El pareo, útil como la Victorinox

A simple vista, un pareo es un pedazo de tela suave y rectangular, de aproximadamente 1,80 m x 1 metro. Muchos le dan únicamente el uso para el que fue creado: envolver la cintura y usarlo como falda o vestido.

Pero a veces, en viaje, es necesario resolver situaciones inesperadas y el pareo -en su rubro- es versátil y tan útil como la Victorinox. ¡Y se puede llevar en el bolso de mano si viajás en avión!

El otro día con unos amigos nos imaginamos algunos usos posibles. Como la mayoría son usos de emergencia, el pareo produce además una sensación de bienestar por haber aguzado el ingenio. La lista, creo, es interminable. Apenas un comienzo:

* turbante
* chal
* lona
* biombo portátil
* mantel
* servilleta
* sábana
* capa
* soga
* trapo (seco y húmedo)
* para jugar al gallito ciego
* para jugar al fantasma
* para jugar al torero
* mosquitero
* kepina para el bebé
* pañuelo para el dolor de garganta
* pañuelo de nariz
* pañuelo para lágrimas
* corpiño de bikini
* bufanda
* para atar el cabello
* cobertor para almohadas/asientos sucios
* telón


Coquimbo y La Serena

Si Valparaíso y Viña del Mar tuvieran hermanos mellizos, ésos podrían ser Coquimbo y La Serena. Estas dos ciudades chilenas quedan unos 300 kilómetros más al Norte, después de cruzar desiertos largos, donde el mar y la cordillera siempre están cerca.

A pesar de la distancia que las separa, se parecen bastante. Coquimbo, como Valpo, es un gran puerto, con las casas trepadas a los cerros y tan pegadas que hace tiempo que la gente dejó de contar secretos o los sabrían todos. Se habla idioma de puerto, se venden mariscos recién sacados del Pacífico y se practica el turismo cultural en el renovado Barrio Inglés.

La Serena está a doce kilómetros de Coquimbo, pero el tiempo las ha unido, como a Valpo y a Viña, y hoy existe una costanera amplia entre las dos, ideal para correr o andar en bici.

La Serena, como Viña, es más elegante y no le gusta el olor a pescado. Nada de choritos con limón en la caleta de pescadores, enLa Serena si se come pescado es un buen restaurante y preparado por un chef. En la ciudad hay amplias residencias de veraneo, jardines bien cuidados y una recova colonial.

La Serenase posicionó como ciudad–balneario, con muy buena infraestructura turística, restaurantes y una extensa y amplia costanera con palmeras que termina en un faro de 1953 desde donde se ven las playas con sus prolijos paradores y también cómo crece la ciudad. En primera línea, frente al mar, las grúas trabajan en nuevos edificios altos y aterrazados a pesar de la temporada alta. Cada vez más santiaguinos invierten en un departamento de veraneo enLa Serena, donde según muchos el agua es más cálida que en Viña del Mar. Aunque después de haberme bañado, no puedo dar fe. Como buen destino de verano tiene agenda de actividades que incluyen desde un Abierto Internacional de Golf hasta un Festival del Bolero y una Feria del Libro.

Coquimbo y La Serena son distintas, como Valparaíso y Viña. Sin embargo, se parecen. Además del mar y la cordillera, el pisco sour, bien helado y con mucho limón, las acerca.


Los elegidos de Donato en Roma

Mientras escribía un artículo de Roma pensé en preguntarle al cocinero Donato De Santis qué lugar cree que ocupa la comida para los italianos.

Me respondió: “En las calles, en el subte, en la cama, al celular siempre escucharás a los italianos diciendo: ¿Qué comemos hoy? En las conversaciones siempre hay un momento dedicado a la gastronomía, a un lugar recién descubierto, a una cena improvisada en casa de amigos”.

En cada barrio conocí, por recomendación de amigos o de alguna guía, una trattoria o ristorantino para volver. Supe que en Roma hay que probar: pasta cacio e pepe (queso y pimienta), gelato en Giolitti, carcciofo alla giudia en el Ghetto, pizza romana –es finita, a diferencia de la napolitana– en Il Leoncino, queso pecorino en tantos sitios, la comida de la abuela –scalopine–en la Osteria da Marcello, en San Lorenzo, un barrio joven cerca de Termini, y tiramisú en Pompi.

Me cuenta Donato que si va a Roma en invierno no se pierde le caldarroste (castañas asadas); en verano, toma grattachecca (hielo raspado y saborizado) y, por supuesto, le fettuccine o pennette alla amatriciana.

Le pregunté por sus lugares preferidos. Dijo: “En el Ghetto judío se come bastante bien. También voy al Hotel Majestic, al restaurante de Filippo La Mantia. Desayuno al Caffe Greco, tomo el gelato di Fatamorgana in Via Lago di Lesina y me gusta el pan de Forno di campo de Fiori. Para una cena gourmet, lo de mi amigote Heinz Beck en La Pergola. Ah! Y Volpetti para la mejor selección de quesos, jamones y especialidades romanas y ¡de toda Italia!”.


Felicidad en la fotocabina

Me llega esta foto desde Berlín. La mandan unas amigas que en un momento de felicidad, uno de esos instantes vitales que suceden en los viajes, encontraron una cabina de fotos automática, se metieron, pagaron un par de euros, la llenaron de risas, esperaron 4 minutos y se fueron con cuatro fotos de ese momento único.

El detalle sofisticado: mis amigas son fotógrafas y encontraron en Kreuzberg una cabina que revela en blanco y negro.

Acá, una lista de la ubicación de fotocabinas en algunas ciudades del mundo, incluida Berlín. Para los que no viajan próximamente, un juego divertido: laphototocabine. Pasen y cierren la cortina, por favor.


Vista a las yungas

Me desperté con ánimo de estar en este cuarto de este hotel de Coroico, en las yungas bolivianas. Aclaro que no es un post pago, sólo el recuerdo de un lugar salvaje donde se descansa muy bien.


Un lugar para la novela gráfica

Fue rapidísimo y sé que va durar mucho tiempo. No hablo de amor -ahí es más difícil predecir- sino de mi gusto por la novela gráfica.

La había visto de pasada en varias oportunidades pero la conocí gracias a la periodista, editora y amiga de la casa Mariana Liceaga, mientras preparaba la excelente nota que escribió esta semana para ADN Cultura.

El artículo cuenta la historia, analiza la pólemica y diferencias con el cómic, habla del fenomenal crecimiento del último tiempo, y pasa revista a algunos hitos de la novela gráfica. Como Maus, de Art Spiegelman, que ganó el Pullitzer, y cuenta la historia de un sobreviviente del Holocausto. No de uno cualquiera, de su padre. Ya escribiré un post de ese libro que todos deberían leer.

En Argentina, el boom de la novela gráfica llegó a las librerías, que poco a poco, le dedican sectores especiales. En Europa, se ve con más furia. Hay librerías especializadas y otras con áreas enteras para la novela gráfica.

Hace un par de semanas visité, en Barcelona, Norma Cómics, librería de la Editorial Norma totalmente dedicada al género, con vendedores que pueden contestar todas las preguntas. No como me pasó en Buenos Aires, en una librería muy cool cuando fui a comprar Maus, que el librero no me explicó que venía en tomos y que sólo estaba comprando el primero, y que el segundoe estaba agotado. No, en Norma Cómic, los chicos son fanáticos y saben orientar.

La tarde que entré a Norma Cómics era primaveral, cálida, linda para estar al aire libre. Pero no me podía ir de la librería del Passeig San Joan, a metros del Arco del Triunfo.

Las ediciones son cuidadas y dan ganas de tenerlas en la biblioteca. Los precios rondan entre 13 y 26 euros. Por eso y por el exceso de equipaje no se pude traer demasiado. Muchas historias cuentan con nombre propio algún pasaje, en general difícil, de la vida del autor. Como Nunca me has gustado de Chester Brown; Arrugas, de Paco Roca y El Paréntesis, de Elodie Durand. Otran narran verdaderas novelas con dibujos inolvidables. Como Rosalie Blum, de Camille Jourdy, que ganó en el Festival de Angouleme -un referente para el género- del año pasado. Tres tomos que ojalá lleguen pronto.

Otra que me gustaría leer: Notas al pie de Gaza, la novela gráfica del reportero Joe Sacco, que cuenta en primera persona la vida de los ciudadanos y las matanzas ocurridas en la Franja de Gaza.

Sé que de ahora en más voy a seguir lo que me cuente Apolo sobre los indignados, una viñeta de Emma Reverte y Mariam Ben-Arab que comenzó a aparecer en El País y muestra a través de una mirada inocente y personajes amargados la gravedad de la crisis en España.

La novela gráfica, la edad adulta del cómic, la historieta seria o como se quiera llamar. Bastó conocerla para hacerme fanática. Hasta se me ocurrió contar en este formato una historia que estoy pensando. En cualquier momento pongo un anuncio buscando dibujante.


08001 Raval

Me gustó caminar por el Raval con esta música.


El cine de Nanni Moretti

El cine de Nanni Moretti queda en Trastevere, en la parte menos turística del barrio romano, atrás de los bares y del ruido.

Se llama Cinema Nuovo Sacher. La primera parte del nombre es un homenaje al antiguo Cinema Teatro Nuovo, inaugurado en ese lugar en 1922. La arquitectura fascista está intacta. La segunda parte del nombre es un homenaje a la torta Sacher, que tanto le gusta al director, y que da nombre también a su productora.

El cine de Nanni Moretti es un cine arte. Tiene una sola sala amplia, un café y un pequeño negocio donde se venden sus películas y algunos libros. Desde el 15 de abril, día del estreno, está en cartel Habemus Papam, su última película que cuenta la historia de un papa inseguro. Un papa que no se siente preparado para la misión que le toca. Entonces, después de descartar enfermedades físicas, los cardenales y obispos deciden que debe ir al psicólogo. Ahí es cuando Moretti se mete en el Vaticano y la película adquiere una dimensión fantástica.

Me cuenta Lucca, el que proyecta las películas en el Sacher, que los primeros veinte días vinieron alrededor de 1200 personas por día, incluidos curas y monjas, que salieron con una sonrisa. La película es divertida y respetuosa.

No es raro cruzárselo a Nanni en el cine. Le pasó a una amiga hace un mes. Suele ir alguna vez en el día, en su Vespa de los años 70, tal como uno lo recuerda en Caro Diario.

Después del cine comí en la Trattoria da Paolo, en la Plaza San Francisco, una buena recomendación de Lucca. Y me quedé pensando que es perfecto ver esta película en Roma, una ciudad atravesada por el contenido religioso y papal.


La leyenda del pianista en el océano

“Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos porbres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros.

Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, quer si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.

Con la que Dios bailaría si fuera negro”.

Novecento. La leyenda del pianista en el océano. Alessandro Baricco.


La bandeja paisa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Creo que esta bandeja paisa fue el mayor inconveniente que tuve por viajar sola.

Como sabía que era un plato grande tomé la precaución de pedir media. Pero, como se puede ver, media también es mucho. Media parece más de una.

La bandeja paisa es el plato típico del interior de Antioquia, que nació para los arrieros y hombres que trabajaban en el campo y volvían con hambre voraz, después de trabajar todo el día. El plato se extendió por la provincia y llegó a la ciudad donde, aunque los que la comen trabajan en una oficina frente a una computadora, se sirven igual de inmensa que para los que estuvieron seis horas sembrando café en los cerros.

Los ingredientes que debería llevar una bandeja paisa son: frijoles (están en el cuenco de la izquierda), carne de res molida, chorizo con limón, chicharrón, morcilla, patacón, plátano frito, palta, huevo frito y arroz. Y se come con arepitas, claro.

Parece un problema sencillo, pero no crean que fue fácil acabar con ella. Y lamenté que Hato Viejo, un buen restaurante en el centro de Medellín, no tuviera un cuarto para dormir la siesta después de la faena.




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