Encuentro cercano en una sala de espera

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y distinguida colaboradora de Viajes Libres, hizo un viaje por Perú. Ya contará historias y aventuras, mientras tanto nos muestra un videito que filmó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. Y dice:

“Teníamos ocho horas de espera en el aeropuerto de Lima. Pensamos en ir a la ciudad, pero el tránsito nos desalentó. Hacíamos tiempo, cuando vimos un tumulto de fotógrafos. Por inercia, más de turista que de periodista, saqué mi cámara y apunté. Quizás era un político, tal vez un jugador de fútbol o alguna estrella local…no importaba quién era: algo estaba sucediendo en esas ocho horas en que no iba a suceder nada. La bola de fotógrafos se acercaba, se acercaba más. No hizo falta apretar zoom. Ahí estaba con su sombrero y gafas oscuras… ¡Era Mick Jagger! Y acababa de pasar al lado nuestro”.


Chicha design: del desierto al circuito de moda

En el último viaje por el norte de Perú crucé regiones áridas donde el color más fuerte era el de los afiches de las bandas de cumbia. La materia prima del chicha design, nuevo estilo cool que se trasladó a la capital, a las galerías de arte, a la decoración de restaurantes con precio europeo.

Después del viaje por el norte arqueológico regresé a Lima, y en una tienda de moda de Barranco también vi estos carteles, ya no anunciando bandas de cumbia sino hechos por artistas que tomaron expresiones populares para resignificarlas.

Hace unos días encontré este video en el que un artesano de esta técnica publicitaria cuenta sobre los orígenes, en la cultura y los colores de las vestimentas de los Andes Centrales de Perú.

Cuando volví de Perú acompañé a una amiga que es crítica gastronómica a Sipán, un nuevo y exclusivo restaurante peruano de Palermo. Cuando entré me impactaron los colores fosforescentes de las paredes: el chicha design había llegado hasta aquí. Y parece que tiene envión y coraje para ir más lejos.


Tour por la nostalgia habanera

Me crucé con Alice Wagner en la galería Lucía de la Puente, en Barranco, Lima. Ella iba con una falda leve y llevaba una canasta de picnic. Cuando llegó al mostrador de la recepción, se agachó y buscó algo en su canasta. Seguramente porque había pasado la hora de comer y todavía no había almorzado, me quedé mirando. Quizás imaginé que saldrían sándwiches de jamón del Norte, manzanas, queso, pan casero. Soñé por un instante con una degustación de tiraditos de salmón. Nada de eso.

De la canasta de picnic, la artista sacó catálogos de su obra que la responsable de la galería llevaría a una feria de arte en Miami. Le pedí uno. Había portadas de discos de vinilo de Olga Guillot, Bola de Nieve, Julio Iglesias y otros maestros de la balada romántica.

Su muestra ya había pasado. Durante un rato me ausenté de la moderna galería de arte para tomar un tour nostálgico, con brisas tropicales, por algunos iconos de la latinidad. Personajes, atuendos, colores, estéticas que uno siente como propios a pesar de no haber vivido aquellos años. Fue un tour de catálogo, pero igual lo disfruté.

Si me preguntan quién exponía esa tarde en la galería, probablemente no lo recuerde. En cambio, no olvidaré chequear de tanto en tanto la página de Alice Wagner, a ver en qué anda.


Chocotejas de Ica

De envoltorio cuidadosamente despeinado con flecos de papel, las chocotejas tienen interior dulce y guardan una sorpresa.

Estos dulces tradicionales nacieron en Ica, unos 300 kilómetros al sur de Lima, pero hoy se consiguen en muchas ciudades de Perú.

La cobertura, como lo indica el nombre, es de chocolate. Adentro, manjar y más adentro, en el corazón, pasas o limón o naranja o higo o guindones o nuez pecana.

Al parecer, en un comienzo, fueron tejas, sin el baño de chocolate, que se le habría ocurrido a Doña Elena Soler de Panizo, para hacer feliz a alguno de sus siete hijos.

Quien piensa ir a Perú de vacaciones seguro que se topará con ellas en un mercado, en una vidriera, en la calle. Para todos los demás, aquí está la receta


Lima no es fea

¿Te vas a Lima, la fea?, me preguntaron antes de partir.

Me voy a Lima, una capital con nombre de fruta perfumada, donde se prepara el ceviche más exquisito y existe un Parque del Amor con esta escultura de una pareja que se da un beso apasionado. ¿Cómo me podría parecer fea una ciudad que festeja el amor? No, Lima no es fea.

Me voy a Lima, una ciudad con hombres capaces de llamar panza de burro a su cielo  nublado, causa a una papa rellena y suspiro a un postre tan dulce. Me voy a Lima, una ciudad de poetas y escritores. No me voy a Lima, la horrible.

Me voy a Lima, una ciudad donde el pasado precolombino irrumpe en el centro como una surgente, no muy lejos de las catacumbas, en el Huaca Pucllana y en el Museo Larco Herrera, con una colección de 55.000 piezas que incluyen huacos, textiles, oro, momias y una impactante reserva de cerámica erótica.

Me voy a Lima, la ciudad de los restaurantes de Gastón Acurio, el hombre que le dio una dimensión internacional a la cocina peruana.

Me voy a Lima, la ciudad de la cumbia, los mototaxis, las excavaciones arqueológicas permanentes, los balcones colgantes, el parque de los olivos,  las fuentes de colores, las invasiones o zonas tomadas no lejos del centro y las famlias que veranean en Asia, el balneario de moda.

Me voy a Lima, una ciudad a la que siempre llega gente de la montaña que después de unos años se queja de la gente que llega de la montaña, y dice que ése es el problema de Lima.

Es desordenada, caótica y sucia, me dijeron antes de partir. No vi nada de eso. El Metropolitano -símil Transantiago- corre por una vía rápida con publicidad ecológica. El centro histórico que según me contaron fuentes con gran sentido del olfato, hace unos diez años olía a baño público de estación de tren en rush hour; ahora, nada de eso.

Me voy a Lima, una ciudad con todas las contradicciones latinoamericanas, diversa, llena de historias y personajes. Una ciudad donde una mañana cualquiera uno se puede cruzar con María Luisa, la hija del Cuzco, una cantante de cumbia vestida como un merengue amarillo, filmando un video frente a las puertas de una iglesia colonial, mientras las palomas revolotean y ella baila con stilettos sobre adoquines y canta Pensando en tí a un hombre con “carita de angelito y corazón del demonio”.

¿Fea? No, Lima no tiene nada de fea.


Guachimán

Guachimán: peruanismo que deriva del vocablo inglés watchman. Se usa para llamar a los vigilantes y empleados de seguridad. En Perú, en Argentina y en el mundo hay cada vez más guachimanes.


MVLL en la Casa de la Literatura Peruana

Mientras en Estocolmo, Mario Vargas Llosa tomará pastillas de miel para aliviar su afonía, en Lima lo recuerdan con muestras especiales, afiches en la calle y hasta collages hechos por niños de colegio.

Unos días atrás visité la antigua Estación Central Desamparados, en el centro histórico de Lima, donde desde el año pasado funciona la Casa de la Literatura Peruana.

En 16 salas se rinde homenaje a los grandes escritores y poetas peruanos, desde el Inca Garcilazo de la Vega hasta César Vallejo y, por supuesto, MVLL.

La biblioteca de la Casa lleva su nombre, está en el centro de la vieja estación, debajo de una claraboya de vitraux. Allí se pueden consultar todas las obras del autor en varios idiomas, y en la página, hacer un recorrido virtual.

Suele haber charlas, seminarios y conferencias, siempre gratis.


Disculpen las molestias

Malecón Cisneros, Lima, Perú.


Novalima, raíces afroperuanas y beats electrónicos

 

Novalima lanzó su último álbum Coba Coba hace algunos meses.


Los patos del Central Park en invierno

“Era un taxi viejísimo que olía como si alguien hubiera acabado de vomitar dentro. Siempre me toca uno de ésos cuando voy a algún lado de noche. Pero más deprimente todavía era que las calles estuvieran tan tristes y solitarias a pesar de ser sábado. Apenas se veía a nadie. De vez en cuando cruzaban un hombre y una mujer abrazados por la cintura, o una pandilla de tipos riéndose como hienas de algo que apuesto la cabeza a que no tenía la menor gracia. Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia, y hace que uno se sienta aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe. Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.
-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park ?
-¿ Qué ?
-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. ¿ Sabe, no?
-Sí. ¿ Qué pasa con ese lago ?
-¿ Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí ? Sobre todo en primavera. ¿ Sabe usted por casualidad dónde van en invierno ?
-Adónde va , quién ?
-Los patos. ¿ Lo sabe usted, por casualidad? ¿ Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen ?
El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.
-¿ Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez ?
-Bueno, no se enoje por eso.
-¿ Quién se enoja ? Nadie se enoja.
Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:
-Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven. ”

El guardián en el centeno, J.D. Salinger, 1951.

 

(A propósito, quizás en la continuación no autorizada de El guardián en el centeno -que escribió John David California y se lanzará el próximo 25 de junio, 60 años después de la original- Holden Caulfield -Mr. C, en esta nueva versión- logre averiguar adónde van los patos del Central Park en invierno.)




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