La Roma: México esquina Nueva York

Serían las nueve de la noche cuando paré en el semáforo de Álvaro Obregón y Mérida, ahí nomás de la librería El Péndulo y de la estatua de Cantinflas, en el corazón de la Colonia Roma, DF, México.
Noche fresca de diciembre, poco tráfico. De repente, se escuchó un sonido fuera del contexto urbano: un gruñido de cerdo. Me imaginé que saldría de alguna televisión cercana y seguí atenta al semáforo. También esperaban para cruzar una pareja, un gringo y una señora con un perro blanco bien portado.

Cambió a verde y otra vez el gruñido de cerdo. Me di vuelta y apareció la escena. Un hombre paseaba a su cerdo con correa y ¡le hablaba! El animal: negro, del tamaño de un ovejero alemán, se resistía a cruzar la calle a pesar de la insistencia de su amo. El amo: un hipster de manual (pantalones chupines, camisa a cuadros, anteojos grandes, sombrerito y barba). Igual que el resto de los que esperábamos el semáforo, me quedé pasmada, en modo observación. A los autos les tocó tener paciencia hasta que el chancho –que parecía mula por lo terco– se decidió a cruzar.
Llegué a la cena exaltada con lo que acababa de ver, pero los amigos mexicanos no se sorprendieron. “En la Roma hay por lo menos seis cerdos; está de moda tenerlos de mascota, parece que son limpios y viven mucho”.
La Roma es una colonia o barrio fundado a principios del siglo pasado para que se afincara la burguesía de la capital. Está en el centro de la ciudad, a pocas paradas de metro del Zócalo. Es arbolado y con plazas, como la vecina colonia Condesa. Lo rodean avenidas importantes por donde pasaron carruajes, y por donde alguna vez caminaron la pintora Leonora Carrington y los escritores de la generación beat Jack Kerouac y Allen Ginsberg. La Roma tiene corazón bohemio.
En los últimos años se convirtió en un lugar trendy y se mudaron artistas, periodistas y escritores que se cruzan en la plaza Río de Janeiro, frente a la réplica del David de Miguel Ángel. O en la Plaza de la Cibeles, frente a la réplica de la fuente madrileña, paseando a su perro o a su cerdo.
En una caminata se ven los antiguos palacios de la época de Porfirio Díaz convertidos en museos, restaurantes, casas de artesanías, negocios de ropa vintage, hoteles boutique y galerías de arte. Hay más de mil quinientos monumentos históricos, incluidas joyas del art noveau como el Edificio Balmorí y el pasaje El Parián.

En el Twitter de la Roma circulan datos de lugares para practicar crossfit y se pregunta qué restaurante sirve berza (kale), la verdura del momento por sus propiedades nutritivas. De a ratos, este barrio confunde y parece una isla en el DF.
En el último viaje, me quedé varios días en la Roma. Cada mañana, al salir, tenía dos opciones de desayuno: 1) comer unos tacos de flor de calabaza y queso sobre una tortilla de maíz azul en el puestito de la esquina, 2) sentarme en las banquetas del food truck estilo Nueva York que estaba justo enfrente. De un lado, México y del otro, Estados Unidos. Nadie pedía pasaporte ni revisaba el equipaje, bastaba cruzar la calle Colima.
Al lado del food truck, en una tienda de American Apparel los fines de semana montan un show de modelos en vivo en las vitrinas y se instalan reposeras de playa para mirar cómo se desvisten con música y gracia hasta quedarse en ropa interior. Unas cuadras más allá está excelente el Museo del Objeto del Objeto, que recorre la historia de la fotografía en México, y no muy lejos, Belmondo, el restaurante que eligió Tom Yorke, el vocalista de Radiohead, cuando estuvo en el país.
En la Roma hay garage sales los fines de semana, un templo budista donde se dan clases de yoga y meditación, un local de Dr. Martens, tiendas de vinilos con alto tráfico de hipsters y una panadería mínima que vende deliciosos rolls de canela. Sí, por momentos, la Roma no parece México.
Y sin embargo.
Mi anfitriona, que vive en una antigua vecindad del barrio, es periodista y cubre las muertes por el narco. Un día tuvo que viajar a Iguala, Guerrero, porque investiga el caso de los 43 normalistas desaparecidos. Cerca vive otra periodista que escribió un libro sobre los asesinatos de mujeres en Juárez y, a unas calles, un francés que trabaja en una ONG que ayuda a las víctimas del narco, que suman más de veinte mil desde 2006.
En una caminata todavía se ven grietas del terremoto de 1985. La Roma fue una de las zonas más afectadas, se cayeron más de doscientos edificios. No es raro que los vecinos comenten en la mañana si a la noche tembló, como si rondara cierto temor de vivir ahí.
Los fines de semana se monta el tianguis (mercadito) de Colima y Cuauhtémoc, donde se venden jugos antigripales, tacos de cochinita pibil, máscaras de luchadores y muñequitos del Chavo y vírgenes de Guadalupe. Suenan rancheras, Gloria Trevi y reggaetón. Sí, por momentos, la Roma recuerda a algún barrio de Nueva York, pero es un ingrediente más del mole chilango. Porque la Roma es México. Con chile, limón y oink oink.


Encuentro bajo la lluvia

El texto que sigue fue escrito por Nélida Barbeito, licenciada en Turismo y viajera. Nélida tiene una discapacidad motriz, usa bastón para caminar y silla de ruedas o scooter para recorrer grandes extensiones. Está dedicada a la difusión del turismo accesible. Hace poco viajó a Disney y un día, en medio de una tormenta, conoció a Liz y a Travis, dos militares estadounidenses que le contaron su historia.

Las posibilidades de conocer a Liz y a Travis en ese hotel tan grande eran mínimas. Pero sucedió lo improbable y nos encontramos. Ya no podré olvidar esa lluvia, esa charla, esa historia.

Era uno de nuestros últimos días el Saratoga Springs, un el hotel construido alrededor de una cancha de golf en Disney. Era tan grande que adentro había cinco paradas de colectivo. Una, Paddock, me había llamado la atención porque tenía piscina con un tobogán y un restaurante informal, el grill, que también llevaba el nombre de la parada.

Llegamos y se desató un tormenta. Casi todos huyeron de la piscina, el jacuzzi y el restaurante. Qudamos mi madre y yo, y una joven pareja que se resguardaba bajo un techo pequeño. Charlaban en voz alta y en un tono quejoso que me impedía escuchar el sonido del agua y los pájaros. Con mis prejuicios en acción pensé que se trataba de un chico rico despotricando sobre su vida luego de una sufrida carrera en Harvard.

En un momento, ellos se acercaron con admiración para felicitarme por mi coraje de andar montada en un scooter a pesar de mi discapacidad. Entonces, Travis me contó que había estado dos años sin caminar, y casi por gentileza le pregunté si había tenido un accidente de moto. Una palabra condujo a la otra y terminamos en una profunda charla sobre valores, desafíos físicos, pasiones, trabajo y decepción. La vida.

Eran los dos militares, de 29 y 43 años, jubilados desde hacía menos de dos meses. Habían ido a Disney para relajarse un poco y delinear los próximos pasos en su vida. Su país y la fuerza armada los dejaron solos, fuera del sistema, fuera de la fuerza con un retiro forzoso por no servir físicamente. Todo esto luego de haber defendido con cuerpo y alma a su nación en países lejanos como Irán o Turquía.

A Travis le explotó una bomba muy cerca y le afectó la mitad derecha de su cuerpo. Pasó de estar postrado a una silla de ruedas a caminar con muletas y cuando parecía que ya las dejaría le hicieron un ofrecimiento.

Su pie derecho aún no respondía para caminar, no servía. Le propusieron amputárselo, ponerle una prótesis y reincorporarse. Como su respuesta fue negativa vino la elección. La operación y el pie biónico o la baja y jubilación. Travis confiando en su capacidad de recuperación eligió la segunda opción. La voluntad, la plasticidad neuronal o todo combinado hizo el resto. Camina sin dificultad y sin ayudas técnicas como bastón o andador. Tiene una discapacidad, pero no es visible, tiene poca autonomía de caminata y fuertes dolores en su pie a veces, pero lo mira con orgullo y dice: Es el mío. Yo pude.

Como si entre la lluvia y la historia de Travis no hubiera tenido suficiente miré a Liz y le pregunté si ella también tenía algo. Liz, que mientras hablábamos con Travis había llorado casi tanto como el cielo dijo:

-Yo tengo 43, somos novios, nos conocimos mientras estábamos en servicio, a mí me operaron mi pie y luego se señaló la cabeza.
-¿Secuela de esquirlas?, pregunté como sacando la idea de una de los cientos de películas que ví.
-No, secuelas psicológicas.
A esa altura, quería huir un poco del tema y les pregunté dónde vivían. Se miraron, y contestaron a coro:
-No tenemos casa ni dónde ir a vivir.

Como a todo norteamericano, Hollywood los convenció de que cuando no queda más opción, Latinoamérica es la respuesta, así que estaban dando vuelta el mapa para ver a qué país irían.

Traté desde mi óptica de sudamericana que vivió en América del Norte de hacerles entender que tal vez había sido el sistema militar que los había desilusionado, pero no su país. Traté de decirles que en otro país serían extranjeros siempre. Se miraron, y otra vez dijeron, armando la frase entre los dos.

-Hemos sido extranjeros muchos años defendiendo la patria, ahora seremos extranjeros viviendo una nueva vida y cuidándonos como pareja. Vamos a estar bien.

Antes de despedirnos, nos sacamos fotos, intercambiamos correos y nos dimos un abrazo. Estábamos en el mismo hotel pero nos separaban dos paradas de bus y tres kilómetros. La lluvia nos unió y voy a guardar esa charla como algo preciado.


Platos bandera

Para anunciar el principal festival gastronómico de Australia (Sydney International Food Festival) una agencia de publicidad local tuvo la idea de recrear las banderas de los diecisiete países que participan según frutas, verduras y platos tradicionales de cada uno. A continuación, una selección de los que más me gustaron. El resto, acá.

Hoja de plátano, limón sutil, ananá y fruta de la pasión para Brasil.

 

Un delicado niguiri para Japón.

 

Pasta con albaca fresca y tomates cherry para Italia.

 

Curry de pollo con mucha pinta para la India.

 

Aceitunas y queso feta para Grecia.

 

Chorizo y arroz con azafrán para España.

 

Jamón crudo y queso Emmental para Suiza.

 

Y tristes hot dogs con mostaza y ketchup para Estados Unidos.

 


Las 9 piscinas de Ed Ruscha

Edward Ruscha es un artista pop de la Costa Oeste de Estados Unidos. La obra 9 swmming pools es de 1968.


A sangre fría

El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene un atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.

Holcomb también es visible desde lejos. No es que haya mucho que ver allí…es simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vías del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azarosa limitada al sur por un trozo del río Arkansas, al norte por la carretera número 50 y al este y al oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo. En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo techo hay un cartel luminoso –BAILE-, pero ya nadie baila y hace varios años que el cartel no se enciende…

A Sangre fría, de Truman Capote.

Capote describe con maestría el paisaje de Holcomb, el pueblo cercano a la granja donde se produjo el asesinato de la familia Clutter, el 15 de noviembre de 1959. El recuerdo me pareció oportuno en estos días de muertos.

La foto es de Robert Frank, de su libro The Americans, publicado en 1958 después de un recorrido por el Estados Unidos.


El nuevo vicio de Olga

Esta foto de Sheila la sacó Andrea Knight, autora también de la historia que sigue.

Mi amiga Olga es fanática de todo. Vive la vida con tanta pasión que a veces le tengo envidia. Es venezolana pero hace un montón de años vive en las afueras de Boston en el barrio de Newton. Cada vez que puedo voy a visitarla. Cuando viajo a su casa tengo que llevar una valija repleta de alimentos para ella. Olga tiene perdición por varios productos regionales de la Argentina, como el dulce de batata, el vino y los alfajores de dulce de leche.

Como le fascina cocinar igual que a mí, gran parte de nuestro tiempo lo pasamos haciéndonos probar recetas mutuamente, mientras charlamos y nos ponemos al día. Una de las primeras cosas que quiso contarme fue que había agregado un vicio nuevo a su vida.

Chica, me dijo, me he vuelto Sheilaholic!

Pensé que se había enviciado con alguna bebida, pero lo que sucedía es que no podía dejar de visitar casi todos los días el negocio de la esquina. Apenas pudo me arrastró a la tienda de Sheila, The Dressing Room.

The Dressing Room es un local muy pequeño en el centro de Aurbundale, uno de los trece pueblos que conforman Newton. Es un barrio residencial con pocos negocios.

Me contó Sheila que su negocio es lo que los americanos llaman un destination spot, un punto del pueblo al que la gente llega expresamente. Su clientela se incrementó boca a boca a lo largo de dieciocho años. Me contó que lo más fabuloso fue que nunca necesitó hacer publicidad, eso la hace sentirse orgullosa, para que las clientas lleguen desde cualquier parte. Desde que puso el local lo maneja con ayuda de su madre, que fue en su juventud modelo de pasarelas. Por esa razón y desde muy pequeña, Sheila vivió metida en el mundo de los desfiles de moda, y comprendió desde temprano el significado de la belleza y el interés en lucir arreglada y bonita.

Para Olga, Sheila tiene la personalidad perfecta para su negocio: es encantadora, te hace sentir como si fuera tu vecina amiga con la que chismeas y pasas el rato.

Sheila visita las ferias de moda de Nueva York, Canadá y Boston y escoge modelos originales, siempre tomando en consideración la calidad de las telas y los buenos precios.

Tiene diseños que están de moda pero en telas finas y sedosas que a la vez se meten en la lavadora. Dice Olga: “Telas que se ponen más calenticas en invierno y más frescas en verano”.

Sheila prefiere que sus percheros tengan colores oceánicos ya que toda el área es cercana a Cape Cod, la península bordeada por el océano atlántico en el extremo oriental del estado de Massachussets.
También es importante la elección que Sheila hace de la bijou. Una de las artistas destacadas en el negocio es la israelí Mariana.

Olga adora encontrar todo en un solo negocio: En vez de ir a mil tiendas y pasarme los domingos en los malls, voy a un sitio donde sé que encuentro todo….salvo zapatos, pero para zapatos tengo DSW


Sarmiento en Estados Unidos

“El país está aún despoblado de esta parte; el vapor del Ontario se acerca a los barrancos, adonde salen los paisanotes de fraque y las mozas envueltas en cahemiras a tomar pasaje. Divísanse a lo lejos aisladas en el bosque aquellas cabañas de troncos de árboles superpuestos, o de tablas descoloridas, que sirven de morada por los primeros años al plantador que recién está descuajando el bosque.

El paisaje conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en aquellos inimitables cuadros de Último Mohicano. Ya he dicho a Ud. que desde Búfalo hacia esta parte está el pedazo más bello de la tierra. Sin la petulante lozanía de los trópicos y sin la fría severidad de los bosques del Norte de la Europa, mézclanse en la escena ríos como lagos, lagos como mares, rodeados de una vegetación primorosa, artística en sus combinaciones y grandiosa en su conjunto.

Traíame arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza, y a veces, sorprendía e el fondo de mi corazón un sentimiento extraño, qu eno había experimentado ni en París. Era el deseo secreto de quedarme por ahí a vivir para siempre, hacerme yanquee, y ver si podría arrimar a la casacada alguna fábrica para vivir. ¿Fábrica de qué? … Y aquí el deleite de tan bella vida se me tornaba en vergüenza, acordándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que había visto en algunas aldeas de España, Fábrica de fósforos. ¡Y qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que nadie necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y recuperar mi alegría, no necesitaba más que tomarle el peso a mi descarnada bolsa, y echar una ojeada sobre mi contaduría en general para no volver a pensar más en ello“.

(Sarmiento hizo este viaje a Estados Unidos en 1847).


En el camino

Querido Marlon:

Estoy rezando por que compres On The Road y hagas una película con el libro. No te preocupes por la estructura, sé cómo reordenar y comprimir la trama un poco para darle una estructura cinematográfica perfectamente aceptable: convertirla en un viaje largo, con todo incluido; en vez de los cortos viajes costa a costa del libro, un recorrido circular de Nueva York a Denver, de Frisco a México, de New Orleáns a Nueva York otra vez. Visualizo las hermosas tomas que podrían hacerse con la cámara en el asiento de adelante del auto, mostrando la ruta (noche y día) que se desenreda frente al parabrisas, mientras Dean y Sal parlotean. Quiero que hagas el papel de Dean porque, como sabés, no es un pistero tonto sino un irlandés muy inteligente (de hecho, jesuita). Vos serás Dean y yo seré Sal (Warner Bros. mencionó que yo podría ser Sal), y yo te mostraré cómo actúa Dean en la vida real, no podrías imaginártelo sin una imitación. De hecho, podemos ir a visitarlo a Frisco o pedirle que nos venga a ver a Los Angeles, todavía es un tipo frenético pero está más asentado con su última esposa y los chicos, rezando antes de ir a la cama…, como verás cuando leas Beat Generation.

Lo único que quiero con todo esto es juntar un dinero para mantenernos a mí y a mi madre para toda la vida, y así poder irme de viaje alrededor del mundo y escribir sobre Japón, India, Francia, etcétera… Quiero ser libre para escribir lo que se me venga a la cabeza, libre para alimentar a mis amigos cuando tengan hambre y no quiero tener que preocuparme por mi madre.

Incidentalmente mi nueva novela es Los subterráneos, sale en Nueva York en marzo y es una historia de amor entre un chico blanco y una chica de color. A algunos de los personajes que aparecen los conocés del Village (Stanley Gould, etc.). Se podría transformar con facilidad en una obra de teatro, mucho más que En el camino.

Lo que quiero es rehacer el teatro y el cine en Estados Unidos, darle un golpe de espontaneidad, remover los preconceptos de “situación” y dejar que la gente se explaye y divague, como lo hace en la vida real. Así es la obra: no tiene una trama particular, no tiene un significado en particular, sencillamente es como es la gente. Todo lo que escribo lo hago bajo el espíritu de imaginarme como un ángel que retornó a la Tierra y la mira como es, con ojos tristes. Sé que aprobás estas ideas e incidentalmente el nuevo show de Frank Sinatra está basado en la “espontaneidad”, que es la única manera de ser, sea en el show business o en la vida. Las películas francesas de los años ’30 todavía son superiores a las nuestras porque los franceses dejan que los actores sean libres y los guionistas no eran quisquillosos con una noción preconcebida de cuán inteligente es el público, hablaban de alma a alma y todo el mundo entendía todo de inmediato. Quiero hacer grandes películas francesas en Estados Unidos, finalmente, cuando sea rico. El cine y el teatro norteamericanos son dinosaurios que no mutaron con lo mejor de la literatura de Estados Unidos.

Si querés ponerte al frente de esto, podemos arreglar para encontrarnos en Nueva York cuando vayas para allá, o si vas a Florida allí estaré. Pero lo que tenemos que hacer es reunirnos para hablar sobre esto, porque anticipo que será el comienzo de algo realmente grandioso. Estoy aburrido por estos días y busco algo que hacer con este vacío –escribir novelas se volvió muy fácil, lo mismo las obras de teatro, las escribo en 24 horas–.

Vamos Marlon, ¡ponete los pantalones y escribime!

Hasta pronto

Jack Kerouac

Esta carta  de 1957 que Jack Kerouak le envió a Marlon Brando pidiéndole que comprara los derechos de En el camino fue hallada por un especialista en memorabilia en 2005 y se vendió en Christie’s hace unas semanas. Brando, finalmente, declinó la oferta. Después de muchos años de intentos fallidos (el caso más notorio fue el de Coppola), la semana pasada finalmente se estrenó en Cannes la primera versión cinematográfica (con Coppola como productor) de la novela beat fundacional, dirigida por el brasileño Walter Salles (quien ya había filmado otro viaje rutero: el del Che Guevara en Diarios de motocicleta) y con Garret Hedlund, Sam Riley, Kirsten Stewart y Viggo Mortensen. A fin de año se estrenará en Argentina.

(Este artículo se publicó el domingo 27 de mayo en Radar)


El caballero que cayó al mar

“Era imposible ponerlo en palabras, pero tenía cierto respeto por el mar; ante él se sacaba la gorra. El mar era una persona extraña con toda clase de ideas extrañas, peor incluso que él mismo cuando se emborrachaba. Los navegantes navegan por el mar y el mar dice está bien, pero no se propasen. Con calma; ustedes por su lado y yo por el mío. Una vez, Bjorgstrom había trabajado en un barco de pasajeros estadounidense que hacía el trayecto entre Nueva York y La Habana. Pero renunció después del primer viaje, aunque realmente necesitaba el empleo. Aquella gente frívola con sus cócteles y sus bailes a la luz de la luna no tenía ningún respeto por el mar. Creían que Dios había hecho el mar para entretenerlos, mientras que todo marienero sensato sabía que Dios lo había hecho para transportar discretamente mercancía de un continente a otro. Como resultado, el mar se irritaba y de vez en cuando les recordaba su arrogancia, quemándolos en un incendio a bordo, congelándolos en el paso del Noroeste o reventándoles los sesos contra olas de un kilómetro de alto. Y era gracioso lo fácil que le resultaba al mar ponerlos en su lugar, más fácil que para un elefante pisar una hormiga. Por eso, pensó difusamente Bjorgstrom, los marineros no se bañaban más de lo necesario. Todos esos ignorantes que no entendían el mar creían que los marineros eran sucios por naturaleza; era solo que no querían ponerse demasiado mar encima. Ya lo tenían suficientemente encima sin bañarse; la bruma siempre les soplaba en la cara y en climas tormentosos las olas se encaramaban sobre la cubierta. El mar estaba todo a su alrededor excepto arriba, y Dios era igualmente errático; como en el caso del mar, nunca se sabía qué iría a hacer. ”

 

El caballero que cayó al mar, H.C. Lewis, La Bestia Equilátera.


Gotan

Skyscrapers, el nuevo video de la banda estadounidense Ok Go. A propósito de mis clases de tango con esta profesora genial y de que ya me sale la base. Chan chan.




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