¿Malestares?

En las calles y en los mercados de Jujuy y Salta, la medicina casera de Perú se vende tanto como la hoja de coca. La mayoría de las veces está vencida, pero dicen las vendedoras que no hay problema, que hace efecto igual. No pude resistirme al packaging tropical. Adentro de cada cajita hay una lata de aluminio con un ungüento mentolado de color verde o amarillo, según las propiedades. Creo que esta noche probaré la combinación de eucalipto y copaiba, recomendada para roturas de huesos y tortículis.


Boniato glaseado

Abajo del fuego hay un boniato, como le dicen en Uruguay a la batata. Al plomo, cocida sobre la parrilla, cortada a la mitad. Una vez lista, le echan unas cucharadas de azúcar y después la sellan con el quemador al rojo vivo, como se ve en la foto. Deliciosa costumbre que me propongo imitar en alguna parrilla campestre.


La Calle de las Brujas

A más de 3.600 metros de altura, cuando uno cree que si da un paso más La Paz saldrá volando, ahí queda la calle Linares, también conocida como la Calle de las Brujas.

Estas brujas son cholitas especializadas en la venta de amuletos, ungüentos y menjunjes aromáticos para pedirle favores a la vida, desarmar maleficios, olvidar algún amor, encontrar un trabajo, curar a un ser querido.

“Los amuletos son para la casa y los talismanes, bien pequeñitos, para la cartera”, me cuenta Lourdes M., una de las brujas. El más vendido es el del amor y segundo el de la Pachamama, que en un primer vistazo puede parecer una figura algo monstruosa. Tiene tres cabezas que representa las tres etapas de la mujer -niña, joven, anciana-; una tortuga (larga vida) de un lado; una vívora (protección) enroscada; un sapo (fortuna); un pescado (salud) y una calavera (muerte).

Los talismanes de piedra son pequeños. Hay búhos (inteligencia); cóndores (¡buen viaje!), parejitas entrelazadas (amor); jaguares (protección para el hogar) y más. El talismán de cartera es una botellita mínima, con piedras de colores adentro y unos hilos de lana alrededor. Como comprar un arco iris.

De los puestos de las brujas cuelga el feto de un animal. En general está al costado, en un gancho de carnicería, y también suelto sobre una lona, como en la foto. “Son fetos de llama”, dice Lourdes cuando ve mi cara de espanto.

Los de llama se utilizan en el fundamento de una nueva casa, se mezclan con el cemento y los materiales de construcción. Menos a la vista están los fetos de chancho: son para sacar la maldad; los de oveja: para llamar al ánimo; los de vaca: para los trabajadores de las minas.

“¿Y de dónde sacan tantos fetos?”, le pregunto a Yvet F., la bruja de al lado. Dice que muchas veces cargan a la llama por demás, sin saber que está preñada, entonces se dan estos abortos naturales.

En eso estamos con Lourdes, Yvet y el abanico de fetos. No sé si será la altura o las especificaciones del caso, pero me siento mal. El llanto de un niño rubio de unos cuatro años rompe el silencio de la calle Linares. “¿Qué le pasa al niño?”, pregunta Lourdes sin bajarse de su almohadón enorme. Desde la vereda de enfrente, el padre responde: “Es que quiere ver una bruja y no aparece”.

Lourdes M. sonríe y me da el vuelto por el talismán de cartera que le compré. Quizás es pura sugestión, pero juro que cuando la saludo, antes de salir corriendo de esta calle de miedo, me parece ver una berruga en la punta de la nariz de Lourdes. Ella sigue sonriendo, con dientes de oro y la mirada en otra parte.


Ulupica, el más ardiente de los ajíes

Es más chiquito que una arveja, crece salvaje en Bolivia y Perú y es capaz de llevarte al infierno en un mordisco.

Tan picante que en una comida sólo se utiliza uno, en general rallado. Las cholitas venden ese paquetito, que dura varios meses, por un boliviano, y lo recomiendan para el resfrío.
Tan picante que se usa para hacer el gas paralizante.

Algunos investigadores consideran a la ulupica como el origen de todos los ajíes, desde México hasta la India. Chiles, locotos, rocotos y pimientos, todos descenderían de la ulupica. Las aves habrían sido las encargadas de dispersar la semilla, que se adaptó a los distintos territorios y climas con nuevas versiones de la planta.

En 1912, el químico estadounidense Wilbur Scoville ideó un método para medir el nivel de picante de un ají. El incendiario chile habanero ocupó el primer lugar en la tabla hasta que fue desplazado por el incendiario naga jolakia, con más de un millón de unidades Scoville, y luego por el spray paralizante utilizado por la policía de Estados Unidos.

Pero la ulupica no tiene rival: es ultrahot y es la madre de todos los ajíes. El sabor recuerda al de un tomate todavía verde, ácido y con ánimo de fruta. Eso dura un segundo, hasta que el picante allana el paladar.


Una ranchera para la chaparrita consentida

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Angel Olivera rola sus rancheras en el mercado La Cruz de Querétaro, el mismo donde doña Juanita vende flor de calabaza fresca y Julio prepara aguas locas y las mañanas de domingo sirve “polla”, huevos de codorniz y jerez para la cruda (resaca). El mismo donde me tomé un jugo antigripal inolvidable. No porque tuviera gripe, sino porque me gusta la mezcla de naranja, limón, papaya, guayaba, piña y miel.  

Olivera viene de Huimilpan un pueblito en las sierras y es fanático de las rancheras del norte. Le pregunté cuál es la ranchera que más le gusta -quizás para vengarme de cuando me preguntan cuál es el país que más me gusta- y me respondió: “Híjole, pues, muchas”. Luego pensó unos segundos y dijo: Amores fingidos, de Carlos y José. Y ahí nomás en un pasillo del mercado se puso a tocar:

Si supieras chaparrita cuánto te amo, es porque que tu eres el bien de mi vida.
Chaparrita tu serás la consentida, y ándale, ándale correspóndele mi amor.
¿Para qué quieres amores fingidos?, ¿Para qué quieres amores amores que tengan dueño
?”


La lista de Thomas

calendarioaztecaEstán las personas que se van de viaje y no traen nada para nadie. Están también las que eligen con dedicación el recuerdo justo para tal o cual amigo y las que compran algo de apuro en el Free Shop. Y están las personas que cumplen con una lista de souvenirs pautada con anticipación. Este último fue el caso de Thomas Klesper.

Cuatro días después de conocerlo, acompañé a Thomas a La Ciudadela, un mercado en pleno DF donde es posible encontrar las artesanías más representativas del país. Antes de ir, me imaginé que tardaríamos mucho tiempo, varias horas pensando qué podría regalarle a su sobrina y qué a su cuñado. Pero enseguida, Thomas me contó que traía una lista con los regalos para parientes y amigos. Ordenada y sintética, sin margen para errores, ésta es la lista de Thomas:

Mamá: figuritas de paja tipo navidad, de ésas que se cuelgan en el arbolito.

Bruna (abuela): colgante de plata con el calendario azteca (decía maya pero los vendedores entienden).

Alicia (tía): amates, las típicas pinturas sobre corteza.

Sofi (sobrina): blusita blanca con bordados de colores (oaxaqueña o de Chiapas, eso no lo decía pero después se enteró que son las más lindas).

Gabi y Guille. dos candelabros y un cenicero haciendo juego.

Para las amigas de la reunión de los miércoles, una cajita laqueada y tallada, tipo alhajero, un amate y una botella de tequila Corralejo (una para cada una, se entiende).

Agregado de último momento: caramelos de tamarindo para Guille (esto no figuraba en la lista, fue un dato telefónico).

Hace un rato, le escribí a mi nuevo amigo Thomas para contarle que había subido el post. Después de leerlo, me dijo el remate que me faltó: “Te confieso algo: ¡para mí no me compré nada!” El colmo del souvenir.


Evocación de Ignacia, por su hijo Alex Aldama

A veces me preguntan por qué escribo Viajes Libres. Hay muchas razones, pero este post y esta historia que llegó hace unos días a mi correo es una de ellas.

A Alex Aldama lo conocí en su negocio en Nueva York, el último día de la madre. Hablamos un rato largo ese día y luego tomé algunos apuntes sobre la charla. Pero olvidé el nombre de su madre, y la quería nombrar: Alex me contó que era la mujer más maravillosa que había conocido. Entonces, le escribí preguntándole el nombre de la señora. Y el catalán me respondió la historia que sigue, y al rato me envió esta foto, donde se lo ve con su madre y su hermana Pilar:

“Ignacia, es el nombre de mi madre. Ignacia Anglada Hernández, hija de Ernestina y Alejandro.

Tras la caída de Barcelona, mi abuelo Alejandro fue enviado a un campo de concentración en Francia. Todo fue confiscado. Ignacia con 9 años quedó al cuidado de sus dos hermanos menores, Roque y Carmen.
Amigos de mi abuelo, que habían conseguido evitar la deportación, le daban a Ernestina los sacos de arpillera de la carne congelada argentina, que tantas vidas salvó. Mi abuela hacia alpargatas con ellos.
Empezaron a dedicarse al estraperlo (comercio prohibido): dejaban a Roque y a Carmen al cuidado de unas prostitutas de la calle Robadors, unas mujeres increíbles, auténticas y fuertes. Se escondían en los trenes y en las cercanías de Barcelona, en poblaciones del campo y hacían el trueque: volvían a casa sin alpargatas y con un montón de garbanzos, patatas y, a veces, hasta aceite de oliva.

Pasaron los años y Alejandro volvió con vida, esquelético, enfermo y piojoso hasta la médula. Lo sanaron y los amigos de mi abuelo consiguieron meterle a trabajar de Mozo de Carretilla en el mercado de abastos de Barcelona, El Born. ¿Mozo de carretilla? La gente iba al Born a comprar las frutas y verduras, luego apilaban las cajas en la carretilla y el mozo tiraba de ella hasta el camión que las transportaria a los mercados. De lunes a sabado, sin pausa, veranos e inviernos, desayunándose aún de noche las barretxas (conyac con anis) o carajillos (conayc con café), trabajó y trabajó, y dejó crecer un odio inmenso en su interior por toda la injusticia vivida y murió. Claro está, de cirrosis y profiriendo terribles insultos al sacerdote que intentaba darle la extramaución antes de morir. Un hombre muy guapo y alto que jamás consiguió ver de nuevo la belleza que le rodeaba.

Ignacia, mi madre, conoció a Ángel y tras tontear un poco se acabó. Ella rompió en pedazos una foto de él y se la tiró en la cara. Unos años despues, en el tranvía mi madre notó que le tocaban el culo. Era mi padre que le enseñó la foto rota todita recompuesta y pegadita, y la invito a bailar. A mi madre le encantaba bailar.

Ángel entonces trabajaba de electricista para General Eléctrica Española. Mi abuelo se opuso rotundamente al matrimonio. No obstante se casaron, de gris no de blanco. Con un traje chaqueta y un bouquet de flores. ¡Muy guapos los dos!  (Es un extremo jamás confirmado pero yo siempre he creído que mi madre se quedó embarazada a posta para forzar el matrimonio, de ahí el gris.)

Y nació mi hermana Pilar. No fue fácil, vivían con mis abuelos. Aún embarazada mi abuelo les echó de casa y bueno, un montón de barbaridades que de nada sirve ya recordar.
Entonces mi madre vendía fruta y verduras en un puesto calljero en el mercado de Badalona. Mi hermana nació muy chiquita y débil, sin ganas de comer. Mis padres compraban penicilina en el mercado negro para ella y seguían trabajando.

Confiados en que mi madre no podía tener más hijos, la sorpresa llego cinco años mas tarde cuando nací yo: con una cabeza apepinada impresionante y mas de 4 kilos. La comadrona me puso los zapatos de inmediato y le dijo a Ignacia, ¡pero que feo es!

bornDe las fotografías en blanco y negro de aquel entonces lo que más me impresiona es cómo mi madre apilaba en verano las sandías y los melones. Se las tiraban una a una del camión y ella las apilaba en la calle formando una hermosísima piramide. Me acuerdo también de sus delantales, siempre de un blanco inmaculado y con puntillas.

Ángel dejó el trabajo de electricista y empezó como contable en un almacén de El Born (mi padre escribía tan lindo como unas pinceladas de Dalí); mi madre cambió de mercado y no sé como pero tuvo su primer puesto de mercado fijo creo que en Santa Catarina, al otro lado de la Catedral, y luego más tarde otro en el Clot, éste ya con baldosas y todo.

Pilar y yo íbamos a la escuela y seguíamos comiendo, ellos dieron un depósito para la compra de un piso con todos los ahorros que tenían pero resultó ser un fraude y lo perdieron todo. Siguieron trabajando.
Volvimos a vivir en la Barceloneta, en la casa de mis abuelos. En verano, los sábados cuando no teníamos escuela, mi madre nos llamaba aún no amanecido el día y nos llevaba a El Born donde ella compraba las frutas y las verduras. Nos metía en diferentes taxis, cargados hasta donde no se podía más de cestos de mimbre llenos de rojos fresones y nos enviaba al mercado del Clot. El taxista nos descargaba allí y ella llegaba más tarde en otro taxi con con lo que fuera y ahí empezaba el día.

A mí me encantaba meterme bajo la parada (el puesto de mercado se llama así en catalán) y desgranaba guisantes o jugaba con las orugas verdes que encontraba en las lechugas aún mojadas. Oh Dios! cuántos recuerdos se acumulan en la piel con el paso del tiempo.
Pilar se casó con un hombre, de corazón noble con el que aún sigue, Miguel. Tuvo dos hermosas hijas, ahora ya mujeres.
Mis padres se trasladaron (yo con ellos al principio) a Cerdanyola del Valles, una ciudad dormitorio cerca de Barcelona. Esa fue ya la última residencia de ambos. Un piso comprado y pagado a plazos de 250 pesetas mensuales enfrente de una pineda. Mi madre siguió trabajando en el mercado de Cerdanyola con sus frutas y verduras. Yo cumplí el obligado servicio militar en la marina y despues de ello me emancipé.

Aquella noche yo casi había acabado de preparar la cena, celebrabamos el aniversario de mi amiga Pilar. Alguien contesto el telefono y me llamó: mi hermana estaba al otro lado, descompuesta con voz asustada. No hubo celebracion aquella noche. Mi pobre amiga Pilar se quedó sin cena.

Ignacia tuvo un ataque al corazón despues de ducharse. Cayó al suelo y su cuerpo atrancó la puerta. Angel intentó e intentó abrir la puerta. La ambulancia gritaba con sus sirenas de camino a casa. Es curioso, al mismo tiempo que el cuerpo de mi madre permanecía inmóvil en el suelo todos los demás corríamos: la ambulancia, mi padre de un lugar a otro pidiendo ayuda a los vecinos, yo dejando mi casa en Barcelona, mi hermana haciendo lo mismo…
Se negó a morir de inmediato, la conectaron a un monton de tubos y máquinas. Era la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de Sabadell. Mi madre estuvo cuidada por unas gentes maravillosas esos cuatro dias. Fue demasiado fuerte e intenso para mi padre y mi hermana. Yo me pasaba horas con ella y le pedía, le suplicaba, le grité que volviera. Le dije una y otra vez lo mucho que la queria (las lagrimas asoman ahora de nuevo en mis ojos). Recuerdo que sus párpados se abrían una y otra vez (me explicaron que era “sencillamente” fruto de espasmos), le pusieron una cinta adhesiva en los ojos para que no se abrieran y fue entonces cuando el médico, lo recuerdo jovencísimo y muy delicado al hablar me dijo la verdad. Sí, le pedi que desconectara a mi madre de aquellos infernales tubos y maquinas innecesarias.

LLovía a mares, de verdad, ¡cómo llovia! cuando dejé el hospital.
La Iglesia se llenó hasta los topes, yo ni tan siquiera sé quiénes eran más de la mitad de esas gentes,
Y en silenciosa ceremonia, la llevamos a su ultima morada.

Esto sucedió hace ya mucho, mucho tiempo. Mi madre murió joven. Yo la “deje ir” recientemente. Al final la deje ir: desde entonces sólo recuerdo lo hermoso, sólo recuerdo la belleza de tantos y tantos momentos: su risa, su generosidad con los demás, su fuerza ante la adversidad cotidiana, sus abrazos y besos a mi hermana y a mí, cuando se adormilaba en el sofá cansada del trabajo de la semana y de repente se despertaba, su alegría inmesurable con el nacimiento de Olaya su primera nieta, su orgullo de madre, las conversaciones que tuvimos los dos cuando ella tuvo la menopausia -cómo de repente se abrió como mujer a mí y se convirtió en una amiga además de madre, compartiendo secretos y privacidades conmigo-, y recuerdo su piel, fresca y brillante, sin arrugas, con una luminosidad muy particular.

Ese es el nombre de mi madre, Ignacia. El de mi padre es Angel. El de mi hermana Pilar y el mio Alex.
Podrían ser otros completamente distintos, que más da. No son más que nombres.
Es el corazón, no el nombre, quien nos da una personalidad propia y única, es el corazón quien nos diferencia, nos distingue los unos de los otros, nos agrupa en sólo dos categorias reconocibles, las buenas y las malas gentes… y el corazón de Ignacia era grande, grandísimo, lleno de sangre y rayos de sol, con latidos fuertes, sonoros, musicales, era un corazón donde anidaba un jardín de dalias y amapolas y rosas con espinas, y un rio grande de aguas claras… a veces aun me parece oirlo.


Mujeres solteras, se necesitan

ladiessignalEso dicen  en Villa Pehuenia. Que faltan mujeres, que lo anuncie ¡por favor! en mi página.  “Eso sí, poné que sean lindas y que tengan entre 25 y 35 años“, me dijeron varios hombres que hoy trabajan como guías de montaña y de pesca, como cocineros, recepcionistas y camareros. Hombres buenosmozos, con pinta de leñadores. “Somos muchos más hombres que mujeres en la Villa“, insistieron ellos.

Y entre varios me contaron esta historia. Resulta que hace un tiempo llegó de vacaciones una mujer muy linda. Viajaba con su abuela y se quedaron varios días en una hostería de la Villa. Como Pehuenia sigue siendo un pueblo, la noticia de que había llegado una chica linda ¡y soltera! corrió rápidamente entre los guías y cocineros y recepcionistas que trabajaron durísimo para conquistarla.

El guía llegó puntual a la excursión, hizo más bromas que nunca durante el circuito y fue amoroso con la abuela. El cocinero preparó una trucha grillada tan perfecta que podría haber ganado un premio internacional. El camarero la llevó urgente a la mesa para que no perdiera calor y no se descuidó un instante en su trabajo, siempre sonriente y atento a los deseos de abuela y nieta. El que se encarga de la excursión en lancha les dio la mano al subir y al bajar y siempre veló porque estuvieran bien. Tan esmerada era la atención que la abuela le dijo un día a su nieta: “¡Pero qué caballeros son los hombres en este lugar!”.

El recepcionista, creen algunos, tenía ventaja porque la veía varias veces por día. Por eso o porque fue el mejor en las artes de la conquista, se ganó el amor de esa chica linda, que hoy es su mujer y espera un hijo suyo para dentro de un par de meses.

Los demás, los que me contaron esta historia, hombres buenosmozos con pinta de leñadores, siguen haciendo su trabajo y están atentos a la llegada de chicas solteras a Villa Pehuenia.


Las aguas de Casilda

El Mercado Benito Juárez está en el centro de Oaxaca y conviene llegar bien temprano, cuando todavía está limpio y queda agua en los cántaros de Casilda. En su puesto del mercado, Casilda Flores Morales ha dado de beber a príncipes y reyes y trabajadores de las sierras desde 1920. Agua de jamaica, de horchata, de rosas, de guanábana, de almendra todas se conservan en grandes cántaros. Casilda ya no esta pero su hija María Teresa tiene el secreto de la frescura.

Aún sin ánimo de comprar un guajolote –palabra de origen náhuatl que designa al pavo–, ni dátiles ni canela en rama ni quesillo ni cilantro ni lirios frescos, está bien marchar por los pasillos penumbrosos para familiarizarse con los olores, para preguntarle a una vendedora detalles sobre el mole, la salsa más famosa de Oaxaca y uno de sus orgullos. Igual tratarán de vender: el pueblo zapoteco ha sido comerciante desde tiempos prehispánicos.

El mercado da vueltas y hay distracciones en todas las esquinas. Pero en la de Casilda está la mejor: agua fresca. Y aromática.


Dos historias de Oaxaca

Antes de llegar a Oaxaca me contaron dos historias. En ese momento las escuché, pero no pude entenderlas hasta mucho después. Después de probar el mole negro, el chocolate, las tlayudas, el mezcal y los chapulines. Después de caminar entre muros de arquitectura sagrada y comer un plato de jícama con chile en el mercado de domingo en Tlacolula. Después de ver la entrega de una campesina de trenzas largas rezándole en zapoteco a la Virgen de la Soledad, tomar un café y sentir la brisa que sopla en el último escalón de las pirámides de Monte Albán. Sólo cuando dejé Oaxaca pude entender a los viudos de Oaxaca. Los que un día se fueron y pasan la vida extrañándola.
La primera historia era sobre un oaxaqueño que hizo fama y fortuna en el DF. Un hombre tradicional y coherente que de tanto en tanto, ciertos días de sol, era atacado por una nostalgia profunda de su tierra. Esas veces, incluso a los ochenta y pico, se levantaba temprano y con lo puesto nomás iba al aeropuerto, tomaba un avión a Oaxaca, llegaba una hora más tarde, subía a un taxi y bajaba en el Mercado 20 de Noviembre. Ahí, en medio de pasillos angostos y mujeres vestidas con huipil, sentía el olor a chocolate, a quesillo, a mole, a canela, a cacahuate. Respiraba unos minutos con el corazón hecho un nudo. No lloraba porque en México los hombres casi no lloran. Era un tipo ejecutivo así que después de la emoción se sentaba en uno de los puestos de comida y pedía unas enfrijoladas y un café caliente. Daba unas vueltas por el Zócalo, compraba unos chocolates La Soledad y tomaba un taxi al aeropuerto y un avión de vuelta al DF. Cuando sus nietos le preguntaban: “Abuelo, ¿dónde estuvo hoy que se lo ve tan contento?”, él respondía que por ahí, que fue a dar una vuelta, que no pregunten tanto.
La segunda historia me la contó Sergio Casique Zárate, un chofer en Guadalajara. Ibamos camino al aeropuerto hablando de trivialidades cuando le dije que mi próximo destino era Oaxaca. Al tipo se le iluminó la cara, los ojos se le humedecieron. Había nacido en Oaxaca. Tampoco lloró, pero me habló de las tlayudas, de lo bien que le salían a su madre y que a veces se las mandaban con algún pariente. En mi libreta de apuntes anoté esa palabra extraña que hoy recuerdo con cariño. En una de las visitas al mercado, me fijé en la libreta, pedí una tlayuda y vino una tortilla del tamaño de una pizza grande y finita como una cartulina. Arriba se la unta con mole y más arriba va el quesito. Es crocante, liviana y se corta con los dedos. Mientras la comía, esa noche en El Balcón de la Abuela quise volver a Oaxaca. Aún sin haber partido.




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