Hotel España, en Argentina

Este fin de semana, Hotel España, el nuevo libro de Juan Pablo Meneses, sale a la venta en Argentina.

En sus páginas, el autor recorre distintos hoteles España del continente y en el camino se cruza con controles policiales, fiestas inolvidables, un pueblo andino con wifi, contrabandistas ballenas y la pista de hielo más grande del mundo. Un libro que redescubre la América Latina del Bicentenario.

Hotel España tiene una particularidad: se presenta en giras. JPM ya dio vueltas por media Latinoamérica y en estos días, cuando logre salir de Chile, llega a Buenos Aires para nuevas presentaciones. Durante abril, el tour sigue en Córdoba, Rosario y La Plata.

A continuación, un adelanto exclusivo del libro.

Podemos intentar escribir el mejor libro de viajes. Contar nuestras experiencias, relatar aventuras, mostrar nuevos paisajes y relatar tierras nuevas. O podemos querer contar todo un continente, la tierra de Los España a doscientos años de su independencia, sin embargo, sigo creyendo que el más noble de los libros de viajes es el pasaporte.

Aunque la Real Academia Española lo defina burocráticamente como la licencia o despacho por escrito que se da para poder pasar libre y seguramente de un pueblo o país a otro, el pasaporte sigue siendo, de lejos, el más sencillo y efectivo diario de viaje. Un libro de tapas gruesas que lleva tu foto y tu nombre, dándole a la publicación la importancia que te mereces. Una bitácora íntima e intransferible que va resumiendo, certeramente, el rumbo que ha corrido tu vida en los últimos años.

La paranoia de los escritores frente a la hoja en blanco, los viajeros la viven con el pasaporte vacío. Pocos, salvo a los que les gusta andar de un lado a otro, pueden entender el encanto que produce el timbre aduanero de un país exótico. Intercambiar pasaporte con alguien, mientras se espera la conexión retrasada, pesa más que compartir toneladas de novelas de aeropuerto.

Aplicando la moral de Augusto Monterroso, defensor de la literatura breve y autor del cuento más corto de la historia, el pasaporte es el libro de viajes perfecto: apenas el nombre de un país, timbrado en tinta lila, te lanza a recorrer largos arrozales asiáticos; una visa en un alfabeto indescifrable es suficiente para que, al tocarla, casi huelas otra cultura; una simple fecha en rojo sirve, y basta, para recordar interminables caminatas por un viejo continente. Literatura directa. Concisa. Al grano, como para ridiculizar a los novelistas debutantes.

Ir llenando el pasaporte es ir escribiendo tu propio Moby Dick. Una novela donde la aventura viajera va atravesando todo el relato. Y en la que, por cierto, cada uno se encariña con distintos capítulos. En mi caso, suelo preferir dos. Uno por lo extraño, como cuando salí de Chile en barco y en el pasaporte quedó registrado un timbre con la palabra Valparaíso. Y otro, por lo ausente, cuando estuve en la Triple Frontera: quedó el timbre de salida de Argentina y, dos días más tarde, el de ingreso a Paraguay. Pasé dos días en Brasil sin ningún tipo de registro, lo que algún crítico podría traducir en un salto de tiempo que puede llegar a ser interesante.

Pero, claro, en el mundo de los pasaportes, como en el de los libros, la apariencia de las portadas influye mucho. Más de lo que un autor quisiera. Una tapa que diga United States y adentro lleve tu foto puede abrirte las puertas de nuestro mundo, pero llenarte de sospechas si visitas al enemigo. He visto ecuatorianos y peruanos teniendo que desnudarse en España por la tapa de sus pasaportes, y no quiero ni pensar lo que debe ser llenar un libro de viajes personal cuya cubierta tiene escrita las palabras Irak o Palestina. Aunque ahora el pasaporte chileno esté en alza, nadie parece recordar que por años fue un lastre que pesaba más que un piano, y que te negaran la visa era tan común como un estornudo.

La importancia de las portadas lleva a casos increíbles. Conozco santiaguinos de toda la vida, que crecieron yendo a las reuniones dobles en el Estadio Nacional, que se pasean por Sudamérica con pasaporte italiano. Una amiga recorre el mundo con documento austriaco, aunque nunca estuvo allí. Y he visto latinoamericanos malgastar cinco años de su vida en España sólo para conseguir una cubierta europea para su libro. ¿Vale la pena tanto sacrificio?

Seguramente, vale la pena. Eso lo sabe cada uno. Tal como cada uno sabe lo que significan los diferentes timbres que van llenando el pasaporte. Hace poco, hablando con un viejo periodista deportivo argentino, me dijo que en todos sus años de carrera nunca escribió un libro: sólo llenó pasaportes.

Y me lo dijo sereno, con la tranquilidad de un autor que se sabe respaldado por una gran obra.


Cama, café y charla en Santa Teresa

El que fue más de una vez a Río de Janeiro y no está desesperado por abrir los ojos en Ipanema o Leblón puede tener en cuenta hospedarse en Santa Teresa, un barrio tranquilo, antiguo, arbolado, bohemio y con buenas panorámicas de la ciudad.

Hay tres o cuatro hoteles de mediano presupuesto, un par de opciones de lujo boutique y dueños franceses, como Santa Teresa y Mama Ruisa, y también existe una red de alojamiento en casas de familia. Se llama Cama e Café y es una versión brasileña del bed & breakfast. Fue creada por un grupo de residentes de Santa Teresa y da la posibilidad de experimentar eso de sentirse como en casa fuera de casa.

Hoy la integran más de 40 residencias particulares. Están divididas en tres categorías: económica, turística y superior. En los tres casos, suelen ser casonas antiguas, que tienen uno o dos cuartos para huéspedes. Las dobles más económicas cuestan desde R$120 en baja temporada y 160, en alta.

Hace algunos meses cuando estuve en Río, me quedé en la casa de Renata Bernardes, que se llama justamente Casa da Renata, y está en la Rua Alexandrino, la más larga del barrio y una de las más extensas de la ciudad. Es un caserón antiguo, con tres cuartos dobles. Después de aprender las normas de seguridad de la casa, uno entra y sale a su pinta, con su llave. Según la disponibilidad de tiempo del dueño de casa, lo verá más o menos. Renata es una mujer ocupada, así que no nos vimos mucho. Pero una noche coincidimos en el living, lleno de fotos de gatos, muñequitos de gatos y dos gatos reales. Conversamos un rato sobre la vida y el barrio.

Me contó que se mudó a Santa Teresa en los 90, cuando todos querían irse porque era un lugar inseguro. En esa época Renata se unió con unos vecinos y formaron la agrupación Viva Santa, “para sacar al barrio de los policiales y ubicarlo en la sección cultural”, me dijo fiel a su lenguaje periodístico, en el living, mientras acariciaba a uno de sus gatos.
El movimiento fue creciendo y un día de 1996 se les ocurrió abrir los talleres de los artistas para que la gente pudiera conocerlos y ver cómo trabajaban. “Una conocida trajo la idea de Cambridge, me acuerdo que la primera vez fueron diez artistas y que para organizarlo sacamos el dinero de nuestras carteras. Logré ponerlo en la agenda del diario y la repercusión fue inmensa”. Así nació Arte de Portas Abertas y muchos cariocas que nunca habían subido al barrio, se acercaron a conocerlo. De ese día pasaron trece años y hoy el encuentro artístico cuenta con el apoyo de empresas de primera línea y es uno de los eventos destacados en la agenda de la ciudad.

Definitivamente, no es lo mismo un dueño de casa que el conserje de un hotel. Gracias a Renata conocí The Maze, el bar para escuchar jazz en una favela, supe que mis jabones preferidos se vendían ahí nomás, en Lapa, y me enteré que además de subir en taxi a Santa, se puede subir en moto express por la mitad de precio y el doble de aventura, todos, datos útiles que se parecen más a los que da un amigo que hace tiempo vive en la ciudad.


Fin de año en un morro carioca

Este año ya no será, pero quizás el próximo o el otro. O bueno, alguna vez me gustaría pasar fin de año en Río de Janeiro. Confundirme con los que se acercan al mar vestidos de blanco para recibir el año que llega o mirar cómo estallan los fuegos  desde lo alto de un morro.

Me acordé de este deseo a futuro a propósito de la una posadita que visité hace un par de meses, cuando estuve en Río. Me imagino que en este momento, tres días antes del fin de la década, debe estar repleta de movimiento y efervescencia.

A la Pousada Favelinha la encontré de casualidad, cuando iba camino al Projeto Morrinho del que contaré algó en estos días. Entonces, entré y conversé un rato con Andrea Martins, la dueña. Recuerdo que estaba vestida como soldado pero tenía cuerpo de modelo. Llevaba  un pantalón camuflado, rizos negros y un suéter de animal print, como se ve en la foto.

Cuando llegué conversaba con un amigo en la cocina, mientras un grupo de alemanes terminaba de desayunar y se preparaba para pasear por Río. Ellos ya habían aprendido cómo moverse en la ciudad y en la favela Pereira da Silva, más conocida como Pereirão, donde está la posada. Cinco años atrás, esta villa fue invadida por la BOPE –la misma policía de la película Tropa de élite (2007)–, que terminó con los narcotraficantes.

Andreia vivió varios años en Europa y cuando volvió a Brasil quiso tener un emprendimiento propio y construyó una posada en una favela. Muchos trataron de convencerla de lo absurdo del proyecto. Pero ella estaba segura de lo que quería.

Hoy existen varias posadas en favelas, incluso en la Rocinha, la más grande del país. Martins asegura que la suya fue la primera que abrió, en 2005. Sus primeros clientes fueron amigos europeos, que no podían creer tener un balcón sobre el Pan de Azúcar, rodeados de plantaciones de bananas en un morro de Río de Janeiro, por menos de 30 euros. El boca a boca hizo el resto. “Aquí nunca nadie fue asaltado”, recalcó Martins.

Este año ya no será, pero espero pasar alguna vez un fin de año en Río, cidade maravilhosa y ahora también, Olímpica.


Tu Refugio Petit Hotel

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Cuando los chicos se fueron, yo le dije a mi marido: ¿Y si nos ponemos una posada? No me vas creer, pero lo más difícil fue el nombre. Entonces pensé: hostería es más para la cordillera y acá estamos en la ciudad, así que esto debe ser una posada urbana, del concepto te hablo, ¿me entendés? ¿cómo me dijiste que era tu nombre?

Tengo tres cuartos con su baño, todos bien decoraditos, los decoré yo, eh? Los podés ver, si querés. Uno tiene un deck, como le llaman ahora, y le puse unas plantas para que no sea la terraza y nada más, porque es eso el deck, la terraza ¿no?

 Abajo, mirá, hice hacer un desayunador, ahí les doy un desayuno bien completito y a veces me siento con ellos a charlar. Me preguntan, quieren saber qué hay para hacer y yo me conseguí toda la folletería de la ciudad. Tengo de lo quieras, lleváte si necesitás.

petalEl cuarto que era de mi nena lo uso para cuando viene alguna novia. ¿Te conté que ya tuve noches de boda? Yo les lleno el cuarto con pétalos de rosas, por todas partes les pongo, y les dejo una botella de champán de regalo, no sabés cómo les gusta, se vuelven locos.

Y sí, nos está yendo bien, ya tenemos clientes que vuelven, ¿viste?

Mi marido me ayuda, a él siempre le gustó la cocina, así que prepara panes caseros o va a comprar medialunas bien tempranito. La pasamos bien, digo yo, los dos solos y jubilados, sin esto nos aburriríamos ¿no?

petalLa nena se fue a vivir con una amiga pero todavía no estudia nada, yo no sé qué voy a hacer. El otro día se lo dije: Patricia, ¿Por qué no te hacés la tecnicatura en turismo? Hacéte la carrerita esa, nena. ¿No te das cuenta que ya tenemos la posada? Pero los chicos son así, hay que esperarlos.

Yo mientras tanto algo estoy aprendiendo, la otra vez compré esos libros que ves ahí, “La Gobernanta” y “Todo huésped es VIP”, y algunas cosas saco, no te voy a decir que no. Por ejemplo, lo de las toallas. Les hago cisnes y se los dejo en la cama, como una escultura de toalla. Me contaron que es algo común en los cruceros, ¿sabías? Vieras vos cómo les encanta el detalle. Cuando se acuerdan me dicen, ¡qué hermoso! ¿dónde aprendió a hacer eso, Mirta? Me salen lindos, será que tengo mano, qué se yo.

Y sí, la verdad es que no me puedo quejar, con lo de la crisis y todo, nos va bien, ¿viste?

petalEl tema del nombre, bueno, lo que te contaba, fue lo más difícil. Al final le quedó Tu Refugio Petit Hotel. Yo lo quería inscribir como Bed & Breakfast, por lo del inglés, y claro, como damos desayuno era justo el caso. Pero no me dejaron y eso me quedó acá, no me lo puedo sacar, ¿sabés? ¿cómo me dijiste que era tu nombre?


Los hits de Puerto Madero

Puerto Madero es la imagen de una ciudad modelo que muchos quisieran y que ya se exportó a otros países: sin ruido ni suciedad, con trazado planificado, veredas anchas, parques, respeto por el peatón, cámaras de seguridad en las calles y policía propia.

Aunque este mes cumple veinte años, es el barrio más joven y el menos poblado de Buenos Aires, con alrededor de doce mil habitantes. No es extraño el dato si se tiene en cuenta que el metro cuadrado ronda los 5000 dólares. Sus detractores dicen que el precio no tiene nada que ver. Que a los porteños no les gusta Puerto Madero, que es demasiado perfecto y ordenado. Que no tiene supermercados ni escuelas ni cafecitos. Que es un barrio sin alma.

Más allá de la polémica sentimental, propia de los argentinos, Puerto Madero tiene sus hits: desde la última gran colección de arte de la ciudad hasta el Hotel de Inmigrantes, que nada tiene que ver con el Faena o el Hiton, aunque también está en el barrio.  

Durante esta semana, los hits se pueden leer en la nota que escribí para el suplemento Viajes del diario La Tercera, de Chile.


Brasil exclusivo y romántico

Hace un par de meses fui a conocer Ponta dos Ganchos, un resort del sur de Brasil, que ha figurado más de una vez en los ránkings de hoteles más románticos del mundo.

El lugar está a unos 50 kilómetros de Florianópolis, sobre un morro verde tropical. Es enorme, caro y exclusivo: tiene capacidad para apenas 25 parejas. Aún con el resort completo, los 50 huéspedes se ven muy poco. No hay horarios fijos para nada, la mayoría de los búngalows tiene sauna y jacuzzi privado, y se puede tomar el desayuno, almorzar y cenar cuando a uno se le ocurra. 

Como escribí en el Reporte de Hotel que salió publicado este mes en la revista Travesías, en Ponta lo raro es cruzarse con otro turista.


Los hoteles de Hopper

 


Hoteles patrimoniales, B&B y hostels de Valparaíso

Valparaíso tiene una completa oferta de alojamiento. El último hit son los hoteles patrimoniales boutique. Así ha decidido llamar esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad, a los pequeños hoteles de lujo que cuestan entre 80 y 200 dólares, siempre que no sea la semana de fin de año; ahí se pagará hasta cinco veces más. (Ojo: por si alguien aún no se enteró, el Año Nuevo en Valparaíso no tiene precio).

Los boutique patrimoniales son hoteles en casas antiguas, recicladas y con vista a los cerros. En general, están en los cerros Alegre y Concepción, los más seguros, promocionados y donde también hay bares y restaurantes de tipo boutique. Como Pasa & Vino, uno de los más nuevos -en la calle Templeman, cerca del clásico Café Turri-y donde es difícil conseguir mesa los fines de semana. El precio de las pastas caseras ronda los 10 dólares. (En el últimpo tiempo el dólar ha subido en Chile y el cambio es más conveniente para el viajero).

Hace dos semanas abrió Latitud 33° Sur, el hotel más nuevo, con una habitación para discapacitados, algo interesante para contar porque en la construcción está llena de desniveles por esencia. Entre otros detalles, lo bueno de estos hoteles es que si no se hospeda ahí puede ir a comer o incluso a tomar un trago en la terraza. Un dato: las machas a la parmesana del bar del Hotel Gervasoni son una delicia (¡y en cada concha vienen dos machas!).

Por ahora hay ocho hoteles patrimoniales. Casa Higueras es el más famoso y el más caro. No me alojé ahí, pero he escuchado comentarios a favor y en contra.

Mientras el proyecto de un gran centro cultural que el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer donaría a ciudad en la ex Cárcel de Valparaíso quedó en la nada, el Hotel del Vino, el primero temático de Valparaíso, se sigue construyendo sobre una casona de la calle Papudo, y hay planes de inaugurarlo en 2009. El mundo turístico celebra la iniciativa, pero como suele pasar, no todos aprueban los cambios en el cerro Concepción.

En la ciudad también alrededor de veinte Bed & Breakfast con pocos cuartos y la atención dedicada de los dueños. Están en distintos cerros y la doble cuestan alrededor de 30 dólares. Hace unos años me alojé en The Grand House, bien alto, en el Cerro La Cruz. El cuarto tenía una vista espectacular sobre la bahía. Eso sí, por la mañana, el desayuno es con los dueños.

Para mochileros, hay varios hostels con excelente ubicación. En La Maison du Filou, de habitaciones simples, espaciosas y limpias, la single cuesta 13 dólares. Los mochileros de alto presupuesto, pueden agendar, cerca de La Sebastiana y del Museo a Cielo Abierto, en lo alto del cerro Bella Vista, el Robinson Crusoe. (Se sube por el ascensor Espíritu Santo).

Una apostilla para terminar: tanto el hotel boutique patrimonial como el hostel de bajo presupuesto son una excusa para dormir en una ciudad que por las noches se parece a un cielo estrellado.


Polo y arte, una dupla que vende

Lo mejor que le puede pasar a estos tres cascos es que se vendan al mejor postor.

Son cascos de polo intervenidos por distintos artistas, que se expondrán en el Alvear Palace Hotel durante esta semana. Después se rematarán en la estancia La Ellerstina, durante la final de la tradicional Copa de Oro.

El de esta primera foto lo pintó el fileteador más famoso de argentina, Martiniano Arce, el hombre que ya fileteó su propio ataud y el de su mujer.  

Adolfo Cambiasso, Gonzalo Pieres, Lucas Monteverde, Bautista Heguy y otros jugadores argentinos con el mayor handicap donaron sus cascos para esta causa que tiene fines benéficos: lo recaudado se destinará a la Fundación Banco de Alimentos.

Este segundo tan colorido con espíritu latinoamericano pertenece a la conocida artista argentina Marta Minujín, la que asegura haberle pagado a Andy Warhol la deuda externa argentina con maíz.  

El tercer casco fue concebido por la pintora Gabriela Pertovt. Estos tres son sólo algunos, en el remate habrá más modelos.

Más allá del arte, la beneficencia y la posibilidad de ver durante los próximos días los cascos en el lobby del Alvear, la iniciativa avisa algo que para muchos es muy importante: en Buenos Aires ha comenzado la temporada de polo.


Crece el lujo boutique en Buenos Aires

El turismo de lujo se afianza en Buenos Aires. El otro día leí un artículo sobre el aumento de hoteles boutique en la ciudad, que como se sabe son hoteles de pocas habitaciones pero lujosas y con precios no muy lejanos a los cinco estrellas de cadena.

Según los datos del Gobierno de la Ciudad, se inaugura uno por mes. Ya hay 34 registrados en la ciudad de Buenos Aires y la mayoría de ellos son categoría cuatro y cinco estrellas, con atención personalizada, menú de almohadas, personal shoppers a mano, spa y tours para tomar clases de polo o jugar al tenis con expertos.

Muchos de los pequeños hoteles están en antiguas casonas recicladas. Algunos, como Legado Mítico, además son temáticos y uno puede dormir en una habitación que se llama La Primera Dama y está inspirada en Evita. Muchos de los que e ya existen, y de los que están por abrir, como Hotel Ultra, quedan en Palermo. Otros, en San Telmo o Las Cañitas.

En Recoleta no hay tantos, pero dentro de unos meses se inaugura Algodon Mansion, en una elegante casona de inspiración francesa construida en 1912. El nombre hace referencia a los años 40 y 50 de Nueva York, donde brillaba el sofisticado Cotton Club. El hotel es propiedad de un grupo inversor estadounidense, el InvestProperty Group, que desembolsará diez millones de dólares para que al hotel no le falte nada. A propósito, es el mismo grupo que compró y expandirá Viñas del Golf, en Mendoza. La cancha, de 9 hoyos será de 18 el año que viene, y ya se venden lotes para que los extranjeros tengan una segunda vivienda en un country en la tierra del sol y del vino.

El Scott Mathis, el ceo del grupo, está muy entusiasmado con los proyectos en Argentina y viaja una o dos veces por mes “down there“, como cuenta en su blog. Dice que últimamente, siempre que quería hospedarse en hoteles boutique de Buenos Aires estaban completos. Y también dice, que leyó un informe de la Secretaría de Turismo donde afirmaba que el turismo creció a 4,5 millones en 2007 y que el turismo proveniente de Estados Unidos aumentó un 35 %. A esto se sumó un estudio de turismo del Gobierno de la Ciudad donde se destacaba que los extranjeros prefieren alojarse en hoteles cuatro y cinco estrellas y que la ocupación en 2007 excedió el 85%. Scott Mathis, acostumbrado a detectar oportunidades, concretó su sueño de algodón.




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