La marcha de la semilla
The seed, un video de Johnny Kelly.

¡Extra – Extra! En la revista Lugares de este mes, que apareció hoy en los kioscos, escribí un artículo con 25 imperdibles de Nueva York. El primero es conseguir Time Out, el mejor calendario de eventos de la ciudad. Recomendación N°1: dejar las valijas y salir a comprar la revista. El Village Voice es un buen complemento. Otros imprescindibles: Brooklyn Heights, The Blue Note, Gospel en Harlem, los thrift shops y más. Los que no viven en Argentina pueden leerlo aquí, en unos días, cuando esté online el link.
En la revista también hay notas sobre distintos barrios con onda de América: Condesa y Coyoacán, en México; Santa Teresa, en Río de Janeiro y los highlights de Toronto, con buenísimas fotos.
En síntesis: mi hermano, cuñada y sobrinos partieron, hace algunos meses, en un viaje integral.
Todavía no se fueron a ningún lado, pero adoptaron nuevas costumbres, como el uso de azúcar mascavo, sal rosa, harina de centeno, miel, quínoa, sésamo, manzana sin cáscara, fibra, fibra, fibra, rúcucla orgánica, semillas de girasol y más.
Compartimos mucho tiempo juntos y el otro día, después de una tarde de de sol y piscina, preparé unas milanesas al horno. Cuando estaban casi listas, se me ocurrió un plan. Agregarles un pedacito de queso para que se parecieran a unas milanesas a la napolitana, wow, qué delicia.
Quise compartir la idea y pregunté, al tiempo que abría la heladera, para buscar el Port Salut: Ale, ¿le pongo queso a la tuya?
Entonces, se escuchó en la cocina un NO rotundo, grave, mayúsculo. Me di vuelta para ver si la bebita se había mandado alguna travesura. Pero no, ella no tenía nada que ver, ¡era el queso!
- Carol, ¿sabías que si mezclas el hierro con los lácteos no absorbes el hierro?
Ay, qué susto. Mi mano que tenía el queso agarrado, lo soltó ante la sentencia que sonó como una amenaza de bomba. Después, absorbí, doy fe, una explicación de varios minutos sobre la alimentación sana.
Mientras borraba de mis pensamientos la bellísima imagen del quesito derretido y doradito chorreando por los costados, abrí la heladera para buscar un limón, porque ¿sabén qué?
¡El limón se potencia con el hierro!
El nuevo pasaporte integral de mi hermano y su familia me inyectó energía, nuevas fuerzas, ánimo y muchísimas ganas… de conseguir un pasaje urgente a la Isla de la Mayonesa. Prometo escribir un post desde allá.
El barrio de moda en el DF se llama La Condesa, pero los chilangos le dicen Condechi.
Es una zona arbolada, custodiada y de trazado irregular, por momentos elíptico, porque hace cien años fue un hipódromo. La calle Ámsterdam, una de las principales, era parte de la pista. En la actualidad, se ha convertido en un barrio caro al que se mudaron extranjeros, pero hasta hace poco La Condesa era un lugar bohemio, donde vivían músicos, periodistas, pintores y escritores que en esta época fashion se las ingenian para sobrevivir entre bares, restaurantes y alquileres cada vez más caros.
Los fines de semana, los restaurantes tienen fila de gente en la puerta y es tan complicado encontrar estacionamiento que se ha instalado el servicio de valet parking en cualquier esquina. La familia de la Condesa de Miravalle, Doña María Magdalena Dávalos de Bracamonte y Orozco, fue la primera propietaria de las tierras, que duraron poco como hipódromo, hasta la Revolución de 1910. El nombre quedó, y también muchas de las elegantes y costosas residencias que hubo antaño. Más tarde llegaron el art déco y las construcciones modernistas, que también se quedaron. Un buen ejemplo es la Casa Nike 1902, una bella mansión de los años 20 convertida en un negocio de ediciones limitadas de zapatillas y ropa deportiva. En el predio hay un jardín vertical y un bar con jugos de frutas.
Restaurantes, hoteles boutique como el famoso Condesa DF, bares, negocios de ropa vintage, peluquerías trendy y librerías donde sentarse a leer y escuchar música, un barrio para volver más de una vez.
Librería Rosario Castellanos. Av. Tamaulipas 202. El antiguo cine Lido se ha transformado en una de las mejores librerías del Distrito Federal, del Fondo de Cultura Económica. El exterior del edificio conserva las líneas originales del art déco y la torre, que hoy es el faro del barrio. En el interior, el espacio es amplio y abierto, y además de encontrar novedades, rarezas y clásicos, se puede tomar café, hay ciclos de cine y presentaciones de libros.
Ámsterdam. Esta calle es un óvalo perfecto. No responde al capricho de un arquitecto, la razón de su forma es que en algún momento fue la pista del hipódromo. Por allí corrían los caballos a toda velocidad. Hoy, tiene un boulevard con vegetación tropical y fuentes. La rodean bares y edificios de los años 30. Es una de las pocas calles de La Condesa que no lleva el nombre de una ciudad o estado mexicano. Antes o después de caminar por Ámsterdam, una lectura recomendada. La reciente novela de Juan Villoro que trasncurre ahí, a la intemperie: Llamadas desde Amsterdam (Ed. Almadía). Read the rest of this entry »
El consumo verde se propaga en Estados Unidos y suma nuevos ámbitos, incluso el de los sex shops.
Cuando hace unos meses estuve en Nueva York pasé por Babeland, en el Lower East Side, un negocio que entre 2007 y 2008 triplicó sus ventas de juguetes sexuales que no dañan el planeta. Sus artículos más vendidos son condones veganos, lubrincantes orgánicos, esposas de neoprene, látigos de goma re
ciclada y vibradores hechos con tecnología verde. Como el vibrador Angel de la Tierra, que se ve en la foto. No lleva a pilas, se recarga a mano y hasta el packaging está hecho con material reciclado.
Y qué tiene un condón de origen animal, me pregunté pensando que estaban hechos totalmente de látex. Entonces leí que los condones incluyen entre sus compone
ntes, la caseina, una proteína láctea. La versión vegana la reemplaza por polvo de cocoa.
La conciencia por el Planeta en el Primer Mundo llega hasta el reciclado de los juguetes sexuales. Los que lo hagan, tienen gift cards de recompensa por el entusiasmo.
En Europa, también existen tiendas de juguetes sexuales responsables para con el planta, como Selfserve Toys, en Berlín, y French Letter, en Londres. No sé si habrá alguno en Copenhague, pero seguro que en estos días venderían sin parar. Eso sí, los precios de los juguetes verdes son de Primer Mundo. Sólo para muestra: el vibrador Angel de la Tierra que venden en Babeland de Nueva York cuesta 90 dólares. Me da la impresión de que en Latinoamérica, los sex shops todavía son más rojos que verdes.

Finalmente elegí la biblioteca, un lugar de respeto dentro de la casa. Ahí está mi ofrenda para mis abuelos, con sus flores frescas, la sal, sus caballitos de tequila auspiciados por Paquita La del Barrio, un Partagás y un Romeo y Julieta, incienso, velas, papel picado, collares y anillos, plantas, jabón y paño para asearse, un espejo y unas catrinas para que los acompañen en su viaje.

Lala era fanática de los viajes, de los brownies y de los scons. Los que están en ese cuenco de barro fueron hechos por mi madre con su receta. A propósito, son una delicia y bastante fáciles. La dejo aquí abajo por si alguien se anima:

Scons Lala: 300 g de harina y 100 g de manteca, deshacerlo bien. Hacer un hueco en la mesada y poner 1 huevo,4 cucharadas de azúcar y algo de leche o agua fría. ¡No amasar! Sólo unir, aplastar y marcar. Diez minutos de horno moderado.

¡Y qué vivan los muertos, pues!
En estos días de festividades judías recordé la historia de la matzo ball de Willie L.
Todo empezó cuando preparaba mi viaje a Nueva York, unos meses atrás. Pedí datos por acá y por allá, a ex habitantes y fanáticos de la ciudad. Willie L. es un amigo que podría entrar en las dos categorías. Un día, me habló de Eisenberg, su bodegón en Manhattan, un lugar donde podía comer matzo ball, una sopa judía que hacía su madre.
En yiddish se llama kneydl y es una sopa a base de caldo de pollo. Adentro vienen las bolas de matzo. El tamaño es variable.
Las más comunes son como una pelota de golf, quizás un poco más pequeñas. Pero también hay matzo balls gigantes, como la que este año se inscribió en el Record Guiness, que pesó 120 kilos.
Volviendo a Nueva York, cuando uno está en viaje crea sus propias rutas. Algunas recomendaciones entran y otras quedan afuera, para próximos viajes. Eso me pasó con Eisemberg, el bodegón que para quien esté armando su lista, está en la 5ta y 23 St., en Flatiron District. Quizás porque todavía no había probado la matzo ball.
Un tiempo después fui a San Francisco y ahí me lo encontré a Willie L., que un día preparó la sopa de su madre. Para hacer las bolas (balls) usó matzo Streits, una marca de productos kosher, famosa por vender matzo desde 1925. Me imagino que no tendría schmaltz (grasa de pollo) así que habrá usado manteca o similar. El resultado fue óptimo, y los cuencos que se ven en la mesa quedaron como nuevos.
Después de probar la matzo ball de Willie L. sé que Eisenberg entrará en mi próxima ruta en Nueva York.
Nunca me gustó la robótica, además estaba contra el tiempo. Por eso suspiré aliviada cuando se acercó un ecuatoriano a la máquina con la que luchaba para obtener el boleto de bart que me llevaría al Aeropuerto de Oakland, desde donde vuelan las compañías low cost. El tipo me explicó cuál tenía que sacar para llegar hasta allá, qué billetes aceptaba la máquina, dónde se tomaba el tren. Sólo cuando tuve mi boleto en la mano, siguió su camino.
***
Otra tarde, cerca del Chinatown subí a un ómnibus y mostré el boleto que ya tenía y que supuestamente todavía servía. El conductor, con cara de latino, lo miró y me respondió en inglés que ya se había pasado la hora y que estaba vencido, pero que suba nomás. Le expliqué que no tenía reloj. Entonces, se rió y me dijo:
-¿Y qué tu hablas chica?
- Español
- ¿Y me puedes decir entonces pa qué hablamos en inglés?
Mientras subía por Broadway hacia Columbus, el cubano me contó que vivía en Estados Unidos hacía quince años y que vino de La Habana y que extraña la salsa y el calor de su isla.
***
Pero el guiño latinoamericano más memorable de mis días en San Francisco fue el del camarero peruano del Rooftop Café del MoMA. Un chico lindo que parecía que había entrado a trabajar ayer, por lo torpe y lento. Adelante mío, dos con pinta de intelectuales pidieron un café de una zona del sur de Etiopía donde la mayoría de los habitantes no tiene qué comer. Cuando me tocó el turno, le dije al peruano que quería un cortado. ¿Como le dicen al cortado acá que nunca me acuerdo? ¿Macchiatto? El chico me respondió que sí y que ya lo preparaba. El día estaba soleado, entonces me acerqué a la terraza, a ver las instalaciones de arte, la ciudad desde la altura. Cuando volví al mostrador, cinco o seis minutos más tarde, el café todavía no estaba hecho. Pensé en Michel Douglas y estuve a punto de tener un acceso de furia. Pero no. Seguí esperando. Finalmente el café estaba sobre el mostrador de acero, y tenía un corazón dibujado con espuma, como se ve en la foto. Subí la vista y el peruano me miraba con sus ojos verdes emocionados. Fue sólo un segundo, enseguida corrió la vista para atender al próximo en la fila. Me llevé el cortado a las mesitas de la terraza con una sonrisa. No me importó nada que estuviera tibio, casi frío.
En la esquina de Colima y Mérida, en la colonia Roma, Damián Marín trabaja ocho o nueve horas por día.
Atiende un puesto que está en el mismo lugar hace treinta años y donde cada día a cualquier hora hay gente que espera un taco sustancioso de su comal. Damián se aparece en las mañanas con su peinado parado como pasto recién cortado (los mexicanos son fans del gel) y las manos listas para moverlas veloces, cortando, picando, armando, adentro y afuera del comal.

Así se llama esta sartenzota donde por un lado fríe el relleno de los tacos: suadero -un corte de carne- tripa, nopal, cebollita. En el centro del comal se calientan las tortillas, que después se rellenan.
Al final la salsita, la prueba de un buen taco. Salsa verde o salsa roja, según el chile que se utilice. En el puesto de Damián el que más sale es el chile serrano, verde y picoso. Cebollita picada cruda y cilantro a gusto.
El de Damián Marín es uno de los cientos de comales que hay en las esquinas de esta ciudad interminable, donde la lumbre está encendida de la mañana a la noche, y siempre huele a tortilla de maíz.