
Me crucé con esta carabinera bizarra cerca del Mercado Central de Santiago de Chile, en unas cuadras de barrio chino que hay por ahí. Imágenes como esta me animan a seguir viajando. Metro: Puente Cal y Canto.

Me crucé con esta carabinera bizarra cerca del Mercado Central de Santiago de Chile, en unas cuadras de barrio chino que hay por ahí. Imágenes como esta me animan a seguir viajando. Metro: Puente Cal y Canto.

En el último viaje por el norte de Perú crucé regiones áridas donde el color más fuerte era el de los afiches de las bandas de cumbia. La materia prima del chicha design, nuevo estilo cool que se trasladó a la capital, a las galerías de arte, a la decoración de restaurantes con precio europeo.

Después del viaje por el norte arqueológico regresé a Lima, y en una tienda de moda de Barranco también vi estos carteles, ya no anunciando bandas de cumbia sino hechos por artistas que tomaron expresiones populares para resignificarlas.

Hace unos días encontré este video en el que un artesano de esta técnica publicitaria cuenta sobre los orígenes, en la cultura y los colores de las vestimentas de los Andes Centrales de Perú.

Cuando volví de Perú acompañé a una amiga que es crítica gastronómica a Sipán, un nuevo y exclusivo restaurante peruano de Palermo. Cuando entré me impactaron los colores fosforescentes de las paredes: el chicha design había llegado hasta aquí. Y parece que tiene envión y coraje para ir más lejos.

Un verdulero boliviano con pulmón de poeta, un camionero aburrido, una maestra de primaria deprimida por la mala caligrafía de sus estudiantes, un egiptólogo obsesionado con los jeroglíficos, ¿quién habrá inventado el nombre melón escrito?
Me imagino el momento, quizás fue un día de calor como hoy, y el verdulero, la lapicera enganchada en la oreja, un mechón de pelo negro sobre el ojo derecho, preguntó desde adentro “¿Qué va a llevar?” y la maestra pensó en responder “deme un melón”, pero viendo que había de varios tipos, recordó la letra desastroza de su último curso y le dijo, a punto de llorar: “Deme el melón escrito“.
El interior del melón escrito es naranja intenso como la túnica de los monjes del sudeste asiático. Suave en el paladar, refrescante y dulce, como un cariño.
Del exterior se sabe poco. Intriga la trama, esa corteza escrita entera, que llena todo el espacio, como si tuviera tanto que decir. A própósito, ¿qué dirá? ¿se podrá leer? Vamos, no seamos ingenuos, hay quienes ya pensaron en ponerse una mesita en Plaza Francia y leer la cáscara de melon. Veinte pesitos.
¿A quién se le habrá ocurrido? ¿Será pariente del creador de la lechuga capuchina? ¿Tendrá algo que ver con el culpable del limón sutil? Con el inventor del ají puta parió no tiene ninguna relación, eso seguro. ¿Tendrán información en el Museo del Melón de Villaconejos?
Lo más probable es que el autor del apelativo nunca llegue a las noticias ni se haga famoso. Pero desde este blog reconocemos y celebramos su sentido poético, sea verdulero, maestra, camionero, egiptólogo o quien sea.

En este número de la revista Lugares, mis 25 imperdibles de Montevideo, con las buenísimas fotos que se ven -¡y todas las que no se ven!- de Ivana Salfity. El Palacio Salvo, el candombe, bares y restaurantes, la “nueva” Ciudad Vieja, museos, librerías, la Ruta del Chivito y más.
En la misma revista, dedicada a lugares cercanos a Buenos Aires, escribí sobre Santa Fe, una ciudad que me sorprendió. Encontré historias, buenos paseos y destacada infraestructura para los turistas, desde hostels hasta un cinco estrellas en una especie de Puerto Madero santafesino. Acompaña el recorrido, el pescado de río y el liso, esa medida de cerveza que inventó el maestro Otto Schneider. El liso se sirve en un vaso liso, no muy grande, con dos dedos de espuma y bien helada. La Chopería Santa Fe es un buen lugar para tomarlo en su punto justo.
También, notas sobre Paraná, Victoria, Balcarce, Olavarría y Ramallo, una ciudad que si hubiera un concurso de Turismo Tragedia, podría ganarlo sin problemas.

En las calles y en los mercados de Jujuy y Salta, la medicina casera de Perú se vende tanto como la hoja de coca. La mayoría de las veces está vencida, pero dicen las vendedoras que no hay problema, que hace efecto igual. No pude resistirme al packaging tropical. Adentro de cada cajita hay una lata de aluminio con un ungüento mentolado de color verde o amarillo, según las propiedades. Creo que esta noche probaré la combinación de eucalipto y copaiba, recomendada para roturas de huesos y tortículis.

Abajo del fuego hay un boniato, como le dicen en Uruguay a la batata. Al plomo, cocida sobre la parrilla, cortada a la mitad. Una vez lista, le echan unas cucharadas de azúcar y después la sellan con el quemador al rojo vivo, como se ve en la foto. Deliciosa costumbre que me propongo imitar en alguna parrilla campestre.
A más de 3.600 metros de altura, cuando uno cree que si da un paso más La Paz saldrá volando, ahí queda la calle Linares, también conocida como la Calle de las Brujas.
Estas brujas son cholitas especializadas en la venta de amuletos, ungüentos y menjunjes aromáticos para pedirle favores a la vida, desarmar maleficios, olvidar algún amor, encontrar un trabajo, curar a un ser querido.
“Los amuletos son para la casa y los talismanes, bien pequeñitos, para la cartera”, me cuenta Lourdes M., una de las brujas. El más vendido es el del amor y segundo el de la Pachamama, que en un primer vistazo puede parecer una figura algo monstruosa. Tiene tres cabezas que representa las tres etapas de la mujer -niña, joven, anciana-; una tortuga (larga vida) de un lado; una vívora (protección) enroscada; un sapo (fortuna); un pescado (salud) y una calavera (muerte).
Los talismanes de piedra son pequeños. Hay búhos (inteligencia); cóndores (¡buen viaje!), parejitas entrelazadas (amor); jaguares (protección para el hogar) y más. El talismán de cartera es una botellita mínima, con piedras de colores adentro y unos hilos de lana alrededor. Como comprar un arco iris.
De los puestos de las brujas cuelga el feto de un animal. En general está al costado, en un gancho de carnicería, y también suelto sobre una lona, como en la foto. “Son fetos de llama”, dice Lourdes cuando ve mi cara de espanto.
Los de llama se utilizan en el fundamento de una nueva casa, se mezclan con el cemento y los materiales de construcción. Menos a la vista están los fetos de chancho: son para sacar la maldad; los de oveja: para llamar al ánimo; los de vaca: para los trabajadores de las minas.
“¿Y de dónde sacan tantos fetos?”, le pregunto a Yvet F., la bruja de al lado. Dice que muchas veces cargan a la llama por demás, sin saber que está preñada, entonces se dan estos abortos naturales.
En eso estamos con Lourdes, Yvet y el abanico de fetos. No sé si será la altura o las especificaciones del caso, pero me siento mal. El llanto de un niño rubio de unos cuatro años rompe el silencio de la calle Linares. “¿Qué le pasa al niño?”, pregunta Lourdes sin bajarse de su almohadón enorme. Desde la vereda de enfrente, el padre responde: “Es que quiere ver una bruja y no aparece”.
Lourdes M. sonríe y me da el vuelto por el talismán de cartera que le compré. Quizás es pura sugestión, pero juro que cuando la saludo, antes de salir corriendo de esta calle de miedo, me parece ver una berruga en la punta de la nariz de Lourdes. Ella sigue sonriendo, con dientes de oro y la mirada en otra parte.
Es más chiquito que una arveja, crece salvaje en Bolivia y Perú y es capaz de llevarte al infierno en un mordisco.
Tan picante que en una comida sólo se utiliza uno, en general rallado. Las cholitas venden ese paquetito, que dura varios meses, por un boliviano, y lo recomiendan para el resfrío.
Tan picante que se usa para hacer el gas paralizante.
Algunos investigadores consideran a la ulupica como el origen de todos los ajíes, desde México hasta la India. Chiles, locotos, rocotos y pimientos, todos descenderían de la ulupica. Las aves habrían sido las encargadas de dispersar la semilla, que se adaptó a los distintos territorios y climas con nuevas versiones de la planta.
En 1912, el químico estadounidense Wilbur Scoville ideó un método para medir el nivel de picante de un ají. El incendiario chile habanero ocupó el primer lugar en la tabla hasta que fue desplazado por el incendiario naga jolakia, con más de un millón de unidades Scoville, y luego por el spray paralizante utilizado por la policía de Estados Unidos.
Pero la ulupica no tiene rival: es ultrahot y es la madre de todos los ajíes. El sabor recuerda al de un tomate todavía verde, ácido y con ánimo de fruta. Eso dura un segundo, hasta que el picante allana el paladar.
Angel Olivera rola sus rancheras en el mercado La Cruz de Querétaro, el mismo donde doña Juanita vende flor de calabaza fresca y Julio prepara aguas locas y las mañanas de domingo sirve “polla”, huevos de codorniz y jerez para la cruda (resaca). El mismo donde me tomé un jugo antigripal inolvidable. No porque tuviera gripe, sino porque me gusta la mezcla de naranja, limón, papaya, guayaba, piña y miel.
Olivera viene de Huimilpan un pueblito en las sierras y es fanático de las rancheras del norte. Le pregunté cuál es la ranchera que más le gusta -quizás para vengarme de cuando me preguntan cuál es el país que más me gusta- y me respondió: “Híjole, pues, muchas”. Luego pensó unos segundos y dijo: Amores fingidos, de Carlos y José. Y ahí nomás en un pasillo del mercado se puso a tocar:
“Si supieras chaparrita cuánto te amo, es porque que tu eres el bien de mi vida.
Chaparrita tu serás la consentida, y ándale, ándale correspóndele mi amor.
¿Para qué quieres amores fingidos?, ¿Para qué quieres amores amores que tengan dueño?”
Están las personas que se van de viaje y no traen nada para nadie. Están también las que eligen con dedicación el recuerdo justo para tal o cual amigo y las que compran algo de apuro en el Free Shop. Y están las personas que cumplen con una lista de souvenirs pautada con anticipación. Este último fue el caso de Thomas Klesper.
Cuatro días después de conocerlo, acompañé a Thomas a La Ciudadela, un mercado en pleno DF donde es posible encontrar las artesanías más representativas del país. Antes de ir, me imaginé que tardaríamos mucho tiempo, varias horas pensando qué podría regalarle a su sobrina y qué a su cuñado. Pero enseguida, Thomas me contó que traía una lista con los regalos para parientes y amigos. Ordenada y sintética, sin margen para errores, ésta es la lista de Thomas:
Mamá: figuritas de paja tipo navidad, de ésas que se cuelgan en el arbolito.
Bruna (abuela): colgante de plata con el calendario azteca (decía maya pero los vendedores entienden).
Alicia (tía): amates, las típicas pinturas sobre corteza.
Sofi (sobrina): blusita blanca con bordados de colores (oaxaqueña o de Chiapas, eso no lo decía pero después se enteró que son las más lindas).
Gabi y Guille. dos candelabros y un cenicero haciendo juego.
Para las amigas de la reunión de los miércoles, una cajita laqueada y tallada, tipo alhajero, un amate y una botella de tequila Corralejo (una para cada una, se entiende).
Agregado de último momento: caramelos de tamarindo para Guille (esto no figuraba en la lista, fue un dato telefónico).
Hace un rato, le escribí a mi nuevo amigo Thomas para contarle que había subido el post. Después de leerlo, me dijo el remate que me faltó: “Te confieso algo: ¡para mí no me compré nada!” El colmo del souvenir.