Segunda mano

Una vez vi una película holandesa sobre un vestido de verano que se vuela del jardín donde se seca al sol. Así empieza la historia. Va pasando por distintos cuerpos, roperos, lavaderos, mujeres. Hay paradas llenas de gloria y perfume y otras tristes, y hasta alguna peligrosa. En el viaje, el vestido floreado acumula capas de vida.
Quizás porque se intuyen esas capas, me gustan las cosas usadas. Porque cuando encuentro algo especial en una feria, en un cachureo, en un cotolengo me parece que lo rescato. Que entre mil, es ese. La palabra rescatar tiene un sentido heroico aunque sea el rescate de una jarra de cerámica con una flor rosa que alguien que no conozco modeló, pintó y horneó. La compré en una feria improvisada de un templo de Siracusa. Había percheros con ropa, collares viejos, una mesa de noche estilo Luis XV y la jarra antigua. Tiene una rusticidad campestre, me imagino que se usó en almuerzos al sol, con mantel a cuadros en una terraza rodeada de glicinas. Es una jarra de agua, aunque también podrían haber decantado un Chianti para recordar.

Las cosas del templo de Siracusa las vendía una mujer rubia que recaudaba euros para comprarles bicicletas a unos niños pobres de Zanzíbar. Había fotos de su proyecto y de los niños. Cada visitante se llevaba los objetos que le interesaban y dejaba el dinero que quería en una lata. La jarra era de ella, la había comprado hacía años en una feria de antigüedades.
Rescatar es editar. Y para eso se necesita buen ojo y criterio. En un rescate hay solidaridad con el medio ambiente y con el pasado. Con el rescate se interrumpe la marcha hacia el olvido, las polillas y el olor a viejo. Es un volantazo en el destino de esa jarra que hoy está llena de astromelias en mi living, del otro lado del Atlántico.

Los negocios de cosas usadas se llaman de segunda mano, y también me gusta esa expresión. Creo que los de primera mano están incompletos. Les falta la segunda. Me pregunto si está bien que lo usado sea más barato, con toda la historia que lleva, ¿no debería venderse al doble?
Qué asco, me dijo una amiga, ¿te vas a poner esa camisa? ¿Y si fue de una muerta o de una asesina? Me la voy a poner, sí. Antes la lavaré con jabón suave para ropa fina, después la secaré al sol y mañana la usaré. No importa de quién fue, mi súper lavado la deja nueva. Usada nueva, lo voy a agregar a la lista de oximorons.
El rescate es un punto de partida para investigar. Cuando en la feria de garaje que está cerca de casa encuentro un plato que me gusta lo doy vuelta para ver el origen. Muchos tienen el sello Made in England, como ese de cerámica blanca gastada con finas grietas, elegante craquelé, en un costado. Lo rodea una línea de un azul sólido. Se llama bleu du roi, el nombre del color viene de la época medieval, era el azul que usaba la guardia real. El platito de la feria, una línea directa a Francia.
Entonces cuando viajo, me doy una vuelta por los charity shops, thrifts, ejércitos de salvación y op shops, como los llaman en Australia, en alusión a oportunidad. Eso son: minas de oportunidades. Cuando voy a Santiago, reservo un par de horas para revisar percheros de la calle Bandera. La última vez encontré un suéter verde de cuello bote. Un suéter que cada vez que lo veo pienso que fue hecho a mi medida. Es tan mío que resulta absurdo que alguien lo haya usado antes. Aunque sea de segunda mano.

En la película holandesa, el vestido que pasa de cuerpo en cuerpo no es portador de buena suerte porque vuela hacia un destino y necesita llegar cueste lo que cueste. En mi película, el destino es el tránsito. Y ya es mañana, así que llevo puesta la camisa que horroriza a mi amiga.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile, en noviembre 2017.


MAGNUM MANIFIESTO

El primer tramo es en blanco y negro. Voy directo a Larrain, el fotógrafo chileno que retrató a los chicos de la calle en Santiago de los años 50. La penumbra de la tarde se mete en las caras sucias de tierra. En la última foto cuatro monedas brillan en la calle negra. Larrain mira las monedas con el deseo de esos chicos frágiles. La salvación de la plata.

Magnun Manifiesto es un recorrido histórico y estético por el trabajo de la agencia de fotos creada en París y Nueva York hace 70 años. Nació en el mismo período que las Naciones Unidas y con esos valores: libertad, igualdad, dignidad.
En las distintas salas se ven las coberturas periodísticas y los proyectos personales de grandes maestros que pasaron por Magnum, desde Robert Capa y Henry Cartier-Bresson hasta Susan Meiselas, Sergio Larrain, Josef Koudelka, Martin Parr y Alec Soth.

Paul Fusco fue enviado por la revista Look a cubrir el traslado en tren –de Nueva York al cementerio de Arlington, en Washington–, de los restos de Bobby Kennedy, asesinado en 1968, cinco años después que JFK. A la altura del tren y a través de la ventanilla, el fotógrafo registra a la gente que llega a la vera de las vías a despedir el cadáver, a honrar al muerto. “So long, Bobby”, dice el cartel. Un grupo de hombres con el sombrero en el pecho, una familia en una casa de madera, los chicos que saludan al tren que pasa. El espectador también viaja en ese tren.

El curador Clément Chéroux decidió incluir no sólo las fotos, sino también una copia del artículo publicado. Me gustó ver el resultado del trabajo en equipo y recordé los viajes “con fotógrafo” que hago para las coberturas de la Revista Lugares. No siempre es fácil conciliar dos formas de ver la vida y compartir la cotidianidad del viaje con alguien a veces desconocido. Pero al final, las diferencias hacen la fuerza.
Joseph Roddy, el periodista que también viajó en el tren con Paul Fusco escribe: “Ocho horas son quizás demasiado para el tramo Nueva York-Washington en ferrocarril. Pero los deudos y el estado de ánimo a lo largo de la vía marcaron la diferencia”.

Desde fines de los sesenta y durante los setenta, los fotógrafos se dedicaron a sus proyectos personales. El tema favorito era “el otro”. El gusto por lo diferente en un contexto de universalidad. El loco, el marginal, el enfermo, el hippie, el drogadicto, el salvaje, el enano, el exiliado, el homeless, el preso, la prostituta, el refugiado, el creyente, el obeso, el viejo, el marginal. El historiador Paul Veyne lo llamó: inventario de las diferencias.

En este tramo vi el trabajo de Cristina García Rodero, que retrató la España oculta, mística y profunda. Fiestas y rituales marcados por la iglesia católica lo teatral roza lo milagroso y aunque no la haya, una bruma misteriosa ronda las fotos.
Están los gitanos de Josef Koudelka, el ingeniero nacido en la antigua Checoslovaquia que dejó su carrera para convertirse en fotógrafo documental. Y el trabajo de Jim Goldberg que retrata a T.J., una mujer de 30 años, prostituta y adicta, que quedó manca después de una pelea con otra prostituta. Goldberg la fotografía en el Albert Hotel donde ella trabaja. En la foto en blanco y negro se la ve en una cama doble. Una mano sobre la cabecera de la cama, el muñón en la sábana. La muerte no se ve pero se siente en cada fotograma. Goldberg le pidió que escribiera y ella lo hizo con la letra temblorosa de alguien que escribe en un auto que atraviesa el ripio: “La vida me parece tan hecha mierda, pero poco a poco estoy tratando de sobreponerme. Porque es duro ser una mujer y aceptarme como soy”. No mucho después, T.J. murió.

Del último tramo, 1990-1917, hago foco en las fotos de Alessandra Sanguinetti, la única argentina de la muestra. Viajó a Niza después del atentado del año pasado y fotografió en blanco y negro la rambla de noche, quieta, vacía.
Me gustó el Mediterráneo tenebroso de Paolo Pellegrin, con olas altas como La Gran Ola, de Hokusai. Olas que se tragan inmigrantes en las noches oscuras, olas tan lejanas a la experiencia turística.
Hay Muro de Berlín, hay Irán, hay Venezuela. Hay concepto. Pero sobre todo hay pequeñas historias de personas comunes.
Termino con Alec Soth, el fotógrafo estadounidense que entre 2006 y 2010 recorrió el interior de Estados Unidos en busca de seres antisociales, místicos o fugitivos, ermitaños que viven en modo salvaje. En la foto de gran tamaño se ve un hombre desnudo con una esvástica tatuada. Está en un arroyo con piedras, el agua hasta los tobillos, el torso tostado por el sol. Y está lejos, en algún lugar menos literal que el arroyo con piedras.
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Hasta septiembre, en el nuevo museo del International Center of Photography, en Nueva York.


Las identidades de Moscú

Cuanto más camino por Moscú, más quiero verla en blanco y negro. Correr a los turistas que se sacan selfies con fondo de San Basilio, las tiendas GUM, el Kremlin. Sin los colores estridentes, los paraguas, los celulares, se restauraría el paisaje. Es cierto que, como dice una amiga, el condicional no existe y si existiera tendría que correrme yo misma, pero me gusta imaginar cómo se vería la calle Nicholskaya, por ejemplo, sin los arcos de luces ni el show de vidrieras. Comparar el centro de hoy, entre nuevas sucursales de Le Pain Quotidien y vidrieras de H&M y Zara, y las calles de ayer, con desfiles militares y sin vidrieras. Las publicidades del mundo globalizado versus los posters de Alexander Ródchenko. Sería fantástico que en algún pasaje cercano a la Plaza Roja, en el barrio de Kitai Gorod, hubiera un cine donde se proyectaran imágenes antiguas de la ciudad. De hace cien años, cincuenta, hasta de treinta años atrás. Cine continuado, da lo mismo si es mudo, lo que importa es ver Moscú. La ciudad mito. La capital roja. La ciudad que Napoleón no pudo invadir. Una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría. El centro de un tramo imprescindible de la historia del siglo XX. La sede del cuartel general de la KGB. Lo estoy viendo ahora, desde la ventana de una suite del hotel St. Regis Nicholskaya. La temida KGB, alguna vez cargada de espías y tramas ocultas, se ve enana desde el piso veintipico. Leí hace poco que el gobierno ruso pretende revivirla antes de las elecciones de marzo de 2018 en las que –si todo sigue con el nivel de aprobación actual– Vladimir Putin se anotará otro período, el cuarto como presidente de la Federación Rusa. Todo puede ser, pero desde acá arriba el servicio de inteligencia parece rendido ante el lujo hotelero.
Moscú es una de las ciudades con más millonarios del mundo. Los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, transitan en sus Lamborghini y Hummer blindados por calles que se llaman Lenin y Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz. En los últimos treinta años la transformación de Moscú es contundente. Si fuera un ser humano tendría una nueva identidad: trans, no binario, género fluido, algo distinto a su origen.

Más sobre la próxima sede del Mundial en el número de junio de la Revista Lugares.


Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.


Una tarde entera

El viaje de prensa rueda como una avalancha. No se fija en el clima ni en las ganas. Rueda y propone actividades que empiezan y terminan y empiezan y terminan. Hasta que se hace de noche y al otro día vuelven a empezar y a terminar. Hay paradas para comer. Comer es muy importante porque significa tener fuerzas para seguir, y probar la comida, que es cultura. Rueda el viaje, rueda como una pelota por la barranca. Hasta que en un momento la mano me crece y se hace inmensa, una súper mano que detiene la avalancha.

Entonces, me bajo y me siento en un banco.

¿Vamos a la isla?, ¿hacemos un paseo en bici?, ¿viste que hay spa?, ¿caminamos al centro?, ¡Allá están los caballos! El día está precioso y sólo nos quedan dos tardes, hay que aprovechar.

Nada. Sigo aquí en el banco. Es mi refugio, una isla.

No se preocupen en venir a ofrecer programas-planes-eventos. Voy a colgar el cartelito de “no molestar” acá en el banco. Me hace falta una tarde, por lo menos esta tarde entera para recobrar el deseo de pasear.


La hamaca sobre el vacío

La que se hamaca y cuenta esta historia es Josefina Genta, productora de Canal 13, viajera con ganas de escribir de viajes y, sin duda, una mujer osada: se está hamacando sobre el vacío, ahí nomás de las nubes. A continuación, su experiencia.

Hamacarse a 2.660 metros de altura frente al imponente volcán Tungurahua debería ser la actividad más promocionada de Baños de Agua Santa.

En el centro de Ecuador, esta ciudad es conocida por el turismo aventura: rafting, excursiones a cascadas, bungee jumping y canopy. Pero son pocos los visitantes que pagan 1 dólar para conocer “La casa del columpio” o “Casa del árbol”, y menos los que pasan algunos minutos balanceándose en el vacío.

En 1999 Carlos Sánchez decidió ser vigía del “gigante negro” y se instaló en este mirador en un cerro vecino. Construyó una casita arriba de un árbol al filo de la montaña. Desde allí vigila la actividad del Tungurahua. En ese mismo lugar, y para entretener a los turistas que llegan hasta ahí, colgó dos hamacas.

Y me animo. Sentada en el rectángulo de madera, a 2.5 km del cráter activo hace 16 años, avanzo hacia al precipicio que me separa del volcán, rodeando apretadamente mis manos a las dos sogas. Piernas estiradas, el envión hacia adelante deja atrás la montaña, abre el cielo y acerca las nubes. La vuelta flexiona las rodillas e inclina el tronco.
Al principio, el ritmo es tímido porque la sensación de acercarse al vacío genera dolor de panza. En dos vaivenes, se torna lúdico y uno se olvida de que atrás hay una fila de cinco personas esperando el empujón a la adrenalina. Relajarse en este columpio del fin del mundo parece ser más sanador que hervirse en los baños termales por los que es popular esta ciudad. Me voy dejando llevar por la hamaca que me traslada a la infancia y, capaz un poquito por eso, pierdo todos los miedos.


Cultura bici en Buenos Aires

Si David Byrne volviera a Buenos Aires saldría corriendo a actualizar su libro Diarios de bicicleta (Reservoir books, Mondadori), publicado hace cinco años. Ahí cuenta sus andanzas en bici por varias ciudades del mundo y en el capítulo de Buenos Aires se asombra porque la gente no usa bicicleta: “La ciudad, situada en el terreno aluvional del Río de la Plata, es bastante llana, lo cual sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aún así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? […] ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? ¿Tan menospreciada está la bicicleta que incluso los mensajeros usan otros medios para desplazarse?”.

El creador de Talking Heads tenía razón. Eso sucedía antes, tal cual, pero todo cambi. Basta un paseo corto por la ciudad para comprobar que el párrafo envejeció mal. Por la tarde, a eso de las cinco o seis, las ciclovías de Palermo son una columna de playeras, plegables, viejas, de bambú, alquiladas, MTB. Hay ciclistas con casco y sin casco; obreros y oficinistas que vuelven a casa; deportistas con guantes y pantalones de telas inteligentes; hombres de traje y chicas con anteojos de marco grueso, candado cruzado en el pecho y estrellitas en los rayos. A veces, cuando las bicisendas se congestionan y algunos pasan mal o paran a responder un whatsapp, me pregunto si teniendo en cuenta el momento histórico que atraviesa la bici en las ciudades no habría que sacar licencia para conducir.

En los últimos cinco años Buenos Aires se sumó a la tendencia mundial y se transformó en una ciudad bike friendly. Tiene 135 kilómetros de ciclovías y el proyecto llegar a los 155 a fin de año. Cuenta con más de 30 estaciones Ecobici donde se retiran bicis gratis, apps para elegir los mejores recorridos, talleres de mecánica para bicis, alforjas de diseño y restaurantes que hacen descuentos del 15 y 20 por ciento si uno va en bici. Se hacen salidas grupales de luna llena y circuitos guiados por los mejores grafittis de la ciudad. En la bicicletería Monochrome hasta es posible diseñar, accesorizar y lookear la propia bici –fabricada con materiales reciclables–antes de comprarla. El color del cuadro, del asiento, del grip y de las cubiertas. Campanita, portaequipajes, inflador, luces, todo personalizado.

Desde que se construyeron las ciclovías mucha más gente se anima a salir. Al trabajo, a entrenar, a la casa de un amigo, a un bar. “Para mí es como meditar, es el único momento del día en que no pienso en otra cosa más que en lo que estoy haciendo”, me dice Pelu Romero un ciclista que va tres veces por semana a recorrer los caminos de tierra de la Reserva Ecológica Costanera Sur en su MTB. Quizás leyó Bici Zen, ciclismo urbano como camino (Planeta 2012), de Juan Carlos Kreimer, un libro con la tesis de que la rutina de andar en bici es nada menos que un acto zen y produce sentimientos de “placer, libertad, autonomía y contacto consigo mismo”.
Pedalear hace bien a la salud y puede cambiar la perspectiva del día: los pensamientos quedan en un plano secundario, mientras se presta atención al ejercicio, a los detalles del paisaje urbano: un grafitti, el perfume de ese jazmín que trepa por la medianera, las naranjas en una verdulería. Andar en bici cambia el foco. Así de simple y contundente.


La Roma: México esquina Nueva York

Serían las nueve de la noche cuando paré en el semáforo de Álvaro Obregón y Mérida, ahí nomás de la librería El Péndulo y de la estatua de Cantinflas, en el corazón de la Colonia Roma, DF, México.
Noche fresca de diciembre, poco tráfico. De repente, se escuchó un sonido fuera del contexto urbano: un gruñido de cerdo. Me imaginé que saldría de alguna televisión cercana y seguí atenta al semáforo. También esperaban para cruzar una pareja, un gringo y una señora con un perro blanco bien portado.

Cambió a verde y otra vez el gruñido de cerdo. Me di vuelta y apareció la escena. Un hombre paseaba a su cerdo con correa y ¡le hablaba! El animal: negro, del tamaño de un ovejero alemán, se resistía a cruzar la calle a pesar de la insistencia de su amo. El amo: un hipster de manual (pantalones chupines, camisa a cuadros, anteojos grandes, sombrerito y barba). Igual que el resto de los que esperábamos el semáforo, me quedé pasmada, en modo observación. A los autos les tocó tener paciencia hasta que el chancho –que parecía mula por lo terco– se decidió a cruzar.
Llegué a la cena exaltada con lo que acababa de ver, pero los amigos mexicanos no se sorprendieron. “En la Roma hay por lo menos seis cerdos; está de moda tenerlos de mascota, parece que son limpios y viven mucho”.
La Roma es una colonia o barrio fundado a principios del siglo pasado para que se afincara la burguesía de la capital. Está en el centro de la ciudad, a pocas paradas de metro del Zócalo. Es arbolado y con plazas, como la vecina colonia Condesa. Lo rodean avenidas importantes por donde pasaron carruajes, y por donde alguna vez caminaron la pintora Leonora Carrington y los escritores de la generación beat Jack Kerouac y Allen Ginsberg. La Roma tiene corazón bohemio.
En los últimos años se convirtió en un lugar trendy y se mudaron artistas, periodistas y escritores que se cruzan en la plaza Río de Janeiro, frente a la réplica del David de Miguel Ángel. O en la Plaza de la Cibeles, frente a la réplica de la fuente madrileña, paseando a su perro o a su cerdo.
En una caminata se ven los antiguos palacios de la época de Porfirio Díaz convertidos en museos, restaurantes, casas de artesanías, negocios de ropa vintage, hoteles boutique y galerías de arte. Hay más de mil quinientos monumentos históricos, incluidas joyas del art noveau como el Edificio Balmorí y el pasaje El Parián.

En el Twitter de la Roma circulan datos de lugares para practicar crossfit y se pregunta qué restaurante sirve berza (kale), la verdura del momento por sus propiedades nutritivas. De a ratos, este barrio confunde y parece una isla en el DF.
En el último viaje, me quedé varios días en la Roma. Cada mañana, al salir, tenía dos opciones de desayuno: 1) comer unos tacos de flor de calabaza y queso sobre una tortilla de maíz azul en el puestito de la esquina, 2) sentarme en las banquetas del food truck estilo Nueva York que estaba justo enfrente. De un lado, México y del otro, Estados Unidos. Nadie pedía pasaporte ni revisaba el equipaje, bastaba cruzar la calle Colima.
Al lado del food truck, en una tienda de American Apparel los fines de semana montan un show de modelos en vivo en las vitrinas y se instalan reposeras de playa para mirar cómo se desvisten con música y gracia hasta quedarse en ropa interior. Unas cuadras más allá está excelente el Museo del Objeto del Objeto, que recorre la historia de la fotografía en México, y no muy lejos, Belmondo, el restaurante que eligió Tom Yorke, el vocalista de Radiohead, cuando estuvo en el país.
En la Roma hay garage sales los fines de semana, un templo budista donde se dan clases de yoga y meditación, un local de Dr. Martens, tiendas de vinilos con alto tráfico de hipsters y una panadería mínima que vende deliciosos rolls de canela. Sí, por momentos, la Roma no parece México.
Y sin embargo.
Mi anfitriona, que vive en una antigua vecindad del barrio, es periodista y cubre las muertes por el narco. Un día tuvo que viajar a Iguala, Guerrero, porque investiga el caso de los 43 normalistas desaparecidos. Cerca vive otra periodista que escribió un libro sobre los asesinatos de mujeres en Juárez y, a unas calles, un francés que trabaja en una ONG que ayuda a las víctimas del narco, que suman más de veinte mil desde 2006.
En una caminata todavía se ven grietas del terremoto de 1985. La Roma fue una de las zonas más afectadas, se cayeron más de doscientos edificios. No es raro que los vecinos comenten en la mañana si a la noche tembló, como si rondara cierto temor de vivir ahí.
Los fines de semana se monta el tianguis (mercadito) de Colima y Cuauhtémoc, donde se venden jugos antigripales, tacos de cochinita pibil, máscaras de luchadores y muñequitos del Chavo y vírgenes de Guadalupe. Suenan rancheras, Gloria Trevi y reggaetón. Sí, por momentos, la Roma recuerda a algún barrio de Nueva York, pero es un ingrediente más del mole chilango. Porque la Roma es México. Con chile, limón y oink oink.


Camas de hotel

Desde hace años viajo por trabajo y duermo en hoteles. Una mañana que todavía recuerdo entró al cuarto una luz de primavera. Suave, poética. Se coló por una hendija para expresarse en un pliegue de la sábana.

Desde ese día desarrollé un ritual íntimo: registrar las camas donde duermo. Camas de hotel.
A veces me tocan habitaciones de princesa con sábanas de siete mil hilos de algodón egipcio y también pueden ser cuartos oscuros, con colchones duros como un tablón.

En este libro repaso mis camas de hotel en un intento de explorar la noche. El sueño y el deseo, la anécdota, la pesadilla y el insomnio.

De Río de Janeiro a Dakar y de Cracovia a Iguazú, cambia el lugar, pero el tránsito por la noche es universal. Desesperada o calma, indiferente, corta, larga, cobarde o audaz, la noche de noche se llena y cría.

Entre los próximos 7 y 17 de este mes el libro se mostrará en el marco de la Feria de Libros de Fotos de Autor, en Central Newbery (Jorge Newbery 3599, esquina Charlone), de 14 a 20. Habrá más de doscientos libros para ver. ¡Los espero!


¡Nuevo curso!

Empezamos la próxima semana en Periodismo Portátil ¡Te espero!




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