Otro viaje

Viaje: (en el argot médico argentino). Dícese cuando el recorrido que hace un cirujano con el bisturí es más largo de lo habitual. Los viajes de los médicos se convierten en cicatrices, las marcas que recuerdan que cada cuerpo es un paisaje único.

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Recuerdos africanos

«África era el cuerpo más que la cara. Era la violencia de las sensaciones, la violencia de los apetitos, la violencia de las estaciones. El primer recuerdo que tengo de ese continente es el de mi cuerpo cubierto por una erupción de pequeñas ampollas, la fiebre miliar, que me causó el calor extremo, una enfermedad benigna que afecta a los blancos cuando entran en la zona ecuatorial, que en francés tiene el nombre cómico de bourbouille y en inglés prickly heat. Estoy en el camarote del barco que bordea lentamente la costa, frente a Conakry, Freetown, Monrovia, desnudo en la colchoneta, con el ojo de buey abierto al aire húmedo, el cuerpo espolvoreado con talco, con la impresión de estar en un sarcófago invisible, o de haber sido apresado como un pescado en la red, enharinado para freírlo. África que me quitaba mi cara me devolvía un cuerpo, doloroso, afiebrado, ese cuerpo que Francia me había ocultado en la dulzura debilitadora del hogar de mi abuela, sin instinto, sin libertad.»

«El africano», J.M.G. Le Clezio, Premio Nóbel 2008

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Latinoamérica con la nave

Ayer, un amigo me preguntó qué onda para venir en auto desde México hasta Argentina. El es mexicano, así que dijo algo asi: «¿Cómo le hago, güey? ¿Cuánto me costará? ¿Sirve un Clío para ese viaje?».

Le respondí vagamente, pero creo que lo mejor que podría hacer es hablar con Ezequiel Luis Fernández, que llegó hace unos meses de hacer el viaje de Argentina a México en su «nave», una renoleta del 79.

Incluso podría leer su libro, «Con la Nave», recién salido de imprenta y lleno de anécdotas, reflexiones y curiosidades que le ocurrieron a este ingeniero agrónomo que decidió cambiar de vida mientras viajaba por Latinoamérica.

Ezequiel ya contó su historia en Viajes Libres durante el viaje y también a la vuelta. Esta vez, adelanta algo de su libro que se consigue en la librería y juguetería Casa Jorge, en Juncal 2303, Buenos Aires.

Prologo
Llego a un pueblo. Estaciono en la plaza y me tomo unos mates. Siempre se acerca algún curioso a preguntarme por mi nave, por las calcomanías, por las frases, países o banderas.
Hablo un rato con el padre, la madre, el hijo o el hermano… hablo un rato con mis hermanos latinoamericanos. Me invitan a sus casas y me convidan exquisitos platos de comida, preparados con amor y cariño.
Nos sentamos a la mesa; les cuento de mi viaje y me cuentan de su vida. Veo rostros blancos, rosados, morenos y negros. Veo miradas alegres, tristes, pacíficas o indiferentes. Observo familias felices, simpáticas, revoltosas, trabajadoras, descomplicadas o muy complicadas. Con ellas comparto un momento de mi vida, de mi viaje. Son ellas las que me transmiten la historia de su pueblo, de su país, de su vida. De esa forma aprendo y elijo cómo quiero vivir mi vida.
Pasan los días y me subo de nuevo a mi nave. Salgo a la ruta, a manejar una o dos horas hasta llegar al próximo pueblito ¿Quién me espera? ¿Qué familia conoceré? Sólo es cuestión de ir hacia adelante… y repetir una y otra vez el mismo método en todo Latinoamérica.

Abro la puerta
¡Buena suerte! me dice… estás por hacer lo que quise y no pude… me dice… me afirma… no pude… por dinero, por agallas, por tiempo, por mi matrimonio, por mis responsabilidades… me dice una y otra persona antes de abrir la puerta de mi nave.
Me detengo y los miro… me siento en mi butaca. Todos se justifican… pienso.
Me miro en el espejo y no me reconozco ¿Qué estoy haciendo? Mi corazón dice que vaya para adelante. Quiero cortar con estructuras incómodas. Y… los miro… y… me miran… y… me acomodo en mi butaca.
Dejé mi trabajo ¿Qué hice?
Me observo en el espejito retrovisor… necesito un cambio.
Cierro la puerta de mi nave. No es fácil cambiar de vida… acá estoy y sigo adelante… con mi decisión. Era (era) un excelente trabajo, bien remunerado, con grandes perspectivas de seguridades futuras… ¿Qué hice? Me observo en el espejito retrovisor… necesito un cambio.
No me gusta tener armado el futuro. Me siento transitando un camino prestado… yo quiero armar mi propia huella.
Coloco el seguro, controlo que la puerta esté bien cerrada… (en el fondo) la decisión fue muy sencilla… estaba en un camino que no había elegido.
Giro mi espalda y en la mochila busco el cuaderno y la lapicera… ¡me gusta escribir! No sé cómo hacerlo… nunca lo hice, solo escribí algunas cartas a mi abuela y algunas líneas en informes económicos… pero… Sí, sí… ¡está el cuaderno! ¡está la lapicera!… en mi mochila están bien guardados… están bien a mano. Y… aprenderé a escribir escribiendo, en el viaje… ¡yo salgo y veo qué pasa!

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Mapas accidentales, cartofilia y milanesas

 Empecé el año de gira. Un tour por algunos blogs que me gustan. Uno de ellos es Strange Maps, un sitio que reúne mapas curiosos, raros, antiguos, disparatados, elegidos. Como esta milanesa con la forma del continente africano.

 

Hace unos días leí un post sobre una tribu de fanáticos que además de comprar mapas antes de irse de vacaciones, ven mapas en cualquier parte: en el cielo, en la tierra o en un plato de comida. Algunos consideran que más que fanáticos son enfermos por los mapas. Al parecer, los cartofílicos compulsivos sufrirían pareidolia, la ateración perceptiva que permite reconocer una una forma a partir de un estímulo vago. La pareidolia está presente en la psicosis, pero también es un síntoma de creatividad.

Los dibujos fueron enviados por distintos cartofílicos del mundo. Y las imágenes de verdad parecen mapas. Como la nube alargada que recuerda a Gran Bretaña. Si la viera algún miembro de The Cloud Appreciattion Society sin dudas la subiría a la página.  ¿Y este charco con el contorno de Australia y la isla de Tasmania incluida? 

Esta papa frita partida es una isla y un país. Se puede adivinar, con algo de imaginación, y tal vez con un mapa al lado.  Una pista: no es Japón.

Para el final, Argentina en una de sus facetas más famosas: el bife.

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La noche de Valparaíso

Ahora mismo, unas horas antes del Año Nuevo, Valparaíso vive su minuto de gloria.

Los restaurantes de los cerros están reservados y los hoteles llenos, con las mejores tarifas de su vida. Los cocineros hierven caldillos de congrio y limpian camarones; los perros sin dueño no se imaginan el susto que se llevarán dentro de algunas horas y los ascensores suben y bajan con mayor frecuencia que nunca.

Por las calles van y vienen extranjeros que llegaron de lejos para ver cuál es esa magia de Valpo en Año Nuevo. Posiblemente ya sientan la efervescencia de los porteños, la taquicardia de la ciudad cuando se acerca esta fecha.

En los barcos de la bahía, algunos hombres alistan la carga de fuegos artificiales y en las laderas de los cerros Alegre, Bellavista, Cárcel y otros con nombres menos conocidos, la gente cuida su lugar y espera para ver cómo por unos minutos la noche se hace de día. Se ven sillas, mesas, carpas, botellas de champán. En un rato se encenderán las luces de los cerros. Como me dijo un poeta porteño, por las noches, la ciudad se cubre de estrellas. No importa si es Año Vejo o Año Nuevo.

En un rato la gente estará bailando y celebrando por las calles, pero ahora mismo, unas horas antes del Año Nuevo, Valparaíso disfruta su minuto de gloria.

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Llegó el Obama tour a la isla de Lost

obamatourUltimamente, la realidad provee y en Hawaii se diseñan tours.

En los últimos meses, la vida y las raíces de Barak Obama se han convertido en un próspero recorrido turístico en la isla. Por ahora lo realizan sólo unas pocas agencias, pero ya se lo promociona en forma oficial.

No es la primera vez que en Hawaii se arman tours a partir de la realidad. Desde hace un tiempo se han hecho populares los tours de Lost, en los que los fanáticos de la serie pueden recorrer en dos horas 16 locaciones de la filmación de la serie. Para los últrafanáticos, el tour que da la vuelta a la isla de Oahu en un Hummer es más completo.

Con el éxito de Obama, los hawaianos diseñaron el Obama Tour, un circuito donde se cruzan lugares donde el futuro presidente de Estados Unidos: vivió con sus abuelos, fue al colegio, jugó al básquet, tuvo su primer trabajo y salió con sus amigos.

Según declaró a un medio local uno de los guías de la nueva experiencia, no se trata de un tour político sino de un paseo por los primeros años de su vida, con «muchísima información» sobre su vida en la isla. Uno se enterará en qué hospital nació, a qué cine iba y también cuál es su plato favorito. Lo del mal aliento en las mañanas y los calzoncillos tirados ya lo adelantó Michelle en plena campaña.

obamatour1El recorrido dura dos horas y media, cuesta 40 dólares y al parecer muestra cómo influyó en la vida del líder su infancia en Hawaii, unos treinta años atrás.

Mientras tanto, en Waikiki los chicos siguen surfeando bajo el sol. No muy lejos de Sandy Beach, la playa donde Obama se puede haber bañado hoy.

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Aquél buen cuento navideño

Mis mejores deseos para una Navidad de cuento.

(con perdón por el doblaje gallego, prometo subir la versión subtitulada ni bien la encuentre)

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El blues del Gran Capitán

El Gran Capitán es un tren que va desde Buenos Aires hasta Posadas, la capital de la provincia argentina de Misiones.

Una vez más, hoy salió en todos los diarios. El motivo es el mismo de siempre: la impuntualidad insólita. El tren se demoró más de diez horas en partir. La gente durmió a bordo y muchos lloraron porque no llegarían a ver a sus familias para la Navidad.

Las demoras del Gran Capitán no son nuevas. Hace tres años hice el viaje y escribí un artículo para el suplemento de Turismo de La Nación. Fue en verano, un día de mucho calor donde curiosamente el tren salió en horario. Los pasajeros no podían creerlo. Miraban los relojes y sonreían con fe. 

Pero mientras la tierra se volvía colorada y la vegetación se espesaba, El Gran Capitán comenzó a atrasarse cada vez más. Hasta que un poco antes de Apóstoles y después de 26 horas de viaje, el tren descarriló.

Recuerdo un golpe seco y después gente caminando y corriendo y trajinando pertenencias por los costados selváticos de las vías. Nadie se lastimó. Es difícil lastimarse porque el tren va muy despacio, a unos 40 kilómetros por hora. No puede ir más rápido, las vías están en pésimo estado. Un tema pendiente y que seguramente no estará incluido en el plan de obras públicas de 71.000 millones de pesos anunciado por CFK.

Alguna vez este tren que viaja al Litoral fue un Gran Capitán y como me dijo un viejo empleado de ferrocarriles andaba tiki taca. Pero hace tiempo que ya no. Hace tiempo que tomarlo es un viaje incierto, igual que todos los viajes en las rutas argentinas. Y tal como sucedió ayer, puede partir 11 horas más tarde de la hora programada. O como me pasó hace tres años, puede partir puntual y no llegar nunca.

Después del descarrilamiento en Apóstoles nos llevaron a una estación de ómnibus donde cada pasajero sacó un pasaje para llegar a destino.  Hoy volvió a ser noticia pero hace tiempo que el Gran Capitán ha perdido su gloria.

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Vacaciones de lectura difícil

playa

En las vacaciones, soy de las que descansa cansándose. De viaje, prefiero salir a explorar, hablar con la gente, caminar, nadar, mirar mapas, trepar, ir y venir. Vacaciones inquietas. Vacaciones de lectura difícil.

Aún siendo lectora dedicada. Cada noche, me cuesta dormirme si antes no leo aunque sea un párrafo de un libro. Pero en las vacaciones no. Igual, en un gesto rebelde, siempre llevo libros –a veces incluso más de uno–, pero lo cierto es que vuelvo con el señalador en la primera página.

Todavía no salí de vacaciones. Seguramente por eso estoy leyendo. Hace unos días empecé “El viaje del elefante” y me entretienen las aventuras de los cuidadores de Salomón o Solimán y el humor de Saramago y el viaje épico y la prosa inspirada en el habla coloquial del siglo XVI. Pero sé que si me llevo «El viaje del elefante» lo abandonaría antes de que el paquidermo llegue a Valladolid.

elultimoencuentroCon Sándor Marai eso no me pasaría.  Aunque esté de moda y algunos se nieguen a leerlo sólo por eso, desde que terminé “El último encuentro”, unos meses atrás, me hice fanática del escritor húngaro. Sus historias trascienden la geografía y la Europa de entre guerras. Marai posa su ojo profundo en los misterios de las relaciones personales, que resultan tan cercanas a pesar de la diferencia de época y lugar.

«El último encuentro» trata sobre dos amigos inseparables que se vuelven a ver después de cuarenta años. Los silencios perturbadores, el pensamiento agudo, los bosques oscuros y el misterio que ronda las páginas logran que desde el comienzo hasta el final, no se pueda dejar de leer, aún en vacaciones.

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