Nuevas tribus turísticas: los Lohas

Los ecoturistas quedaron atrás, ahora los que la llevan son los Lohas, una suerte de versión integral y reloaded de los anteriores. Lohas responde a Lifestyles of health and sustenability (Estilos de vida de salud y sustentabilidad) y es una tribu urbana en crecimiento.

Estos chicos, los Lohas son gente consciente: de su salud, del medio ambiente y de la justicia social. Se trata de personas bien educadas y con dinero. Por supuesto, son muy informados, usuario de las redes sociales y nuevas tecnologías. Se los reconce como el nuevo segmento de consumidores premium del turismo.

Según estadísticas que encontré por ahí, en Estados Unidos el 19% de la población adulta pertenece a ese grupo, y en Alemania, sí, sólo en Alemania, alrededor del 20 %. Ahora bien, es raro ver un Loha en América del Sur. Más que raro es difícil, quizás tanto como ver un huemul en la Patagonia. Pero poco a poco van a llegar. No los huemules, ésos lo dudo, me refiero a los Lohas.

Mientras leía las características de esta nueva tribu, se me aparecía la imagen de ese austríaco flaco, largo y con modales de príncipe que conocí en un restaurante de Coroico el año pasado. Ahora que lo pienso, era un LOHA, seguro. Hasta podría haber sido el presidente de los Lohas United.  Se pasó media hora dando cátedra sobre el comercio justo y explicando por qué era importante que fuera comprar a ese lugar donde, claro, las artesanías costaban el triple que en la calle. Después del fair trade pasó al cambio climático y casi sin pausa, a la ecología. “No, gracias, no como carne”, me dijo cuando le recomendé una chuleta deliciosa. Antes de irse, mientras miraba de reojo mi plátano frito comentó algo sobre la importancia de los productos orgánicos y frescos.

No hay caso. Siempre me pasa lo mismo cuando me cruzo con un consumidor excesivamente consciente. Me siento pecadora, mal alimentada, poco involucrada con los problemas del mundo, anticool, definitivamente mal.  Quiero ir corriendo a confesarme, aunque no sea creyente. Por suerte esa sensación dura sólo unos instantes, enseguida recuerdo unas mollejas con mucho limón. Y sonrío.


Pelopincho de Cuba

Esta foto de Leandro Laffan salió seleccionada en el LXIV Salón Nacional de Rosario 2010, en el Museo Castagnino. Me cuenta el autor que, con razón, algunos de sus amigos la tildaron de peronista. Cuando su amigo Fabián Martín la vio le dijo: “La pelopincho representa un extremo del proceso reivindicatorio del trabajador, que culmina con sus merecidas vacaciones en las tibias arenas caribeñas…”

A su regreso de Rosario, a donde viajó para la inauguración del salón, Leandro escribió unas palabras sobre su foto.

Lo que ves es lo que hay.
Ellos se ríen, están en el paraíso. Disfrutando. Fotografiados.
El color azul del mar es más azul en la foto. ¿cuál es la realidad?. La de la foto
Es la que queda registrada.
Lo importante no es estar en el paraíso, es volver. Volver con la foto.
Mostrarla. Mostrarse.
Ellos estuvieron en el paraíso. Te invitan. Dicen que haciendo bien las cosas en la Tierra se llega al paraíso, pero el paraíso sólo existe en las revistas.


El Downtown desde atrás



Downtown from behind


Brasil verde

A Márcio Bortulosso, el autor de esta guía de Ilha Grande, lo conocí hace algunos años cuando cubrí el Desafío de los Volcanes, un raid de aventura que unía Argentina y Chile.

Era una carrera extrema por la ruta de los volcanes. El desafío duraba seis días, los participantes apenas paraban a dormir un par de horas y seguían. Caminaban por la selva valdiviana, andaban en kayac, hacían rappel, escalada y mountain bike. Nunca pude olvidar la planta del pie de un chico del equipo uruguayo al tercer día: una pasa de uva anémica. Ni más ni menos.

¿Qué tiene que ver Márcio? El era el camarógrafo de la carrera. Camarógrafo atleta, vale la aclaración. El tipo corría al mismo nivel que los participantes, con una resistencia muchas veces mayor. Lo recuerdo como un explorador intrépido, observador atento, con sentido común. Por eso no tengo dudas en recomendar su guía: no creo que haya quedado ni una esquina sin relevar de Ilha Grande.

Con los años, el Desafío de los Volcanes ya no se hizo más, él fundó su agencia Photoverde, especializada en fotos y filmaciones en terrenos de aventura -es escalador- y ahora lanza, junto a su mujer Fernanda Lupo, una serie de libros de viajes ecológicos y culturales en Brasil, pensando en el viaje sustentable.

El primero es el de Ilha Grande, es una isla de clima tropical y mar verde en el municipio de Angra dos Reis, frente a las costas del Estado de Río de Janeiro. Tiene más de 80 praias y es un excelente punto de buceo y con senderos íntimos y una historia que incluye aborígenes, europeos, piratas y esclavos.

Próximamente: Fernando de Noronha, Pantanal, Amazonas, Chapada Diamantina, Bonito, Lençóis Maranhenses y más.


De paso por mi modesto abismo personal

Ahora que los 33 mineros están arriba, sanos y salvos, puedo evocar con menos angustia mi modesta incursión al centro de la Tierra. A tan solo -aunque es mucho- 70 metros de profundidad, el diez por ciento de donde estuvieron atrapados estos hombres valientes.

Fue hace un año, en el sudoeste de Brasil. Estado de Mato Grosso do Sul. Cerca del Pantanal. La geografía es extraña en esa zona del planeta. Hay ríos de agua turquesa, como en el Caribe. Hay cascadas, serranías y buracos, en portugués agujeros, en medio de la Tierra. No uno, sino varios. Más de 500 hoyos y cavernas en la zona. Como si la hubieran bombardeado hace cientos, miles, millones de años.

Una de esas cavernas es tan profunda que se llama abismo: Abismo das Anhumas. Fue descubierta en 1974 y abierta a los visitantes hace 13 años. Para conocerla hay que descender hacia las profundidades en un rappel negativo, es decir sin apoyarse en ninguna pared. Abajo, además de penumbra y humedad hay un lago de agua cristalina donde se puede bucear o hacer snorkel, linterna en mano porque apenas se ve.

No sólo no era una mina, tampoco quedé atrapada. Peor: pagué para bajar y fue necesario firmar un deslinde de responsabilidad. Nada que ver con la historia de los mineros. De todas formas, quizás porque transcurre en un plano subterráneo, en estos días recordé mi abismo. En algún momento, antes de los 33, creí que era un abismote. Hoy, después de los 33, pienso que es un abismito.

Bajé una mañana de octubre a las 8. Estaba nublado y había una leve brisa. Veo la foto ahora. Tengo la cara pálida, mucho más que en el último invierno. Ingresamos -el fotógrafo y yo- al interior de la caverna por una hendidura de la roca. Con casco, guantes y llenos de arneses.

El descenso fue sencillo: al presionar una manija que es parte del equipo, la cuerda se mueve y uno avanza hacia abajo. A medida que me internaba en la caverna, la luz que entraba por la grieta se veía más lejana y era preciso acostumbrarse a la penumbra silenciosa de un hueco inmenso.

Fueron entre cinco y siete minutos. Me recomendaron que bajara rápido, que dejara las vistas de la caverna para la vuelta, donde sería necesario detenerse a descansar. Igual, es difícil pensar en las recomendaciones cuando uno está colgando, a 70 metros del suelo.

El regreso a la superficie es por el mismo lugar, no hay un ascensor oculto ni escaleras mecánicas. En la subida no se aprieta ninguna manija, toca hacer fuerza con los brazos y las piernas. El día anterior a la aventura hicimos un pequeño curso que fue necesario aprobar.

Recuerdo que por fin toqué fondo. Hice pie en un muelle y los técnicos me quitaron el arnés. Era libre, pero me temblaban las piernas y la superficie se veía lejos. Miré a mi alrededor, las paredes de piedra blancuzca, la laguna azul. La luz usaba la ruta del rappel, la única ruta, y llegaba hasta abajo como un resplandor. Dicen que en diciembre entra con mucha fuerza, como una columna brillante que le agrega misticismo a este interior surrealista.

Desde la cabecera del muelle se escuchaban voces en la otra punta. Con el casco en la cabeza caminé hacia donde no llegaba la luz. El otro lado del muelle se parecía una noche de luna nueva: al principio no se ve nada, después uno se acostumbra a la opacidad.

Finalmente, entré en el lago, más frío que el Pacífico en Viña del Mar, un día nublado. El traje de neoprene grueso ayudaba, pero no impedía la sensación de llevar una bolsa de hielo en las manos y en la cara.

El lago del Abismo Anhumas tiene 24.000 metros cúbicos de agua y pertenece al Acuífero Guaraní, una reserva subterránea de agua que comparten Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina.

Hacia abajo, el paisaje podría ser un cuadro de René Magritte, el surrealista provocador. Se veía un valle de conos sumergido en un fondo azul verdoso. Mudo. Sospechoso. Había un cono de 19 metros, con la fama de ser el más alto del mundo. Otros tenían puntas afiladas como la de un misil, y algunos eran bajos y chatos, como un bizcochuelo. Abajo mío había 60 metros más de profundidad helada.

Daban ganas de seguir más allá, por un corredor angosto y después a través de un túnel oscuro hasta cruzar el acantilado que se veía tras una grieta. Sin parar hasta el centro de la Tierra. Por momentos, era posible olvidar el agua fría y los 72 metros que habría que escalar al rato, cuando el paseo, que era bastante parecido a un sueño, hubiera terminado.

Esa vuelta turística por la penumbra subterránea fue lo más cerca que estuve de las -ahora tan mentadas- entrañas de la Tierra. Mi modesto abismo privado. Mi abismito.


La Patagonia intensa

En este número de la Revista Lugares escribí sobre el oeste de Santa Cruz, sobre la Patagonia áspera, zona de estepas profundas, vacías, solitarias y ventosas cerca de la cordillera.

Un viaje por la Ruta 40, con paradas en estancias y una vuelta por el Parque Nacional Perito Moreno, uno de los menos visitados del país. Un viaje por lugares que parece los más indicado del mundo para decir que están en el medio de la nada.

Las fotos de Xavier Martin muestran la intensidad de esta Patagonia y dan ganas de poner un par de cosas en el auto y salir de viaje ya.

En el mismo número, notas sobre Pampa Linda, un valle dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi y a 77 kilómetros de Bariloche, ideal para unos días de trekking. También, la Comarca Andina: El Bolsón, Lago Puelo, Epuyén y Cholila, entre frutas finas, hongos silvestres y lagos azules.

Finalmente, Chubut junto al mar: desde Comodoro Rivadavia hasta Puerto Pirámides, con historias, paisajes, dos museos nuevos y las ballenas ahí nomás. Un número para planificar en un verano al Sur.


Nuevos mapas y guías del Norte

Me gustan los mapas de la Editorial Asiru. Ok, puede que no sea del todo objetiva porque conozco a una de sus editoras, la fotógrafa Ivana Salfity. O quizás sí, en el fondo es un aporte a mi objetividad, porque sé cómo trabaja. Sin mencionar que es salteña y conoce muy bien los pagos del Norte querido.

Asiru es una editorial familiar que nació en 2008 y se propuso hacer mapas donde además de ver las rutas, se pueden conocer los detalles naturales. De un lado hay una imagen satelital y del otro, el mapa topográfico, las alturas de cada localidad,  distancias y las referencias turísticas, en español e inglés. Los primeros cinco mapas de la serie son: Quebrada de Humahuaca, Valles Calchaquíes, Tren a las Nubes, Valle Calchaquí Sur y Salinas Grandes. Los mapas se venden en algunas librerías de Buenos Aires, como Santa Fe, Hernández, Antígona y Eterna Cadencia. También, es posible comprarlos online.

A los Mapas Turísticos se suma la serie Guía de Viajes de Campo, dedicada a la cordillera de los Andes. La primera es sobre el Tren a las Nubes y sirve para los que hagan el viaje en tren (Ramal C 14 del Ferrocarril General Belgrano) y en auto  o bus, por la Ruta 51. Completos textos sobre la construcción del tren, localidades, infraestructura, geología, flora, fauna, arqueología y más. Además, un glosario, doce mapas desplegables y fotos de concurso. Próximamente, ¡nueva guía! Ampliaremos.


El yaguareté del convento

Resulta que hace unos doscientos años, el río Paraná llegaba hasta el Convento de San Francisco, en Santa Fe, Argentina. Una vez, en una crecida, un camalote trajo un yaguareté, el felino más grande de América, que saltó por una ventana y se metió en una sala contigua a la iglesia.

En su ronda vespertina el cura de turno cerró la puerta y la ventana sin advertir que el felino estaba adentro. Al día siguiente, en el recorrido de la mañana, el mismo cura abrió la puerta de la sala y el yaguareté, desesperado y hambriento, le saltó encima y lo mató. A él y a tres más.

Hubo que dar parte al Cabildo, que mandó una brigada de hombres a sacrificarlo. Todavía se ve el zarpazo del yaguareté en una mesa de madera. Y en la iglesia de muros de tapia y ménsulas hechas a mano, yacen los restos de los tres curas muertos.

La anécdota me la contó el padre Mario Fuensalida, uno de los cuatro que todavía viven en el Convento de San Francisco. Pero igual está escrita en la pared y hay una mesa de madera donde quedó grabado el zarpazo del animal.


La Ruta de la Muerte, en bicicleta

Entre La Paz y Coroico, en Bolivia, un descenso en mountain bike de 63 kilómetros  por el camino más peligroso del mundo, que comienza  en un paso de altura a 4.700 metros y termina a 1.200, cerca de una piscina y con las nubes bajas.

La Ruta de la Muerte es un viejo camino que conecta La Paz y Coroico. Fue construido por prisioneros paraguayos durante la Guerra del Chaco, en 1936. Se lo considera el camino más peligroso del mundo por los récords de micros y autos desbarrancados  que hubo antes de la construcción de la nueva ruta, hace tres años.

Desde que se hace esta travesía, unos diez años, hubo más de diez ciclistas muertos, posiblemente menos que en dos o tres meses en Buenos Aires.

Algunos tramos son difíciles y el paisaje se mira de ojito o la historia termina cuerpo a tierra, pero creo que lo peor de la ruta es firmar el deslinde de responsabilidad, un documento que dice que uno corre peligro de “heridas, enfermedades o muerte”.

En la Revista Lugares de este mes, se puede leer el relato que escribí después de haber sobrevivido.


Los araras de Bergson Romero Sampaio

Bergson Romero Sampaio trabaja como guía en el Buraco das Araras, una de las atracciones turísticas de  Jardim, a 54 km de Bonito, en Mato Grosso do Sul. Su trabajo consiste en llevar turistas a ver araras vermelhos, como se llaman los papagayos de la foto en portugués. Camina con ellos un par de kilómetros y les muestra los mejores puntos para sacar fotos. En ese ir y venir descubrió que le gustaba la fotografía. Desde entonces, además de acompañarlos imaginaba cómo sería tener una máquina fotográfica.

Después de diez años de desearla, Bergson consiguió comprar una Canon Eos 50D, con un lente 70-200, 2.8. En sus ratos libres aprendió a sacar fotos. Solo, porque vive en la reserva, en medio de la naturaleza. Hace unos días me mandó sus últimas capturas, tomadas especialmente para Viajes Libres. Las hizo en un momento en el que el fondo del buraco está en sombra y la luz cae directamente en las aves.

  

 La primera foto la tomó a las 8:26 y la segunda a las 14:58. Cuenta que el horario ideal para este tipo de fotos es entre las 12 y las 15, un momento en el que normalmente los fotógrafos no van porque prefieren las primeras horas de la mañana o el fin de la tarde.

En el correo donde adjuntó las fotos, Bergson decía que tiene mucho que aprender , que quiere hacer un curso pero que además de la técnica conocer el hábito de los animales es un factor muy importante. Me imagino que después de enviarlo se habrá internado una vez más por los senderos tropicales.




Estoy en Twitter

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

Otros sitios

Blog en La Tercera

Categorías

Archivo

  • 2012 (37)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)