El panda: rey de la fiaca

Antes de ver al panda vago y dormilón, de movimientos lentos y fuerza contenida, vi mil pandas. De peluche, en gorras y gorros, en vasos y buzos, en remeras y zapatillas. En imanes y bolsas; en pósters y en lámparas. Hasta en un paquete de cigarrillos.

En los últimos años, el panda se convirtió en la marca país de China. Debe ser el souvenir más exhibido y, seguramente, también el más vendido. Más, incluso, que la Muralla China y los Soldados de Terracota. Y lejos quedó el dragón de las dinastías milenarias, en este siglo el marketing país es el panda. Aunque él ni se entere, sumido en su pereza.

Quizás esa presencia repetida del panda con su cara triste y esa actitud de animal a la vez fuerte y tierno, me generó el deseo de ver un panda real. Entonces, aunque no me gustan los animales en cautiverio, fui al Ocean Park de Hong Kong. Porque había un panda.

Hay tres, en realidad. Disponen de un espacio amplio, rodeados de árboles, arbustos y piedras. Amplio, sí, pero no tanto como las selvas del suroeste de China de donde son originarios. De las provincias de Sichuan y Shaanxi, zonas montañosas donde vive la mayoría de los tres mil que existen en el mundo.

El panda llega a pesar más de cien kilos y parece el rey de la fiaca. Puede dormir quince o dieciseis horas aunque nunca todas seguidas. Se despierta, come bambú, cambia de posición o juega un rato y vuelve a dormir.

Ni bien vi a Jia Jia, el panda de Ocean Park tuve ganas de saltar la valla y abrazarlo. Será que estaba solo y los círculos negros alrededor de los ojos parecían ojeras y me dio pena o tal vez me hizo acordar al peluche de mi sobrina.  No sé, pero creo que varios sentimos lo mismo por eso las vallas son bastante altas.

Se quedó ahí un rato, se rascó la axila, se subió a un baco y se tiró panza arriba. Al rato bajó, comió bambú, mientras muchos visitantes lo mirábamos y le sacábamos fotos.

El panda es uno de los animales más queridos del mundo y, desde 2006, el símbolo de la WWF. Todavía es una especie en peligro de extinción, pero ya no se caza y en China existen más de cuarenta reservas de pandas. Su peor enemigo en esta época es la deforestación.

El canguro en Australia, el kiwi en Nueva Zelanda, el dragón de Komodo en Indonesia, y el panda en China, animales emblemáticos de sus territorios que se convirtieron en la mejor publicidad.

Publicado por Carolina Reymúndez | 29 de Abril de 2015

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La hamaca sobre el vacío

La que se hamaca y cuenta esta historia es Josefina Genta, productora de Canal 13, viajera con ganas de escribir de viajes y, sin duda, una mujer osada: se está hamacando sobre el vacío, ahí nomás de las nubes. A continuación, su experiencia.

Hamacarse a 2.660 metros de altura frente al imponente volcán Tungurahua debería ser la actividad más promocionada de Baños de Agua Santa.

En el centro de Ecuador, esta ciudad es conocida por el turismo aventura: rafting, excursiones a cascadas, bungee jumping y canopy. Pero son pocos los visitantes que pagan 1 dólar para conocer “La casa del columpio” o “Casa del árbol”, y menos los que pasan algunos minutos balanceándose en el vacío.

En 1999 Carlos Sánchez decidió ser vigía del “gigante negro” y se instaló en este mirador en un cerro vecino. Construyó una casita arriba de un árbol al filo de la montaña. Desde allí vigila la actividad del Tungurahua. En ese mismo lugar, y para entretener a los turistas que llegan hasta ahí, colgó dos hamacas.

Y me animo. Sentada en el rectángulo de madera, a 2.5 km del cráter activo hace 16 años, avanzo hacia al precipicio que me separa del volcán, rodeando apretadamente mis manos a las dos sogas. Piernas estiradas, el envión hacia adelante deja atrás la montaña, abre el cielo y acerca las nubes. La vuelta flexiona las rodillas e inclina el tronco.
Al principio, el ritmo es tímido porque la sensación de acercarse al vacío genera dolor de panza. En dos vaivenes, se torna lúdico y uno se olvida de que atrás hay una fila de cinco personas esperando el empujón a la adrenalina. Relajarse en este columpio del fin del mundo parece ser más sanador que hervirse en los baños termales por los que es popular esta ciudad. Me voy dejando llevar por la hamaca que me traslada a la infancia y, capaz un poquito por eso, pierdo todos los miedos.

Publicado por Carolina Reymúndez | 26 de Abril de 2015

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Día Mundial de la Tierra

Central, Hong Kong, China.

Publicado por Carolina Reymúndez | 22 de Abril de 2015

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Double check

Volví hace unos días de Hong Kong. Además del skyline, el lujo, el gusto por el dinero, el neón y el panda que vi en el parque temático Ocean Park me llamó la atención el uso desmedido del término double check.

Es cierto que después del famoso doble check de Whatsapp se emplea más seguido en general en todos lados, pero por lo menos en esta ciudad da la impresión de que tuviera más que ver con una obsesión por minimizar la posibilidad de equivocación.

Todo parece estar sujeto al double check. En la oficina de turismo, en el hotel, en el metro, en el supermercado suena la expresión double check. Volver a chequear para estar completamente seguros.
En la góndola no hay talle S pero el empleado va a double check en la computadora; el concierge va a double check si el correo abre hasta más tarde aunque se lee el horario en el folleto y el chico de del metro va a double check qué salida es mejor para llegar a ese lugar y la empleada de información turística va a double check el clima a ver si mañana conviene hacer la excursión.

La información no solo se chequea una vez, se chequea dos porque no hay tiempo para perder en errores. Porque la eficiencia es el objetivo y en el mundo eficiente, los errores son puntos en contra.
En Hong Kong los horarios de las citas se double check por mail porque la puntualidad es extrema y llegar tarde roza la ofensa.

Me pregunto qué dirían si les contara que más de una vez en el DF pregunté en la calle dónde quedaba tal o cual lugar y la gente por pena de no saber respondía que para la derecha o para la izquierda no sólo sin hacer ningún tipo de double check sino sin tener idea de la respuesta.

Y no quiero pensar la cara que pondrían si les hablara de las veces que salí de viaje sin reserva de hotel. O de la vez que llegué tarde a la estación, pero no importó porque el tren salió mucho más tarde.

En una ciudad de bancos, dinero y business, esto no se entendería. Creo que lo descartarían por increíble o inventarían el triple check.

Publicado por Carolina Reymúndez | 20 de Abril de 2015

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Cultura bici en Buenos Aires

Si David Byrne volviera a Buenos Aires saldría corriendo a actualizar su libro Diarios de bicicleta (Reservoir books, Mondadori), publicado hace cinco años. Ahí cuenta sus andanzas en bici por varias ciudades del mundo y en el capítulo de Buenos Aires se asombra porque la gente no usa bicicleta: “La ciudad, situada en el terreno aluvional del Río de la Plata, es bastante llana, lo cual sumado a su clima templado y sus calles más o menos ordenadas en cuadrícula, la hacen perfecta para moverse en bicicleta. Aún así, podría contar con los dedos de una mano el número de gente del lugar que vi circulando en bicicleta. ¿Por qué? ¿Llegaré a descubrir por qué nadie se mueve en bici por esta ciudad? […] ¿Es por lo temerario del tráfico, por el elevado número de robos, por lo barato de la gasolina y porque el coche es un símbolo imprescindible de estatus? ¿Tan menospreciada está la bicicleta que incluso los mensajeros usan otros medios para desplazarse?”.

El creador de Talking Heads tenía razón. Eso sucedía antes, tal cual, pero todo cambi. Basta un paseo corto por la ciudad para comprobar que el párrafo envejeció mal. Por la tarde, a eso de las cinco o seis, las ciclovías de Palermo son una columna de playeras, plegables, viejas, de bambú, alquiladas, MTB. Hay ciclistas con casco y sin casco; obreros y oficinistas que vuelven a casa; deportistas con guantes y pantalones de telas inteligentes; hombres de traje y chicas con anteojos de marco grueso, candado cruzado en el pecho y estrellitas en los rayos. A veces, cuando las bicisendas se congestionan y algunos pasan mal o paran a responder un whatsapp, me pregunto si teniendo en cuenta el momento histórico que atraviesa la bici en las ciudades no habría que sacar licencia para conducir.

En los últimos cinco años Buenos Aires se sumó a la tendencia mundial y se transformó en una ciudad bike friendly. Tiene 135 kilómetros de ciclovías y el proyecto llegar a los 155 a fin de año. Cuenta con más de 30 estaciones Ecobici donde se retiran bicis gratis, apps para elegir los mejores recorridos, talleres de mecánica para bicis, alforjas de diseño y restaurantes que hacen descuentos del 15 y 20 por ciento si uno va en bici. Se hacen salidas grupales de luna llena y circuitos guiados por los mejores grafittis de la ciudad. En la bicicletería Monochrome hasta es posible diseñar, accesorizar y lookear la propia bici –fabricada con materiales reciclables–antes de comprarla. El color del cuadro, del asiento, del grip y de las cubiertas. Campanita, portaequipajes, inflador, luces, todo personalizado.

Desde que se construyeron las ciclovías mucha más gente se anima a salir. Al trabajo, a entrenar, a la casa de un amigo, a un bar. “Para mí es como meditar, es el único momento del día en que no pienso en otra cosa más que en lo que estoy haciendo”, me dice Pelu Romero un ciclista que va tres veces por semana a recorrer los caminos de tierra de la Reserva Ecológica Costanera Sur en su MTB. Quizás leyó Bici Zen, ciclismo urbano como camino (Planeta 2012), de Juan Carlos Kreimer, un libro con la tesis de que la rutina de andar en bici es nada menos que un acto zen y produce sentimientos de “placer, libertad, autonomía y contacto consigo mismo”.
Pedalear hace bien a la salud y puede cambiar la perspectiva del día: los pensamientos quedan en un plano secundario, mientras se presta atención al ejercicio, a los detalles del paisaje urbano: un grafitti, el perfume de ese jazmín que trepa por la medianera, las naranjas en una verdulería. Andar en bici cambia el foco. Así de simple y contundente.

Publicado por Carolina Reymúndez | 5 de Marzo de 2015

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La Roma: México esquina Nueva York

Serían las nueve de la noche cuando paré en el semáforo de Álvaro Obregón y Mérida, ahí nomás de la librería El Péndulo y de la estatua de Cantinflas, en el corazón de la Colonia Roma, DF, México.
Noche fresca de diciembre, poco tráfico. De repente, se escuchó un sonido fuera del contexto urbano: un gruñido de cerdo. Me imaginé que saldría de alguna televisión cercana y seguí atenta al semáforo. También esperaban para cruzar una pareja, un gringo y una señora con un perro blanco bien portado.

Cambió a verde y otra vez el gruñido de cerdo. Me di vuelta y apareció la escena. Un hombre paseaba a su cerdo con correa y ¡le hablaba! El animal: negro, del tamaño de un ovejero alemán, se resistía a cruzar la calle a pesar de la insistencia de su amo. El amo: un hipster de manual (pantalones chupines, camisa a cuadros, anteojos grandes, sombrerito y barba). Igual que el resto de los que esperábamos el semáforo, me quedé pasmada, en modo observación. A los autos les tocó tener paciencia hasta que el chancho –que parecía mula por lo terco– se decidió a cruzar.
Llegué a la cena exaltada con lo que acababa de ver, pero los amigos mexicanos no se sorprendieron. “En la Roma hay por lo menos seis cerdos; está de moda tenerlos de mascota, parece que son limpios y viven mucho”.
La Roma es una colonia o barrio fundado a principios del siglo pasado para que se afincara la burguesía de la capital. Está en el centro de la ciudad, a pocas paradas de metro del Zócalo. Es arbolado y con plazas, como la vecina colonia Condesa. Lo rodean avenidas importantes por donde pasaron carruajes, y por donde alguna vez caminaron la pintora Leonora Carrington y los escritores de la generación beat Jack Kerouac y Allen Ginsberg. La Roma tiene corazón bohemio.
En los últimos años se convirtió en un lugar trendy y se mudaron artistas, periodistas y escritores que se cruzan en la plaza Río de Janeiro, frente a la réplica del David de Miguel Ángel. O en la Plaza de la Cibeles, frente a la réplica de la fuente madrileña, paseando a su perro o a su cerdo.
En una caminata se ven los antiguos palacios de la época de Porfirio Díaz convertidos en museos, restaurantes, casas de artesanías, negocios de ropa vintage, hoteles boutique y galerías de arte. Hay más de mil quinientos monumentos históricos, incluidas joyas del art noveau como el Edificio Balmorí y el pasaje El Parián.

En el Twitter de la Roma circulan datos de lugares para practicar crossfit y se pregunta qué restaurante sirve berza (kale), la verdura del momento por sus propiedades nutritivas. De a ratos, este barrio confunde y parece una isla en el DF.
En el último viaje, me quedé varios días en la Roma. Cada mañana, al salir, tenía dos opciones de desayuno: 1) comer unos tacos de flor de calabaza y queso sobre una tortilla de maíz azul en el puestito de la esquina, 2) sentarme en las banquetas del food truck estilo Nueva York que estaba justo enfrente. De un lado, México y del otro, Estados Unidos. Nadie pedía pasaporte ni revisaba el equipaje, bastaba cruzar la calle Colima.
Al lado del food truck, en una tienda de American Apparel los fines de semana montan un show de modelos en vivo en las vitrinas y se instalan reposeras de playa para mirar cómo se desvisten con música y gracia hasta quedarse en ropa interior. Unas cuadras más allá está excelente el Museo del Objeto del Objeto, que recorre la historia de la fotografía en México, y no muy lejos, Belmondo, el restaurante que eligió Tom Yorke, el vocalista de Radiohead, cuando estuvo en el país.
En la Roma hay garage sales los fines de semana, un templo budista donde se dan clases de yoga y meditación, un local de Dr. Martens, tiendas de vinilos con alto tráfico de hipsters y una panadería mínima que vende deliciosos rolls de canela. Sí, por momentos, la Roma no parece México.
Y sin embargo.
Mi anfitriona, que vive en una antigua vecindad del barrio, es periodista y cubre las muertes por el narco. Un día tuvo que viajar a Iguala, Guerrero, porque investiga el caso de los 43 normalistas desaparecidos. Cerca vive otra periodista que escribió un libro sobre los asesinatos de mujeres en Juárez y, a unas calles, un francés que trabaja en una ONG que ayuda a las víctimas del narco, que suman más de veinte mil desde 2006.
En una caminata todavía se ven grietas del terremoto de 1985. La Roma fue una de las zonas más afectadas, se cayeron más de doscientos edificios. No es raro que los vecinos comenten en la mañana si a la noche tembló, como si rondara cierto temor de vivir ahí.
Los fines de semana se monta el tianguis (mercadito) de Colima y Cuauhtémoc, donde se venden jugos antigripales, tacos de cochinita pibil, máscaras de luchadores y muñequitos del Chavo y vírgenes de Guadalupe. Suenan rancheras, Gloria Trevi y reggaetón. Sí, por momentos, la Roma recuerda a algún barrio de Nueva York, pero es un ingrediente más del mole chilango. Porque la Roma es México. Con chile, limón y oink oink.

Publicado por Carolina Reymúndez | 17 de Enero de 2015

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Copenhague blanca

Estas serán las primeras fiestas que Fernanda Lago pasa en Copenhague, donde vive hace un año. En las líneas que siguen, la periodista que escribe en el suplemento Turismo del diario La Nación, cuenta de la ciudad  en tiempos de Navidad.

Según los daneses hyggelig no tiene traducción, aunque se podría describir mas o menos así: un ambiente íntimo, cálido, iluminado con velas, una comida casera y buena compañía. Jul en danés significa navidad, y hyggelig jul es el deseo que se escucha en vísperas de la nochebuena.

Las navidades en Dinamarca están fríamente calculadas. Una vez que termina Halloween, las góndolas barren con las brujas para dar lugar a los duendes y a una variedad de adornos con la cara de Papá Noel. Los mercados navideños abren -por diferentes barrios de la ciudad- a mitad de noviembre, y encienden con miles de lucecitas la noche que comienza cerca de las cuatro de la tarde. Como ferias callejeras, con puestos de madera, ofrecen desde nieve artificial para vidrios, pinos naturales -que se cultivan especialmente para esta fecha-, hasta garrapiñada u otros dulces.

Hoy llueve, igual que todos los días desde hace una semana. La gente camina sin apuro, como si no le preocupara mojarse. La ciudad está fría, pero todavía sin nieve. En el aire se siente el aroma a galletitas de jengibre, que sólo por estos días reemplazan a las famosas de manteca que vienen en lata; y la gente compra la juleøl, una cerveza de Navidad que es un poco más dulce que la rubia tradicional.

La cena del 24 sigue el ritual de cada año. Lejos del vitel toné de mi tía y la ensalada rusa de mi mamá, la familia danesa se reunirá a las 5 de la tarde. En Buenos Aires todavía será el mediodía. Para comer habrá cerdo y pato, se tomará gløgg – un vino tinto caliente mezclado con naranja, clavos de olor y canela-, y risalamande de postre, un arroz con leche algo pastoso que equivale a nuestros turrones.

La tradición dice que habrá que cantar villancicos alrededor del árbol. Después de la ronda nadie esperará a las 12 para abrir los regalos, porque seguramente a esa hora ya todos estén en la cama. Se anuncian nevadas para la madrugada del jueves. Tal vez el 25 Copenhague amanezca blanca. Prometo mandar una foto.

Publicado por Carolina Reymúndez | 23 de Diciembre de 2014

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Del calor de Dubai

Una imagen puede valer mil palabras y también esconder 48 grados, como en este caso. El tipo que sale de la estación de metro Ibn Battuta, en Dubai, camina por el infierno. Se lo ve así, tan tranquilo, pero debería ir con un matafuegos apagando las llamas, que no se ven pero están ahí. El calor quema las manos, el pelo y los párpados si uno no lleva anteojos.

Te tocó un mes de calor, dijo mi anfitrión con la levedad de quien dice está nublado. ¿Un mes de calor? Me tocaron días de fuego, que en el recuerdo son rojos. Rojo encendido. El día de la foto también caminé como ese hombre desde la estación Ibn Battuta hasta mi cuarto. Fueron cinco cuadras y después de la primera comencé a repetir como un mantra: “Que no me desmaye, por favor, llego y tomo agua, sí, tengo que seguir, allá tomo agua, que no me desmaye, vamos, falta poco”. Mientras lo recitaba imaginé una boltella de agua helada, transpirada por el frío. Con gotas que se derretían y bajaban por el cuello. Soñaba despierta para poder llegar a la casa, al aire acondicionado.

En los meses de calor no hay gente por las calles. Eso lo advertí en la segunda cuadra, cuando los taxis pasaban con gente, que me miraba por la ventanilla con piedad. Quizás alguno también recitó un mantra y por eso llegué.

Después de esas cinco cuadras, procuré no atravesar espacios abiertos. Durante los meses de calor les pasa lo mismo a los habitantes, la mayoría extranjeros (solo el diez por ciento de la población de Dubai es emirati). La vida no contempla espacios no climatizados. Se salta de aire a aire, cada tanto aparece una brecha, como la zanja mínima (el famoso gap) que pasa del andén al tren y recuerda el afuera. La falta de luz solar incide en que muchos padezcan falta de vitamina D, que la da el sol. Lo mismo que en los países nórdicos, pero por otras razones.

La estación de metro podría ser suiza y el tren, uno de lujo. Afuera se ven edificios y shopppings y edificios que tocan el cielo (o el infierno), como el Burj Khalifa, de los más altos del mundo. Si alguien, desde alguna ventana) hubiera mirado a este hombre, habría rogado que se subiera rápido a un taxi o que pasara un auto a rescatarlo de las llamas. Pero seguro que nadie miró: en Dubai todos tienen demasiado trabajo.

Publicado por Carolina Reymúndez | 4 de Noviembre de 2014

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Día Mundial del Turismo

Playa D’en Bossa. Ibiza. Islas Baleares.

Publicado por Carolina Reymúndez | 27 de Septiembre de 2014

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Trayectos y memoria

Natalia Montaldo escribe de viajes en Página 12 y otros medios. Conoce Cabo La Vela, en Colombia, y vivió en San Martín de los Andes. Aquí cuenta un trayecto del trabajo a su casa en una noche de oscuridad, cielo vasto y frío cerca del Lago Lácar.

A un año de haberme ido de San Martin de los Andes, la imagen más recurrente no es ninguna de las postales típicas, sino las cuadras que separaban mi casa del colectivo.

Había dos recorridos de transporte posibles y mi casa estaba equidistante de ambas paradas, a 5 cuadras. Tenía un trayecto que utilizaba para hablar sola, procurando no ser descubierta (el de la ruta) y otro donde la sensación era tan introspectiva que hasta mis propios pensamientos sobraban (el del callejón).

Siempre me pareció más largo el camino de regreso a la casa desde la ruta, que al revés.

Bajaba del colectivo en la ruta y tomaba la calle Núñez. La Cascada es un barrio de casas con jardines y calles de ripio. No hay comercios, salvo por pequeños almacenes de esos que improvisan los vecinos en sus ex garajes. Tampoco hay veredas. Todos caminamos en medio o al costadito de la calle, sin que eso suponga un riesgo mayor que mojarse con los charcos.

La primera casa que asomaba tenía un jardín enorme y ni una flor. Salvo en Octubre, donde estos devotos de los bulbos llenaban todo con tulipanes, que duran poco.

Al cabo de un tiempo uno identifica las casas alquiladas de las que siempre vive la misma gente. Venía la casa rosada donde había vivido mi tía. Enfrente, la del periodista Belloli. El vecino Tachenco, lavando su camión de fletes o regando sus rosales. Hola, buen día. Dos pasos más adelante, el sauce que oficiaba de techo, cruzando toda la calle. El sonido de las ramas de los árboles. Faltando una cuadra entera para mi casa, divisaba a Truco, el perro de mi vecino, sentado en medio de la calle. Esperaba a su dueño, pero cuando me reconocía, igual se alegraba y me recibía. Si llevaba bolsas del super, las husmeaba.

Llegando por el otro lado, el colectivo me dejaba en la intersección del Callejón de Bello y el de Gingin. Era campo abierto, ya que el barrio comenzaba dos cuadras más adelante. Había vacas y caballos de ambos lados.
Desde ahí podía ver el cielo más vasto. Era como si la línea del horizonte fuera casi subterránea. Todo, casi todo, era cielo. Y verde, pasto muy verde, por lo que es mallín.
Pero lo mejor de este trayecto sucedía de noche. Al no haber construcciones, tampoco había luces. Ni de casas, ni de alumbrado público. Era la oscuridad misma. Oscuridad y silencio de campo.

Reconozco que la primera vez que lo hice me dio algo de miedo. Estirar la mano y no ver la palma. Así de oscuro. Mi temor, no radicaba en que saliera un ladrón (dudaba mucho que pudiera aparecer ni un ser humano, de cualquier índole moral). Pensaba más bien en caballos sueltos, o perros, o pozos. Tres cuadras enteras de trayecto escuchando solamente el sonido de mis zapatos en el ripio.
En algunos días de mucho frio, fantaseaba con tener auto. Me alegra no haberlo tenido.

Publicado por Carolina Reymúndez | 18 de Septiembre de 2014

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