¿Te vas a Lima, la fea?, me preguntaron antes de partir.
Me voy a Lima, una capital con nombre de fruta perfumada, donde se prepara el ceviche más exquisito y existe un Parque del Amor con esta escultura de una pareja que se da un beso apasionado. ¿Cómo me podría parecer fea una ciudad que festeja el amor? No, Lima no es fea.
Me voy a Lima, una ciudad con hombres capaces de llamar panza de burro a su cielo nublado, causa a una papa rellena y suspiro a un postre tan dulce. Me voy a Lima, una ciudad de poetas y escritores. No me voy a Lima, la horrible.
Me voy a Lima, una ciudad donde el pasado precolombino irrumpe en el centro como una surgente, no muy lejos de las catacumbas, en el Huaca Pucllana y en el Museo Larco Herrera, con una colección de 55.000 piezas que incluyen huacos, textiles, oro, momias y una impactante reserva de cerámica erótica.
Me voy a Lima, la ciudad de los restaurantes de Gastón Acurio, el hombre que le dio una dimensión internacional a la cocina peruana.
Me voy a Lima, la ciudad de la cumbia, los mototaxis, las excavaciones arqueológicas permanentes, los balcones colgantes, el parque de los olivos, las fuentes de colores, las invasiones o zonas tomadas no lejos del centro y las famlias que veranean en Asia, el balneario de moda.
Me voy a Lima, una ciudad a la que siempre llega gente de la montaña que después de unos años se queja de la gente que llega de la montaña, y dice que ése es el problema de Lima.
Es desordenada, caótica y sucia, me dijeron antes de partir. No vi nada de eso. El Metropolitano -símil Transantiago- corre por una vía rápida con publicidad ecológica. El centro histórico que según me contaron fuentes con gran sentido del olfato, hace unos diez años olía a baño público de estación de tren en rush hour; ahora, nada de eso.
Me voy a Lima, una ciudad con todas las contradicciones latinoamericanas, diversa, llena de historias y personajes. Una ciudad donde una mañana cualquiera uno se puede cruzar con María Luisa, la hija del Cuzco, una cantante de cumbia vestida como un merengue amarillo, filmando un video frente a las puertas de una iglesia colonial, mientras las palomas revolotean y ella baila con stilettos sobre adoquines y canta Pensando en tí a un hombre con “carita de angelito y corazón del demonio”.
¿Fea? No, Lima no tiene nada de fea.