parada frente a las piedras egipcias, me acordé de él con un poco de vergüenza. Me di cuenta que pasaba sin ánimo frente a las vitrinas, que tenía ganas de estar en la calle, atenta a la ciudad actual.

Entonces, busqué al guardia del salón y le pregunté en mi alemán de primer grado: Wo ist Nefrototo?  (Dónde está Nefertiti?)

Cuando llegué a la sala, frente a la impactante escultura, volví a pensar en el gallego. Estaba prohibido sacar fotos.


Monsieur Voung, un vietnamita en Berlín

En la época de la DDR llegaron muchos vietnamitas a Berlín. La mayoría se quedó y hoy es la cocina étnica más popular de la capital alemana. Como los indios en Londres. Cada tres o cuatro cuadras hay uno. Monsier Vuong es el vietnamita de moda. Queda en Alte Schönhauser Str. 46, cerca de Alexander Platz. Las ensaladas con lemon grass, hierbas aromáticas, brotes y maní están muy bien. Pero la sopa Pho -que se pronuncia Fa- el plato típico de Vietnam, dulce y picante a la vez, es el hit.




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