Chaiwallah, el chico del té

Desde que volví de la India me las ingenio como puedo para recordarla. Con empeño y la fe de una invocación.

Visito restaurantes indios y uso hot masala cuando cocino. Hago yoga, escucho música india, tengo una calcomanía de Ganesh en la heladera y un tapiz de Jaiselmer en el escritorio. Leo libros, repito anécdotas viejas, escucho nuevas, veo películas, fumo bidis cuando alguien trae, uso ropa de algodón indio y cada tanto escribo un post. Hago todo esto como un ejercicio íntimo de lealtad, para no olvidarla. Hace doce años.

Hace unos días fui a ver Slumdog Millionaire, la película del Oscar. Para mí, “la película de la India”. No voy a escribir del film, ni de cómo costaba distinguir a la India en un drama marca Hollywood. Prefiero contar sobre mi reencuentro con una palabra que hace mucho que no escuchaba: chaiwallah.

Llegué a Nueva Delhi a mediados de octubre, un día de calor y después de un viaje largo. Hacía más de cuarenta grados. Del camino a la ciudad, recuerdo el cielo rosa del amanecer y una masa de gente y rickshaws y vacas sueltas y más gente al costado de la ruta y en la ruta, en las casas, en la calle. Gente en todos lados. El taxi se movía por los bazares a paso de hombre. Las ventanillas estaban abiertas y algunos me tocaban el brazo, me saludaban, me pedían, me miraban. Parecía que de un momento a otro, el auto se llenaría de gente, que entrarían los que no entraban en las calles. Había mendigos, mutilados, olor a verdura pasada y ruidos de bocinas y cascabeles. Al parecer, el taxista no había elegido el camino de las embajadas.

Los primeros días, el cuarto de hotel fue un refugio, un búnker, el lugar del que no quería salir. Hasta que probé el chai.

El chai es un té especiado que en la India se toma a cualquier hora, en el momento menos pensado,  en todo momento. En un bar, en la calle, arriba del tren, en la estación, en los monumentos. En la India siempre hay un chaiwallah cerca. Así le llaman al chico que vende o reparte chai.

Aunque acepta muchas recetas, en general, el chai tiene té, leche, azúcar, jengibre, pimienta, canela y cardamomo. Después probar tantos entendí que todos lo preparan diferente y que el gusto es similar. De alguna manera, el chai es un concentrado de la India: dulce y picante; suave y poderoso, permanece en el paladar un rato largo. Como un viaje a la India, que puede ser de dos meses y durar doce años, con tranquilidad.

El chai se sirve en un vaso pequeño, a la manera de un shot sagrado. Así lo sentí el primer día que lo tomé. Ese cariño en la garganta me ayudó a aceptar lo que veía, a dejar de preguntarme por qué y por qué, a comprender.

El chaiwallah reparte el té en una oficina, como hacía el sufrido Jamal en Slumdog Millionaire. Pero también hay chaiwallahs que andan por los trenes con una pava enorme y sirven pócimas sanadoras en todos los vagones y por pocas rupias, y otros que recorren las calles, como el hombre de la foto.

A veces pienso si no será mejor sacarme un pasaje a Nueva Deli. Basta de recuerdos, vuelvo de una vez, me digo. Pero en otros momentos, cuando disfruto de mi ejercicio íntimo, creo que esta vez el viaje va por caminos interiores.

El día de Slumdog Millionaire salí del cine alborotada. Con chaiwallah tenía algunos meses de recuerdos garantizados.

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¡San Patricio!

Guía de pubs irlandeses en varias ciudades del mundo, aquí.

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La Ruta de la Yerba Mate ya es oficial

yerbaMe hubiera gustado probar los alfajores de yerba mate ayer en el Senado. Pero cuando se terminaron las preguntas de la conferencia de prensa, no quedaban alfajores. O pusieron de menos o la gente se los llevaba de souvenir.

En el elegante Salón Azul del Senado, donde ayer por la tarde se lanzó la Ruta de la Yerba Mate, hacía mucho calor. Quizás hasta eso estuvo planificado para dar una muestra de cómo es el clima en las tierras calientes de Corrientes y Misiones.

Algunos protagonistas de esta noticia hablaron de las características de la ruta, de la diversidad que plantea, de que un viaje por allí no será cuestión de estar todo el día visitando industrias yerbateras. Hay muchas actividades asociadas, desde cabalgatas y ecoturismo hasta rappel y, próximamente, también visitas a comunidades guaraníes.

Se habló también de que la ruta tendrá un Menú de la Yerba Mate, de que existen pizza y helado con sabor a mate, y de los más de 100 prestadores que ya integran la Asociación Ruta de la Yerba Mate (Arym), la entidad creada el año pasado para regular la ruta. La mayoría de los temas que se comentaron ayer en el lanzamiento fueron adelantados por Viajes Libres, en el último Especial El Mate. Lo que en Viajes Libres no se dijo y ayer, en el Senado y a viva voz sí, es que al parecer existe un mago de la virilidad en Misiones y dicen que vive a mate.

Un lanzamiento es de alguna manera una fiesta, la concreción de un proyecto. Al final todos se sacaron fotos juntos, sonriendo y transpirando por la cantidad de luces de la inmensa araña del Salón Azul. No se habló de problemas. No se hizo mención a los cosechadores o tareferos de la yerba, que tienen once, doce y catorce años. No era el lugar, claro. Pero si se nombra a la Ruta de la Yerba como un «proyecto de identidad nacional» y se lanza en el Honorable Senado de la Nación, ese tema debería figurar como una prioridad en la agenda.

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Los hits de Puerto Madero

Puerto Madero es la imagen de una ciudad modelo que muchos quisieran y que ya se exportó a otros países: sin ruido ni suciedad, con trazado planificado, veredas anchas, parques, respeto por el peatón, cámaras de seguridad en las calles y policía propia.

Aunque este mes cumple veinte años, es el barrio más joven y el menos poblado de Buenos Aires, con alrededor de doce mil habitantes. No es extraño el dato si se tiene en cuenta que el metro cuadrado ronda los 5000 dólares. Sus detractores dicen que el precio no tiene nada que ver. Que a los porteños no les gusta Puerto Madero, que es demasiado perfecto y ordenado. Que no tiene supermercados ni escuelas ni cafecitos. Que es un barrio sin alma.

Más allá de la polémica sentimental, propia de los argentinos, Puerto Madero tiene sus hits: desde la última gran colección de arte de la ciudad hasta el Hotel de Inmigrantes, que nada tiene que ver con el Faena o el Hiton, aunque también está en el barrio.  

Durante esta semana, los hits se pueden leer en la nota que escribí para el suplemento Viajes del diario La Tercera, de Chile.

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Plan Austral: rock financiero en Berlín

Leandro Uría está en Berlín hace diez días. Desde que fue la primera vez, vuelve siempre que puede. Leandro trabaja como periodista en el diario La Nación de Argentina, pero como si tuviera inspiración renacentista, también es escritor y músico.

Plan Austral fue un programa de supuesta estabilización monetaria que instaló el gobierno de Raúl Alfonsín. Y es el nombre con el Leandro Uría toca su rock financiero: canciones propias y algunos covers con guitarra criolla. En Myspace se pueden escuchar algunos temas. De los que está ahí mi favorito es Peronismo de Perón. Aunque espero que pronto agregue Luz de Cañaveral, su último hit.

Un par de días atrás me mandó un correo invitándome a su show.  Yo no estaré en Berlín en los próximos días, pero quizás algún lector de Viajes Libres, ¡sí! 

Uría Tocará en vivo mañana a las 21, en Madame Claude que queda en Skalitzerstr. Ecke Wrangelstr. 10997 Berlin Kreuzberg. El martes, también a las 21, en Intersoup, Schliemmanstr. 31. Prenzlauer Berg.

El correo con la invitación me lo escribió desde su casa temporaria en lugar Friedrichshain, un barrio de muchos ocupas y de la avenida Karl Marx que según él parece Moscú.

La primera foto de esta página, que también venía en el correo, es una vista del barrio: el río Spree y esa construcción con graffittis. Me contó Leandro que sacó la foto desde el llamado puente Oberbaum o Oberbaumbrücke, que separa a Friedrichshain (antiguo Berlín del Este) de Kreuzberg (Berlín Occidental), un little Estambul. Ambos barrios estaban separados antes por el muro.

Cuando le respondí, le mandé una pregunta: ¿Por qué te gusta Berlín? Y me dijo: «Porque estuvo destruido y ahora está de pie. Porque estuvo separado y ahora está unido. Entonces que nadie les venga a decir a los berlineses que algo es imposible».

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«Turistas», por Hebe Uhart

 

Tenés razón, fuimos a Miami, pero no es lo mismo. Ahí fuimos a comprar sin parar, eso es lo que hace un turista. Pero yo escuché en el programa «Yendo por el mundo» a Pepe Ibáñez que explicaba la diferencia entre un turista y un viajero. Turista es cuando vas donde te llevan como un borrego y no ves nada de lo que hay alrededor, como si tuvieras anteojeras. Decime, acaso te conté algo de cuando fui a Miami? Si vi dos shopping y tres palmeras. Pero ahora, ¡todo lo que tengo para contar! Y además, había visto las fotos de Nápoles y Capri en el suplemento de los domingos y le dije a Aldo: «Nosotros vamos a ir ahí».

 

«Turistas y Viajeros», del libro Turistas, de Hebe Uhart.

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Los balcones de Cuzco

María Eugenia Aliaga llegó hace poco de Perú. A esta chica cordobesa, estudiante de Letras y viajera, le gusta caminar. Un día puede estar haciendo un trekking en el Parque Nacional El Conodorito y otro, subiendo una calle empinada de Cuzco. Desde esa ciudad andina, hace su retrato -con nostalgias porteñas y fotos propias- de los balcones coloniales.

Desde que Ferrer y Piazolla escribieron que las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo… ¿viste? casi no se me ocurre otra forma para describirlas. Y hoy, otra vez,  me viene esa frase a la memoria. Solo que no pienso en las callecitas de Buenos Aires, sino en los balcones de Cuzco. ¿Me estaré quedando sin palabras?

Por ahora me sale decir que los hay grandes y chicos, barrocos o de trazos simples. Que los hay pintados de vivos colores: rojo, verde o azul añil traído de Centroamérica. También hay balcones austeros, sin pintura. Desde algunos se puede ver la Plaza de Armas tomando un té con torta de limón, comiendo cuy o bailando con un pisco sour en la mano. Desde otros se puede pispiar cómo los turistas se agitan subiendo las empinadas callecitas de la ciudad Patrimonio de la Humanidad. Una óptica diferente, a metros del suelo.

Ah! ya casi me olvido, quiero confesar algo: los geranios sólo me gustan cuando cuelgan de los balcones de Cuzco. Y algo más: al frente de la Plazoleta de San Blas se encuentra mi predilecto. Pienso que de vivir en Cuzco, ese sería el balcón de mi casa. Es uno azul que está casi en la esquina. Es abierto y tiene una balaustrada de barrotes torneados con simpleza. Da a una puerta ventana también azul, adornada con geranios rosas, que cuelgan en jarrones de barro a cada lado. A la tardecita… no sé si decirlo, pero ese balcón azul tiene un qué sé yo, ¿viste?.

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Lugares: Valparaíso

Valparaíso esta a 120 kilómetros de Santiago, es sede del Congreso Nacional de Chile, Patrimonio de la Humanidad desde 2003 y uno –el, dicen sus habitantes– de los puertos más importantes del país. Y además de todo es, como lo llamó Neruda en su Oda a Valparaíso, un «puerto loco».

Los que tengan pensado viajar a Valpo -y vivan en Argentina- pueden leer un artículo mío en este número de la revista Lugares. Los que vivan afuera, ¡pronto subo el PDF!

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Hasta que me den los pies

Quiero recorrer esta ciudad de punta a punta, hasta que me den los pies. Y cuando quiero algo, me lo meto en la cabeza y lo consigo.

Quiero caminar por las avenidas principales, descubrir todos sus rincones, tomar café donde toma café la gente, entrar a una librería, conocer monumentos y plazas, cruzar el puente peatonal, pasar por el mercado de pulgas. Tengo un día, sé que me alcanza.

Ya lo planifiqué: me levanto a las siete, me cambio y salgo. Voy en metro al centro y tomo un desayuno por ahí, quizás antes de tomarlo puedo cruzar el puente peatonal y ya me lo saco de encima, quiero decir, lo veo. Doy una vuelta, cambio dinero y visito los dos museos que dicen que son espectaculares. Saldré a eso de las doce. Si me da hambre, como unas pastas y sigo.

A ver el mapa. Sí, de ahí puedo tomar esta diagonal y llegar hasta el monumento que mi guía marca como imperdible. También habla de otro y, pensándolo bien, la verdad es que quiero verlo. No es que tenga que cumplir con los imperdibles de mi guía, pero los centauros son mi debilidad. Ya sé, tendré que tomar el metro para el otro lado y combinar tres veces. No importa, creo que llego. Lo veo en cinco o siete minutos, saco un par de fotos y vuelvo caminando hasta la principal otra vez. Ah! Y desviándome por acá llego al teleférico, ya que estoy me subo y tengo una panorámica de altura.

¿Y después qué hago? Ya sé, me ha pasado otras veces: habré conocido toda la ciudad y me sobrará tiempo. Eso gracias a mi organización: el placard y los viajes me gusta que sean ordenados. Ahí serán las cuatro o cuatro y media. Si me dan los pies -yo creo que si- puedo acercarme al puerto, caminar por los docks y pasar por este mercado de pulgas que está resaltado en el mapa turístico. ¡Perfecto! Con una vuelta corta, de quince, veinte minutos lo tengo. Tal vez hasta compro un souvenir. Estaré en el hotel a eso de las siete. Me da tiempo de un baño rápido y de caminar al teatro. Eso sí, tengo que encontrar una función corta así no me acuesto tarde.
A mí un día me sobra para conocer una capital europea. Yo camino hasta que me den los pies.

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Músicos por el mundo

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