Los gendarmes perdidos

Otra cortita de Ángel, el chofer patagónico. La escuché también de noche, en viaje por una ruta de ripio, mientras las liebres encandiladas por la luz de la camioneta cruzaban desesperadas a uno y otro lado del camino. La mayoría se salvó la vida, algunas, las más pequeñas, no.

Quizás porque me ve angustiada por las liebres, Ángel me pregunta si conozco la historia de los gendarmes. Le respondo que no y empieza el cuento. Dice que en una ruta del sur de Santa Cruz hay unos gendarmes que una vez, hace muchos años, ponéle treinta, salieron a recorrer y se perdieron en la estepa. Nunca regresaron al sitio donde estaban destinados.

Desde esa época están perdidos y hacen dedo en las rutas de la provincia. Lo escuchaba atenta, mientras pensaba ya llega el remate. Pero no. Ya era de noche, una noche sin luna.

Así como hoy estaba la noche, oscura, muy oscura, yo manejaba y veo que adelante hay dos gendarmes haciendo dedo, dice Ángel. Paró. Se subieron atrás, y hablaban entre ellos. Eran jóvenes, tenían la edad de cuando se perdieron. Ángel iba concentrado en la ruta y no conversaba con ellos. En un momento, se dio vuelta para pedirles que le indicaran dónde se bajaban. Y qué creen. Los gendarmes no estaban. Habían desaparecido. O se habían vuelto a perder.

– Ángel, ¿no lo soñaste?
– Te lo juro que los llevé en la camioneta, dice. Y lo jura con el índice, dibujando una cruz sobre sus labios.


La mamá de Ángel

Ángel C. fue mi chofer patagónico. Parco, atento, alrededor de 60 años; gorra de beisbolista, fanático de las piedras de Santa Cruz, al punto de cargarse un baúl de ellas para hacer futuras decoraciones.

Hubo una jornada muy larga. Era medianoche y todavía andábamos por caminos de ripio. El fotógrafo iba dormido en el asiento de atrás. Después de varios días, quizás abrigado por el clima de intimidad y la noche oscura, por primera, vez Ángel me contó una historia. Esta historia.

Su madre, chilena de origen, llegó de pequeña a la patagonia argentina, tendría unos quince años. Hizo toda su vida allí, le tocó una vida dura, se quedó viuda de joven y nunca volvió a estar con otro hombre. Después de 50 años sin regresar a su país, la madre de Ángel un día volvío a Chile.

En el barco que la llevaba a Chiloé se puso a conversar con una mujer toda elegante, vestida con pieles, sombrero y botas altas. Las señoras se contaron sus vidas. La mujer elegante era una chilena que vivía hacía 50 años en Suiza. Palabra va, coincidencia viene, que cómo es su apellido, no me diga, el mío también. Resultó que las mujeres ¡eran hermanas! Sí, de película. Después de abrazarse y llorar y todo eso, la suiza la invitó a visitarla alguna vez en el país del chocolate y los bancos.
A la madre de Ángel no le gustaba dejar su casa más de dos o tres horas, pero le prometió que iría. Pasaron los años y un día, a los ochenta y pocos, se levantó entusiasmada y decidió que viajaría a Suiza.

Entonces, Ángel la llevó a sacarse el pasaporte por primera vez. Hicieron la fila larguísima y completaron el formulario; la señora se sacó la foto y llegó, finalmente, a la instancia de las huellas digitales (a esto Ángel le llamó tocar el pianito). Le pintaron los diez dedos de negro y cuando los estampó en el papel, la funcionaria levantó la vista y la miró a la señora y después a Ángel. No dijo nada, lo volvieron a pasar, una vez más y otra.

– Cinco veces le hicieron tocar el pianito y no se lo dieron, me dijo su hijo angustiado, sin soltar el volante, con la mirada fija en el ripio.
– ¿Por qué, Ángel, qué pasó?, le pregunté.
– Se le habían borrado las huellas digitales.

(Lo sé, este post debería venir con pañuelos descartables. Como los que hay en consultorios de psicólogos que la mamá de Angel nunca visitó. Aquí tienen, pues.)


Va mi corazón en esta botella

Bottle from Kirsten Lepore on Vimeo.


Auténticas salteñas en La Criollita

El bolichito está en el centro, a pocas cuadras de la Plaza Güemes. La entrada y el interior simples no impidieron que hace algunos años lo recomendaran en el New York Times.

Lo comanda Gloria Rodríguez, que guarda la nota del diario, prolijamente doblada, en un folio. Ella ya no está en la cocina pero tiene bien claro sus secretos: en 1986 salió Campeona de la Empanada en el concurso que cada año organiza la provincia.

La Criollita existe hace 30 años. Todos los días preparan alrededor de mil empanadas, y venden la mayoría. Gloria no sabía el dato, lo vimos juntas sumando pedidos y más pedidos. Después pasé a la cocina y vi al trío que hace con cariño el recado o relleno de las empanadas.

No son robots, son dos mujeres grandes y un chico joven que mueven las manos rápido. Como pianistas de la empanada. Ellas preparan los intredientes: él maneja el cuchillo. La carne, por supuesto, qué pregunta, se corta a cuchillo.

El recado también lleva cebolla y papa, y grasa de pella, el primer jugo bovino. Pero no tienen que revolverlo durante horas. El marido de Gloria inventó una máquina que hace el recado. Los condimentos de la mezcla: ají, pimentón y comino, en proporciones confidenciales como la fórmula de la Coca Cola. El repulgue, una trenza divina hecha por las manos de doña Francisca.

Lo sé: coordenadas exactas, eso quieren. Zuviría 306, Salta.


Flor de estación

Vendedora de girasoles en Windhoek, Namibia. Atrás una buganvilia fucsia. Al Este y al Oeste, donde no llega la foto, una flor y otra flor celeste (¿lila?) del jacarandá.


Galería de libretas de viaje

La mítica                                                                               La pop

La cool                                                                                 La ecológica

La de museo                                                                           La étnica

La vieja gordita                                                                                 La regalada

La infantil                                                                          Modelo Pasaporte


En Valpo, con los ojos cerrados

No estuve en Valparaíso esta tarde, pero si cierro los ojos puedo ver las casas viejas pintadas de colores y los cerros que dan al Pacífico. No tengo que hacer mucho esfuerzo para imaginar un pisco sour en la terraza del Gran Hotel Gervasoni; tampoco para sentir el olor de una paila marina en una caleta de pescadores. O escuchar un tango en el J. Cruz. No estuve en Valpo esta tarde, pero en cierto sentido pasé la tarde ahí, celebrando con mis queridos amigos porteños, viñamarinos y santiaguinos. (El acento no fue necesario evocarlo, lo escucho aquí y allá: este fin de semana Buenos Aires está llena de chilenos).


Médium de las Vacacionum

Por hache o por be, me tocó llevarle una revista Lugares al sobrino de uno de mis entrevistados de la nota de Montevideo. Él se la haría llegar a su tío, que tiene más de 80 años y vive en Carrasco. Por hache o por be no pude ver al sobrino, que trabaja en una financiera.

Lo imagino ocupado, rodeado de números, papeles de bancos, sonido de la Bolsa y llamados, algo estresado quizás. Imagino el momento en que la revista aterrizó en ese contexto de oficina del microcentro, como si le pusieran una maceta con una plantita en el medio del escritorio. Le llamó la atención, la abrió y de repente se puso a viajar. Sin reservar, sin sacar pasaje, sin ajustarse el cinturón, incluso sin pagar. Sólo con pasar algunas páginas.

Por hache por be, después de un rato el sobrino me llamó para agradecerme el gesto de llevarle la revista. Eso dijo, pero en realidad creo que su llamado fue porque quería hablar de viajes. Así cómo viajó a través de las páginas de la revista, salir de la oficina a través mío. Contarme que le encanta viajar, que le gustaría ir a Etiopía y que tiene un lugar preferido en Corrientes, unas barrancas al Paraná sobre las que prometió escribir. No es la primera vez que me pasa. A veces creo que tengo algo de médium. Médium de las Vacacionum.


¡Viva el surrealismo mexicano!

De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas.” Eso escribió Dalí, a la vuelta de algún viaje por tierra azteca.

La imagen de este post fue tomada por Gustavo Gatto, fotógrafo argentino radicado en México . Unos días atrás terminó su libro De imágenes y palabras, que hace foco en el surrealismo que encontró en las calles del DF, una de las ciudades más grandes del mundo. Se puede hojear y comprar en blurb. Más fotos y más surrealismo, aquí.


Nuevos mapas y guías del Norte

Me gustan los mapas de la Editorial Asiru. Ok, puede que no sea del todo objetiva porque conozco a una de sus editoras, la fotógrafa Ivana Salfity. O quizás sí, en el fondo es un aporte a mi objetividad, porque sé cómo trabaja. Sin mencionar que es salteña y conoce muy bien los pagos del Norte querido.

Asiru es una editorial familiar que nació en 2008 y se propuso hacer mapas donde además de ver las rutas, se pueden conocer los detalles naturales. De un lado hay una imagen satelital y del otro, el mapa topográfico, las alturas de cada localidad,  distancias y las referencias turísticas, en español e inglés. Los primeros cinco mapas de la serie son: Quebrada de Humahuaca, Valles Calchaquíes, Tren a las Nubes, Valle Calchaquí Sur y Salinas Grandes. Los mapas se venden en algunas librerías de Buenos Aires, como Santa Fe, Hernández, Antígona y Eterna Cadencia. También, es posible comprarlos online.

A los Mapas Turísticos se suma la serie Guía de Viajes de Campo, dedicada a la cordillera de los Andes. La primera es sobre el Tren a las Nubes y sirve para los que hagan el viaje en tren (Ramal C 14 del Ferrocarril General Belgrano) y en auto  o bus, por la Ruta 51. Completos textos sobre la construcción del tren, localidades, infraestructura, geología, flora, fauna, arqueología y más. Además, un glosario, doce mapas desplegables y fotos de concurso. Próximamente, ¡nueva guía! Ampliaremos.




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