Bowles en Marrakech

El escritor y compositor Paul Bowles prepara un té a la menta en un cuarto del zoco de Marrakech, en 1961. Viajó con Allen Gingsberg, que sacó la foto.

Autor de la novela El cielo protector, Bowles es un faro para los viajeros independientes. Vivió en París, México, Guatemala. No era un hombre de planificar, más bien se movía con el viento. Cuando conoció Tánger se emocionó y al poco tiempo volvió y se quedó hasta su muerte, 52 años más tarde.


Aquí

Antes de salir de viaje

Se llama: espacio.
Es fácil definirlo con esa sola palabra,
mucho más difícil con varias.

¿Vacío y lleno al mismo tiempo de todo?
¿Herméticamente cerrado, aunque abierto,
ya que
nada puede escapar de él?
¿Dilatado hasta el infinito?
¿Por que si es finito,
con qué diablos limita?

Vale, vale. Pero ahora duérmete.
Es de noche y mañana tienes asuntos más urgentes, justo hechos a tu medida:
tocar objetos que se encuentran cerca,
poner la mirada a la distancia deseada,
escuchar voces al alcance del oído.

Ah, y todavía ese viaje del punto A al punto B.
Salida a las 12.40 hora de aquí,
sobrevolando esta madeja de nubes locales
a través de una franja de cielo tenue,
una entre las infinitas.

Wislawa Szymborska

Del libro Aquí, Bartleby Editores.


Tres diarios

Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo.

Conozco a Pancho Mouat por el Empampado Riquelme, la historia increíble historia de un hombre que se perdió en el desierto de Atacama, se empampó y durante más de 40 años no se supo de él.

También supe que hace poco, Mouat lanzó su nuevo sello independiente, Lolita Editores, que este mes presenta varias novedades entre ellas la reedición de Equipaje de mano, de Juan Pablo Meneses.

En Tres viajes el autor rescata tres diarios de viaje escritos por tres personas amigas que en diferentes momentos de su vida llevaron una agenda de vida.

El primero es el diario de José Luis López Zubero, un oftalmólogo español que en 1967 fue voluntario en Vietnam y durante los dos meses que estuvo allí hizo curaciones, operó, nadó, escuchó bombas, vio lo mejor y lo peor del ser humano, caminó entre amaneceres brumosos, fue a fiestas Hibye (de bienvenida y despedida, constantes en la guerra) lloró y escribió.

Sábado 17 de junio
Me voy caminando un kilómetro a desayunar, en la bruma del amanecer. Paso a través del mercado con sus bicicletas y escucho la propaganda de los altavoces. El teniente chulín, que se cree alguien siempre con su rifle, me lleva después al hospital. Hago dos cataratas y una reconstrucción de párpado. Veo a una niña de 13 años que parece de 5. Después vamos a comer y a nadar dos horas. Los pilotos de los helicópteros comentan sus muertes y la suciedad del país, todos con bronceadores, gualetas y colchonetas de agua. Hay unos “esclavos” arreglando una lavandería para las monjas. Volvemos. Leo Qué verde era mi valle. Lloro. Pienso en mi madre y en el pasado. Aquí  en Vietnam veo todo más objetivamente. Sin teléfono, sin televisión. Sólo las bombas de lejos me recuerdan que la muerte está cerca. Veo Lord Jim de nuevo: “Lo que importa no es lo que haces, sino por qué lo haces”.

El segundo diario lo firma Fernando Plazuelos y fue escrito en 1987, con veintipocos años, cuando se aventuró a los mares del sur soñando con hacerse millonario durante la fiebre del loco. En vez de eso, aprendió a hacer pan, comió erizos hasta cansarse, naufragó frente a la costa y escribió un diario de viaje que después guardó en una caja de zapatos durante casi veinte años.

Lunes 11 de mayo
Llovió durante casi todo el día. Las discusiones van in crescendo y es natural, dada la gran espera y lo cerca que estamos del levantamiento de la veda. En esta ocasión la descarga de energía acumulada apunto al Chico Rigo, por su apozamiento individual en los roqueríos adyacentes a nuestro campamento. Creo que ha sido el día en que he comido más erizos en toda mi vida. Comencé en la mañana y aún acostándome tuve que regalar un plato lleno, porque no podía más.

Con Teodoro Perico fuimos a buscar luma a un bosque distante y muy hermoso.

El último diario es una breve agenda de Dolores Ezcurra, una mujer enferma de cáncer que debe criar sola a sus dos hijos y sabe que va a morir.

Sábado 25 de febrero
Dolores en la espalda y en el pecho. Flemas. Respiración. Dilatación de tragada. Puntadas.

Además de la selección y edición de los diarios, Mouat hace pequeñas entrevistas con los autores de los diarios. Y en el caso de Dolores, transcribe viejas cartas que ella le escribió durante años de amistad. Un libro donde el autor más que escribir, selecciona, edita, transcribe, muestra, comparte. Un libro y un acto de generosidad.


Camas en viaje (I)

Mi última cama en viaje fue anoche, en un micro de larga distancia. La luz se apagó enseguida, por eso no hay foto. Era un asiento que se hacía cama. A pesar de ese lujo, no soy de las que se duermen rápido, tuve tiempo de mirar el techo con tapizado de flores y la luna que entraba como luz de interrogatorios por la ventana de mi vecina.

Antes de dormirme recordé algunas camas en viaje: tropicales, austeras, ricas y pobres, con vista a un lago y con ventanas cerradas para que no entrara el viento loco. A continuación, la primera parte de una muestra mullida.

Mama Ruisa, un hotel con encanto en Santa Teresa, el barrio bohimio y chic de Río de Janeiro. Intimo, caro, sofisticado, con Elza Soares de fondo y un desayuno inolvidable.

Lo bueno de llegar a Guanajuato fuera de temporada fue conseguir un hotel aceptable (Posada Molino del Rey) a precio de uno malo. Antes o después, un paseo con las tunas y ojalá un beso en el famoso Callejón.

Despertarse con tanta luz borra cualquier malhumor. Hermosas vistas del lago Aluminé desde la Hostería La Balconada. Me acuerdo de la charla con el dueño, uno de esos tipos que cambió de vida, que convirtió su sueño en realidad yun día dejó su trabajo y se fue a vivir al Sur.

De esta cama patagónica lo mejor era el quillango, esa manta de piel de vicuña que seguramente ahora estará prohibida. O será prohibitiva por lo cara. Esta era vieja, estaba en La Oriental, la única estancia dentro del Parque Nacional Perito Moreno.

Sigo con las estancias, justo encontré esa memoria de fotos, este cuarto con esa bella luz que se colaba por las cortinas de pique es uno de los pocos de la Estancia El Cóndor, frente al lago San Martín, en Santa Cruz.

     

El Cóndor es un excelente lugar para hacer cabalgatas. Siete horas a caballo y llegué al Puesto La Nana, donde me reencontré con la bolsa de dormir después de mucho tiempo.

La otra cama, la última de esta primera tanda, fue en el Hotel Libertador, en Trujillo, norte de Perú. Las sábanas eran una delicia, 100% Pima Cotton.


Noticias de la trashumancia

Ayer se celebró en España la Fiesta de la Trashumancia. Quizás vieron las fotos, había miles de ovejas, vacas y caballos en el centro de Madrid.

La trashumancia es una actividad que se practica desde hace más de siete siglos en varias partes del mundo. Consiste en mover el ganado dos veces por año hacia donde estén los mejores pastos.

En distintos viajes -en Neuquén, en Botswana, en la India- me crucé con pobladores que hacían este trabajo de arrear animales durante varios días hasta llegar a una zona de buenos forrajes, donde los dejarán cuatro o cinco meses. Recuerdo haber levantado la mano para saludarlos y seguir viaje. Por mi trabajo y mi forma de vida, de viajar y volver a escribir, siempre me sentí cerca de los trashumantes. O de la trashumancia.

Cada vez que se cambia el ganado de lugar es preciso recorrer muchos kilómetros. En general, la trashumancia maneja distancias largas. Toca atravesar campos, rutas, montañas. No son nómades: tienen su base en un pueblo y desde ahí llevan el ganado a los campos de verano y luego los van a buscar y los arrean hasta los campos de invierno, más bajos y con mejor clima.

Varias veces los vi, pero hace unos meses acompañé a un grupo de huasos de la V región chilena a buscar sus vacas a la cordillera. Pasé cinco días con ellos en la montaña, los ayudé en el arreo, comimos juntos, escuché sus anécdotas y me asomé a sus vidas.

Se dividen en cuadrillas para barrer los lejanos rincones donde se pueden haber metido las vacas en cinco meses. Cada vez que encuentran animales prenden un fuego para que las otras cuadrillas sepan que mandan vacas para ese lado. Todavía no llega la señal de celular, por aquí se hacen señales de humo.

Los días arrancaban temprano, andábamos dos o tres horas hasta que aparecía un grupo de vacas flacas, que se arreaban hacia abajo, siempre hacia los valles que conducían al pueblo.

Al mediodía, los huasos paran y sacan una alforja (maleta) de lana donde traen su pollito y su pan. Lo comen con té y siguen. Son cinco días intensos, a dos mil y tres mil metros de altura. Días en que el trabajo campesino pone a prueba su dominio sobre el animal.

Al final, después de separar las vacas en los corrales de pircas, hubo venta de animales y largos festejos con pisco y cerveza. Uno podría imaginar que los trashumantes quedaron tan cansados que dormirán hasta el verano, cuando habrá que volver a llevar las vacas a la cordillera.


Hacia blogtrips conscientes

Hace poco me invitaron al primer blogtrip de Argentina. El destino era la ciudad de La Plata.

No pude ir, no me daban los tiempos. Pero confieso que tuve miedo de que fuera similar a los clásicos presstrips que hago por trabajo.

El sábado, en el marco del Travel Blogger Meeting, supe que ese blogtrip salió muy bien. Hablaron los organizadores y una de los cinco bloggers participantes, que estaba conforme con la experiencia.

También me enteré que próximamente habrá más blogtrips en el país, siguiendo el modelo exitoso de España y Europa. Como blogger me gusta que se nos tenga en cuenta y que se renueven los medios y estrategias para escribir sobre viajes. Pero como periodista de viajes acostumbrada a los presstrips quisiera que no se cometan los mismos errores.

El presstrip es lo más parecido que conozco a un viaje de egresados. No voy a ocultar que lo pasé excelente en muchos, que disfruté, que me hice amigos que conservo hasta hoy. En los viajes de prensa hay amistad, risas, peleas… y romance. Conozco a una colega que encontró a su marido en un fam (Dato para noveleros: fue hace 10 años y ¡siguen juntos!)

Sin embargo, hay que admitir, que muchas veces los presstrips tienen más componentes de un viaje de adolescentes que de un tour de familiarización con un lugar. Uno termina hablando con el compañero que tiene al lado y son mucho más importantes los chismes que él cuenta sobre el medio para el que trabaja y los conocidos en común que el país o ciudad que está pasando por la ventanilla.

Una editora amiga me contó una anécdota que le ocurrió en un fampress. Resulta que estaba en un restaurante de Hong Kong con un grupo de periodistas argentinos. Ella es una mujer curiosa, acostumbrada a viajar. Tenía su plato en la mano y analizaba el exuberante paisaje gastronómico, emocionada ante los brillos, el color, las texturas, pensando si se serviría pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón o huevo de pato. Tan absorta estaba en la elección que no reparó la cercanía de uno de los periodistas del presstrip, que le susurró al oído: “¿No te comerías un choripán?”.

A este tipo de situaciones se suma que vamos juntos a todos lados, nos esperamos, comemos, tomamos algo, todo siempre entre nosotros. Cuando la idea es conocer otro lugar, otras personas, otras costumbres.

Y qué decir de la agenda de los viajes, más apretada que un talle chico. En general, estos viajes están organizadas por gente que odia perder el tiempo, y no entiende que para nosotros periodistas o bloggeros que vamos al encuentro de un lugar es importante una mañana, una tarde para vagar sin agenda.

“No se preocupen, yo les consigo un personaje buenísimo”, dirá el tour leader ante las quejas de los periodistas aburridos de las citas con los directores de turismo que no suelen aportar nada. Entonces, aparecerá el personaje y los periodistas anotarán las mismas declaraciones y luego las reproducirán en sus artículos, que si bien serán diferentes, se parecerán bastante y saldrán en una fecha más o menos igual.

Por eso, es importante que encontremos tiempo libre, no para ir a la piscina del hotel, o sí, si es que pensamos que allí vamos a encontrar una punta para la nota. Tiempo libre para mirar, interpretar el lugar, encontrar a alguien con algo para contar. Me acuerdo de un fam en Praga con una agenda imposible, con una guía frenética. La forma que encontré para estar un rato sola, sin colegas, sin guía y con menos turistas, fue entre las 6 y las 8 de la mañana. Entonces, esa semana amanecí varios días al alba, para salir en busca de mi punto de vista. Para ver sin que me muestren.


Mis uñas y tu piel

Me llegó un mail de Griselda Moreno, la escaladora y viajera que con su proyecto Cine a la Intemperie acercó el cine a gente de América Latina que nunca lo había visto.

Después de recalar un tiempo en su Salta natal, está otra vez en el camino. Unas semanas atrás hizo cumbre en el Kilimanjaro, el techo de Africa, y ya sabe algo de swahili.

Su correo es sintético y contundente. Esta foto y este texto:

“Kucha zangu zina rangi kama ya ngozi yakoKuanzia leo nitazipenda zaidi kucha zangu. El color de mis uñas se parece al color de tu piel – Desde ahora mis uñas me gustarán más.

Y un niño de 12 años y me colmó el corazón”.


Una en un billón

Son las once de la mañana y suena el teléfono. Tengo que terminar una nota, pero decido atender. Padre al habla:

- Hola, escucháme acá encontramos con mamá la dirección de una parejita que conocimos en el primer viaje a Europa, hace 40 años.

- Ah… ¿Y?

- Un par de veces los llamamos y no logramos comunicarnos. Ahora se nos ocurrió que como vos estás con interné y la social capaz que los ubicás. ¿Te podrás fijar un minuto? [...] Mirá, la cosa es así: nosotros veníamos de Galicia, habíamos visitado a Moncho, un tío cura que nos regaló una vianda con quesos, jamón, chorizo y frutas como para cuatro días y manejábamos por Asturias hacia la frontera con Francia cuando nos hizo dedo una parejita de unos veinte años. Parecían unos pibes divinos así que paramos, los subimos y seguimos viaje.

- Pa, te llamo más tarde que estoy terminando una nota…

- Perá, perá que te cuento rápido: al principio, no hablaban nada. Mamá practicaba lo que sabía de francés con ella, el pibe no decía ni mu y yo manejaba. Me acuerdo que ahí nomás del puente romano de Cangas de Onís hicimos un picnic con todos los manjares que nos habían llegado de arriba. ¡Hasta teníamos molete!

- ¿Qué es molete?
- Un pan de Galicia, ¡el pan que comía tu abuelo!

- Nos fuimos enterando de que la parejita se había conocido hacía pocos días atrás, haciendo el Camino de Santiago. Recorrimos la costa verde española, pasamos por pueblitos cercanos al mar donde, en aquella época, la gente hablaba asturiano muy cerrado. Me acuerdo cuando llegamos a Cudillero, ¡qué barbaridad ese lugar! Un puertido todo pintado de blanco. Era la primera noche y…

- Pa… te corto y en un rato te llamo, ¿dale?
- Ya termino, che.

- Era la primera noche y teníamos que encontrar lugar para dormir. Las mujeres del pueblo se gritaban de casa a casa: Oye, ¿tienes habitación pa unos argentinos? Así hasta que nos consiguieron una señora que alquilaba dos habitaciones. Estaba limpio y era barato, los francesitos chochos. A la mañana siguiente, la chica se esforzaba en explicarle a mamá que el chico era su amigo, que no pasó nada entre ellos, imagináte ahora…

- Listo, los busco, ¿cómo se llaman?

- Así seguimos viajando cuatro días. Yo no hablaba nada de francés y él ni una palabra de español, y al final nos entendíamos lo más bien. Cuando nos separamos quedamos en vernos en París, donde ellos vivían. Nos invitaron a la casa de los padres de ella, qué casa por Dios. Tomamos un tren, me acuerdo que antes de ir yo me afeité porque tenía barba de diez días, y me compré una camisa… Nos recibieron muy bien, con pastis y una carne tipo pesceto, tan crudo que mugía.

(Si mi viejo vivera en Chile ya lo hubieran medicado para hacer el famoso “cuento corto”)

- Te lo resumo…
- ¡Por favor!

- Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, recibimos una invitación formal a su casamiento. Sería el año 72. ¡La puta, cómo pasa el tiempo!

- Eso digo yo… Entonces, ¿los nombres?

- Sí, te leo del papelito que encontré en el cajón que ordenamos esta mañana. ¿Estás anotando? El pibe se llama Jacques Satre y ella, Mireille Billon. Como un billón de dólares.

(O como una historia en un billón, de amigos que se conocen en el camino y no se vuelven a ver nunca más. Antes y después de interné.)


Embarcado

De los 100 empleados que trabajan en el ferry que cruza el Mediterráneo de Civitavechhia a Barcelona, unos 50 son filipinos. Richard Morales Reguera es camarero, de Manila. Como muchos, porta apellido pero no habla español.

Hace 5 meses que está embarcado. Levantó mi plato en el alumerzo y en la cena, intercambiamos algunas palabras y le saqué esta foto.

Antes de llegar al puerto de Barcelona nos volvimos a cruzar. Esperaba cerca del ascensor, para ayudar a algún pasajero a llevar su valija y ganarse una propina. Todos bajábamos y él se quedaba. Nosotros a tierra firme; él, al mar. En 6 meses casi no baja del barco. Quizás, una tarde o una noche, cada tanto, en algún puerto. A veces, tiene mareo de tierra.

Antes de despedirnos me pidió que le mandara su foto y dijo: “Ahora ustedes se bajan y nosotros preparamos la cena para los pasajeros que suben en un rato, y al día siguiente les damos el almuerzo. Después ellos también se bajan y suben otros, y otra vez la cena y el almuerzo, y así durante seis meses. Da lo mismo el puerto, nosotros estamos embarcados”.

Cuando termina el largo período de vida suspendida vuelve a su casa, en Manila. -¿Conocés Manila?, preguntó mientras cargaba mi valija. Le respondí que no, que me encantaría. Y siguió: “Eso sí que es hermoso. Ahí la arena es blanca y finita y el mar es muy azul”.

Las últimas palabras tuvieron un marco de fondo: el ferry enorme y atrás el mar… muy azul.

Las palabras son las mismas, pero él las pronunció con tanto amor por su tierra que por un segundo el Mediterráneo pareció gris y el Mar del Sur de la China, azul único. El más azul entre los azules.


Jor-El, el taxista gallego y Superman

Sagrada Familia, Barcelona. Subo a un taxi con amiga del alma e hija. El taxista -de unos treinta años, morrudo, barba de dos días, aro brillante en la oreja derecha- acomoda a la bebe en el bebesit y pone el auto en marcha.

Luego de cruzar algunas calles siente la necesidad de contar que en tres meses nacerá su primer hijo. Mi amiga le pregunta el sexo, y cuando él responde que será varón, ella indaga por el nombre. Jorel, dice él, pronunciado yorel. Agrega que es un nombre hebreo y que la mujer preferido Joel, pero finalmente accedió.

No fue fácil. Discutimos. Ella decía Joel y yo Jorel. “Que Joel, hombre; que Jorel,mujer”. Como estábamos atascados, le dije que preguntáramos entre los conocidos más cercanos. El más votado sería el vencedor.

Le pregunto si buscaban nombres judíos. Entonces me mira por el espejo -sólo le veo un ojo, se ve serio- y dice: “No, Jorel es el papá de Superman”. Se escribe con guión Jor-El, pero nosotros se lo pondremos todo junto.

-Ahh.

Cuando nota nuestra ignorancia, explica de Smallville, la serie que cuenta la adolescencia de Superman, dice que además de Jor-El está Kal-El, que es Supermán (según pronunciación).

- ¿Y por qué no le pusiste directamente Kal-El?

-Claro que yo quería, por supuesto -vuelve a mirar por el espejo-, pero no pude convencer a la mujer. ¿Entiendes?  Hasta Jor-El accedió. Más no pude lograr.

Después sigue contando de Smallville. Es fanático, vio todos los capítulos. Entonces suelta la frase para el bronce. “He visto hasta la novena temporada. Es lo máximo. La décima ya está, pero todavía no he podido porque está subtitulada y no consigo leer y mirar la imagen al mismo tiempo. He tratado, pero joder, que no puedo. Mi mujer sí que lo consigue, no se cómo lo hace”. (Léase con acento gallego, de Vigo).

Aunque habla muy en serio, no se ofende por nuestras carcajadas, tan fuertes que las podría haber escuchado Messi desde el Camp Nou. Barcelona pasa por la ventanilla. Los edificios modernistas, los turistas acalorados, las estaciones de Bicing, parques, iglesias, museos, La Pedrera. La ciudad pasa, iluminada por el sol de la tarde. Pero el paisaje del interior del taxi es capaz de matar a Gaudí. Hoy, el paisaje está adentro y no afuera. Del Jor-El de Kryptonia no sé nada, del que llega en tres meses me animo a afirmar que se va a divertir.




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