Si esta noche estuviera en Berlín, iría al Jazz Club A- Trane, en Charlottemburg, a escuchar a Roy Hargrove.
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A más de 3.600 metros de altura, cuando uno cree que si da un paso más La Paz saldrá volando, ahí queda la calle Linares, también conocida como la Calle de las Brujas.
De los puestos de las brujas cuelga el feto de un animal. En general está al costado, en un gancho de carnicería, y también suelto sobre una lona, como en la foto. «Son fetos de llama», dice Lourdes cuando ve mi cara de espanto.
Eso dice la inscripción de las poleras que se venden como el último souvenir en La Paz: «La hoja de coca no es droga».
La hoja de coca tiene una historia milenaria y un estigma: ser la materia prima para la producción de cocaína.
El caos de tránsito en algunos puntos de La Paz, por ejemplo frente a la Iglesia San Francisco, me recordó al Cairo y Hanoi, donde cruzar la calle es es una misión complicada.
ajo, Kevin y Marcelo vestidos de cebra y burro dan clases de urbanidad express. Forman parte del Proyecto Cebras, que pretende enseñar a los automovilistas a respetar el semáforo y a la población, a cruzar por el paso de cebra.
Es más chiquito que una arveja, crece salvaje en Bolivia y Perú y es capaz de llevarte al infierno en un mordisco.
«La hija de Hitler. Ella clasifica a la gente según donde nació. La historia se repite. Si no sos rubio de ojos celestes, cuidate.»
El domingo pasado en el mercado de El Alto conversé un rato con don Quispe. Me comentó que por lo menos una vez por mes se da una vuelta para curiosear, comprar o comer. Lo que más le gusta es la quínoa preparada como psqe, rehogada con ají y queso. Tiene la consistencia de un puré de papas y un sabor que lo hace venir de lejos para probarla.










